SAN FRANCISCO DE SALES.
CAPÍTULO II
No
debemos turbarnos a la vista de nuestras faltas.
I
1. Dos señales de la buena y de la mala
tristeza. —
“La tristeza que es según Dios, dice San Pablo, obra la penitencia para la salvación; la tristeza
del mundo causa la muerte.” (II Corintios, VII, 10). La
tristeza puede ser, pues, buena o mala,
según las disposiciones que produce en nosotros. Verdad es que las produce más
malas que buenas, pues sólo produce dos
buenas, a saber: misericordia y penitencia, y en cambio produce seis malas, esto es: angustia,
pereza, indignación, celos, envidia e impaciencia; lo que hace decir
al Sabio: “La tristeza mata muchas
cosas, y nada hay de provecho en ella” (Eccl., xxx, 25), porque para dos
buenos arroyos que proceden del manantial de la tristeza, hay seis que son bien
malos.
Por eso el demonio hace todos sus esfuerzos para
engendrar esa mala tristeza, y para lograr desalentar el alma y desesperarla,
procura primero turbarla. Para esto no faltan seguramente pretextos. —¿No hay que afligirse por haber ofendido
a la Majestad soberana, ultrajado a la hermosura infinita y herido el corazón del
más tierno de los padres? —Sí, ciertamente, nos responde San Francisco de
Sales; hay que afligirse por ello, pero con un verdadero
arrepentimiento, y no con un dolor melancólico de despecho y de indignación.
Pues el verdadero arrepentimiento, como todo sentimiento inspirado por el buen
Espíritu, es tranquilo: non in commotione Dominus. Allí donde empiezan la inquietud y la turbación, la
tristeza buena cede el puesto a la mala. “La
tristeza mala, prosigue nuestro Santo, turba el alma, la vuelve inquieta, causa
temores desarreglados, disgusta de la oración, adormece y fatiga el cerebro, priva
al alma de consejo, de resolución, de juicio y de valor; en suma: es como un
crudo invierno que siega toda la hermosura de la tierra y entumece a todos los
animales; pues quita toda suavidad al alma y la vuelve casi paralítica e impotente
en todas sus facultades.”
2. Señales de un alma
que se turba después de sus caídas. —
¡En estos síntomas, cuantas almas reconocerán la turbación de que se han dejado
llevar después de sus faltas y los estragos que ha hecho en ellas! Se
había comenzado con fervor, lanzándose resueltamente en pos del Maestro en el camino,
en las rudas pendientes del Calvario. ¡Una
caída sobrevino, y he aquí la turbación! Se levanta, sin embargo: el
arrepentimiento, la absolución sacramental lo han reparado todo. ¡No importa! Uno se mira, se examina con ansiedad, cuenta las heridas, apenas
cicatrizadas; se las sonda con horror, se las envenena por querer vendarlas con
el despecho y la impaciencia; “no hay nada que
conserve más nuestras lacras que la inquietud y el apresuramiento para
quitarlas”.
Y durante este tiempo el paso se acorta. Ya no se corre,
se anda apenas, se arrastra descontento de sí y casi de Dios mismo, sin
confianza en la oración, sin otra disposición que el miedo a la recepción de
los Sacramentos, hasta que una circunstancia especial, una confesión
excepcionalmente preparada, un retiro, vienen a devolver a esta alma por un
momento el ardor de los comienzos. Mas poco después, la renovación
de nuevas caídas, si continúa dominada por la turbación, o simplemente el
recuerdo de las faltas pasadas, traerán un recrudecimiento de melancolía; a la
carrera seguirá inmediatamente el paso lento, y quiera Dios que a fuerza de vacilaciones y de lentitudes no se
concluya por caer en una inercia sin remedio.
¿Qué es, pues, pobres almas, lo que ha
venido a paralizar vuestros esfuerzos? Corríais mucho. ¿Quién os ha detenido?, os pregunta el Apóstol (San Pablo). La turbación, responde el autor de Filotea (San
Francisco de sales): “Si no os hubierais
inquietado al primer tropezón, y hubierais gallardamente llevado vuestro corazón
en las manos, no habríais caído al segundo.”
EL
ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS. SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R.
P. JOSÉ TISSOT. OBRA DEL SIGLO XIX.
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