viernes, 7 de agosto de 2026

LA BALANZA

 



 

“LA VOZ DE SAN ANTONIO” N° 1. Enero de 1899.  Revista mensual ilustrada. Bendecida por S. S. Papa León XIII. Y por el Excmo. Ordinario; y varios prelados.

 

(Traducido y adaptado del portugués al español; por Nicky Pío)

 

I

 

   El espíritu de las tinieblas erraba por la atmósfera de nuestro planeta, contemplando las vanidades humanas.

 

   ¿Cuántos son —dijo— los que desprecian estas vanidades? Reunidos todos no llenarían una sala, que no fuese precisamente espaciosa. ¿Dónde se encuentran hoy esos actos de virtud cristiana?

 

   —Son apenas conocidos, aislados y perdidos entre la enorme multitud de actos inspirados por la vanidad. ¡Reúne y pesa todas las acciones de los justos del universo entero; su peso no igualará el de las vanidades de un solo día en la ciudad más pequeña!

 

   El Espíritu de la Luz aparece inesperadamente ante él.

 

   —Vengo —le dice— a proponerte un desafío: reunirás en uno de los platillos de una balanza tantas vanidades como desees; yo buscaré el contrapeso, y si logro inclinar la balanza, seré victorioso.

 

   —Acepto, contesto el príncipe de las tinieblas—; reuniré a toda mi corte para dar testimonio de  tu derrota. Conozco —añadió— un lugar adecuado para la lucha. Al sur de Siberia se extiende un vasto país desconocido para los viandantes. Montañas inaccesibles lo rodean. Algunos de mis súbditos, expulsados ​​de Europa y América, han encontrado allí un refugio seguro, donde no los molestan las letanías de los misioneros.  ¿Le agrada este lugar?

 

      —Sí, dice el Espíritu de la Luz; vamos para allá.

 

II

 

   Satanás se engañaba al suponer que aquel país no era  conocido por viajante alguno. Yo acababa de llegar ahí despues de haber atravesado diferentes regiones. Los animales que lo habitaban, que en verdad ignoraban la malicia del género humano, me recibieron con gran cortesía. En una espaciosa caverna encontré alojamiento y un lugar para guardar todos mis instrumentos. Lo más valioso de todo era un par de prismáticos que me había regalado un jefe indio al que había tenido ocasión de prestar un gran servicio. Con estos maravillosos prismáticos podía distinguir y discernir incluso a los mismos espíritus. Hace tiempo que no los poseo; un escrúpulo de conciencia me llevó a romperlos. No me arrepentí de haberlo hecho; unos meses sólo use de ellos, y mudó completamente mi carácter, convirtiéndome casi en un anacoreta. Podría contarles cosas curiosas que descubrí gracias a esos prismáticos; se las contaré más adelante. Actualmente una publicación tal, sería la causa de grandes escándalos, destruiría la reputación de muchas personas que actualmente gozan del favor público, y juzgo que  no es conveniente derribar esos ídolos por el momento.

 

III

 

   Estaba sentado cerca de la caverna donde me había instalado cuando dos personajes, el Espíritu de la Luz y el príncipe de la sociedad actual, llegaron a aquella región de Siberia. Al verme allí, Satanás se sorprendió profundamente y me examinó minuciosamente.

 

   —Quede asustado, dijo finalmente, pensando que eras un misionero, pero por los instrumentos que veo que posees, entiendo que eres un sabio naturalista. Muy bien; no hay que temerles; no combaten la misión de los demonios; al contrario, muchos de ellos, con sus doctrinas, son sus mejores auxiliares.

 

   No describo a este personaje, por la simple razón, de que no le encuentro idioma alguno, ni expresiones para hacerlo, y tengo muchas para expresar la repulsiva figura de aquel que era el más hermoso de los serafines.

 

   Apenas me considero con fuerzas, para describir la belleza del Espíritu de Luz. Diré apenas que, al verlo, sentí el deseo de cambiar una larga existencia de placeres en este mundo por contemplar durante cinco minutos esa figura angelical. Merced a su presencia, pude soportar sin desfallecer el aspecto aterrador de Satanás.

 

   —Como acordamos, dijo el príncipe de las tinieblas, voy a  convocar a la corte infernal para presenciar mi triunfo y celebre tu derrota, espíritu temerario, que osas concebir la esperanza de presentar un contrapeso capaz de inclinar la balanza en la que reuniré las vanidades de la sociedad actual.

 

   Ignoro qué medios empleó Satanás para convocar a su corte; uno después del otro vi aparecer a todos sus dignatarios. Un demonio al servicio de uno de los “grandes magnates” que ya conocía, gracias a mis famosas gafas, me reveló a los principales. Sin embargo, debo advertir al lector que no doy crédito absoluto a las confidencias de ese espíritu de la mentira.

 

   Mostróme primero a Belzebú, señor de los espías, príncipe de los demonios y primer dignatario de la corte infernal después de Satanás. Este famoso demonio, alto como una montaña, tomó asiento en un gran trono a mi izquierda. Una cinta de fuego rodea su frente; su rostro es negro y su aspecto amenazador. Sus alas son las de un murciélago.

 

   Junto a él se encontraba el príncipe de la muerte, mostrando sus agudos dientes y las repugnantes úlceras que cubrían su cuerpo; y el príncipe de las lágrimas, un demonio horroroso, cubierto de los gritos de las madres y de la sangre de los niños.

 

   Les seguían, por orden: Plutón, príncipe del fuego; el gran Maestro Negro de los conventículos (reuniones secretas), un diablo taciturno y melancólico; Proserpina, princesa de los espíritus malignos; Adramenleck, gran canciller; Astaroth, gran tesorero; Vergal, jefe de la policía secreta; Baal, general en jefe de los ejércitos infernales; Leviatán, gran almirante; Belfegor, embajador en Francia; Belial, embajador en Turquía; Rimón en Rusia; Thamuz en España.  Ogtin en Italia, Daco en Portugal e Martinet en Suiza. Tras la corte, una multitud de jefes subordinados, lacayos, guardias, etc.

 

   Una profunda oscuridad rodeaba y envolvía a aquellos tenebrosos personajes. Solo unos pocos rayos púrpuras y verdes, que ocasionalmente brillaban en las ardientes fosas nasales de Belzebú, permitían distinguir los objetos en el lugar que ocupaba la cohorte infernal.

 

   Frente al lugar donde me encontraba, una mano invisible sostenía la balanza. Los platos medían tres kilómetros.

 

IV

 

   Satanás daba sus órdenes, y de todas las regiones del globo los demonios traían las vanidades de los hombres para depositarlas en una de las balanzas. ¡Qué maravilloso espectáculo!

 

   De este a oeste, de norte a sur, llegaban caravanas cargadas de artículos de lujo, incluyendo lacayos, chambelanes, perros, caballos de lujo, monos, etc., etc. Los demonios lo ponían todo en el plato de la balanza.

 

   Durante tres horas, el sol estuvo oculto por causa de las cabelleras postizas de los señores de Europa. Un sonido prolongado, producido por objetos que caían sobre la balanza, llamó mi atención. Quise saber qué eran esas cosas, y vi que eran millones de dentaduras artificiales. Un terrible huracán me hizo caer en tierra. Un espíritu me dijo después que tal tormenta era el efecto de palabras inútiles y sin sentido. Un demonio los reunió y los colocó en la balanza. Poco después, llegó un gran número de camellos cargados con odres que contenían el sudor de los sabios dedicados a buscar argumentos para combatir la intervención divina en este mundo; todos los odres estaban adornados con medallas y condecoraciones obtenidas en tal labor, y con la aprobación de las academias. Otros camellos transportaban las facultades intelectuales de los filósofos más renombrados del siglo XVIII. Uno de los demonios hizo una gran mueca. «Eso no pesa nada», dijo.

 

   Otro cargamento, traído por los demonios. ¡Esto me hizo reír! Eran las plegarias de almas orgullosas. Otros demonios también llegaron, exhaustos por el peso excesivo que cargaban: los males sufridos voluntariamente en la adquisición de bienes temporales.

 

 

   Jamás terminaría, si tuviera que relatar todo lo que vi en la balanza; el mundo aquel día debió de estar sumido en la desolación, al verse privado de los objetos que la sociedad moderna tanto adora.

 

   La corte infernal no parecía tomar grande interés en el grandioso espectáculo de vanidades que se iban acumulaban en la balanza. La mayoría de los dignatarios de Satanás ya no le prestaban atención. «Creo», dijo Belzebú, «que el plato está lleno; el de nuestro rival aún no tiene nada. ¿Querrá acaso burlarse de nosotros?».

 

V

 

   En una pequeña aldea, situada a una inmensa distancia de aquella región de Siberia, en un país desconocido y remoto, vivía una anciana que solo tenía un pan para su sustento.

 

   Llamaron a la puerta. La pobre mujer corre a abrir la puerta, y un mendigo se para frente a ella.  —«¡Una limosna por el amor de Dios!» —.    —«¡Qué día más feliz!»—, se dijo a sí misma la buena anciana, «Dios me está visitando».

 

   Tenía ella la costumbre de considerar a los pobres como mensajeros de Nuestro Señor. Enseguida fue a buscar el pan y lo partió en dos. «Dividámoslo por la mitad», le dijo al mendigo; «Y en nuestras oraciones recordad a esta pobre anciana, a quien la sociedad ha relegado al olvido». El pobre tomó el pan y, al retirarse, se persignó sobre la miserable morada de aquella buena anciana. El mendigo siguió su camino, comiendo el pan con la misma buena voluntad con la que la pobre anciana se lo había dado.

 

   Una miga insignificante cayó al suelo. El ángel de luz lo recogió y corrió a colocarlo sobre el plato de la balanza, que aún estaba vacío. Su peso era mayor que el de las dos vanidades acumuladas en el otro plato por el espíritu de las tinieblas.

 

   El ángel bueno ascendió al cielo llevándose consigo la migaja de pan, y un espíritu que parecía no venir ni del cielo ni del infierno se llevó consigo todas las vanidades. Era el espíritu de la nada.

 

   Cristianos lectores: cuando vean un pedazo de pan en manos de un mendigo, mírenlo con respeto. Hay allí, una cosa más preciosa, de más valor que las vanidades tras la cual corre la sociedad actual. Ese pan, marcado con el sello de la caridad, será presentado a Dios en el día del juicio por el ángel de la guarda de aquel que dió limosna a los pobres de Jesucristo.

 

A. D

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