viernes, 21 de octubre de 2016

LOS CURAS (Parte I)




¿Qué es un cura?

   INDIVIDUALMENTE considerado, el cura es un hombre que pudiendo disfrutar de los goces del mundo, renuncia a ellos para consagrarse por completo al servicio de una idea que sabe de antemano ha de convertirle en blanco de contradicción de muchos, en víctima de burlas para no pocos y en objeto de las investigaciones de gran número de gentes que están deseando pescarle en la más leve falta para desacreditarle a los ojos de todo el mundo.

   En menos tiempo que el que tardó para llegar al sacerdocio pudo hacerse abogado y aspirar a ruidosos triunfos en el foro, de esos que además de honra dan positivos provechos. Pudo seguir la carrera de las armas y llegar a figurar en los puestos más preeminentes de la milicia; dedicarse al comercio y realizar una pingüe fortuna, y sobre todo, lanzarse a la política y con una gran dosis de desaprensión y osadía escalar las alturas del poder y ser arbitro de los destinos de todo un pueblo.

   En cambio, como cura no podrá pasar, desde el punto de vista de las comodidades humanas, de una modesta medianía, rayana no pocas veces en la miseria. El traje que ha de vestir es humilde; las diversiones con que se solaza el mundo, aun aquellas que no son pecaminosas para los seglares, le están vedadas, y su alimentación, aunque el carácter de que se halla investido y el ejemplo que debe dar a los demás no se lo impusiera, ha de ser forzosamente frugal en razón a la escasez de sus emolumentos.

   ¿Pero por qué se ha hecho cura? ¿Acaso por egoísmo y para verse libre de los cuidados y sacrificios perennes que exige la familia a cambio de los fugaces goces que proporciona? Nada de eso; el cura tiene por lo general, todas las cargas que la familia impone, sin los goces que proporciona la que el seglar se forma por medio del matrimonio.

   El padre y la madre, ancianos, requieren su protección, y si no los tiene, pocas veces le faltan hermanos a quienes amparar o colaterales en cuyo auxilio ha de acudir.

   Por ambición ya hemos visto que no ha tomado el estado eclesiástico, pues en cualquiera de las carreras o profesiones que hemos citado y en muchas más que hemos omitido, habría tenido más ancho campo para satisfacer sus aspiraciones en este punto.


   ¿Se habrá hecho cura por misantropía o aborrecimiento al resto del linaje humano? Tampoco; porque el cura está en contacto con el mundo, aunque no vive según el mundo. ¡Y con qué mundo vive! No seguramente con los que se divierten y gozan de los placeres de la vida, sino con los que sufren, con los que lloran, con los angustiados por todo género de calamidades.

   Si se dedica al confesonario, ¡qué de miserias y de horrores se ve obligado a escuchar! ¡Cuántas dolencias morales tiene que curar! ¡Qué casos más intrincados de conciencia ha de resolver! ¡Cuánta dosis de paciencia y de misericordia tiene que emplear para escuchar tranquilamente el relato de los más repugnantes pecados sin dejar desbordar los sentimientos de repulsión que el delito produce en todo pecho honrado, a fin de no desesperar con una dureza impremeditada al pecador que a él se confía! ¡Qué tacto ha de desplegar en la reprensión de los vicios! ¡Qué prudencia en dar los consejos que se le piden! ¡Qué tino en sondar las llagas del alma, a fin de no irritarlas en lugar de sanarlas!

   Si se dedica con preferencia a la predicación, no son menores sus afanes ni los temores de incurrir en tremendas responsabilidades por el uso que haga en este punto de los talentos que Dios le ha dado.

   No va como el orador parlamentario o tribuno, a escuchar los aplausos de un público a quien puede entusiasmar con períodos grandilocuentes, aunque se hallen, como por lo general están esa clase de discursos, formados con palabras vanas o vacías de sentido. Va, por el contrario, a predicar una doctrina que pugna con los apetitos de la carne, que se opone a la vanidad humana, que está en guerra abierta con lo que el mundo desea y quiere. Sabe, y esto le alienta, que le está prometida la asistencia del Espíritu Santo, pero no ignora que ha de merecerla por una preparación solícita, por un estudio concienzudo, y sobre todo, por una pureza de intención que excluya todo objeto que no sea el fin elevado que su misión apostólica le impone, y esto le hace experimentar no pocas zozobras y temores.

   Vive, sí, en el mundo el cura, y puede decirse que es esclavo de todo el que padece, porque el enfermo le llama a la cabecera de su cama, y aunque sea a hora avanzada de la noche, ha de levantarse de su lecho, como el médico, para acudir al apremiante llamamiento. Con una diferencia muy notable, a saber: el médico se lucra con esas molestias inherentes a su profesión, mientras el cura no recibe recompensa ninguna material, y sabe, por el contrario, que no pocas veces ha de ser mal recibido por algún pariente anticlerical, que, por espíritu sectario, quiere privar al moribundo de los auxilios espirituales que el cura va caritativamente a prestarle.

   Pero si demostrado queda con esto que el cura no lo es, ni por egoísmo, ni por ambición, ni por misantropía, ¿cuál puede ser la causa de que haya abrazado el estado eclesiástico con preferencia a cualquiera otro?

   La respuesta no puede ser más sencilla. El cura digno de este nombre ha seguido, para serlo, los impulsos de una vocación que implica, el amor más sublime y más puro hacia el género humano.



“Apostolado de la prensa”

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