EL
SERAFÍN DE ÁVILA
(Santa
Teresa)
De todas
las ciudades de Castilla es quizá Ávila la que mejor conserva la fisonomía de
sus días gloriosos; los muros almenados y flanqueados de torreones que la
ciñen, hablan elocuentemente al viajero de las guerras medioevales, de cuando Ávila
era el fuerte escudo de Castilla la Vieja y uno de los centros políticos más
importantes del reino, solar de numerosos caballeros, ciudad temida de los tiranos,
defensa de las públicas libertades, y en ocasiones tan levantisca como en
aquella memorable en que se vio en su plaza mayor la degradación de la estatua
de Enrique IV y el alzamiento al trono del infortunado infante D. Alfonso.
Pero
con ser tantos y tan insignes y brillantes los recuerdos militares y políticos
de Ávila, palidecen y se apagan allí alado del gran recuerdo religioso del
siglo XVI que ilumina la ciudad toda, y la embalsama como celestial perfume, y
atrae de continuo a su recinto piadosos peregrinos de todas las partes del
mundo culto. Franceses, italianos, alemanes y americanos del Sur, hombres
ilustrados y devotos de la cristiandad entera, acuden a Ávila y van después a
Alba de Tormes, siguiendo con entusiasmo las huellas de «Santa Teresa»,
aspirando con delicia la fragancia exquisita que dejó tras sí aquella virgen incomparable
que pasó por la vida hace tres siglos, amando a Dios sobre todas las cosas y en
Dios y por Dios a sus prójimos; contemplando los lugares que ennobleció y
santificó con su presencia el serafín de Ávila.
Y no es privativo de los católicos de Europa
y América este sincero y profundo entusiasmo. Entre los grupos de peregrinos de
Santa Teresa no es raro hallar protestantes ingleses que, allá en su tierra y
en el seno de su secta, aprendieron la lengua castellana con el exclusivo fin de
leer en el original las obras de la Doctora mística, como se cuenta de la reina
Victoria; y tampoco faltan racionalistas ilustrados que se prosternan ante esos
altares de Santa Teresa como ante un misterio de todo punto inexplicable para
la ciencia humana.
Porque
tal es la impresión que en ellos produce la Santa, y también en nosotros
inspira algo semejante. La contemplación de Santa Teresa Infunde en todo espíritu
el sentimiento de estupor propio del prodigio.
La
devoción ardentísima, el místico arrobo en que pasó la mayor parte de sus días,
la trama de meditaciones, visiones y éxtasis en que se desarrolló su vida
interior parece que debieran haberse manifestado en su rostro, acciones y
palabras por algo extraordinario y anormal, por esa exaltación cerebral y pasional
que la Irreverente y necia ciencia moderna confunde lastimosamente con el
desequilibrio de las enfermedades mentales.
Pero
no hubo nada de eso; Santa Teresa es la santa serena y llana por excelencia. Sus
obras revelan la salud y el equilibrio físico y espiritual más perfecto. No hay
en cuanto escribió el menor asomo de afectación en el sentir, ni de
romanticismo en el expresarse. Sus páginas admirables están desprovistas en
absoluto de retórica. Brilla en ellas adorable sinceridad, y esa llaneza que
tan natural y castiza es en los castellanos. «Escribió de Dios dice el mejor
crítico moderno (Menéndez y Pelayo), como en plática familiar de vieja
castellana, y junto al fuego.»
Por
eso, únicamente los más rufianes escritorzuelos librepensadores se atreven a
profanar la memoria de Santa Teresa, relacionando su mística elevación de
espíritu con cosa que nada se parece, ni de lejos, a desarreglo nervioso, ni a
enfermedad mental. Para todos los hombres serios, aunque tengan la desgracia de
no ser católicos, es Santa Teresa un prodigio.
Y ¡qué prodigio tan admirable! ¡Qué misterio
tan hondo! Como mujer, como contemplativa, como mística, como fundadora de Orden
religiosa, como reformadora y como escritora, llega el serafín del Carmelo al
ápice de la perfección. Reuniendo todos esos elementos en una se la personalidad,
el asombro que producen es inaudito.
Nada
tan interesante como su vida. Ella misma nos la ha contado en dos libros que son
monumentos imperecederos de la literatura universal.
La
menor de las tres hijas de Alfonso Sánchez de Cepeda y Beatriz de Ahumada, vino
a este mundo el 12 de Marzo de 1815. Educada cristianamente, dió muestras desde
la niñez de lo que había de ser, andando el tiempo, en el orden de la santidad.
Sublimemente graciosos son los episodios,
tan conocidos, de sus coloquios espirituales y místicas aventuras con su
hermanito Rodrigo. Su profesión, su vida de monja, su generoso propósito de
reformar el Carmelo, la resolución con que acometió la empresa y la constancia e
inteligencia con que la llevó a feliz término, presentes están en la memoria de
todos los buenos españoles y de los católicos de todo el orbe.
Su
vida espiritual íntima aún parece más prodigiosa, y aún se presta más á hondas
meditaciones. Por el amor de Dios, inflamada en este santísimo fuego del amor
divino, Teresa de Jesús fué teóloga, filósofa, moralista; tuvo sorprendentes
visiones, y mereció de Jesús los más regalados favores. Doctora fué, y como
Doctora enseñó, enseña y enseñará la más sublime ciencia del espíritu hasta el
fin de los tiempos.
Como
literata es realmente encantadora. Encontró manera de decir las cosas más
altas, abstractas y difíciles con la mayor sencillez. Su estilo es cálido,
comunicativo, persuasivo, selecto sin dejar de ser vulgar. Tenía gracia, lo que
ponía a sus escritos el sello más simpático de la raza y nacionalidad
españolas.
Nadie
le ha aventajado en el arte de pintar a maravilla con muy pocas palabras. Su
retrato del físico de San Juan de la Cruz es una obra maestra; aquella cara
formada de raíces de árboles tiene pocos semejantes en la literatura de ningún pueblo.
Procuremos
imitar a santa Teresa; adoctrinémonos en sus escritos, y pidámosle de continuo
por la Iglesia Católica, por el género humano y por esta noble nación española
que fué su patria, y a la que tanto amó ella en esta vida.
VÍCTOR.
(Apostolado
de la prensa)
Año
1896.

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