Muchos; amigos tiene el Santísimo Rosario, y
es lastima no lo tengan muchos más, pues dicha devoción lo merece, siendo tan
llana y fácil y afectuosa. Compónese de meditaciones, súplicas y alabanzas. a) Meditaciones:
Los Misterios de Jesús y de María. b) Súplicas: Las de la oración del Padre
Nuestro. c) Alabanzas: Las del Ave María y Gloria. Todo el hombre entra en
juego aquí, y presta su tributo. El entendimiento, por medio de la meditación.
La voluntad, por medio de la súplica. El corazón por medio de la afectuosa
alabanza.
Meditación. La meditación es el acto más
noble del entendimiento humano; por esto su práctica es también la primera
entre las prácticas ele la Religión, y principalmente en el Santísimo Rosario.
Meditar, si yo no me equivoco, es fijar los ojos, no del cuerpo sino del
pensamiento, en una verdad o en un hecho; estudiarlo con todas sus
circunstancias; aplicárselo a sí el que medita en toda su extensión; examinarlo
con todas sus consecuencias y relaciones. Por esto la meditación, que tan
difícil parece a muchos, es en el fondo el acto más fácil, porque es el más
natural.
Todos meditamos. El hombre de mundo medita
su negocio, el hombre de estado medita su política, el hombre de estudios medita
su ciencia, el hombre disipado medita sus andanzas, la mujer frívola medita sus
trajes y galanteos; hasta el niño, mariposilla
ligera que parece sólo saber saltar, medita también sus juegos y travesuras.
Todos
meditamos, luego todos sabemos meditar, solamente que casi nunca meditamos lo que debemos. La meditación,
pues, que es casi la primera necesidad del hombre racional para todos los
negocios humanos, es también la primera necesidad del hombre cristiano para sus
negocios eternos. Y el hombre que vive sin esa meditación es como piloto que viaja
sin estudiar el rumbo, o como general que da la batalla sin explorar el campo,
o como labrador que lanza al aire su semilla sin haber arado primero la tierra.
Ahora
bien: El asunto principal de las meditaciones de todo cristiano debe ser la vida
de Cristo y de su Madre Santísima. Allí están los ejemplos que debe seguir,
allí las lecciones que debes aprender, allí los modelos que debe, no solo admirar, sino también imitar.
¿No es cierto, que conocemos poco, muy poco,
a Jesucristo, a pesar de que vive entre nosotros? Es sin duda, porque le
estudiamos poco, porque no meditamos.
El Rosario es un curso
de estos estudios en quince lecciones. Allí se ve nacer a Cristo, y se le ve padecer,
y se le ve morir y resucitar; allí s e con templa la pureza virginal de su
madre, su caridad para con Isabel, sus angustias y resignación en el establo y
en el Calvario, su muerte dichosa y su coronación en los cielos. ¿Te he dicho que
era el Rosario un curso de meditación en quince lecciones? Mejor te diría que
es una galería de pinturas distribuidas en quince cuadros, ante los cuales nos
paramos sucesivamente para formar según ellos nuestro corazón y nuestras
costumbres.
Ahí
tienes, pues, la primera parte y la más principal del Rosario: el acto del
entendimiento, la meditación.
Pero
los misterios están como engarzados o unidos entre sí por medio de cadenas de
Ave Marías, al frente de las cuales va un Pater Noster, concluyendo cada una
con un Gloria Patri. Es decir, que este encadenamiento lo forman súplicas y
alabanzas.
Pero,
¡qué suplicas y qué alabanzas! Las más gratas que los cielos han recibido jamás
de la tierra; súplicas por medio de las cuales suplicamos todo lo que se puede
suplicar; alabanzas con las cuales dejamos atrás otra cualquier alabanza que
pueda salir de los labios humanos o
angelicales. La súplica es el Pater Noster; la alabanza, con algo de súplica
también, es el Ave Maria y Gloria Patri: La Iglesia y sus hijos, celosos de la honra
divina, al lado del grito constante de guerra que ofende al cielo, elevan otros
tantos gritos constante de gloria que desagravia al cielo; al lado de la voz
que insulta, levantan a todas horas la voz que alaba, manteniendo formado
frente a frente, el ejército furioso de los que maldicen, contra el ejército
pacífico de los que bendicen. Guerra, claman unos; gloria, contestan los otros.
Guerra al Padre, guerra al Hijo, guerra al Espíritu Santo, grita el infierno
con todos los suyos. Los hijos de la María gritan Gloria Patri et Filio el
Spiritui Sancto. Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo,
contesta también la Iglesia con los suyos. — Ahora y siempre y por todos los
siglos, gritan despechados los demonios
y condenados a sufrir esa eternidad. «Sicut erat in principio et nunc,
el semper: et in saecula saeculorum», replicamos nosotros. «Como era en el
principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos». Esto es, Gloria
Patri, homenaje de continua reparación, cántico de desagravio, resumen y
compendio de toda alabanza, verdadero coronamiento de todas las meditaciones,
súplicas y alabanzas que componen el Rosario de María.
“REVISTA EL HOGAR
CATÓLICO”
Año 1913.

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