martes, 20 de junio de 2017

LA HORA SANTA: En la vida de Santa Gema Galgani – Origen de esta devoción y primer cuarto de hora




ORIGEN DE ESTA DEVOCIÓN.

   Los fundamentos históricos de la Hora Santa podemos encontrarlos en estas palabras de Jesucristo a sus discípulos predilectos Santiago y Juan: Aguardad aquí y velad conmigo en oración… ¿Es posible que no hayáis podido velar  una hora en mi compañía? “Velad y orad para no caer en la tentación, pues si bien el espíritu esta pronto, la carne es flaca”.

   Desea Jesús le acompañen en la oración del Huerto sus discípulos, y siempre se han esforzado por hacerlo los fervorosos.

   En estos últimos siglos ha pedido el Corazón de Jesús el obsequio de esta compañía a su fidelísima confidente Santa Margarita de Alacoque. Hija mía—le dijo en cierta ocasión—, quiero que veléis durante una hora, todas las noches del jueves al viernes, y postradas en devota oración, me acompañéis en la agonía de Getsemaní,  compadecerme en la amargura que experimenté por el abandono de los apóstoles —representan éstos a los cristianos— y para implorar misericordia por los pecadores.

   Santa Margarita de Alacoque se desveló lo indecible por atender la tierna súplica de Jesucristo, obteniendo muy pronto la acompañasen en esa Hora Santa las religiosas de su monasterio.

   Posteriormente se ha extendido tan saludable práctica por lodos los países y entre toda suerte de personas piadosas, constituyendo en nuestros días uno de los ejercidos en honor de la Pasión muy difundidos y estimados.

   Puede hacerse la hora Santa en público o en privado, de las once a las doce de la noche. o a otra hora más oportuna de la tarde del jueves, meditando cualquier misterio de la Pasión, preferentemente la oración y agonía del Huerto de los Olivos.

   Son numerosas las aprobaciones y recomendaciones de tan santo ejercicio hechas por la Santa Sede, teniendo concedida una indulgencia plenaria si a la Hora Santa se añade la confesión, comunión y cualquiera otra oración por las intenciones del Papa, y aun faltando dichas condiciones, diez años de indulgencia, haciéndola con el corazón contrito en público o en privado (21 de mareo de 1938).

   En la Vida de Santa Gema se nos habla extensamente del singular aprecio en que tenía la virgen la Hora Santa, de la puntualidad y fervor con que la practicó hasta la última semana de su vida y de los singulares favores, en particular la participación de las llagas de la crucifixión, que le concedía el Señor desde el punto que la comenzaba.

   Se guiaba la Santa en este ejercicio por el opúsculo que ofrecemos a continuación, y que formaba parte del Manual de ejercicios y oración usado en el Instituto de Santa Zita, donde Gema se educara, y compuesto por la venerable fundadora de dicho Instituto, Sor Elena Guerra.

   Por tratarse de un texto muy sólido, tierno y sencillo, y por haberlo tenido en muy alto aprecio alma tan dirigida por el Espíritu Santo como Santa Gema, ha logrado esta Hora Santa enorme difusión en todo el orbe católico.

   Ofrecemos con todo afecto esta nueva edición a los devotos de la Pasión, exhortándoles a practicar este ejercicio con la puntualidad y fervor con que lo hacia Santa Gema, para cosechar en él parecidos frutos de virtudes cristianas.



INTRODUCCIÓN

   Colócate, alma piadosa, en la presencia de tu amantísimo Salvador, y considéralo en aquella noche en la cual, después de instituida la sagrada Eucaristía para hacerse tu alimento, sale con sus apóstoles del Cenáculo para dirigirse al Huerto de los Olivos y comenzar aquella dolorosísima Pasión, con la cual debía salvar al mundo.

   Mortal tristeza nubla la frente del afligido Jesús, y se trasluce en cada una de sus palabras. Palidez de muerte obscurece aquel rostro sobre el cual resplandecía la gracia del Edén. Entretanto, el atribulado Salvador fija sobre ti sus miradas, como si quisiera decirte: “Alma querida, que me costaste tantos sudores, detente conmigo, al menos durante una hora, y considera si hay dolor semejante a mi dolor... Y considera también que en la noche de mi agonía busqué, en vano, quien me consolase”.

   Adorable Jesús, ¿podrá jamás existir criatura tan ingrata y dura de corazón que rehúse pasar una hora en vuestra compañía, recordando aquellos misterios de sumo dolor y amor que se consumaron en la obscuridad de la noche de vuestra Pasión, en el sagrado Huerto de Getsemaní?... Buen Jesús, heme aquí cerca de Vos: dignaos darme a conocer la atrocidad de vuestros tormentos y el exceso de amor que os llevó a ofreceros por víctima de mis pecados y de los de todos los hombres.

   (Si la llora Santa se hace entro varias personas, se puede alternar en cada cuarto de hora un cántico piadoso, por ejemplo, la siguiente estrofa, que aparece en el original italiano o cualquiera de nuestros cantos populares):

¡Oh, redimidos al precio
de una víctima sin par,
al Huerto de los Olivos
venid a sentir y amar!

Aquí, donde por salvarnos,
lleno de angustia y dolor,
a ríos su sangre vierte
el divino Redentor.

Con El siquiera un momento
estemos en oración,
suplicando, dando gracias,
compartiendo su aflicción.

PRIMER CUARTO DE HORA.

La tristeza de Jesús.

lunes, 19 de junio de 2017

LA INFIDELIDAD CONYUGAL




Que pueden cometerse punibles excesos y abusos de espantosa trascendencia dentro del estado nupcial, es cosa que no puede ocultarse, y que con ingeniosa frase significó San Bernardino de Sena diciendo que muy bien puede el hombre embriagarse con el vino de su propia cuba; más acerca de estos desórdenes preciso es tender un velo, y deplorarlos sin sacarlos a luz. En cuanto a los casados que buscan la fruta del huerto ajeno, teniendo su propio huerto, es un horror lo que pasa con ellos. Ni reparan en la salud, ni en la de su consorte, que vician con males importados al lecho doméstico, ni en la pública decencia y decoro, ni en su buen nombre, que en su vida, ni en su alma, ni en su hacienda; con todo atropellan como rabiosas fieras, sin atender a las divinas leyes ni a las humanas.

   Teniendo sus esposas como ángeles, se adhieren al estiércol como decía llorando Jeremías (Jer. IV, 5). Y el Sábio dice, que la mujer mala es como el estiércol en el camino (Eccles. XI, 10), que todos lo pisan, y los cerdos lo buscan para deliciarse con él. El adultero más quiere el estiércol  de la mujer ajena, que la hermosura de la propia.

   Veamos ahora la malicia del adulterio. Job dice que es un mal, y la iniquidad máxima (Job. XXXI, 9), y debe considerarse cuál será su gravedad para merecer un superlativo de tan grande ponderación (Máxima iniquidad). A la casa rica de Faraón la llenó Dios de plagas máximas, como lo dice el sagrado Texto (Gen. XII, 17), por la mujer de Abrahán que tenía usurpada. El profeta Jeremías llegó a decir que la tierra lloró a la faz de la maldición, por estar llena de adúlteros (Jerem. XVII, 10); Oseas, que el camino de éstos será cercado de espinas (Ose. II, 6); Ezequiel, que viven en casas ruinosas y a cada paso temen su perdición.


   De las mujeres que se hacen reas del mismo delito dice cosas terribles la divina Escritura; que son la total perdición de sus infelices casas, la confusión de sus maridos, la ruina de sus hijos, el escándalo de su familia, malditas de Dios y de los pueblos, y que son como las bestias, y aún peores y más abominables. Añádase, como consecuencia, los celos rabiosos que convierten la casa en un abismo del infierno, donde no se oyen sino injurias y execraciones, y los divorcios que asolan las familias, y son causa de gravísimos males.


“LA LUJURIA Y SUS REMEDIO” Por el Padre. Fray Arbiol.

POR QUÉ DIOS QUIERE SER AMADO.




   Al doctor de la ley que preguntó a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mayor de los mandamientos?”, le dió una respuesta que no podía menos de darla, y que era una revelación para aquellos judíos obcecados, y a nosotros nos parece tan natural y fácil: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu espíritu, con todas tus fuerzas”.

   Hemos sido creados para amar; como nuestro entendimiento no puede estar sin pensar, así nuestro corazón no puede vivir sin amar, y este amor lo hemos de poner en Dios. Saliendo de Dios, volvemos a él, porque nos ha hecho para Sí. Dios mismo quiere ser nuestro Bien supremo, desea comunicarse y unirse a nosotros con unión eterna. Él es, pues, a la vez nuestro principio y nuestro fin. Pero nosotros debemos volver a El de buen grado, unirnos libremente con El, y esta conversión a Dios, esta unión con Dios no es otra cosa que el amor. Ya en esta vida el amor mutuo une el alma con Dios, abajándose Dios hasta morar en ella, y elevándose ella (el alma)  hasta transformarse en Dios; y en la otra vida por el amor y en el amor nos daremos a Dios y Dios se dará a nosotros. El amor realiza, pues, lo que es el fin de la Creación.

   ¿Hay algo más legítimo, más acertado, más justo que amar a Dios? El amor es la tendencia libre hacia lo que es bello, lo que es bueno; y Dios es la hermosura infinita, la Bondad suprema; como tal, debe ser amado antes que toda otra cosa, tiene derecho más que nadie, derecho infinito a nuestro amor. Amar, pues, a Dios es el primero de nuestros deberes. Cumplido bien este deber contiene todos los demás, porque amar a Dios es no sólo complacerse en Dios y querer el bien de Dios, o procurar su gloria, es también y por eso mismo, querer lo que quiere; y Dios quiere todo lo que es conforme, justo y bueno; luego amando a Dios, se ama y practica por eso todo lo justo, bueno y acertado.

   Pertenece, pues, al orden amar a Dios, y Dios que quiere el orden con amor infinito, no puede menos de querer ser amado. Además, Dios es todo amor: Deus charitas est; pero el amor reclama al amor. En fin, el amor quiere el bien del ser amado; y no podemos ser felices sino amando a Dios. Por todos estos motivos, quiere Dios que lo amemos.

   Desde el principio del mundo, vemos a Dios procurando ganar el corazón del hombre. Su trato con nuestro primer padre, sus beneficios ¿no tenían por objeto granjearse el afecto de las criaturas? Más tarde hizo del amor un precepto formal: “Escucha, oh Israel, dice el Deuteronomio (VI, 45); el Señor tu Dios es el Dios único; lo amarás con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”. Y sin embargo, por muchos siglos, fué Dios poco amado. Existieron, sin duda, almas amantes, la vida de los santos de la ley antigua, los ímpetus afectuosos de los Salmos, los santos ardores, el celo vehemente de los profetas, son prueba de ello; pero la mayor parte de los mismos que observaron la ley respetaban a Dios y lo temían más que lo amaban; vivían del temor de Dios más que del amor de Dios: feliz el hombre que teme a Dios. Obraban honestamente, procurando evitar los pecados que atraen los castigos de Dios, pero se atenían a las virtudes comunes: se guardaban del orgullo, sin llevar muy adelante la humildad; respetaban el bien ajeno, pero sin el despego de los bienes de este mundo; tenían paciencia, pero sin el amor de la Cruz; guardaban las leyes del matrimonio, pero sin pensar en la Virginidad. El respeto de Dios, el temor de Dios no producían más; el amor, en cambio, es mucho más fecundo.

   Dios amó demasiado a los hombres para contentarse con esta mediocridad; ama mucho a sus hijos para no desearles el amor generoso que es el principio de las virtudes perfectas. Cortas virtudes no pueden ganar sino pequeños méritos y Dios quiere dar a sus hijos eternamente riquezas muy superiores a las que podrían obtener esas virtudes mediocres.

   Dios pues en su inmenso amor a los hombres les envió a su Hijo único: Se lo entregó para que el Verbo hecho carne, con su benignidad, su sacrificio, sus padecimientos conquistara los corazones e hiciera germinar en esta tierra yerma ricas mieses de amor: Vine a poner fuego en la tierra y deseo mucho que se encienda. Sí, lo desea el dulce Salvador: los deseos provienen del amor y cuanto más se ama más se apetece. Siendo el amor de Jesús de un poder extraordinario produce deseos de una vehemencia extraordinaria. Jamás hubo alma tan apasionada y consumida por el amor que haya deseado ser amada como Jesús lo ansia. Estos deseos son purísimos y santísimos y de una intensidad inconcebible, Diríase que con los siglos esta sed de amor en el Corazón de Jesús va aumentando a medida que aumenta el número de los hijos de los hombres objeto de su amor. ¿No dijo el Salvador a Santa Margarita María que su Corazón no podía ya contener en sí mismo las llamas de su ardiente caridad? Y a otra religiosa de la Visitación a la cual sanó milagrosamente, hace pocos años, ¿no manifestó parecidos deseos? “¡Sobre todo, ámame; estoy tan necesitado de amor y encuentro muy poco aun en los corazones que se me han consagrado!” ¡Qué gozó pues, para Jesús cuando da con un corazón que le ama con amor verdadero; como le prodiga sus gracias; cuan afectuoso se le muestra! Recordemos sus delicadezas y ternuras con Santa Gertrudis, Santa Teresa y otras muchas almas; los corazones poco amantes se asombran; les cuesta creer en tales efusiones de parte de Dios; pero a los que tienen un gran amor ni les sorprenden ni les extraña, más bien atienden a recibir de su amado estas divinas ternuras.

“EL IDEAL DEL ALMA FERVIERNTE”


Augusto Saudreau – Canónigo Honorario de Angers.

viernes, 16 de junio de 2017

Ya hay bastante con comulgar en las grandes fiestas, a lo más una vez al mes – Por Monseñor de Segur.




   Y ya es mucho, cuando se hace sin amor, y se considera como un penoso deber. Muy bueno sin duda es comulgar todos los meses; pero mucho se engañaría quien creyera satisfacer con esto los deseos de la iglesia nuestra Madre, y portarse como verdaderamente piadoso. No es de este sentir el gran San Francisco de Sales: muy al contrario, dice terminantemente que todo buen cristiano, por poco que sea el cuidado que tenga de su alma, no puede dejar pasar más de un mes entre Comunión y Comunión. El catecismo romano, parece señalar idéntica regla, pues al aconsejar la Comunión de cada día o de cada semana o de todos los meses, es de suponer que no se puede tardar más tiempo.

   Esta Comunión mensual, instituida en muchas cofradías, catecismos, casas piadosas, lo mismo que la semanal ordenada en loa seminarios y comunidades, representa el mínimum nunca el máximum: es necesario seguir aquellas reglas conforme al espíritu que las dictó, espíritu de piedad católica, que, deseando vivamente en unión con la santa Iglesia que se acercasen los fieles a recibir lo más frecuentemente posible la Comunión, ha procurado fijar un límite extremo para las almas menos fervorosas.

   Debe interpretarse también el sentido de esos laudables reglamentos y usos por la gran regla que domina a todas las otras, quiero decir, la enseñanza tradicional de la Iglesia y de la Sede apostólica. Hemos dado a conocer además aquella sagrada máxima que el Papa Benedicto XIV resumía en estas palabras: “No hay nadie a quien no puede aconsejársele que comulgue todos los meses, y muy pocas son las almas a quienes deba negarse el que lo hagan cada semana:” y San Antonino, arzobispo de Florencia, había manifestado muy particularmente la misma opinión al escribir lo siguiente: “Exhorto a todos los fieles; cuya conciencia no esté manchada con el pecado mortal, a que comulguen todos los domingos”
   Parece mucho menos explícito San Francisco de Sales en la “Introducción”, al recomendar a todos los cristianos la Comunión de ocho en ocho días, que la mayor parte de los otros santos con relación a la Comunión diaria; pero también se ha exagerado mucho la extensión de sus palabras, San Francisco de Sales limítase, y con sobrada razón, a manifestar que no puede aconsejarse indistintamente a todos los fieles que comulguen diariamente, por la sencilla razón de que, debiendo ser sumamente excelente la disposición qne se requiere para tan frecuente Comunión, no es prudente ni bueno el aconsejarla generalmente. Y como por otra parte esta disposición aunque muy excelente, puede encontrarse en muchas buenas almas, tampoco es prudente distraerlas o disuadirlas generalmente; de esto resulta que se debe tratar a cada uno en particular conforme lo pida su estado interior. Seria, pues, una gran imprudencia el aconsejar indistintamente a todos este uso tan frecuente; pero lo sería mucho mayor el vituperar ha alguno por ella, especialmente cuando se ajustase a las prescripciones de algún digno director.

   Como regla práctica, nada hay más luminoso, ni tan sencillo a la vez como lo que sobre la sagrada Comunión dice santo Tomás. Después de haber expuesto la doctrina católica sobre la  Comunión diaria, apoyándose en la autoridad  de los santos Padres, y muy particularmente en aquella célebre máxima de San Agustín que dice: “Este es el pan de cada día: recibidlo, pues, cada día, para que cada día os haga el provecho apetecido; pero es de todo punto indispensable que vuestra vida esté de tal modo arreglada que lo podáis recibir dignamente todos los días” sienta el angélico Doctor aquel sabio principio de que: “Cuando una persona sabe por su  propia experiencia que aumenta en su corazon el | amor a Dios por medio de la Comunión diaria, y que no se resiente en lo más mínimo su respeto hacia tan divino Sacramento, debe comulgar todos los días”

   Así, pues, si te encuentras en esta disposición, comulga todos los días; pero te dejo en completa liberta por si lo quieres hacer solo de ocho en ocho días, porque esta es la Comunión ordinaria de los buenos cristianos, advirtiéndote  de paso que esta no es la frecuente Comunión,  tal como la enseña formalmente San Alfonso María de Ligorio, pues solo entiende por frecuente Comunion la que se recibe varias veces a la semana. “¿Puede decirse (pregunta el santo Obispo, cuyas prácticas de moral han sido jurídicamente examinadas y sancionadas por la Santa Sede) que asiste a menudo a oír misa aquel que se limita a oírla solamente los domingos y fiestas de guardar? Evidentemente que no. Pues esto mismo puede decirse con relación al que comulga de ocho en ocho días,”

   En último caso, pues, no te acostumbres, como dice San Juan Crisóstomo, a medir la Comunion por la ley del tiempo; la pureza de tu conciencia te marcará cuando debes acercarte a ella” Y añade San Ambrosio: “Aquel que no se encuentra en disposición de comulgar todos los días, menos encontrará para hacerlo una vez al año.”


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


miércoles, 14 de junio de 2017

EN DEFENSA DE LA MISA TRADICIONAL – Tercera parte final.




DOCTRINA CATOLICA SOBRE EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

   La verdadera Misa católica, según nos enseña la Iglesia desde siempre, esa Misa que fue codificada (esto es, redactada en forma definitiva, puesto que la Misa se remonta a los tiempos de Nuestro Señor Jesucristo) por el Papa San Pío V luego de! Concilio de Trento (desde 1545 hasta 1563) es un Sacrificio que verdaderamente es ofrecido por el sacerdote que la celebra, por la virtud misma de su sacerdocio, "in persona Christi”: es decir, en lugar de Cristo que es a la vez el Sacerdote y la Víctima; esto significa que la Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz, pero hecho ahora en los altares.

   La Misa, en efecto, es el mismo Sacrificio de la Cruz, con la diferencia de que no es sangriento. Este Sacrificio tiene cuatro finalidades: para alabar a Dios, para presentarle nuestros ruegos (se llama fin impetratorio), para darle gracias por sus dones y favores (es el fin eucarístico) y para que sea indulgente con nosotros (fin propiciatorio).

   En la Misa, la victima (la Hostia) que se le ofrece a Dios Padre es el mismo Dios Hijo, Jesucristo, real y verdaderamente presente en su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, bajo las apariencias de pan y de vino. La consagración es el cambio de las sustancias de pan y vino por el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo: este es el milagro que citábamos antes, llamado transubstanciación, y puede realizarlo únicamente un sacerdote, por haber recibido el sacramento del Orden Sagrado. Con esto entendemos que los fieles presentes en la Misa no pueden consagrar. Pues bien, según el rito de la nueva misa, el mismo misal dice que el sacerdote consagra en nombre de los fieles, como presidente de la asamblea. Esto significa que, si el sacerdote le hace caso al misal, no consagra, porque es un presidente de asamblea y no un sacerdote. Y, si consagra el pan y el vino como sacerdote y no como presidente de la asamblea, está desobedeciendo a su propio misal y se opone a lo que dice la misa nueva. En el primero de los casos, la “misa” sería Inválida; en el segundo, ilícita. Pero en ningún caso sería la Misa católica.

LA BULA “QUO PRIMUM TEMPORE” DE SAN PÍO V

martes, 13 de junio de 2017

San Antonio de Padua, confesor. — 13 de junio (+ 1231)




   El maravilloso predicador de Cristo, san Antonio de Padua, nació en Lisboa, cabeza del reino de Portugal, y fué hijo de muy nobles y virtuosos padres.

   Bebió con la leche de su madre la devoción a la Virgen santísima; y a la edad de quince años tomó el hábito en el monasterio de canónigos reglares de san Agustín, donde hizo su profesión: más once años después, pasó con la venia de sus superiores a la religión seráfica, llevado del deseo de convertir a los moros y derramar su sangre por Jesucristo. Pero el Señor que le destinaba a otro apostolado, le envió en África una grave enfermedad; y para cobrar salud se embarcó con rumbo a España, más por vientos contrarios fué llevada la nave a Italia.

   Mandóle su seráfico padre san Francisco, que leyese teología en las ciudades de Montpellier en Francia, y de Bolonia y Padua en Italia, y le encomendó después el oficio de predicar. Eran sus palabras como unas llamas de fuego que abrasaban los corazones, y como Dios las confirmaba con grandes prodigios, fueron innumerables los herejes y pecadores que convirtió así en Francia como en Italia.

   Una vez, disputando con un hereje llamado Bonibillo que negaba la presencia de Cristo en la Eucaristía, hizo que la mula del hereje, a pesar de haber estado tres días sin comer, dejase la cebada que le ponían delante, para arrodillarse delante del santísimo Sacramento; con este milagro se convirtió aquel principal maestro de los herejes.

   Otra vez estando en la ciudad de Armiño, para confundir a los herejes que no querían oírle, se llegó a la ribera del mar, a predicar a los peces, a los cuales, asomando del agua les echó su bendición.

   Convidáronle un día unos herejes a comer y le pusieron ponzoña en el plato; y el santo les afeó aquella maldad, pero haciendo la señal de la cruz sobre el manjar, comióle sin recibir del veneno lesión alguna. Aconteció muchas veces que predicando en una lengua le entendían los oyentes de diferentes naciones y lenguas, como si predicara en la de cada uno, y aún fue oído dos millas lejos de donde predicaba. Era tanta la genta que acudía a sus sermones, que no cabiendo  en los templos se salían a los campos.

   Acechó una noche al santo el huésped que le había recibido en su casa, y vió en su aposento una gran claridad, y el Niño Dios hermosísimo y sobremanera gracioso encima de un libro, y después en los brazos de san Antonio, y que el santo se regalaba con él sin apartar los ojos de su divino rostro.

   Finalmente a los diez años de sus apostólicos ministerios, acabó su vida llena di virtudes, y en la ciudad de Padua entregó su alma bienaventurada al Señor.

   Reflexión: Entre los milagros con que Dios ilustró a este santo gloriosísimo, es muy digno de mención el que aconteció treinta y dos años después de su muerte, en la traslación de su sagrado cuerpo. Porque se halló entre los huesos de la boca la lengua tan entera y fresca como si estuviera viva: y tomándola en las manos San Buenaventura, que era a la sazón Ministro general de la orden de San Francisco, bañado en lágrimas exclamó: “¡Oh lengua bendita! que siempre alabaste a Dios, y fuiste causa de que tantos le alabasen: bien se ve ahora de cuánto merecimiento eres delante del Criador, que para tan alto oficio te había formado” Empleemos también la nuestra en alabar al Señor; ya que es éste el mejor uso que podemos hacer de ella.

   Oración: Haz, Señor Dios mío, que la solemne festividad de tu confesor Antonio regocije toda la Iglesia, para que fortificada con los socorros espirituales, merezca disfrutar los gozos eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor Amén.



“FLOR DE LOS SANTOS – Año 1949”


lunes, 12 de junio de 2017

EN DEFENSA DE LA MISA TRADICIONAL. – Segunda parte de la (segunda parte)




LUTERO CONTRA LA MISA CATÓLICA

   Lútero, en el fondo, no quería tratar estos hechos con demasiada franqueza Decía que: “para llegar segura y eficazmente al final, es necesario conservar ciertas ceremonias de la antigua misa, para que los débiles no se escandalicen por el cambio demasiado brusco”. Algo parecido llevó a cabo la reina Isabel de Inglaterra, quien para atacar al catolicismo en su país y poder implantar el anglicanismo, encargó a sus teólogos que no negasen expresamente el dogma católico de la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Santa Eucaristía, sino que lo dejen indeciso, a la elección de cada persona.

   Con todos estos trucos, Lútero y otros herejes lograron introducir lentamente el protestantismo en poblaciones enteras, que se seguían considerando católicas, y que -cuando se dieron cuenta- ya habían asimilado las herejías.

   Es terrible el éxito de estas medidas de Lútero para disimular los cambios, en ambientes que hubieran reaccionado enérgicamente si desde el principio se hubiesen dado cuenta de lo que se tramaba: cambiarles la misa para cambiarles la religión.

   Esta lección de la historia nos crea, en nuestros días, la grave obligación de alertar a nuestros hermanos en la fe, contra un proceso similar de cambios en la Misa de siempre.

   La misa luterana fue presentada en la Navidad de 1521, con las siguientes partes: Yo pecador la oración de entrada, Kyrie eléison. Evangelio y predicación, nada de ofertorio, Sanctus, los recitados en voz alta y en lengua de cada país de la institución de la Cena, la comunión en la mano y bajo las dos especies (pan y vino), el Agnus Dei y la bendición final. Ese nuevo culto fue una reducción y caricatura del verdadero culto católico, pero una transformación algo tímida, que conservaba aún mucho del esplendor de la Misa tradicional. Pensemos esto cuando nos digan que la misa nueva se parece mucho a la Misa de siempre. No solamente eso no es cierto, sino que, además, así empezó Lútero...

   En resumen, Los protestantes concentraron sus esfuerzos en tres puntos esenciales:

Hexagrama o estrella de seis puntas – Por Pierre Virion




   NOTA: Una miembro de nuestro grupo en Facebook “Santa María Magdalena…Modelo de penitentes” nos pidió la interpretación de la estrella de seis puntas. Acá una breve explicación, pues esta publicación no agota todo el tema.

   Esta figura representa el gran pentaclo cabalístico formado por dos triángulos invertidos y enlazados. Se lo llama también el Sello de Salomón.

   En el siglo pasado, Eliphas Lévi (ex-abate Constant), ese maestro del ocultismo, lo había reproducido en su obra “Dogma y ritual de la Alta Magia”, pero él no lo había creado; lo había recogido, con algunas variantes, de viejos manuscritos cabalísticos.

   Sergio Nilus a su vez, tomándolo prestada a Eliphas Lévi, lo había puesto tal como está aquí reproducido en su obra titulada: “Lo Grande en lo Pequeño y el anticristo como posibilidad inmediata de gobierno”, seguido de un texto de los Protocolos.

   Este pentaclo se llama también: El Macroprosopo y el Microprosopo (gran y pequeño mirado) de la Cábala. He aquí las significaciones más accesibles al lector no informado:

   l) La serpiente que se muerde la cola rodeando el hexagrama, es el símbolo de la alta iniciación ocultista.

   Figura también la universalidad de la ciencia oculta y del poder de los magos conquistando el universo.

   2) El lema “Quod superius macroprosopus sicut quod inferius microprosopus” es una antigua fórmula hermetista. Significa: “Lo que está arriba es como lo que está abajo” (y recíprocamente). Se debe ver aquí ante todo una falsa analogía que da la creación visible como la imagen del mundo superior del cual es la réplica.

   El iluminismo y la teogonía de las sectas llegan así a  una inversión DE LAS VERDADES FUNDAMENTALES E INCONTESTABLES DE LA REVELACION, y por lo tanta, de la teología católica.

   El Macroprosopo (superior) coronado por una tiara papal es entonces el Hombre-arquetipo, ideal, divino, el Adam-Kadmon de la Cábala. El Microprosopo (inferior) es el Mago, el ser “ultra humano” de aquí abajo, del que la ciencia oculta hace “uno de esos seres inverosímiles que no conservan de la humanidad más que el aspecto exterior socialmente, pero cuyo espíritu emancipado se eleva a alturas inauditas, donde el hombre se transforma en semi-dios” (Oswald Wirth). Se podría comparar con las elucubraciones delirantes de Pauwels y Bergier en “La aurora de los magos” y su continuación en la revista “Planeta”.

   Es por lo tanto también —y esto es importante— la fórmula de la REGENERACION (o reintegración) del hombre por la “Gran Obra” del hermetismo, que hace del hombre (inferior) un dios (superior). La regeneración del hombre por la GNOSIS (conocimiento esotérico e iniciático) SE OPONE ENTONCES A LA REDENCION POR CRISTO.

viernes, 9 de junio de 2017

Lo que es la Masonería (Como se presenta)




PRIMERO VAMOS A VER COMO SE PRESENTA ELLA, Y LUEGO LO QUE ES EN VERDAD.

   La Masonería se presenta como una sociedad filantrópica, humanitaria y progresista, que pretende guiar a la humanidad hacia su bien espiritual, moral y natural, fuera de toda consideración de clase, de raza y de religión.

   Desde su fundación, por ejemplo, la Gran Logia Argentina se definió así en sus estatutos: “La Masonería es una institución esencialmente filantrópica filosófica y progresista. Sus principios son: la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, y la solidaridad humana. Su base: la libertad civil y de conciencia. Su objetivo: La investigación de la verdad, el estudio de la moral universal, de las ciencias y de las artes; el ejercicio de la caridad y la práctica de todas las virtudes. Sus fines: el amor a la humanidad y su perfeccionamiento. Sus preceptos: la honradez, la ilustración y el trabajo Su divisa: libertad, igualdad y fraternidad. El carácter pacífico de la institución prohíbe ocuparse de asuntos políticos o religiosos, recomendando a sus miembros el respeto a las leyes del país y a la fe religiosa y opiniones políticas de caca uno de ellos, mientras tengan por base la moral..." (La Masonería argentina, por. A. Lappas, pág. 9).

   Así se define la Masonería, y protesta siempre, cuando se la presenta como una sociedad secreta, y cuando se la acusa de tener como “como último y principal fin el destruir, hasta en sus fundamentos, todo el orden religioso y civil establecido por el Cristianismo, levantando a su manera otro nuevo con fundamentos y leyes sacadas de las entrañas del Naturalismo”. (León XIII, Humanum Genus).

   Los masones mismos reconocen sin embargo su carácter de sociedad de iniciación, con ciertos ritos secretos tradicionales, interpretándolos como “medios para reconocerse entre sí en cualquier parte del mundo" y como “la clave, interpretar sus símbolos y las enseñanzas de orden moral que ellos encierran” y declarando además que son “como una garantía, una defensa necesaria y legitima, que tienen muchas otras instituciones ajenas a la Masonería” (A. Lappas, pág. 11). Y se vale de las condenaciones de la Iglesia y de las persecuciones de los Estados para legitimar la necesidad de esta defensa.

El Renacimiento y el naturalismo. (EN EL ARTE)




   Encontramos el naturalismo ya en el Renacimiento que, en su esfuerzo por recuperar las riquezas de las culturas paganas antiguas, y en particular de la cultura y del arte griegos, ha llevado a magnificar exageradamente al hombre, a la naturaleza y a las fuerzas naturales. Exaltando la bondad  el poder de la naturaleza, se menospreciaban y se hacían desaparecer del espíritu humano, la necesidad de la gracia, la orientación de la humanidad al orden sobrenatural y la luz ofrecida por la revelación.



   Bajo pretexto de arte, se quiso entonces introducir por todas partes, hasta en las iglesias, ESE NUDISMO –se puede hablar sin exageración de nudismo–que triunfa en la capilla Sixtina en Roma. Sin duda, consideradas desde el punto de vista artístico, esas obras tienen su valor, pero por desgracia, prima en ellas el lado sensual de exaltación de la carne, totalmente opuesto a la enseñanza del Evangelio: “Pues la carne codicia contra el espíritu, dice San Pablo, y el espíritu lucha contra la carne” (Gálatas. 5, 17).

   No condeno ese arte, si se reserva a los museos profanos, pero no veo en él un medio de expresar la verdad de la Redención, es decir, la feliz sumisión a la gracia de la naturaleza reparada. Mi juicio es muy distinto con respecto al arte barroco de la contrarreforma católica, especialmente en los países que resistieron al protestantismo: el barroco hará uso todavía de angelitos regordetes, pero ese arte de puro movimiento y de expresiones a veces Patéticas, es un grito de triunfo de la Redención y un canto de victoria del catolicismo sobre el pesimismo de un protestantismo frio y desesperado.


“LE DESTRONARON”



Pensamiento de la eternidad – Por San Alfonso María de Ligorio.





   San Agustín ha llamado el pensamiento de la eternidad pensamiento grande, magna cogitatio. Este pensamiento es el que ha hecho a los Santos considerar los tesoros y grandezas mundanas como paja, fango, humo y basura. Este pensamiento es cl que ha conducido a los desiertos y retiradas cuevas a tantos anacoretas, a tantos jóvenes ilustres, y que ha guiado a sepultarse en el retiro y soledad de los claustros a los mismos reyes y emperadores. Este pensamiento es el que ha inspirado a tantos mártires el valor para sufrir el potro, los garfios de hierro, las, parrillas candentes y la muerte en las hogueras.

   ¡No! no hemos sido criados para esta tierra. El fin para el cual nos ha colocado Dios en el mundo es la vida eterna, la cual debemos aspirar y merecerla por nuestras buenas obras. Esto es lo que hizo decir a San Euquerio que el único asunto a que debemos atender en esta vida es la eternidad, esto es, a ganar la eternidad feliz y evitar la desdichada. Si acertamos en esta materia seremos eternamente felices; si no acertamos, nuestra desgracia será igualmente sin fin.

   Feliz aquél que vive sin perder jamás de vista la eternidad, y que cree con fe viva que en breve ha de morir y entrar en la eternidad. Esta es aquella fe que hace vivir a los justos en la gracia del Señor, que da la vida a sus almas separándolas de los afectos terrestres, recordándoles los bienes eternos que Dios ofrece a los que le aman.

   Santa Teresa dice que todos los pecados traen su origen de la falta de fe. Para vencer nuestras pasiones y tentaciones debemos, pues, reanimar frecuentemente nuestra fe, diciendo: Creo en la vida eterna; creo que después de esta vida, que pronto ha de acabar para mí, hay una vida eterna, vida de felicidad o de penas, según sean mis méritos o mis culpas.

   San Agustín ha escrito: El que cree en la eternidad y no se convierte a Dios, ha perdido el juicio o la fe. A este propósito dice San Juan Crisóstomo que los gentiles, cuando veían pecar a los cristianos, les llamaban impostores o insensatos. Si no creéis lo que predicáis, les decían, sois impostores; pero si creyendo en la eternidad pecáis, sois insensatos. ¡Ay de los pecadores que entran en la eternidad sin haberla conocido por no haber querido pensar en ella! (exclama San Cesáreo). Y después añade: y otra vez ¡ay de ellos! Entran y no salen, desgraciados. ¡Desgraciados! Las puertas del infierno se abren para recibirlos, y no volverán a abrirse para que salgan.

   Santa Teresa repetía a sus religiosas: ¡Hijas mías, un alma, una eternidad! Queriendo decirles: Hijas mías, no tenemos más que un alma; si la perdemos lo habremos perdido todo: y perdiéndola una vez, la habremos perdido para siempre.

   El último suspiro que exhalaremos al expirar decidirá de nuestra bienaventuranza o de nuestra desesperación eterna. Aunque la eternidad de la otra vida, el paraíso y el infierno, no fuesen más que opiniones de sabios y cosas dudosas, deberíamos, a pesar de esto, esmerarnos solícitamente en vivir bien, y no exponernos al inminente riesgo de perder nuestra alma para siempre.

   Pero no: no se trata aquí de cosas dudosas; tratase sí, de cosas ciertas, de cosas de fe, de cosas mucho más ciertas que aquéllas que vemos con nuestros ojos.

   Roguemos, pues, al Señor se digne aumentar nuestra fe: Domine, adauge nobis fidem; porque si vacilase nuestra fe, vendríamos a ser peores que Lutero y Calvino. Por lo contrario, una viva fe en la eternidad que nos aguarda puede hacernos santos.

   San Gregorio enseña que los que piensan en la eternidad, ni se enorgullecen en la prosperidad ni se abaten en la desgracia, porque no deseando nada de este mundo, tampoco temen cosa alguna.

   Cuando tengamos que sufrir alguna enfermedad, alguna persecución, acordémonos del infierno que tenemos merecido por nuestras culpas; entonces toda cruz nos parecerá ligera, y daremos gracias al Señor exclamando: Misericordiae Domini, quia non sumus consumpti. Digamos con David: Si Dios no hubiese tenido compasión de mí, mi alma estaría en el infierno desde el día en que tuve la desgracia de ofenderle con un pecado mortal. Yo por mí ya estaba perdido: vos, ¡oh Dios de misericordia! me habéis alargado la mano para arrancarme del infierno.

   ¡Oh, Dios mío! vos sabéis cuántas veces he merecido el infierno, y sin embargo, me ordenáis que espere. Yo quiero esperar, ¡oh Dios mío! y aunque me espantan mis pecados, me infunde valor vuestra muerte, vuestra promesa de perdonar al que se arrepiente: Al corazón contrito y humillado no lo despreciarás, ¡oh Dios! Os he despreciado hasta ahora, pero ya os amo más que a todas las cosas: me arrepiento de haberos ofendido mucho más que de todos los males de la tierra. Tened piedad de mí, Jesús mío. Madre de Dios, Virgen .María, interceded por mí.


miércoles, 7 de junio de 2017

¿Por qué se ha de decir todo lo que se ha hecho un sacerdote que es un hombre como los otros? – Yo tengo amor propio; no quiero degradarme, envilecerme echándome de rodillas a los pies de un sacerdote. – Por Monseñor de Segur.

LA FOTO ES DE LOS AÑOS 50. Alumnos del colegio de dominicos de Valencia en fila para confesar sus pecados. El religioso alarga sus brazos para sacarlos del confesionario y rodear paternalmente al penitente. Otros, en segundo término, ofrecen las oraciones para cumplimentar su penitencia ante la imagen del Crucificado.




¿Por qué se ha de decir todo lo que se ha hecho un sacerdote que es un hombre como los otros?

    Porque el sacerdote no es un hombre como los demás. Nuestro Señor Jesucristo era en apariencia un hombre como los otros; en realidad era Dios.

   El sacerdote es también un hombre como tú; tiene como tú, una cabeza, dos brazos y dos piernas; pero es un hombre elegido por el Altísimo para ser el depositario de la gracia, de la luz, de la salud eterna de las almas. Es hombre y es sacerdote, como Jesús era hombre y Dios.

   Tu padre es un hombre como tú, y como hombre tú eres igual a él; pero, como padre, él está sobre ti, y tiene sobre ti autoridad, es en fin lo que tú no eres. Lo mismo pasa en todos los magistrados, en los jueces, oficiales, y aun en los mismos alguaciles y guardias rurales; bajo un aspecto son hombres como los demás, más bajo otro son más que ellos.

   Ten pues, un poco más de fe, mi caro amigo, y sabe vislumbrar a Dios oculto para ti en el Sacerdote. Es Dios, es Jesucristo, a quien nosotros confesamos, cuando declaramos nuestras faltas a su representante, y es Dios, es Jesucristo quien nos perdona cuando el sacerdote nos da en su nombre la absolución sacramental. El sacerdote como sacerdote es el mismo Cristo, soberano y eterno sacerdote.

Yo tengo amor propio; no quiero degradarme, envilecerme echándome de rodillas a los pies de un sacerdote.

   Tampoco Satán quiso degradarse, envilecerse, reconociendo a Jesucristo por Señor, y en justo castigo está en los infiernos.

“¡Tienes amor propio!” ¿Por ventura no lo tenemos también los cristianos, que nos confesamos y servimos a Dios? ¿No lo tuvieron por ventura Murena, Bayardo, Duguesclin, el gran Conde, Enrique IV, y Luis XIV, y muchos otros grandes hombres? y sin embargo se confesaban, y se confesaban a menudo, arrodillados y hasta a veces a la vista de sus soldados, de sus compañeros. Y nosotros tenemos como ellos sentimientos de honor, uniendo a él, lo mismo que ellos, el sentimiento del deber.

   ¡Tienes amor propio! di más bien que estás lleno de orgullo; que tienes vanidad de sobras. No te hagas ilusión: eres orgulloso como un pavo real, y este es el motivo porque te repugna confesarte.

   Más si permaneces en tu orgullo serás castigado como tu padre el demonio, príncipe de los soberbios y de los réprobos.

   Lejos de degradarme cuando me humillo, cuando confieso mis faltas con un arrepentimiento sincero, me levanto al contrario de la degradación en que me habían sumido mis debilidades. Lo vergonzoso y lo degradante es el pecado; la Confesion que borra en nosotros el pecado es por el contrario la que me vuelve el honor, mi verdadero honor, que es la pureza de mi conciencia. Un pecador postrado a los pies de un sacerdote, es un hombre que se eleva y se hace digno de ser honrado: mientras permanece orgullosarnente encenegado en el pecado vive en la deshonra y en el mal. “El que se humilla será exaltado, dice el Evangelio, mientras que el que se enorgullece será humillado.”

  A más de esto acuérdate de lo que decíamos antes: “cuando me confieso no me arrodillo delante de un hombre sino delante de Jesucristo.” ¿Y a quién pudo jamás ocurrírsele que era degradarse, postrarse a los pies del Señor?



“LA CONFESIÓN”

EN DEFENSA DE LA MISA TRADICIONAL. – Primera parte de la (segunda parte)




LUTERO CONTRA LA MISA CATÓLICA

   Llegamos hasta el año1521 donde encontramos a uno de los herejes que más atacaron a la Misa y al Papado: el monje alemán Martín Lútero. El Padre Congar (uno de los ideólogos del Concilio Vaticano II) ha dicho de él: “Lútero es uno de los más grandes genios religiosos de toda la historia, yo lo coloco en el mismo plano que San Agustín y Santo Tomás de Aquino o Pascal: En cierta manera es, incluso, más grande”. Esta triste confesión nos demuestra que, si Lútero es tan querido por los hombres del Concilio Vaticano II y la nueva misa, hay algo que anda mal en la Teología de este siglo.

   Lútero, evidentemente, no fue ni un santo, ni un genio religioso. Era el hereje que odiaba al Papa y a la Iglesia, y que decía: “la misa católica es la mayor y más horrible de las abominaciones papistas, la cola del dragón del apocalipsis” Todo el odio de Lutero contra la misa católica tradicional se puede resumir en un solo concepto: la Misa se oponía a su concepción de la religión. En la Misa tradicional, el centro es Dios. Por lo tanto, antes que nada, él culto es un homenaje rendido a Dios, y el Sacrificio es el acto por excelencia de este homenaje. Para Lútero, por el contrario, el centro de la religión ya no era Dios, sino el hombre; la finalidad de la religión para él era esclarecer al hombre y -más aún- consolarlo. Y sí esto fuera así, ¿para qué serviría una inmolación hecha a Dios para reconocer su soberano dominio sobre las creaturas? Por esta razón es que Lútero deseaba la abolición del ofertorio. Después del Concilio Vaticano II, en la nueva misa, el ofertorio ha sido suprimido: se ha sustituido el ofertorio tradicional -que tan admirablemente expresaba la noción de sacrificio y de propiciación- y en su lugar se han puesto unas plegarias israelitas extraídas de la Kábala de los judíos, que se limitan a un mero intercambio dé dones entre Dios y el hombre, borrando el sentido de la oblación. Estas plegarias se usan, hoy en día, en las comunidades judías para bendecir los alimentos.

   Lútero explicaba esto: “La misa es ofrecida por Dios al hombre y no por el hombre a Dios; ella es la liturgia de la palabra, una comunión y una participación (...) este abominable canon que hace de la misa un Sacrificio. La acción de un sacrificador. Lo miramos como sacramento o como testamento. Llamémosle bendición, Eucaristía, mesa del Señor, Cena del Señor, o Memorial del Señor”.

   Quien reflexione sobre lo que decía el hereje Lútero, se dará cuenta que no tiene nada que ver con la teología católica, con lo que la Iglesia siempre creyó y defendió. Llegó al extremo de decir exactamente lo contrario de lo que es la Misa: que en vez de ofrecerla los hombres a Dios, como el acto de culto y religión por excelencia, pretendía que es Dios quien se la ofrece a los hombres. ¡Invertía todo! Lo más trágico es que los sacerdotes de la Iglesia Católica, haciendo caso al Concilio, hoy nos hablan de mesa del Señor, Cena del Señor, etc..., y ¡no rezan el ofertorio como lo quería Lútero!

   De hecho, lo que hizo Lútero fue adaptar la Santa Misa católica tradicional a su pensamiento, y para eso trastocó los textos esenciales del Canon y los mantuvo como simples recitaciones de la institución de la Cena. En un momento dado, agregó en la Consagración del pan las palabras “quod pro vobis tradetur” (“que será entregado por vosotros”), y en la consagración del vino suprimió las palabras “Misterium fidei” (“misterio de fe”) y quitó las palabras de Nuestro Señor “pro multis” (“por muchos") (8). ¡Esto es muy grave! ¡Cambió nada menos que las palabras de Jesucristo! Lútero -además- sustituyó el latín por la lengua de cada país; hizo cambiar el altar, poniendo en su lugar una mesa, mirando al pueblo; permitió distribuir la comunión en la mano; autorizó a que la comunión fuese distribuida por laicos; reemplazó la confesión privada y personal por absoluciones colectivas y dispuso que el nombre de Misa fuese sustituido por el de Eucaristía y Cena.

   Preguntémonos una vez más: ¿la nueva misa que nació en 1969 no es demasiado parecida a la que había fabricado él hereje Lútero?


NOTA:


8 - Jesús dijo “pro multis" (“por muchos") porque sabía que su Sacrificio Redentor no iba a ser aprovechado por todos los hombres, ya que muchos de ellos se condenarían. Por eso no utilizó la expresión “por todos los hombres”, previendo los que se iban a condenar. Nuestro Señor Jesucristo, la Sabiduría infinita, no podía equivocarse cuando celebró la primera Misa. Lamentablemente, y al igual que en el Padrenuestro, hoy en día sacerdotes y obispos creen poder mejorar al propio Jesús, y cambian sus palabras.