sábado, 29 de octubre de 2016

La gracia de la buena muerte. (Parte I)



   A propósito de la buena muerte, conviene hablar primeramente de la perseverancia final y, después, el modo como el justo se prepara a recibirla.

El don insigne de la perseverancia final.

   Este don se define así: es aquel que hace coincidir el momento de la muerte con el estado de gracia. Veamos lo que dicen acerca de esto la Escritura y la Tradición, y, por tanto, la explicación que da la Teología según Santo Tomás.

   La Sagrada Escritura atribuye a Dios la coincidencia de la muerte con el estado de gracia. En el libro de la Sabiduría (IV, 11 y 14), a propósito de la muerte del justo, tan distinta de la del impío, se lee: “Su alma, siendo grata a Dios, Él se ha apresurado a sacarla de en medio de la iniquidad donde habría podido perderse.” En el Nuevo Testamento escribe San Pedro (I Petr., V, 10): “EI Dios de toda gracia, que por medio de Jesucristo nos ha llamado a su gloria eterna, nos perfeccionará El mismo, nos fortalecerá, nos robustecerá.” San Pablo dice también (Philipp., I, 6): “Aquel que ha empezado en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo.” Del mismo modo, a los romanos (VIII, 28-33): “Todas las cosas concurren al bien de aquellos que son llamados de acuerdo con sus eternos designios. Aquellos que Él ha predestinado, ésos han sido llamados por El, y a los que ha llamado los ha justificado también, y a los que ha justificado también los ha glorificado”, lo cual supone que los ha conservado en la gracia que justifica. Confróntese con Rom., IX, 14-24. Él dijo a Moisés: “Yo haré misericordia a quien quiero hacer misericordia, y tendré compasión de quien quiero tener compasión.” En efecto, el don de la perseverancia es concedido a todos los elegidos.

   San Agustín, en su libro Sobre el don de la Perseverancia (C. 13, 14, 17), manifiesta que, tanto para los niños como para los adultos, el morir en estado de gracia es un insigne beneficio de Dios. Para los adultos, este don fija en el bien su elección voluntaria y meritoria y les impide dejarse vencer por la adversidad. Todo predestinado tendrá este don, pero ninguno puede saber, sin una revelación especial, si perseverará en él. De modo que debemos trabajar por nuestra salvación «con temor y temblor». San Agustín dice, por fin, que este don no nos es concedido por nuestros méritos, sino por la secretísima, sapientísima y benéfica voluntad de Dios, a quien sólo concierne fijar, cuando a Él le plazca, el término de nuestra vida. Pero si semejante don no puede ser merecido, puede, sin embargo, ser obtenido con nuestras súplicas: “Supliciter emtereri potest”.

   Santo Tomás de Aquino explica muy bien este último punto de doctrina (I, II, q. 114, a. 9). Sus enseñanzas, admitidas en general por los filósofos, se reducen a lo siguiente: El principio del mérito, que es el estado de gracia, no puede ser efecto de sí misma. Ahora bien: la perseverancia final no es otra cosa que el estado de gracia conservado por Dios para nosotros en el momento de la muerte. Por consiguiente, no puede ser merecido. Depende sólo de Dios, que conserva las almas en estado de gracia o se lo devuelve. Sin embargo, la gracia puede ser obtenida por la oración humilde y confiada, dirigida no a la justicia divina, como el mérito, sino a su misericordia.

   ¿Cómo es que podemos merecemos la vida eterna, sin merecernos también la perseverancia final? Es que la vida eterna, antes de ser, como es evidente, un principio del mérito, es su término y su finalidad. Se la obtiene, efectivamente, a condición de no perder los propios méritos. Santo Tomás, hablando de los adultos (II, II, q. 137, a. 4), dice: “Puesto que el libre albedrío es por sí mismo mudable, aun revestido de la gracia habitual, no es capaz de fijarse inmutablemente en el bien; puede escogerlo, pero no realizarlo sin una gracia actual especial.”

   El Concilio de Trento (Denz., 806, 826, 832) confirma esa enseñanza tradicional. Afirma la necesidad de un auxilio especial para que el justo persevere en el bien. Este auxilio es un gran don, enteramente gratuito, que sólo puede obtenerse de “Aquel, como dice San Pablo (Rom., XIV, 4), que puede sostener al que está en pie y levantar al que cae”.

   El Concilio añade que, sin una revelación especial, nadie puede tener certeza anticipada de recibir semejante don, pero se le puede y se le debe esperar firmemente luchando contra las tentaciones y trabajando por la salvación mediante la práctica de las buenas obras.

   Respecto a la eficacia de la gracia actual concedida a los justos por un último acto meritorio, los tomistas admiten que es eficaz intrínsecamente, o por sí misma, sin violentar de ningún modo la libertad por ella actualizada. Los molinistas, por el contrario, dicen que es eficaz extrínsecamente mediante nuestro consentimiento, que había previsto Dios gracias a la ciencia media. Según los tomistas, esta previsión supondría en Dios una pasividad y le haría dependiente, en su presciencia, de una determinación creada, que no provendría de Él.

   Si es cierto que no se puede estar seguro anticipadamente de obtener la gracia de una buena muerte, hay, no obstante, signos de predestinación, sobre todo los siguientes: la preocupación por no caer en pecado mortal, el espíritu de oración, la humildad que atrae la gracia, la paciencia en la adversidad, el amor del prójimo, la ayuda a los afligidos, una sincera devoción a Nuestro Señor y a su Santísima Madre. En otro sentido, y de acuerdo con la promesa hecha a Santa Margarita María, los que hayan comulgado en honor del Sagrado Corazón nueve veces seguidas en el primer viernes de mes, pueden tener, si no la certeza absoluta, al menos la confianza de obtener de Dios la gracia de una buena muerte, sobreentendida, con toda seguridad, la necesidad de las buenas obras y la práctica de nuestros deberes de cristianos. Pero aun es, con tales condiciones, una gran promesa.


“LA VIDA ETERNA Y LA PROFUNDIDAD DEL ALMA”


P. REGINALDO GARRIGOU-LAGRANGE, O. P.



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