viernes, 30 de junio de 2017

María también es Madre de los pecadores arrepentidos – Por San Alfonso María de Ligorio.




   NOTA: No exagero amiga, amigo, que esta sencilla lectura puede ser el comienzo de una verdadera conversión, de una verdadera devoción a María. Y la salvación de tu alma. No importa cuán bajo hayas caído. No dejes de leer estas líneas que fueron escritas para nosotros: Los grandes pecadores. Te dará esperanza y consuelo, y veraz que cuando existe verdadero arrepentimiento y propósito de enmienda, de corregir nuestros errores, nuestras flaquezas y abandonar el pecado. NO TODO ESTA PERDIDO. APRENDERÁS QUE MARÍA, NUESTRA MADRE DEL CIELO, JAMÁS ABANDONA A LOS PECADORES QUE RECURREN A ELLA. Y no temo en decir, que si de verdad te abandonas a ella, veo como asegurada tu salvación.

  La misma piadosísima Virgen aseguró a Santa Brígida que no sólo es Madre de los inocentes y justos, sino también de los pecadores, con tal de que propongan enmendarse. ¡Oh y con qué benignidad recibe a sus pies esta Madre de misericordia a cualquier pecador arrepentido! Así lo escribía San Gregorio a la princesa Matilde: “Pon fin al pecado, y encontrarás a María más amorosa que una madre carnal: te lo prometo con toda certidumbre” La condición que nos pide para ser sus hijos, es dejar la culpa. Sobre aquellas palabras de los Proverbios: Se levantaron sus hijos…, reflexiona Ricardo, que antes puso se levantaron, y después los llama hijos, porque no puede ser hijo de María quien primero no se levanta del estado de la culpa donde había caído; y en efecto, si mis obras son contrarias a las de María, niego con ellas ser hijo suyo, o es lo mismo que decir que no lo quiero ser. ¿Cómo es posible que uno sea su hijo, y al mismo tiempo soberbio, deshonesto, envidioso? ¿Quién tendrá el arrojo de llamarse hijo suyo, dándole con sus malas obras tanto disgusto?

   Le decía una vez cierto pecador: “Señora, muestra que eres Madre”; y la Virgen le respondió: “Muestra que eres hijo”; y a otro que la invocaba como Madre de misericordia, le dijo: “Vosotros, cuando queréis que os favorezca, me llamáis Madre de misericordia; pero con tanto pecar me hacéis madre de miseria y dolor” Dice el Señor en el libro del Eclesiástico: “Maldito es de Dios el hombre que exaspera a su madre”: es decir a su Madre María, como explica Ricardo; porque Dios sin duda maldice al que con su mala vida y obstinación aflige a una Madre tan buena.

   Otra cosa es cuando a lo menos se esfuerza el pecador por salir de su mal estado, y se vale para ello del favor de María; que entonces no dejará por cierto, esta piadosa Madre, de socorrerle, para que al fin recobre la gracia y amistad de Dios. Así lo oyó Santa Brígida una vez de boca del mismo Jesucristo, que dijo a su Madre amantísima estas palabras: “Al que se esfuerza por volver a mí, tú, Madre mía, le ayudas, sin dejar privado a nadie de consuelo.” Si el pecador se obstina, no puede merecer el amor de María; pero si, aunque alguna pasión le tenga cautivo, sigue encomendándose y pidiéndole con humildad y confianza que le ayude a salir de su mal estado, sin duda le dará la mano, siendo Madre tan misericordiosa, y romperá sus prisiones y le pondrá en camino de salvación.

   Viene bien explicar aquí una doctrina del sagrado Concilio de Trento, el cual condenó como herejía el decir que las oraciones y demás buenas obras hechas por la persona que está en pecado, son pecados. No lo son, porque si bien la oración en la boca del pecador no es hermosa, como dice San Bernardo, por no ir acompañada de la caridad, es por lo menos útil y fructuosa para salir del estado de la culpa; y aunque tampoco es meritoria, Santo Tomás enseña que sirve para alcanzar la gracia del perdón, supuesto que la virtud para conseguirla no se funda en los méritos del que ruega, sino en la bondad divina y en la promesa y merecimientos de Jesucristo, que dijo en el Evangelio: “Todo el que pida, recibirá.” Y lo mismo debe entenderle en orden a la Madre de Dios. Si el que pide, dice San Anselmo, no merece ser oído, los méritos de María, a quien se encomienda, harán que lo sea. Por lo cual exhorta San Bernardo a todos los pecadores a dirigirse a María en sus oraciones con gran confianza. Este es su oficio, oficio de Madre, y de tan buena Madre. ¿Qué no haría cualquiera madre por reconciliar a dos hijos suyos que se aborreciesen y buscasen para matarse? María es Madre de Jesús y Madre del pecador; y como no puede sufrir verlos enemistados, no descansa hasta ponerlos en paz, sin exigir para ello del pecador otra cosa sino que él se lo ruegue y tenga propósito de enmendarse, porque cuando le ve pidiendo a sus pies misericordia, no mira los pecados que trae, sino el ánimo con que viene. Si viene con buena intención, aunque haya cometido todos los pecados del mundo, le abraza, y sin desdeñarse de tanta miseria, le sana las heridas del alma, siendo, como es, Madre de misericordia, no sólo en el nombre, sino en las obras, y en el amor y ternura con que nos recibe y favorece. En estos propios términos lo dijo a Santa Brígida la misma Señora.

   María, pues, es Madre de los pecadores que desean convertirse, y como tal, no sólo se compadece de ellos, sino que parece que siente como propio el mal de sus hijos. Cuando la Cananea rogó al Señor que librase a su hija de un demonio que le atormentaba dijo: “Ten misericordia de mí; una hija mía es molestada por el demonio.” Si la hija lo era y no la madre, parece que debió haber dicho: Señor, compadeceos de mi hija. Pero la mujer habló bien, porque las madres sienten como propios los males de sus hijos. Pues así es puntualmente como pide a Dios María por cualquier pecador que se acoge a ella, y podemos creer que le dice de esta manera: “Señor, esta pobre alma que está en pecado, es hija mía; ten misericordia, no tanto de ella, cuanto de mí, que soy su Madre”

   ¡Ojalá que todos los pecadores recurriesen a tan dulce Madre! Todos alcanzarían perdón. “¡Oh María!, exclama San Buenaventura maravillado: tú abrazas con afecto materno al pecador que todo el mundo desecha, sin que le dejes hasta verle reconciliado con el supremo Juez” Quiere decir el Santo, que cuando el hombre por el pecado se ve aborrecido y desechado de todos, cuando aún las criaturas insensibles, como el fuego, el aire y la tierra quisieran castigarle y vengar el honor de su Criador ofendido, María le estrecha en sus brazos con afecto de Madre, si él llega arrepentido a sus pies, y no le deja hasta reconciliarle con Dios y volverle a la gracia perdida.

   Se echó a las plantas de David, como cuenta el libro II de los Reyes una mujer de Tecua, celebrada por su discreción, y le dijo así: “Señor, yo tenía dos hijos, los cuales por desgracia mía riñeron, y el uno, mató al otro, y después de haber quedado sin el uno ahora quiere la justicia quitarme al otro. Tened compasión de mí, y no permitáis, Señor, que me vea privada de mis dos hijos.” El rey, compadecido, perdonó al delincuente, y se lo mandó volver libre. Pues esto viene a ser lo que dice María, cuando ve a Dios airado contra el pecador que la invoca: Dios mío, yo tenía dos hijos, que eran Jesús y el hombre; éste ha dado a Jesús la muerte, y vuestra justicia quiere castigar al culpable; pero, Señor, tened compasión de mí, y si perdí al uno, no consintáis que pierda al otro también. ¡Ah! ¿Cómo Dios le ha de condenar, amparándole María y pidiendo por él así, cuando el mismo Señor le dió por hijos a los pecadores? Yo se los di por hijos, parece que dice su divina Majestad, y ella es tan solícita en el desempeño de su oficio, que a ninguno deja perecer de cuantos tiene a su cargo, especialmente si la invocan, sino que hace los mayores esfuerzos para restituirlos a mi amistad. Y ¿quién podrá comprender la bondad, misericordia y caridad con que nos recibe siempre que imploramos su ayuda y favor? Postrémonos a sus sagrados pies, abracémoslos con toda confianza, y no nos apartemos de allí hasta lograr que nos bendiga y reconozca por hijos. Nadie desconfíe de su amor, sino dígale con todos los afectos del alma: “Madre y Señora mía, bien merezco por mis pecados ser desechado de Vos, y recibir de vuestra mano cualquier castigo; pero aunque supiera perder la vida, no he de perder la confianza de que me habéis de salvar. Toda mi esperanza la pongo en Vos, y con sólo que me concedáis morir delante de una imagen vuestra implorando vuestra misericordia, no dudaré conseguir el perdón, y volar al cielo a bendeciros en compañía de tantos siervos vuestros que midieron implorando vuestro auxilio, y fueron salvos por vuestra poderosa intercesión. Léase el ejemplo siguiente, y véase si podrá ningún pecador desconfiar de la misericordia y amor de esta buena Madre, siempre que la invoque de corazón.

Ejemplo:


   —Cuenta el libro que tiene por título Espejo histórico, que en la ciudad de Rodolfo, en Inglaterra, hubo un joven de casa noble, llamado Ernesto, el cual, habiendo repartido sus bienes a los pobres, abrazó la vida religiosa en un monasterio, donde vivía con tal observancia y perfección, que los superiores le estimaban ¡grandemente, en especial por su singular devoción a la Virgen nuestra Señora. Tanta era su virtud, que habiendo entrado una epidemia en aquella ciudad, y acudiendo la gente al monasterio para solicitar de los religiosos asistencia y oraciones, mandó el abad a Ernesto que fuese a pedir favor a la Virgen delante de su altar, sin apartarse de allí hasta que le diese respuesta. Ernesto obedeció, y a los tres días de perseverar en esta disposición, le ordenó la Virgen ciertas oraciones que se habían de decir, y así cesó la peste. Pero después se entibió, y el enemigo empezó a molestarle con varias tentaciones, especialmente contra la castidad, y con la sugestión de que huyese del monasterio. El infeliz, por no haberse encomendado a la Virgen, se dejó al cabo vencer, determinado a descolgarse por una pared. Pero pasando con este mal pensamiento delante de una imagen que estaba en el claustro, le habló la piadosísima Virgen, diciéndole: “Hijo mío, ¿por qué me dejas?” Sobrecogido y con gran compunción respondió; “¿Novéis, Señora, que ya no puedo resistir más? ¿Por qué Vos no me ayudáis?—Y tú, replicó la Virgen, ¿por qué no me invocas? Si te hubieras encomendado a mí, no te sucedería eso: hazlo en adelante, y no temas.” Fortalecido con estas palabras, se volvió a la celda.

   Allí le asaltaron de nuevo las tentaciones, y como ni entonces acudió a la Virgen, finalmente se escapó del monasterio, y a poco se dió a todos los vicios, viniendo a parar de pecado en pecado hasta hacerse salteador de caminos. Después alquiló una venta, donde por la noche, por robar a los pasajeros, les quitaba la vida. Entre las muertes que hizo mató a un primo del gobernador, quien por varios indicios empezó a formarle proceso.

   Entre tanto llegó al mesón un caballero joven, y luego que anocheció, el huésped fué donde dormía, con ánimo de asesinarle, según costumbre.

   Se acerca, y en lugar del caballero, ve tendido en la cama un Santo Cristo, que mirándole benignamente le dice: “Ingrato, ¿no te basta que haya muerto por ti una vez? ¿Quieres volverme a quitar la vida? Pues extiende la mano, y hiéreme.”
   Admirado y confuso Ernesto empezó a llorar amargamente, diciendo así: “Vedme aquí, Señor; ya que usáis conmigo de tan grande misericordia, quiero volverme a Vos”; y sin diferirlo un instante, salió con dirección al monasterio. Pero en el camino fué preso por los ministros de justicia y llevado al juez, delante del cual confesó todos sus delitos, por los que fué condenado a la pena de horca, y tan ejecutiva, que ni siquiera le dieron tiempo de confesión. Él se encomendó entonces de veras a la Virgen misericordiosa, y al tiempo de echarle los cordeles al cuello, la Virgen le detuvo para que no muriese, y después soltó la cuerda y le dijo: “Vuelve al monasterio, haz penitencia, y cuando me vuelvas a ver con una cédula en la mano en que estará escrito el perdón de tus pecados, disponte para morir.” Así lo hizo, contó al abad todo lo sucedido, hizo penitencia rigurosa por muchos años, al cabo de los cuales vió a la Virgen dulcísima con el papel en la mano, se acordó del aviso, se dispuso para la última partida, y acabó santamente.

ORACIÓN.

   — ¡Oh Reina soberana, digna Madre de Dios!, el conocimiento de mi vileza y la multitud de mis pecados debieran quitarme el ánimo de acercarme a Vos y llamaros Madre. Pero aunque es tanta mi infelicidad y miseria, es mucho también el consuelo y confianza que siento en llamaros Madre. Merezco, bien lo sé, que me desechéis; pero humildemente os ruego que miréis lo que hizo y padeció por mi vuestro divino Hijo, y entonces, si podéis, despedidme. Es cierto que no hay pecador que haya ofendido tanto como yo a la divina Majestad; pero estando el mal ya hecho, ¿qué recurso me queda sino acudir a Vos, que podéis ayudarme? Sí, Madre mía; ayudadme y no digáis “no puedo”, porque sois omnipotente y alcanzáis de Dios todo cuanto queréis. No respondáis tampoco “no quiero”, o bien decidme a quién he de acudir pidiendo el remedio de mi desventura. Señor, o compadeceos de este infeliz, y Vos, Señora, interceded por él, o mostradle otros más piadosos a quienes pueda recurrir con más confianza. Pero ¡ah! que ni en la tierra ni en el cielo se encuentra quien tenga de los desdichados más compasión, ni quien mejor los pueda socorrer.

   Vos, ¡oh Jesús mío!, sois mi padre; vos, ¡oh dulce María!, sois mi madre. Cuanto más infelices somos los pecadores, más nos amáis, y con mayor solicitud nos buscáis para salvarnos. Yo soy reo de muerte eterna, yo soy el más miserable de todos los hombres; pero con todo, no es menester buscarme, ni es esto lo que ahora pretendo, pues voluntariamente corro a vuestros pies. Aquí me tenéis; no seré desdichado, no quedaré confundido.

   Jesús mío, perdonadme; Madre mía, interceded por mí.



“LAS GLORIAS DE MARÍA”

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