miércoles, 14 de octubre de 2026

EL SERAFÍN DE ÁVILA (Santa Teresa)

 



EL SERAFÍN DE ÁVILA

(Santa Teresa)

 

   De todas las ciudades de Castilla es quizá Ávila la que mejor conserva la fisonomía de sus días gloriosos; los muros almenados y flanqueados de torreones que la ciñen, hablan elocuentemente al viajero de las guerras medioevales, de cuando Ávila era el fuerte escudo de Castilla la Vieja y uno de los centros políticos más importantes del reino, solar de numerosos caballeros, ciudad temida de los tiranos, defensa de las públicas libertades, y en ocasiones tan levantisca como en aquella memorable en que se vio en su plaza mayor la degradación de la estatua de Enrique IV y el alzamiento al trono del infortunado infante D. Alfonso.

 

   Pero con ser tantos y tan insignes y brillantes los recuerdos militares y políticos de Ávila, palidecen y se apagan allí alado del gran recuerdo religioso del siglo XVI que ilumina la ciudad toda, y la embalsama como celestial perfume, y atrae de continuo a su recinto piadosos peregrinos de todas las partes del mundo culto. Franceses, italianos, alemanes y americanos del Sur, hombres ilustrados y devotos de la cristiandad entera, acuden a Ávila y van después a Alba de Tormes, siguiendo con entusiasmo las huellas de «Santa Teresa», aspirando con delicia la fragancia exquisita que dejó tras sí aquella virgen incomparable que pasó por la vida hace tres siglos, amando a Dios sobre todas las cosas y en Dios y por Dios a sus prójimos; contemplando los lugares que ennobleció y santificó con su presencia el serafín de Ávila.

 

   Y no es privativo de los católicos de Europa y América este sincero y profundo entusiasmo. Entre los grupos de peregrinos de Santa Teresa no es raro hallar protestantes ingleses que, allá en su tierra y en el seno de su secta, aprendieron la lengua castellana con el exclusivo fin de leer en el original las obras de la Doctora mística, como se cuenta de la reina Victoria; y tampoco faltan racionalistas ilustrados que se prosternan ante esos altares de Santa Teresa como ante un misterio de todo punto inexplicable para la ciencia humana.

 

   Porque tal es la impresión que en ellos produce la Santa, y también en nosotros inspira algo semejante. La contemplación de Santa Teresa Infunde en todo espíritu el sentimiento de estupor propio del prodigio.

 

   La devoción ardentísima, el místico arrobo en que pasó la mayor parte de sus días, la trama de meditaciones, visiones y éxtasis en que se desarrolló su vida interior parece que debieran haberse manifestado en su rostro, acciones y palabras por algo extraordinario y anormal, por esa exaltación cerebral y pasional que la Irreverente y necia ciencia moderna confunde lastimosamente con el desequilibrio de las enfermedades mentales.

 

   Pero no hubo nada de eso; Santa Teresa es la santa serena y llana por excelencia. Sus obras revelan la salud y el equilibrio físico y espiritual más perfecto. No hay en cuanto escribió el menor asomo de afectación en el sentir, ni de romanticismo en el expresarse. Sus páginas admirables están desprovistas en absoluto de retórica. Brilla en ellas adorable sinceridad, y esa llaneza que tan natural y castiza es en los castellanos. «Escribió de Dios dice el mejor crítico moderno (Menéndez y Pelayo), como en plática familiar de vieja castellana, y junto al fuego.»

 

   Por eso, únicamente los más rufianes escritorzuelos librepensadores se atreven a profanar la memoria de Santa Teresa, relacionando su mística elevación de espíritu con cosa que nada se parece, ni de lejos, a desarreglo nervioso, ni a enfermedad mental. Para todos los hombres serios, aunque tengan la desgracia de no ser católicos, es Santa Teresa un prodigio.

 

   Y ¡qué prodigio tan admirable! ¡Qué misterio tan hondo! Como mujer, como contemplativa, como mística, como fundadora de Orden religiosa, como reformadora y como escritora, llega el serafín del Carmelo al ápice de la perfección. Reuniendo todos esos elementos en una se la personalidad, el asombro que producen es inaudito.

 

   Nada tan interesante como su vida. Ella misma nos la ha contado en dos libros que son monumentos imperecederos de la literatura universal.

 

   La menor de las tres hijas de Alfonso Sánchez de Cepeda y Beatriz de Ahumada, vino a este mundo el 12 de Marzo de 1815. Educada cristianamente, dió muestras desde la niñez de lo que había de ser, andando el tiempo, en el orden de la santidad. Sublimemente graciosos son los episodios, tan conocidos, de sus coloquios espirituales y místicas aventuras con su hermanito Rodrigo. Su profesión, su vida de monja, su generoso propósito de reformar el Carmelo, la resolución con que acometió la empresa y la constancia e inteligencia con que la llevó a feliz término, presentes están en la memoria de todos los buenos españoles y de los católicos de todo el orbe.

 

   Su vida espiritual íntima aún parece más prodigiosa, y aún se presta más á hondas meditaciones. Por el amor de Dios, inflamada en este santísimo fuego del amor divino, Teresa de Jesús fué teóloga, filósofa, moralista; tuvo sorprendentes visiones, y mereció de Jesús los más regalados favores. Doctora fué, y como Doctora enseñó, enseña y enseñará la más sublime ciencia del espíritu hasta el fin de los tiempos.

 

   Como literata es realmente encantadora. Encontró manera de decir las cosas más altas, abstractas y difíciles con la mayor sencillez. Su estilo es cálido, comunicativo, persuasivo, selecto sin dejar de ser vulgar. Tenía gracia, lo que ponía a sus escritos el sello más simpático de la raza y nacionalidad españolas.

 

   Nadie le ha aventajado en el arte de pintar a maravilla con muy pocas palabras. Su retrato del físico de San Juan de la Cruz es una obra maestra; aquella cara formada de raíces de árboles tiene pocos semejantes en la literatura de ningún pueblo.

 

   Procuremos imitar a santa Teresa; adoctrinémonos en sus escritos, y pidámosle de continuo por la Iglesia Católica, por el género humano y por esta noble nación española que fué su patria, y a la que tanto amó ella en esta vida.

 

VÍCTOR.

(Apostolado de la prensa)

Año 1896.

 

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