¿Por qué se ha de decir todo lo que se ha hecho un sacerdote que
es un hombre como los otros?
Porque el sacerdote no es un hombre como
los demás. Nuestro Señor Jesucristo era en apariencia un hombre como los otros;
en realidad era Dios.
El sacerdote es también un hombre como tú; tiene
como tú, una cabeza, dos brazos y dos piernas; pero es un hombre elegido por el
Altísimo para ser el depositario de la gracia, de la luz, de la salud eterna de
las almas. Es hombre y es sacerdote, como
Jesús era hombre y Dios.
Tu padre es un hombre como tú, y como hombre
tú eres igual a él; pero, como padre, él está sobre ti, y tiene sobre ti
autoridad, es en fin lo que tú no eres. Lo mismo pasa en todos los magistrados,
en los jueces, oficiales, y aun en los mismos alguaciles y guardias rurales;
bajo un aspecto son hombres como los demás, más bajo otro son más que ellos.
Ten pues, un poco más de fe, mi caro amigo, y
sabe vislumbrar a Dios oculto para ti en el Sacerdote. Es Dios, es Jesucristo, a
quien nosotros confesamos, cuando declaramos nuestras faltas a su
representante, y es Dios, es Jesucristo quien nos perdona cuando el sacerdote
nos da en su nombre la absolución sacramental. El sacerdote como sacerdote es
el mismo Cristo, soberano y eterno sacerdote.
Yo tengo amor propio; no quiero degradarme, envilecerme echándome
de rodillas a los pies de un sacerdote.
Tampoco
Satán quiso degradarse, envilecerse, reconociendo a Jesucristo por Señor, y en
justo castigo está en los infiernos.
“¡Tienes
amor propio!” ¿Por ventura no lo tenemos también los cristianos, que nos
confesamos y servimos a Dios? ¿No lo tuvieron por ventura Murena, Bayardo, Duguesclin, el gran Conde,
Enrique IV, y Luis XIV, y muchos otros grandes hombres? y sin embargo se
confesaban, y se confesaban a menudo, arrodillados y hasta a veces a la vista
de sus soldados, de sus compañeros. Y nosotros tenemos como ellos sentimientos
de honor, uniendo a él, lo mismo que ellos, el sentimiento del deber.
¡Tienes
amor propio! di más bien que estás lleno de orgullo; que tienes vanidad de
sobras. No
te hagas ilusión: eres orgulloso como un pavo real, y este es el motivo porque
te repugna confesarte.
Más
si permaneces en tu orgullo serás castigado como tu padre el demonio, príncipe
de los soberbios y de los réprobos.
Lejos de degradarme cuando me humillo,
cuando confieso mis faltas con un arrepentimiento sincero, me levanto al
contrario de la degradación en que me habían sumido mis debilidades. Lo
vergonzoso y lo degradante es el pecado; la Confesion que borra en nosotros el
pecado es por el contrario la que me vuelve el honor, mi verdadero honor, que
es la pureza de mi conciencia. Un pecador postrado a los pies de un sacerdote,
es un hombre que se eleva y se hace digno de ser honrado: mientras permanece
orgullosarnente encenegado en el pecado vive en la deshonra y en el mal. “El que se humilla será exaltado, dice el Evangelio,
mientras que el que se enorgullece será humillado.”
A más de esto acuérdate de lo que decíamos
antes: “cuando me confieso no me
arrodillo delante de un hombre sino delante de Jesucristo.” ¿Y a quién pudo jamás ocurrírsele que era degradarse,
postrarse a los pies del Señor?
“LA
CONFESIÓN”
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