Una
larga serie de triunfos sobre los cristianos había ensoberbecido a los turcos
en el siglo XVI, y los constituía no ya una amenaza, sino un peligro inminente
para la civilización. Las plazas de Belgrado, Rodas, Buda, Tauris y Chipre ganadas
habían sido por sus tropas, y Selim II soñó un momento con el dominio de Europa
y el abatimiento de la Cristiandad al situar en Lepanto la más formidable
armada que hasta entonces surcó el Mediterráneo.
El
Santo Pontífice Pío V, el rey de España Felipe II y los venecianos habíanse coligado
contra el enemigo común; pero las galeras en que los cristianos habían de
combatir contra los sectarios de Mahoma no fueron al encuentro de éstas sino
después de haberse puesto en continua oración toda Europa para impetrar por
mediación de la Santísima Virgen el deseado triunfo. Para conseguirlo, había el
Santo Pontífice recomendado el rezo del Santo Rosario, con cuya devoción se
habían obtenido grandes victorias, a contar desde la conseguida sobre los albigenses,
herejes del siglo XIII que producían grandes estragos en la parte meridional de
Francia, y contra los cuales no fué tan eficaz la elocuente predicación de
Santo Domingo de Guzmán como la devoción del Santo Rosario que la Santísima
Virgen le mandó propagar; devoción que, instituida en Tolosa en 1208, produjo
tan rápidos frutos que superaron a todas las esperanzas y fueron pasmo de Roma.
Viéndose,
pues, llegar el momento en que había de decidirse sobre el mar el predominio y
la victoria definitiva de turcos o de cristianos, éstos acudían a los
principales santuarios de nuestra Señora, y sobre todo al de Loreto, adonde Don
Juan de Austria, hermano natural de Felipe II, uno de los jefes de la escuadra
que iba a luchar con la turca, hizo también voto de ir.
En
Lepanto estaban los turcos engreídos con su excesiva preponderancia, y como a burla
tomaron la noticia de que los cristianos se disponían a presentarles combate.
En 7 de Octubre de 1571, hallábanse las dos armadas a distancia una de otra de
doce millas, cuando, dada la señal de combatir, se enarboló el estandarte pontificio
en el cual estaba bordada la imagen de Cristo crucificado, que fué aclamada con
júbilo y adorada de rodillas por todos los cristianos con profunda devoción,
pidiéndole la victoria por intercesión de la Santísima Virgen, cuya imagen era
venerada a bordo de todas las embarcaciones.
Terrible
fué el choque de las armadas enemigas, y al fondo del mar ensangrentado por la
furiosa lucha hubieran ido a parar los barcos de los cristianos, si el poder
tan implorado de la Virgen no se hubiera hecho sentir por indudable manera, cambiándose
repentinamente el viento, con tanta fortuna, que el humo de la artillería de
las galeras cristianas cargaba contra la escuadra otomana; calificando todos de
milagrosa aquella mudanza, que recibieron como visible protección del cielo.
Perdieron
los turcos 30000 hombres, 5000 prisioneros, 130 galeras que pasaron a poder de
los cristianos, 90 más echadas a pique y 20.000 cristianos que recobraron su
libertad.
En
cambio, en la armada que llevaba por trofeo la cruz de nuestro Señor faltó
poquísima gente, de suerte que se consideró cual portentoso milagro. Reconociéndolo
asi San Pío V instituyó para el día en que se realizó tal maravilla la conmemoración
de nuestra Señora de la Victoria, y como especialmente por la devoción del
Rosario se había impetrado el valimiento de la celestial Señora, el Papa
Gregorio XIII ordenó que perpetuamente se celebrara la solemnidad del Rosario
el primer domingo de Octubre.
SÉRVULO.
Año 1898

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