(Traducción
del Presbítero D. Francisco José Vergara)
Año
1910.
El
alma del enfermo, y el Sacerdote.
La
vida, que en cada uno de nosotros ha tenido su aurora, su desarrollo progresivo
y su curso más o menos largo y más o menos mezclado de goces y tristezas,
tendrá también su fin. Así como la luz del día, que se extingue entre las
sombras de la noche, la vida acabará también, volviendo a la sombra y al
silencio.
Esta
última faz de una existencia que termina tiene también algo de solemne y
conmovedor. Se siente que la vida no concluye aquí sino para volver a empezar en otra parte, y parece que sus
últimos latidos pertenecen ya a ese desconocido y terrible misterio del más alla, en que, según
la fe, continúa la historia de las almas.
La
enfermedad, ese mensajero de Dios, cuya misión providencial no siempre se
comprende bien. La enfermedad no es solamente el crisol en que se purifica la
vida, sino también el molde de donde sale rejuvenecida y perfecta. La sumisión
a la voluntad de Dios, que envía la enfermedad, no es incompatible, con el
deber de proteger nuestra existencia ante el mal de que se ve atacada, salvo el
cuidado excesivo del cuerpo en detrimento del alma. Hemos por lo tanto de
procurar la salud, poniendo nuestra confianza en el médico de nuestra elección.
En las
líneas que siguen trataremos sobre todo de los intereses de esta alma, que va a
comparecer delante de Dios.
A los
ojos de la ciencia, y desde un punto de vista meramente humano, el enfermo es
ya digno de toda atención. Tiene la grandeza moral de un vencido, al que nadie
se atreve ya a herir; y por humillantes que sean los desfallecimientos de ese
cuerpo quebrantado o lentamente devorado por la enfermedad, el enfermo no es
menos digno de respeto y consideraciones.
Pero
es la fe la que principalmente nos revela todo lo que hay en el enfermo de
nobleza y dignidad. El Salvador, que rehabilitó la pobreza al tomarla para sí
en Belén y Nazaret, quiso también ennoblecer el dolor, y por tanto se condenó a
los sufrimientos. Había venido para salvar las almas, y dio como prueba de su
misión divina la curación de los enfermos. A los que les interrogaba sobre esa
misión, les respondía: “Id a anunciar que son curados los enfermos.”
De
todas partes les llevaban los enfermos; y como para enseñarnos lo que nosotros debíamos
hacer después; para ellos eran sus palabras más dulces y sus más tiernos
cuidados. Ni esperaba a veces que los enfermos llegasen hasta ÉL, sino les
curaba desde lejos, como lo hizo con el criado del centurión.
Por la
tarde, cuando el día había transcurrido en las faenas de la predicación,
parecía hallar reposo en el cuidado de los enfermos; les hablaba dulcemente;
extendía sobre ellos sus manos, bendiciéndoles, y los despachaba curados.
“Para
colmarlos de honor, dice Monseñor Plantier, hace miembros de su propia
Humanidad Santísima a todos los que sufren; considera como hechos a ÉL mismo
los cuidados que a aquéllos se prodiguen; reputa ofensa a ÉL mismo el abandono en
que se les deje; y aun podría decirse, amplificando la hermosa frase de
Salviano, que así como Cristo es el que mendiga en la universalidad de los
indigentes, ÉL es también el que sufre en la universalidad de los enfermos.”
Esta
majestad de que Dios ha revestido el dolor, asigna a éste, igualmente, un rango
magnífico en la Iglesia, y un lugar de preferencia en sus respetos y en su
abnegación. Bossuet hablaba elocuentemente de la “eminente dignidad de los
pobres en la Iglesia.” Apropiándonos esta palabra, podríamos hablar De la
eminente dignidad de los enfermos.
Para
honrar en los enfermos la imagen de AQUEL que es el objeto de sus adoraciones,
la Iglesia les ha construido casas suntuosas como los palacios, y casi tan
veneradas como los templos; y para cuidar de ellos allí mismo, ha suscitado legiones
de servidores voluntarios, que se muestran altivos de su misión, y miran como
un honor el cumplimiento de faenas de que difícilmente se encarga un
mercenario. Esta noble misión se nos confía también a todos, pues a cada uno de
nosotros encarga Dios, a lo menos dentro de cierta medida, el cuidado de esa
alma que va a dejar la tierra.
Cuando
se hayan agotado en torno del lecho todos los cuidados que dicta el afecto y
todos los recursos que dicta la experiencia; cuando la ciencia misma se declare
impotente, entonces, no sin perder la última esperanza, debéis pensar en esa
alma, que es todo lo que os queda de esos seres queridos.
Hay un
hombre (el sacerdote) a quien el mundo escéptico y burlón afecta tratar con
desdén, cuando no se le irroga la injuria de clasificarle entre los que
desempeñan una función cualquiera, retribuida por el Estado. Su misión es
discutida por unos y desconocida por otros; para muchos viene a ser como un personaje
extraño, cuya palabra es importuna y cuya presencia fastidia. Si se le hace
lugar a veces en las reuniones ordinarias, se le teme en las horas dolorosas de
la enfermedad; parece que en los pliegues de su austero traje llevara una
especie de sentencia de muerte. El médico puede multiplicar sus visitas, de
cuya inutilidad nadie se hace ilusión; los amigos, y el Notario mismo, podrán
tratar largamente de las disposiciones testamentarias; sólo al “sacerdote” se
le teme como a hombre de mal presagio.
El célebre
filósofo Cousin, hallándose un día de paseo con un amigo, alcanzó a ver a un
sacerdote que entraba a una pobre vivienda, llevando bajo el brazo una
sobrepelliz y una estola. Cousin le siguió con la mirada, y volviéndose le
dijo: “¿Véis a ese sacerdote? Va a hacer
una gran cosa: Y va ayudar a un hombre a bien morir. Nosotros, durante, treinta
años, hemos tratado de demostrar la existencia del alma sin lograrlo jamás.
Mientras tanto, estos sacerdotes que desdeñamos, van a combatir el vicio en las
almas de los malos; la tentación, en los que dudan; la desesperación, en los
que sufren. A todos, alcanza el socorro de su abnegación, tan heroica como
desconocida. Y nosotros querríamos arrojarlos al agua. Más valdría que nos arrojaran
a nosotros mismos. ¡Sí! Ellos se sacrifican por esas almas cuya existencia
nosotros di cutimos tan inútilmente. ¡Sí! Ellos son necesarios; y nosotros, con
toda nuestra ciencia, ¿De qué servimos?
Recordaos: “¿Está enfermo alguno entre
vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia.” (Santiago. V. 14).
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