INDIVIDUALMENTE
considerado, el cura es un hombre que pudiendo
disfrutar de los goces del mundo, renuncia a ellos para consagrarse por
completo al servicio de una idea que sabe de antemano ha de convertirle en blanco
de contradicción de muchos, en víctima de burlas para no pocos y en objeto de
las investigaciones de gran número de gentes que están deseando pescarle en la
más leve falta para desacreditarle a los ojos de todo el mundo.
En menos tiempo que el que tardó para llegar
al sacerdocio pudo hacerse abogado y aspirar a ruidosos triunfos en el foro, de
esos que además de honra dan positivos provechos. Pudo seguir la carrera de las
armas y llegar a figurar en los puestos más preeminentes de la milicia; dedicarse
al comercio y realizar una pingüe fortuna, y sobre todo, lanzarse a la política
y con una gran dosis de desaprensión y osadía escalar las alturas del poder y
ser arbitro de los destinos de todo un pueblo.
En cambio, como cura no podrá pasar, desde
el punto de vista de las comodidades humanas, de una modesta medianía, rayana
no pocas veces en la miseria. El traje que ha de vestir es humilde; las
diversiones con que se solaza el mundo, aun aquellas que no son pecaminosas
para los seglares, le están vedadas, y su alimentación, aunque el carácter de
que se halla investido y el ejemplo que debe dar a los demás no se lo
impusiera, ha de ser forzosamente frugal en razón a la escasez de sus
emolumentos.
¿Pero
por qué se ha hecho cura? ¿Acaso por egoísmo y para verse libre de los cuidados
y sacrificios perennes que exige la familia a cambio de los fugaces goces que
proporciona? Nada de eso; el cura tiene por lo
general, todas las cargas que la familia impone, sin los goces que proporciona
la que el seglar se forma por medio del matrimonio.
El padre y la madre, ancianos, requieren su
protección, y si no los tiene, pocas veces le faltan hermanos a quienes amparar
o colaterales en cuyo auxilio ha de acudir.
Por ambición ya hemos visto que no ha tomado
el estado eclesiástico, pues en cualquiera de las carreras o profesiones que
hemos citado y en muchas más que hemos omitido, habría tenido más ancho campo
para satisfacer sus aspiraciones en este punto.
¿Se
habrá hecho cura por misantropía o aborrecimiento al resto del linaje humano? Tampoco;
porque el cura está en contacto con el mundo, aunque no vive según el mundo. ¿Y
con qué mundo vive? No seguramente con los que se divierten y gozan de los
placeres de la vida, sino con los que sufren, con los que lloran, con los
angustiados por todo género de calamidades.
Si
se dedica al confesonario, ¡qué
de miserias y de horrores se ve obligado a escuchar! ¡Cuántas dolencias morales
tiene que curar! ¡Qué casos más intrincados de conciencia ha de resolver!
¡Cuánta dosis de paciencia y de misericordia tiene que emplear para escuchar
tranquilamente el relato de los más repugnantes pecados sin dejar desbordar los
sentimientos de repulsión que el delito produce en todo pecho honrado, a fin de
no desesperar con una dureza impremeditada al pecador que a él se confía! ¡Qué
tacto ha de desplegar en la reprensión de los vicios! ¡Qué prudencia en dar los
consejos que se le piden! ¡Qué tino en sondar las llagas del alma, a fin de no
irritarlas en lugar de sanarlas!
Si
se dedica con preferencia a la predicación, no son menores sus afanes ni
los temores de incurrir en tremendas responsabilidades por el uso que haga en
este punto de los talentos que Dios le ha dado.
No va como el orador parlamentario o
tribuno, a escuchar los aplausos de un público a quien puede entusiasmar con
períodos grandilocuentes, aunque se hallen, como por lo general están esa clase
de discursos, formados con palabras vanas o vacías de sentido. Va,
por el contrario, a predicar una doctrina que pugna con los apetitos de la
carne, que se opone a la vanidad humana, que está en guerra abierta con lo que
el mundo desea y quiere. Sabe, y esto le alienta, que le está prometida la
asistencia del Espíritu Santo, pero no ignora que ha de merecerla por una
preparación solícita, por un estudio concienzudo, y sobre todo, por una pureza
de intención que excluya todo objeto que no sea el fin elevado que su misión
apostólica le impone, y esto le hace experimentar no pocas zozobras y temores.
Vive,
sí, en el mundo el cura, y puede decirse que es esclavo de todo el que padece, porque
el enfermo le llama a la cabecera de su cama, y aunque sea a hora avanzada de
la noche, ha de levantarse de su lecho, como el médico, para acudir al
apremiante llamamiento. Con
una diferencia muy notable, a saber: el médico se lucra con esas molestias
inherentes a su profesión, mientras el cura no recibe recompensa ninguna
material, y sabe, por el contrario, que no pocas veces ha de ser mal recibido
por algún pariente anticlerical, que, por espíritu sectario, quiere privar al
moribundo de los auxilios espirituales que el cura va caritativamente a
prestarle.
Pero si demostrado queda con esto que el
cura no lo es, ni por egoísmo, ni por ambición, ni por misantropía, ¿cuál
puede ser la causa de que haya abrazado el estado eclesiástico con preferencia
a cualquiera otro?
La respuesta no puede ser más sencilla. El cura digno de este nombre ha
seguido, para serlo, los impulsos de una vocación que implica, el amor más
sublime y más puro hacia el género humano.
Humilde
pensamiento de Nicky Pio: Siempre lo dije entre mis conocidos, incluso
se lo dije a muchos sacerdotes, cualquier profesión, realiza una labor que
tiene como destino lo efímero. Por ejemplo: El médico sana, pero el hombre está
destinado a morir indefectiblemente, el ingeniero puede hacer el más resistente
edificio pero el tiempo tarde o temprano lo volverá una ruina, etc. “PERO
CUANTO HACE UN SACERDOTE, LO HACE PARA LA ETERNIDAD”
“Apostolado de la
prensa”
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