miércoles, 8 de octubre de 2025

SANTA TAIS, Penitente. 8 de Octubre.

 




    Hermosa como pocas, Tais de Egipto fue la prostituta más reclamada de su tiempo. Convertida por el abad Pafnucio, dedicó sus últimos días a la penitencia y oración. Un elocuente ejemplo de la vida de los cristianos de los primeros tiempos. Está claro que el reino de los Cielos no pide antecedentes de honorabilidad antes de abrir sus puertas.

 

   Fue Tais una prostituta de extraordinaria belleza. En el libro titulado Vidas de los Padres se lee que muchos hombres acabaron en suma pobreza tras vender sus haciendas y emplear todo su dinero en satisfacer los caprichos de esta mujer, ante cuya casa corría a menudo la sangre, porque los jóvenes, celosos unos de otros, se disputaban su amor y entablaban frecuentemente entre sí duelos y peleas.

 

   Cuenta en su cándido latín Roswita que el abad Pafnucio, que había oído hablar de estos escándalos, estaba triste al ver las almas que caían en las redes de la cortesana alejandrina; pero he aquí que deja su túnica de piel de oveja y su cilicio metálico, derrama sobre su cabeza el bálsamo hecho de resinas y flores maceradas, cubre su cuerpo con una brillante túnica de escarlata, se echa al cuello una cadena de oro, y apoyándose en su bastón de puño de marfil, emprende la marcha en dirección a la ciudad.

 

   Tais vive en la inmensa plaza donde se juntan las dos calles principales, de sesenta metros de anchura. Su casa es elegante y señorial: pórtico de columnas y capiteles, amplio peristilo, en cuyo centro se esconden, entre palmeras, deliciosos rincones adornados y perfumados por los rosales, los terebintos y los miosotis; largos senderos de mullidas alfombras polícromas, lo más exquisito de las fábricas de Egipto y Capadocia. Pafnucio los pisa confiado, como si no hubiera pasado lo mejor de su vida lejos del contacto con los hombres. Una fuerza interior le guía. No ha dudado, ni ha temblado siquiera cuando poco antes de pisar los umbrales, unos muchachos le han ponderado la seducción irresistible de la cortesana.

 

      Entrando en la morada, como si hubiese ido allí a pecar, entregó una moneda de oro a la ramera. Esta recibió el dinero y dijo a Pafnucio:

 

    –Vamos a mi dormitorio. 

   Al pasar a la habitación, Pafnucio dijo a Tais: 

   –No me gusta este sitio. ¿No hay en esta casa otro más íntimo y reservado? 

   Tais llevó a Pafnucio a otra estancia y a otra, y a otra, porque en cuanto entraban en alguna de ellas Pafnucio invariablemente repetía lo mismo: 

   –Este cuarto no me agrada. ¿No tienes algún otro más secreto en que podamos estar sin que nadie nos vea? 

   Cuando ya habían recorrido varias habitaciones, Tais dijo a Pafnucio: 

  –Pues ya no nos queda por ver más que un lugar de esta vivienda en el que jamás entra nadie; pero no nos va a valer; porque si lo que pretendes es que nadie nos vea, ni siquiera Dios, pretendes algo imposible, ya que no hay en todo el mundo escondrijo alguno, por muy oculto que parezca, a donde los ojos de Dios no lleguen. 

   Pafnucio, al oír esto, exclamó: 

    –¡Ah! ¿De modo que tú crees en Dios y sabes que existe? 

   Tais respondió: 

   –Claro que creo en Dios y que sé que existe; como también sé que existen la vida futura, el reino de los cielos y tormentos para los pecadores. 

   –Y sabiendo esas cosas –inquirió Pafnucio–, ¿cómo es posible que estés contribuyendo a la perdición de tantas almas? ¿Ignoras acaso que tendrás que dar cuenta al Señor no sólo de ti, sino también de todos cuantos por tu culpa tal vez se hayan descarriado?

   En oyendo esto, Tais se arrojó a los pies del abad Pafnucio y deshecha en lágrimas, dijo: 

   –¡Oh padre! Yo sé que existe la posibilidad de borrar los efectos de mi mala vida con la penitencia. Cierto que estoy en una situación horrible; pero si tú me ayudas puedo salir de ella. Concédeme, por favor, un plazo de tres días para arreglar algunas cosas; yo te prometo que después iré a donde digas y haré lo que me ordenes. 

 

   El abad accedió a la demanda y le indicó el sitio en que habían de verse tres días más tarde. La pecadora, inmediatamente, recogió sus enseres, riquezas y cuanto había obtenido durante su vida con el comercio de su cuerpo, lo amontonó en la plaza principal de la ciudad y prendió fuego a todo aquello en presencia de muchísimas personas que asistieron curiosas al espectáculo. Mientras sus muebles, ropas y alhajas ardían, Tais decía a voces: 

 

   –¡Eh! ¡Vosotros, todos los que habéis pecado conmigo! ¡Venid y ved cómo quemo todo lo que me habéis dado! 

 

   Unas cuatrocientas libras de oro valían aproximadamente los objetos que en aquella ocasión quemó. En cuanto quedaron reducidos a pavesas, la hasta entonces pecadora marchó al lugar previamente convenido con el abad. Este la condujo a un monasterio de monjas situado en el desierto, y la recluyó en una angosta celda cuya puerta cerró por fuera con precintos de plomo. La pequeña dependencia en que Tais quedó encerrada no tenía más comunicación con el exterior que una reducida ventanilla a través de la cual, por disposición de Pafnucio,  se pasaría a la reclusa diariamente una módica ración de pan y agua.

 

   Cuando el anciano iba a retirarse, Tais le preguntó: 

   –Padre, al hacer mis necesidades naturales, ¿a dónde tiraré los excrementos y orines? 

   El abad respondió: 

    –Déjalos contigo; esa es la compañía que mereces. 

   Tais hizo a Pafnucio una última pregunta: 

    –¿Cómo debo adorar a Dios? 

   Pafnucio le respondió: 

   –Puesto que no eres digna de pronunciar su nombre ni de invocar con tus labios a la Trinidad ni de extender tus manos hacia el cielo, porque tu boca está llena de iniquidad y tus manos se hallan repletas de inmundicias, limítate a volverte hacia oriente y decir una y otra vez y muchas cada día: “Tú que me has creado, ten misericordia de mí”. 

 

   Tres años después Pafnucio se compadeció de la reclusa y se fue a visitar al abad Antonio para preguntarle si a su juicio Dios habría perdonado ya a la penitente. Antonio, tras oír el relato que Pafnucio le hiciera, reunió a sus monjes y les dijo: 

   –Esta noche no os acostéis: permaneced en vuestras celdas orando hasta que amanezca. 

   Antonio abrigaba la confianza de que el Señor, durante aquella vigilia, revelaría a alguno de sus religiosos algo que le permitiera responder acertadamente a la consulta que Pafnucio le había hecho.  Los monjes, por supuesto, no sabían de qué se trataba, pero obedientes, no se acostaron, sino que pasaron la noche entera en oración; uno de ellos, el abad Pablo, el más aventajado discípulo de Antonio, durante la vigilia tuvo un éxtasis y vio lo siguiente: las puertas del cielo se abrían; en medio de él había un lecho muy engalanado y al lado del mismo tres hermosísimas doncellas que representaban, respectivamente: una, el temor a las penas futuras, gracias al cual alguien se había apartado del mal camino que llevaba; otra, el arrepentimiento, por cuya virtud la persona que se había apartado del mal había obtenido el perdón de sus pasadas culpas; otra, el amor a la justicia, merced al cual la persona perdonada tenía ya asegurada su eterna salvación.

 

   El abad Pablo, al ver a las tres doncellas y sin entender lo que cada una de ellas significaba, preguntó al Señor: “¿Pretendes manifestarme a través de esas tres alegorías que el alma por ellas representada es la de mi maestro Antonio?”. El Señor le contestó diciéndole: “No, la persona convertida, perdonada y salvada, representada por estas tres hermosísimas doncellas, no es tu maestro, el abad Antonio, sino Tais, una mujer que hasta hace unos años fue ramera”. 

 

   A la mañana siguiente Pablo refirió a Antonio la visión que durante la vigilia había tenido; Antonio a su vez dio cuenta de ella a Pafnucio, y éste, rebosante de alegría, regresó a su ermita y en seguida, desde ella, puesto que ya conocía cuál era la divina voluntad al respecto, se trasladó al monasterio de las monjas, quebró los sellos de los precintos que tres años antes pusiera en la puerta de la celda de Tais, abrió la susodicha puerta y dijo a la reclusa: 

 

   –¡Sal! El tiempo de tu penitencia ha terminado. 

   Tais le respondió: 

    –Permíteme continuar aquí. 

   Pafnucio insistió: 

   –¡Sal! El Señor ya te ha perdonado. 

   Desde dentro la reclusa manifestó: 

    –Pongo a Dios por testigo de que lo que voy a decirte es cierto: tan pronto como me quedé sola, encerrada en esta celda, hice un recuento minucioso de todos mis pecados, formé con ellos una especie de fardo que resultó inmensamente voluminoso y, desde entonces hasta ahora, así como no he dejado ni un solo instante de respirar, así tampoco he cesado de llorar amargamente al ver la cantidad, enormidad y gravedad de las innumerables malas acciones que en mi pasada vida he cometido. 

 

   – Debes saber –le aclaró Pafnucio– que, si has sido perdonada, esto no se ha debido precisamente a la penitencia que has practicado, sino al hecho de haber conservado vivo en tu alma durante todo este tiempo el santo temor de Dios. 

 

   Acto seguido salió Tais de la celda en que había permanecido recluida; pero quince días después reposó para siempre en la paz del Señor.

 

   No lejos del Nilo, en los alrededores de Antinoé, la ciudad del emperador Adriano, se encontró a principios de este siglo la tumba de Pafnucio el anacoreta. Su momia aparecía cubierta del tosco sayal oscuro y acompañado de las pesadas cadenas con que quiso martirizarse en la vida. Del cuello le colgaba un collar de hierro sosteniendo una cruz. Bajo una bóveda cercana reposaba la momia de una mujer. La durmiente había querido presentarse a Cristo con los mejores atavíos de los días de fiesta, guiada por aquel mismo pensamiento que hacía decir a San Macario: “Guardo mi vestido nuevo para comparecer delante del Señor." Viste una túnica inferior de lino, guarnecida en los bordes de una banda de terciopelo azul con dibujos de flores de un color pálido oscuro. Sobre la túnica, un manto de lana amarillo, adornado de franjas de seda con medallones, arabescos y hojas estilizadas de tonos mortecinos. Los pies se esconden en pequeñas sandalias de cuero, con realces de filigranas doradas, entre las cuales campea la cruz, y los cabellos en una amplia gasa de color carmín, que cuelga holgadamente por la espalda. Cubriendo el rostro de la yacente había un canastillo de mimbre, que nos recuerda la costumbre primitiva de colocar la sagrada Eucaristía en los sepulcros, según aquellas palabras de San Jerónimo: “Nadie es más dichoso que aquel que guarda el cuerpo del Señor en un cestillo de mimbres.” Sus manos sostenían una rosa de Jericó, la anastásica, la flor que resucita como Jesús, símbolo de la inmortalidad. Unas tablitas de madera y de marfil, taladradas con muchos agujeros, descansaban sobre el pecho. Era un instrumento para llevar la cuenta exacta, de las oraciones: un rosario. Cerca de ellas, una cruz ansada, que en el viejo Egipto era una figura de la vida y del eterno renacimiento; y bajo cada uno de los brazos, tocando la frente con las extremidades, dos palmas, símbolo clásico de gloria y de renovación. A un lado del nicho se leía esta inscripción en letras rojas:

 

   “Aquí descansa Tais, la bienaventurada.”

 

 

sábado, 4 de octubre de 2025

EL SANTÍSIMO ROSARIO LA VICTORIOSA ARMA DE LOS CRISTIANOS.



   Sermón de Nuestra Señora del Rosario Pbro. Cebada, Predicador de S. M. la Reina Madrid, 1877

 

   Que os parece cristianos, ¿hizo más maravillas la prodigiosa vara de Moisés para hundir al Faraón, que el Santísimo Rosario para defensa de la Iglesia y confusión de sus enemigos? Yo bien sé que me diréis que aquella prodigiosa vara abrió paso franco a los hijos de Israel entre las olas del mar, sepultando en ellas todo el poderío de Egipto. Mas que, ¿acaso no son más plausibles las victorias que ha conseguido la fe cristiana por el Rosario de María? Díganlo sino aquellas famosas cruzadas en que coaligados tantas veces los Príncipes católicos, han derrotado y enteramente destruido a sus fuertes enemigos, más por la virtud del Rosario que por la fuerza de sus armas. Díganlo los Monarcas de España, Francia, Italia, Bretaña, y demás Príncipes de Europa, en cuyos ejércitos al mismo tiempo de la pelea se vieron escuadrones de ángeles y a veces la Soberana Reina por ser el Santísimo Rosario la insignia de los que se habían salvado. Un Simón de Montfort, aquel insigne conde, capitán de las milicias de la Iglesia, ¿qué victorias no consiguió en la guerra contra los herejes Albigenses por la práctica de esta santa devoción? y ¿qué diré de un Alfonso de Aragón, príncipe tan desgraciado en los principios de su reinado, pero feliz desde que se alistó en la cofradía del Rosario? ¿Qué de aquel Príncipe Británico, que se asoció a la cruzada contra la Provenza, contra Albi y demás pueblos de su distrito? ¿Qué finalmente de aquel invicto capitán D. Juan de Austria en la victoria que consiguió en el Golfo de Lepanto en el año 1571, la cual dio motivo para que todos los años se solemnizase la fiesta del Santísimo Rosario por todo el orbe cristiano con plausibles demostraciones de júbilo y regocijo?

 

   “Al Rosario han recurrido en todo tiempo los cristianos como al remedio más seguro de todas sus necesidades. Al Rosario han recurrido los enfermos y han recobrado la salud. Al Rosario los paralíticos y han logrado movimiento. Al Rosario los cautivos y han conseguido libertad. Al Rosario los pecadores y han alcanzado el perdón de sus pecados. Al Rosario acudió aquel cautivo que gemía entre grillos y cadenas y habiéndose dormido en una oscura mazmorra despertó libre a las puertas de su casa.  Al Rosario aquel pecador a quien la imagen de Jesús negaba el perdón de sus enormes culpas volviéndole el rostro cuando se arrodillaba en su presencia, y por rezar el Rosario mereció que bajando María Santísima de su altar se arrodillase a su lado y le ayudase a implorar la divina misericordia, la que por último consiguió por intercesión de tan poderosa medianera.”

 

   Réstame sólo exhortaros a que no dejéis pasar un solo día sin dirigiros a la Virgen Santísima, rezando su Rosario. Las ventajas que conseguiréis quedan demostradas. Cuando había más piedad, cuando no era moda hacer alarde de un estúpido despreocupamiento, raro era encontrar una familia que se entregase al descanso sin rezar antes el Santo Rosario. Hoy el espíritu del siglo lo ha arreglado de otro modo, y las costumbres piadosas de nuestros mayores van desapareciendo. No nos dejemos arrastrar por la incredulidad moderna; hijos de María, demos oído a sus enseñanzas y conseguiremos labrar nuestra felicidad eterna. Si somos verdaderos devotos y amantes de María; si a las plegarias de nuestros labios unimos los afectos de nuestro corazón, por ella conseguiremos no solamente la felicidad del tiempo sino lo que es más importante, la felicidad de la eternidad.

 

   Sí, Virgen Purísima, sea tu Rosario el escudo que nos defienda de todos nuestros enemigos, y el fuerte baluarte donde nos libremos de los tiros de la incredulidad. Cuando el mundo con sus encantos, el demonio con sus tentaciones y nuestra carne rebelde traten de hacernos caer de la altura de la virtud al abismo del pecado, sed Vos la que nos alcancéis fortaleza para alcanzar el triunfo en los combates. De este modo atravesaremos el proceloso mar de las pasiones mundanales, y cuando abordemos al puerto de la eternidad, tendremos la inestimable dicha de morir en el ósculo del Señor, y por vuestra mediación conseguiremos la posesión de la Gloria.

 

viernes, 3 de octubre de 2025

SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS Y DE LA SANTA FAZ. Virgen, Carmelita. – 3 de Octubre (1873-1898).


 


   “Nadie busque su propio interés, sino el de los demás.” 1 Cor. 10:24

 

   Pocos santos han suscitado tanta admiración y entusiasmo inmediatamente después de su muerte; pocos han adquirido una popularidad más asombrosa en todo el mundo; pocos han sido elevados tan rápidamente a los altares como esta joven santa carmelita.

 

   Teresa Martín nació en Alençon, Normandía, de padres muy cristianos, quienes consideraron a sus nueve hijos como dones del Cielo y los ofrecieron al Señor antes de nacer. Fue la última flor de ese bendito tallo que produjo cuatro monjas en el Carmelo de Lisieux, y mostró, desde su más tierna infancia, inclinaciones piadosas que prefiguraron los grandes designios de la Providencia para ella.

 

   A la edad de nueve años sufrió una gravísima enfermedad y fue curada por la Virgen María, cuya estatua vio cobrar vida y sonreírle junto a su lecho de dolor, con inefable ternura.

 

   Teresita había deseado desde los quince años, unirse a sus tres hermanas en el Carmelo, pero tuvo que esperar un año más (1888). Su vida se convirtió entonces en una continua ascensión hacia Dios, pero a costa de los más dolorosos sacrificios siempre aceptados con alegría y amor; pues es a este precio que Jesús forma las almas que llama a una alta santidad.

 

  Con inocente santidad decía en sus “Memorias” que dejó por orden de su superiora: «Jesús, como ella escribió, siempre dormía en su barquita». Podía decir: «Ya no tengo ningún deseo, salvo amar a Jesús con locura». Fue, de hecho, bajo la apariencia de un amor infinito que Dios se reveló en ella.

 

   El camino del Amor, tal era, en resumen, el camino de la «pequeña Teresita del Niño Jesús»; pero era, al mismo tiempo, el camino de la humildad perfecta y, por ende, de todas las virtudes. Fue practicando las «pequeñas virtudes», siguiendo lo que ella llamaba su «caminito», el camino de la infancia, de la sencillez en el amor, que alcanzó en poco tiempo esa alta perfección que la convirtió en una digna imitadora de su Madre espiritual, la gran Teresa de Ávila.

 

   Su vida en el Carmelo, durante tan solo nueve años, fue una vida oculta, llena de amor y sacrificio. Dejó esta tierra el 30 de septiembre de 1897 y, tras superar con premura las etapas, fue beatificada en 1923 y canonizada en 1925. Como ella misma predijo, «paso al Cielo haciendo el bien en la tierra».

 

Abad L. Jaud, Vidas de los santos para cada día del año, Tours, Mame, 1950.

 

viernes, 26 de septiembre de 2025

¡SOY YO!


 


   Jesús habla a las almas, mostrándoles su Corazón circundado de espinas, abrasado en caridad eterna.

 

   Y mientras ellas vagan errantes, como nave sin piloto, mientras buscan la felicidad lejos de Dios y a Dios como al acaso, sin ofrecerle nunca su ternura, ni el tributo de su adoración; Él, el Corazón amantísimo del Redentor, les habla, les repite:

 

Venid a mí. Yo soy el camino.

 

   Y si por todas partes los rayos de la gloria mundanal las fascina sin disipar por eso la densa obscuridad que las envuelve; si las falsas doctrinas hielan sus energías y extinguen sus más nobles sentimientos, el Corazón de Dios, les dice sin cansarse:

 

Yo soy la verdad.

 

   ¡Oh! Señor si Tú eres el camino, si Tú eres la verdad, te seguiremos; pero, ¡ahí somos tan débiles. Es tan arduo el sendero que lleva a la virtud. ¿Dónde encontrar la fuerza, dónde el vigor para vencer, para seguir en pos de tu ley santa? Jesús responde: en Mí.

 

Yo soy la vida.

 

LA LIMOSNA.


 


Tiende tus manos al desvalido,

que te dirige su triste voz;

da una limosna siempre al mendigo,

que, en su indigencia, se encuentra Dios.

 

Enjuga el llanto del que padece,

con la dulzura de la bondad;

quitar la espina que al alma hiere,

es, dar limosna, es caridad.

 

Si en las tortuosas sendas del mundo,

ves a alguna alma lejos del bien,

no permanezca tu labio mudo.

con tu consejo sé su sostén.

 

Una palabra, una sonrisa,

una mirada, una atención;

son las monedas de nuestra vida.

es la limosna del corazón.

 

Ayuda mutua que es el secreto,

de la existencia siempre feliz;

que en todas partes va repitiendo,

«dar es más dulce que recibir»

.

Forma el tesoro que tiene el alma,

libre de engaños, libre de afán;

es la riqueza que al fin le aguarda,

tras la presente vida fugaz.

 

MISIONEROS SALESIANOS

1936.

 

jueves, 25 de septiembre de 2025

EL SANTO NIÑO (Cristóbal) DE LA GUARDIA, Mártir – 25 de Septiembre.


 


NIÑO ASESINADO EN LA GUARDIA, TOLEDO.

 

   El Santo Niño de la Guardia, era un inocente chiquillo de tres a cuatro años, de nombre Cristóbal, hijo de Alonso de Pasamontes o Alonso Martín de Quintanar y de Juana la Guindera, quien, según algunos era ciega.

 

   Entre febrero y marzo de 1489, atrayéndolo con engaños, varios judíos lo raptaron y escondieron en la Hoz de La Guardia, dehesa próxima a la ribera del Algodor. Los raptores, como se acercaba la semana en que los cristianos conmemoraban la crucifixión de Jesús, pensaron que era buena ocasión para repetir en aquélla indefensa criatura la pasión de Cristo. Se trasladaron, en efecto, los verdugos a una de las cuevas que se abren en el accidentado terreno del término de La Guardia, en carreocaña o carrocaña (e. d. carrera o camino de Ocaña), amparados en el secreto de la noche del Viernes Santo de 1489, a la luz de una candela, y tapada la boca de la caverna con una manta o una capa, realizaron en el niño toda clase de perfidias.

 

   La sentencia inquisitorial condenatoria de uno de los cómplices, el mozo judío Yucé Franco, zapatero de Tembleque, nos describe que extendieron los brazos y piernas del niño en dos palos puestos a manera de cruz, le azotaron, escupieron y abofetearon, poniéndole una corona de hierbas espinosas en la cabeza, que también le colocaron las espaldas y plantas de los pies. Finalmente, le vaciaron toda la sangre del cuerpo, y, abriéndole el pecho, le sacaron el corazón guardándolo en salmuera.

 

   Durante el crimen ritual, usaron una hostia consagrada, que, rescatada del equipaje de Yucé en el momento de su detención, se conserva  aún en el Convento de Santo Tomás, en España, dentro de un envase a modo de relicario.

 

   Todos los participantes confesaron por separado la misma historia, con los mismos detalles y la misma narración de los hechos. Si la historia de Yucé fuese falsa, esta sincronía “telepática” no hubiera podido conseguirse ni con la más larga y dolorosa jornada de tortura y dolor.

 

   Los relatos coincidían también con los registros que se tenían del estado del cuerpo del niño y la disposición de sus espantosas heridas.

 

   Este crimen dio pie al inicio de un espectacular juicio del Santo Oficio, cuyo jurado sería integrado por altísimos representantes de la cultura y la intelectualidad española, hombres nobles y de carácter intachable, todos ellos miembros de la Universidad de Salamanca. Ávila se convirtió en el epicentro de las crónicas de entonces. Las muchedumbres siguieron atentamente el desarrollo del caso y al saberse sus escalofriantes detalles, hubo varios intentos de revueltas antijudías  que, afortunadamente para ellos, lograron ser detenidas por dictados reales.

 

   El crimen, como bien lo señaló el sabio judío I. Loeb, no es uno de tantos crímenes rituales que durante la Edad Media se atribuyó a los judíos, a quienes se acusaba de muerte de niños cristianos. El caso del Santo Niño es muy distinto.

 

   Su culto comenzó muy temprano, pues ya en las visitas eclesiásticas a partir de 1501 hallamos referencias a los santuarios constituidos en los lugares donde el tierno niño padeció o fue enterrado y La Guardia le tomó por Patrón, celebrando fiesta solemne así en el día de los Santos Inocentes como el 25 de marzo o en la semana de quasimodo (primera de Pascua); sólo desde 1580 se votó para que su fiesta se celebrase en adelante el 25 de septiembre de cada año. También las autoridades religiosas dieron reiteradas pruebas de devoción hacia el mártir; así el cardenal Siliceo, que en 1547 alegaba en abono de su Estatuto de limpieza la crucifixión de aquél, y el cabildo de la Iglesia primada, que en 1613 pedía a varios cardenales y a la Congregación de Ritos licencia para rezar al inocente mártir a lo menos en todo el arzobispado toledano. Al arzobispo Alonso de Fonseca se debe el encargo del antiguo retablo que se puso en la cueva de la crucifixión, así como a Lorenzana el haber mandado pintar, de la diestra mano de Bayéu, el martirio del niño en los claustros de la iglesia capitular. Consta asimismo de la admiración que le profesaron monarcas como Fernando V, Carlos I y Felipe II.

 

   El Papa Pío VII canonizó al niño asesinado como San Cristofer, autorizando su culto en la Iglesia de Toledo. Existe un altar en su honor y el pueblo de La Guardia guarda su memoria hasta nuestros días. Su tragedia y su alma se recuerdan como la del “Santo Niño de La Guardia”.

 

   Se le atribuyen muchísimos milagros, como la devolución de la vista a su madre ciega, las cuatro curaciones obradas con ciertas personas de Alcázar de Consuegra al comenzar el 1492; un tullido, una mujer con la boca torcida hacía más de dieciocho años, un sordo total y una pobre ciega, aparte de otros mil prodigios referentes a niños quebrados y enfermos de todas clases cuya curación detallan los rótulos que sobre cada caso penden del santuario de La Guardia.

 

   Hoy se conservan en la Ermita unos versos compuestos por Don Diego Gracian, secretario de Carlos V, en un viaje del emperador a la ermita; estos versos escritos en latín, traducidos dicen así:

 

“Pasado con el cuchillo el tierno pecho,

saliéndole la sangre apresurada,

dijo el Niño: si en tanto amor estrecho

buscas mi corazón, furia malvada,

búscale al otro lado, no al derecho”.

 

   Estos versos datan, de febrero de 1539, en que el “Emperador visitaba la Ermita”.

 

   Son muchos los milagros del Santo Niño de la Guardia, y existen testimonios de los mismos, que han consolidado la fe de sus devotos.

 

   El mundo de la literatura ha dejado constancia de este terrible suceso del siglo XV en los alrededores de Toledo. Lope de Vega escribió El Niño Inocente y Quevedo se ocupó de él, proponiendo en carta escrita al rey se dignase disponer las cosas para que el santo Niño compartiera el patronato de España con Santiago; afirmaba que «puede interceder a Dios, como no puede otro alguno, por la pasión que Cristo pasó por él y por la que él pasó por Cristo».

 

   Ya en el año 1501 hay referencias a los lugares de culto en los que se le venera que son los mismos en los que sufrió y fue enterrado. La Guardia lo tomó por Patrón y señala el día de su fiesta. El cardenal Siliceo apoya en 1547 su estatuto de limpieza en la devoción que se presta al Santo Niño. Consta la veneración que los reyes Fernando V, Carlos I y Felipe II le tuvieron. Y se sabe que el papa Pío VII confirmó su culto en 1805.

 

   El siglo XV está plagado de problemas enconados y agudos suscitados por los conversos del judaísmo; motivaron la predicación de Vicente Ferrer y de otros muchos; salieron a la luz disposiciones eclesiásticas y leyes civiles porque hubo persecuciones con matanzas. Se produce un repetido intento sincero para facilitar conversiones al cristianismo; partía la iniciativa de un verdadero afán apostólico, pero al tener siempre pobres o nulos resultados, ni el poder político ni el militar pudieron mantenerse al margen ni sustraer la atención a los hechos. Hubo falsos conversos que seguían practicando un judaísmo casero con repercusiones en el orden social. Los Reyes Católicos, fracasados los esfuerzos persuasorios del 1478, solicitaron del papa Sixto IV la bula para establecer la Inquisición; en el 1480 ya quedaba nombrado el tribunal, pero no por ello estaba asegurado el orden; estaban implicadas personas judías poderosas en dinero y número, como se hizo patente en el complot de Sevilla, el asesinato en Zaragoza del inquisidor Pedro de Arbués en 1485, la resistencia a la entrada de los inquisidores en Teruel, en Barcelona y Valencia. Los alborotos de Jaén y Córdoba del 1467 se repitieron con mayor virulencia en la ciudad de Toledo entre 1486 y 1488.

 

 


Rapto del Santo Niño de la Guardia. Claustro de la catedral de Toledo. Frescos de Francisco Bayéu. 1782.




 Crucifixión del Santo Niño.

Claustro de la catedral de Toledo.

Fresco de Francisco Bayéu. 1782.

martes, 23 de septiembre de 2025

EL PEQUEÑO CAMINO.

 



   Benedicto XV dijo, en un memorable discurso sobre las virtudes heroicas de Santa Teresita:

 

   “La infancia espiritual es condición necesaria para obtener la vida eterna: los fieles de todas las naciones deben entrar generosamente en el camino por el que Sor Teresa del Niño Jesús alcanzó el heroísmo de la virtud.”

 

   Las palabras del pontífice no son más que un eco del Evangelio:

 

   “Si no os hacéis como niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos.”

 

   La infancia espiritual, según Benedicto XV, es un camino necesario para la salvación y una condición indispensable para alcanzar el Cielo. Todo es sencillo en el pequeño sendero que propugna Teresa. ¡Basta con humillarse y amar al Amor! No todos pueden alcanzar la perfección por los caminos difíciles, duros y aterradores de los anacoretas y gigantes de la penitencia y la santidad, como san Hilario, Margarita de Cortona o Simón el Estilita. Es imposible imitar a estos héroes. Lograrlo requeriría una gracia muy especial del Cielo, que podría ser muy difícil de obtener sin presunción. Es cierto que todos estamos llamados por Jesús a la perfección:

 

   “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”

 

   Debe, pues, haber otro camino, accesible a almas débiles, pobres y pequeñas, como las nuestras, que también puedan amar a Dios y alcanzar la santidad y la perfección. Teresa dijo:

 

   “Afortunadamente, hay muchas moradas en el Reino de los Cielos. Si solo existieran aquellas a las que se accede por caminos incomprensibles para mí, ciertamente no entraría allí... Pero si existe la morada de las grandes almas, de los Padres del Desierto y de los mártires de la penitencia, también debe haber la de los niños pequeños, y nuestro lugar está reservado entre ellos.”

 

Pensamientos para cada día del año. Tomado del “Breviario de la Confianza” Monseñor Brandão, Ascânio. Año 1936.

 

 

 

domingo, 21 de septiembre de 2025

LA PÉRDIDA DE LA PAZ INTERIOR (La Vana alegría y la negra tristeza – Por el R. P. Fr. Ambrosio de Lombrez. Capuchino.

 



   UNA de las cosas que más comúnmente desordenan y pervierten nuestro interior, es la excesiva alegría. No se sabe mirar esta pasión con desconfianza, porque elIa se presenta con una cara de placer, y de un placer que comúnmente no es criminal; y no son pocas, ni poco considerables las heridas que ejecuta; porque la primera de todas, que es la inatención a nosotros, nos impide el sentimiento de las demás, y el de ella misma. Alegría inconsiderada que nos disipa el interior, que se nos lleva a la parte de afuera, que nos da una especie de rarefacción, por la cual nos extendemos por todas partes como una agua que se derrama, o como una cera derretida, que no deja en el fondo del vaso sino las enjutas reliquias, según la expresión del Real Profeta: “Sicut aqua effusus sum. Factum est cor meum tamquam tera liquescens. Soy derramado como agua. Mi corazón es como barro fundido.” Alegría enemiga de la mortificación  y que nos hace olvidar algunas veces hasta las reglas de la modestia. Alegría loca que abre todas las puertas de nuestros sentidos, para dar entrada a todos los objetos exteriores: los que con su favor, entran de tropel dentro de nosotros, y excitan un tumulto que no nos deja gozar un momento de descanso. Alegría desenfrenada que nos hace hablar en voz alta, reír a carcajadas, y entregarnos a todos los Inconsiderados movimientos de nuestra imaginación. Es verdad que no llega siempre hasta los últimos excesos; mas el mal que nos hace, casi jamás es de poca importancia. Un cuarto de hora de jocosidad disipa todo el fruto de muchos días de recogimiento: toda la unción interior se evapora en esta especie de ebullición: se levanta en elIa un espeso vapor, que obscurece nuestra alma, y empaña todo su lustre; y es necesario mucho tiempo, y mucha compunción para recobrar el fervor, y la paz, que nos hizo perder la disipación.

 

   La tristeza hace en nosotros unas impresiones del todo opuestas: más no por eso obra con menos ardor, para hacernos perder la paz. La alegría nos disipa, la tristeza nos abruma, y quedando la paz en el medio, se halla muy lejos de la una y de la otra. Inútilmente representaríamos aquí todos los malos efectos de ese humor obscuro y melancólico; porque todo el mundo Sabe que nos hace perder toda la calma interior, y que extendiéndose a la parte de afuera nos vuelve sospechosos  tímidos, impacientes, insoportables a los otros, y a nosotros mismos. En este estado parece haber perdido el alma todos los talentos de la naturaleza y de la gracia, y que yacen como sepultados entre las ruinas del interior edificio: apenas se puede concebir un buen pensamiento: nada se presenta al espíritu que na sea congojoso, y muchas veces obsceno y en fin se huye de los hombres, y no se arrima a Dios; y así ni se tiene mérito en el recogimiento, ni se logra alivio contra la disipación.

 

   Así como hay una alegría que agrada a Dios; así hay una tristeza que es conforme a su voluntad Por eso el Apóstol que nos exhorta a que vivamos alegres, se regocijó de que los de Corinto estuviesen tristes. Y así fue la alegría de María Santísima entre los brazos de su Prima Santa Isabel, y su amarga tristeza estando al pie de la Cruz. Ambas concurren a procurarnos la paz del alma, bien distantes de turbarla o impedirla: porque la una es freno contra nuestra ligereza e inconstancia; la otra es un consuelo para nuestra flaqueza y por eso no pueden ser convencidas de viciosas sino en sus excesos; y estos no comienzan sino con la turbación del espíritu; y solo entonces se ha de decir turbación del espíritu; y solo entonces se ha de decir con el Sábio, que la alegría es una cosa necia e insipiente; y que la tristeza es el origen de muchos males. Es necesario, pues, moderar la excesiva alegría y la profunda tristeza, y eso ha de ser en su principio mismo y sin tardanza alguna; porque si se les deja hacer algunos progresos, será difícil volver a lograr la tranquilidad del alma. Ellas son dos contrarios que mutuamente se destruyen; pero se puede usar útilmente del uno contra el otro, excitándose el alma a una santa alegría, quando se advierte llevada hacia la tristeza, y deteniendo con el freno de una saludable tristeza los movimientos desordenados de una vana alegría. Pero es necesario huir de los extremos: la alegría tranquila y moderada, siempre ocupa el medio. Si el temor de uno de estos defectos hiciese dar con el contrario, esto sería arrojarse a un escollo por apartarse del otro, y por eso es preciso pasar por en medio de los dos, de modo que se ha de inclinar el cuerpo por el lado opuesto a aquel a que estaba propenso y dispuesto para caer; y esto no es por caer antes de un lado que de otro sino por no caer de ninguno;  y fácilmente se precipitaría, si estuviese muy inclinado a cualquiera de ellos. De este modo debe el alma, por hablar así, balancearse entre las dos pasiones con un moderado movimiento, Hasta que llegue a encontrar el equilibrio.

 

 

“LA PAZ INTERIOR”

Año. 1792

viernes, 19 de septiembre de 2025

ORÍGENES DE LA MASONERÍA – Por el Padre Denis Fahey. C. S. Sp (1883–1954)


 

   La masonería moderna organizada se remonta a la formación de la Gran Logia de Inglaterra en 1717, aunque sus ideales y creencias se remontan a la Antigüedad.  Los principios filosóficos de la masonería se derivan de cuatro fuentes:

 

   1) La Cábala judía.

   2) Ritos secretos paganos: egipcios, griegos, sirios.

  3) Parodias de ceremonias católicas como la ceremonia de la Comunión del siglo XVIII Grado de Rosa-Cruz.

   4) Diversas herejías: gnosticismo, maniqueísmo, albigense.

 

   La influencia más importante en la masonería ha sido la Cábala judía. El padre Fahey cita a la escritora inglesa Nesta Webster en su exhaustivo estudio sobre las sociedades secretas y la importancia de la Cábala judía en el desarrollo de la masonería:

 

    La fuente de inspiración innegable es la Cábala judía... Lo cierto es que cuando se redactaron el ritual y las constituciones de la Masonería en 1717, si bien se conservaron ciertos fragmentos de las antiguas doctrinas egipcias y pitagóricas, la versión judaica de la tradición secreta fue la elegida por los fundadores de la Gran Logia para construir su sistema. (Citado de Sociedades Secretas y Movimientos Subversivos)

 

   Webster continúa:

 

   La Cábala es el conjunto de doctrinas o tradiciones esotéricas o secretas, teóricas y prácticas, del judaísmo. La Cábala teórica o especulativa se ocupa de Dios y sus relaciones con el mundo, el hombre, los ángeles, etc., y está dominada por la teoría panteísta de la emanación. [Ibíd.]

 

   El padre Fahey cita al autor A. Preuss en su obra American Freemasonry, quien señala que la Cábala recibió la mayor parte de su influencia y contenido del paganismo:

 

   Es de la Cábala, que ha bebido profundamente de los antiguos misterios paganos, como también de estos mismos misterios, que debemos pedir una explicación de lo que es la Masonería y de los símbolos masónicos. Y: Debemos... estudiar el paganismo para comprender la Masonería. Los masones eruditos siempre han recurrido a fuentes paganas y siempre han podido encontrar en ellas la verdadera interpretación.

 

   Desde sus raíces pagano-cabalísticas, imbuidas de los ideales de la Ilustración, la masonería llegaría a dominar no solo el discurso político de gran parte del mundo occidental, sino que sus principios daría frutos particulares en la formación y el desarrollo de Estados Unidos. Y con el éxito del “experimento de libertad” estadounidense, la masonería inspiraría la Revolución Francesa y otras convulsiones sociales de los siglos XIX y XX que conducirían a la disolución de la cristiandad occidental.

 

El padre Fahey se basa en la excelente descripción que hace Preuss de la filosofía masónica:

 

   Entramos en la Logia y encontramos el símbolo G, tan distintivo de la Masonería como la cruz lo es del Catolicismo. Significaba DIOS, el fálico de la Logia, y Geometría, la teología de la Masonería. Nos dijeron que la Deidad en la Masonería era el Constructor, el arquitecto del universo, el superintendente bajo el cual nosotros también éramos constructores; y habiendo sido previamente informados de que la idea de constructor había sido tomada de los misterios paganos, en los que se adoraba a la Deidad en las facultades procreativas del hombre, nos resultó evidente que la Deidad de la Logia no podía ser otra que el hombre.

 

   La humanidad, por tanto, es divina y no una criatura con el deber de reconocer, obedecer y honrar a su Creador. Preuss añade:

 

   ...fuimos a la Masonería para una instrucción más completa. Nos instruyó en el estudio de la Geometría, y la Geometría nos instruyó en el estudio de la Naturaleza... Descubrimos que la Naturaleza podría llamarse Dios. Que el Universo era una emanación de Dios. Que las criaturas eran las ideas reales y existentes de Dios. Descubrimos que los antiguos sabios llamaban a Dios el Alma del Universo... Los cabalistas, nuestros teólogos de confianza, nos enseñaron que Dios y la Naturaleza eran uno, y por lo tanto, que Dios y la humanidad eran uno.

 

   Para llevar la Cábala y el paganismo a los estándares de la Ilustración del siglo XVIII, la masonería añadió el “dios” de la Razón a sus fundamentos filosóficos:

 

   Se nos presentó a Dios identificado con la Razón; de modo que Dios era Razón, y la Razón, Dios. Hasta que finalmente, en la lección culminante de la Masonería, el último o Secreto Real, se enseña claramente la Divinidad del Hombre en la fórmula geométrica del triángulo rectángulo: que Osiris e Isis producen a Horus; que los poderes generativos y prolíficos de la Naturaleza producen el Universo; que la unión de la Deidad y la Humanidad da origen al Hombre Divino, la antigua teoría pagana que considera a todos los dioses bisexuales. [Ibíd.]

 

   El Dios Deísta nace reemplazando a la Santísima Trinidad por el «Padre Desconocido de la Masonería», que en definitiva es la humanidad misma. Así como Satanás engañó astutamente a Eva prometiéndole a ella y a su ingenuo esposo que llegarían a ser omniscientes, la Masonería ofrece a la humanidad un futuro similar:

 

   Aquí tenemos la religión natural, aquí la gran revelación de la Naturaleza, aquí el Nuevo Testamento de la Masonería, en el cual, no el Yahvé cristiano, en Jesucristo, sino el Padre Desconocido de la Masonería, el Jehová cabalístico, en humanidad, «se ha encarnado y ha habitado entre nosotros». Dios encarnado —el Hombre Divino— no en Jesucristo, sino en plena humanidad, esta es la Deidad revelada por la Masonería. [Ibíd.]

 

«SOCIEDADES SECRETAS Y LA REALEZA DE CRISTO»