Un niño pobre pero muy bueno frecuentaba una
escuela católica, y un sujeto que se jactaba de ser descreído solía burlarse de
Él. Un día viéndole descalzo y tiritando de frío, le dijo:
— Tú comulgaste ayer y fuiste hoy a misa; si
Dios te quiere tanto ¿por qué no le dices que te ayude?
El
niño se quedó un momento en silencio y luego echándole una mirada mezcla de
tristeza y ternura le respondió llorando:
— Dios le dice a muchos que me ayuden, pero
ninguno le hace caso.
El
caballero se sintió conmovido y respondió:
— Tienes razón; perdóname niño, que no soy
tan malo como parezco. Nuestro Señor nos ínsita interiormente a hacer el bien y
los hombres no correspondemos a su gracia. Hace algún tiempo me lo está
diciendo a mí, que te ayude.
A la
salida de la escuela lo llevó a su casa, y viendo su miseria, lo socorrió
generosamente.

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