lunes, 8 de octubre de 2018

Reglamento de vida PARA UN CRISTIANO –– CAPÍTULO I — Medios para conservarse en la gracia de Dios (Primer medio) –– Por San Alfonso María de Ligorio.





   Este Reglamento se divide en tres capítulos: el primero trata de los medios de conservarse en la gracia de Dios; el segundo contiene los actos y las prácticas de piedad que han de observarse y el tercero tiene por objeto las principales virtudes que un cristiano debe practicar.

   Debemos estar, persuadidos que para para conseguir la salvación eterna, no basta querer salvarse, sino que es necesario valerse de los medios que Jesucristo nos ha dejado. De otro modo, si caemos en el pecado, vanamente alegaremos en el día del juicio que las tentaciones han sido fuertes y que nosotros éramos débiles; porque Dios nos ha proporcionado los medios de vencer con su gracia todos los ataques de nuestros enemigos; y si no queremos aprovecharnos de ellos y sucumbimos, la culpa será nuestra.

   Ciertamente que todos los hombres quieren salvarse; pero como no todos hacen caso de los medios de salvación, esta es la causa de que tantos pequen y se pierdan.

PRIMER MEDIO.

HUIDA DE LAS OCASIONES.

   El primer medio es evitar la ocasión. EL que no tiene cuidado de evitar las ocasiones de pecar, con especialidad en materia de placeres sensuales, caerá miserablemente en el pecado. “En la guerra de los sentidos, decía San Felipe Neri, los cobardes que huyen, son los que vencen” La ocasión es como una venda que nos cubre los ojos y no nos deja ver nada, ni a Dios, ni el infierno, ni las resoluciones que hicimos. La Sagrada Escritura, dice, que es imposible andar sobre carbones encendidos sin quemarse. (Prov. 6. 27,) Es pues moralmente imposible exponerse voluntariamente a la ocasión sin sucumbir, por más que se hayan tomado mil resoluciones y hecho a Dios mil promesas.

   Esta verdad está demostrada todos los días por la desgracia de tantas almas tristemente caídas, por no haber evitado las ocasiones.

   Y el que ha vivido en la costumbre de pecar torpemente sabe que no le bastará para contenerse evitar las ocasiones totalmente próximas, porque si no procura evitar aun las que no son del todo próximas, fácilmente caerá. Guardémonos también de dejarnos engañar por el demonio, bajo el pretexto de que la persona que es causa de nuestras tentaciones, es de grande virtud: porque muchas veces sucede, que cuanto más piadosa es esta persona, tanto más fuerte es la tentación.

   Se lee en Santo Tomás, (de modo conf, a 22.) que las personas más santas son por lo mismo mucho más atractivas.

   La tentación comienza por el espíritu y acaba por la carne. Un gran siervo de Dios, el Padre Sertorio Caputo, de la compañía de Jesús, decía que el demonio hacia primero amar la virtud; después a la persona; y que al fin nos ciega y nos precipita.

   Es necesario también evitar las malas compañías porque nosotros somos muy débiles; el demonio nos tienta continuamente, los sentidos nos inclinan al mal, y el ejemplo de una mala compañía no dejará de hacernos caer en el pecado.

   Lo primero pues, que debemos hacer para salvamos, es apartarnos de las ocasiones y do las compañías peligrosas. Y en esto es necesario que nos hagamos violencia, y que cueste lo que costare a nuestra inclinación natural, tengamos bastante resolución para sobreponernos a todo respeto humano. Sin hacernos violencia no nos salvamos. Es verdad que no podemos poner nuestra confianza en nuestras propias fuerzas sino únicamente en los auxilios de Dios: sin embargo. Dios quiere que cooperemos también por nuestra parte, haciéndonos violencia cuando es necesario, para ganar el paraíso: (Math. 11, 12.).


“Pequeños tesoros escogidos de San Alfonso María de Ligorio”

MÁXIMAS ETERNAS – MEDITACIÓN VII y final de estas máximas – Por San Alfonso María de Ligorio – SOBRE LA ETERNIDAD DE LAS PENAS.







PRIMERO.

   Considera que el infierno no tiene fin: en él se padece todos los suplicios y todos son eternos. Asi, después de cien, después de mil años de sufrimientos; el infierno no hará más que comenzar; y si se pasarán cien mil, o cien millones, o mil millones de años y de siglos el infierno no por eso acabará, sino que estará comenzando. Si un Angel llevase ahora a un condenado la noticia de que Dios quiere librarle del infierno, cuando hayan pasado tantos millones de siglos, o como gotas hay  de agua, como las hojas de árboles y los granos de arena en la mar y por toda la tierra: — tú te espantarías; pero este desgraciado experimentaría seguramente con esta noticia, más gozo que tú, aunque supieses que ibas a ser elevado sobre el trono de un gran reino. En efecto, el condenado se diría a sí mismo; es verdad que deben transcurrir tantos siglos, más al fin vendrá un día en que hayan pasado. — ¡Ay! ¡Todos estos siglos, pasarán efectivamente, y el infierno no pasará; todos estos siglos se multiplicarán tantas veces como hay granos de arena, gotas de agua, hojas de árboles, y el infierno no se acortará por ello! Todos los réprobos dirían a Dios de buena gana: “Señor, aumentad mi suplicio tanto como os plazca; hacedle durar tanto tiempo como queráis y con tal que les pongáis un término estoy contento” — pero no, este término no vendrá jamás –– Si al menos el desgraciado pudiese hacerse ilusión diciendo: ¿quién sabe? ¡Puede ser que algún día tenga Dios compasión de mí y me saque del infierno! No, vuelvo a decir, el réprobo tendrá siempre delante de sus ojos la sentencia de su condenación eterna y se verá siempre obligado a decir: todas estas penas que sufro, este fuego, estos dolores y estos gritos, jamás, jamás acabarán ¿cuánto durarán? ¡Siempre! ¡Siempre! — ¡Oh jamás! ¡Oh siempre! ¡Oh eternidad! ¡Oh infierno! ¡¡¡Cómo!!! ¡Los hombres están convencidos de que esto es lo que les espera, y sin embargo, pecan y continúan viviendo en el pecado!

SEGUNDO

   Hermano mío, fija bien en esto tu atención; reflexiona que el infierno, si pecas, es también para ti. Ya arde bajo tus pies este horrible horno; y mientras lees estas líneas, ¡cuántas almas se precipitan en él! Piensa bien que si una vez caes en él, y a no podrás salir. Si desgraciadamente has merecido ya el infierno por alguna falta grave, da gracias a Dios por haberte perdonado hasta hoy; y pronto, apresúrate a poner a esto remedio: llora tus pecados y aprovecha los medios, más seguros que puedas para salvarte.

Confiésate con frecuencia, ten cada día un rato de  lectura espiritual; ten especial devoción a la Santìsima Virgen rezando lodos los días el rosario y ayunando todos los sábados; resiste a las tentaciones, invocando frecuentemente a Jesús y a María; evita las ocasiones de pecar y si Dios te llama a dejar el mundo, ¡ah! hazlo, hazlo sin vacilar. Por más que lo hagas sólo por escapar a una eternidad de tormentos, es pequeña cosa lo que se te pide, no es nada.

   Digamos con San Bernardo: Para asegurar uno su eternidad (salvación), no hay precaución que baste. — ¡Mira cuantos anacoretas, para evitar el infierno han ido a vivir a las grutas y a los desiertos! –– ¿Y tú que haces, después de haber merecido tantas veces el infierno? ¿Qué haces, mi querido hermano, que haces? ¡Ah! teme por tu condenación, vuélvete a Dios y dile de todo corazón:
   Señor, heme aquí, yo soy vuestro, y quiero hacer todo lo que exijáis de mí. — Oh María, asistidme bajo el seguro asilo de vuestra protección, pues sois refugio de pecadores.



¡VIVA JESÚS NUESTRO AMOR!
Y
¡MARÍA NUESTRA ESPERANZA!



“Pequeños tesoros escogidos de San Alfonso María de Ligorio”







miércoles, 3 de octubre de 2018

LA VIGILIA o privación prolongada de sueño – Por Antonio Royo Marín O.P. (Fenómenos místicos extraordinarios).





   El hecho. — Paralelo y análogo al fenómeno anterior es la privación de sueño o vigilia casi constante que se ha registrado también en la vida de muchos santos.

   Casos históricos. — He aquí algunos de los más notables: San Macario de Alejandría pasó veinte días seguidos sin dormir, pero al cabo hubo de ceder al sueño sintiendo desvanecerse su cabeza. Santa Coleta solía dormir una hora a la semana y una vez en su vida permaneció un año entero en vigilia absoluta. Durante más de treinta años Santa Ludwina no durmió más de lo equivalente a tres noches. San Pedro de Alcántara durmió durante cuarenta años tan sólo hora y media diariamente, como el mismo Santo refirió a Santa Teresa, añadiendo que éste había sido el mayor trabajo de penitencia que había tenido al principio hasta acostumbrarse. Santa Rosa de Lima restringía a dos horas el tiempo concedido al descanso, y a veces menos aún. Santa Catalina de Ricci desde pequeña no dormía jamás más de dos o tres horas cada noche; al llegar a los veinte años, cuando el éxtasis se apoderó de su vida, no dormía sino una hora por semana, y a veces apenas dos o tres horas por mes. Y, en fin, la Bienaventurada Águeda de la Cruz pasó los ocho últimos años de su vida en constante vigilia.

   Explicación del fenómeno. — Admitiendo la historicidad de estos hechos—algunos no podría rechazarlos la crítica más severa —, hay que pensar en algo sobrenatural para explicar el fenómeno. El sueño, como el alimento, es absolutamente necesario para la conservación de la vida. El organismo se gasta con el ejercicio y se repara con el reposo. Cuando el insomnio se prolonga, su necesidad se vuelve imperiosa; y cualquiera que sea la fuerza de voluntad con que el hombre quiera contrarrestarlo, acaba por sucumbir a él.

   Cuando, pues, la vigilia se prolonga sin la menor interrupción durante semanas y meses enteros sin que disminuya el vigor y el ejercicio de la vida corporal, no se puede menos de atribuir el fenómeno a algo superior a la simple naturaleza humana. Se puede restringir progresivamente la imperiosa necesidad de dormir, pero sin milagro no se la puede dominar completamente.

   Los médicos y fisiólogos están de acuerdo en que sin salir de las leyes normales de la naturaleza orgánica no se puede llegar a privarse totalmente del sueño ni de los alimentos. La dificultad está en fijar en qué momento comienza la derogación de esas leyes; pero esa derogación se impone necesariamente.

   Sin embargo, aun sin recurrir al milagro, nos parece que puede intentarse — en parte al menos —una explicación dentro del estado de sobrenaturalidad alcanzado por las almas que han practicado estas largas vigilias. Los santos —en efecto — se han esforzado siempre en restringir las necesidades de la vida sensitiva y animal. Aparte de su amor a la mortificación, les movía a ello el deseo de encontrar tiempo para prolongar su oración. Lo mismo que la abstinencia, las largas vigilias se encuentran, sobre todo, entre los contemplativos y extáticos.

   Ahora bien: está perfectamente comprobado que la contemplación y, sobre todo, el éxtasis casi continuo desprenden y liberan al alma de la esclavitud de la vida animal. Durante el éxtasis, la actividad del alma es intensísima, pero el cuerpo reposa profundamente, teniendo como tiene suspendido el ejercicio de sus sentidos internos y externos. De ahí que el éxtasis equivalga —desde el punto de vista corporal y en orden a la restauración de las fuerzas del organismo — a un verdadero sueño. Y por eso, Santa Teresa dice de sí misma que al salir de sus éxtasis se encontraba —incluso corporalmente — mucho mejor y con la cabeza más despejada que antes.
   Acaso, pues, en esta sobrenaturalidad sublime alcanzada por las almas de los santos pueda encontrarse una explicación suficiente de este fenómeno y del anterior. A medida que el alma se nutre y embriaga de Dios, gusta menos de los groseros alimentos corporales; cuanto más se absorbe y concentra en Dios, menos está sujeta a la somnolencia y pesadez de la carne. Es como un glorioso anticipo de las condiciones excelsas de los cuerpos glorificados, para los que la visión beatífica será a la vez su alimento y su reposo.


“TEOLOGÍA DE LA PERFECCIÓN CRISTIANA”

lunes, 1 de octubre de 2018

LA INEDIA (ayuno absoluto) – Por Antonio Royo Marín. (Fenómenos místicos extraordinarios).

Teresa Neumann




El hecho. — En la historia de los santos se han registrado muchas veces fenómenos de inedia o ayuno absoluto durante un tiempo muy superior al que resisten las fuerzas naturales.

   Casos históricos. — He aquí algunos de los más notables: la Bienaventurada Angela de Foligno estuvo doce años sin tomar ningún alimento; Santa Catalina de Sena (1347-80), ocho años aproximadamente; la Bienaventurada Elisabeth de Reute, más de quince años: Santa Ludwina de Schiedman (1380-1433), veintiocho años; el Bienaventurado Nicolás de Flüe (1417-87), veinte años; la Bienaventurada Catalina de Raconixio (1468-1547), diez años. De época más reciente podemos citar a Rosa María Andriani (1786-1845), veintiocho años; Domenica Lazzari (1815- 1848) y Luisa Lateau (1850-1883), catorce años.

   En nuestros días es famoso el caso de Teresa Neumann, rigurosamente comprobado por una observación que la crítica más severa se ha visto obligada a admitir como indiscutible

   Explicación del fenómeno. — La fisiología y patología humanas han demostrado plenamente que el hombre no puede naturalmente sobrevivir a una abstinencia total de alimentos prolongada durante algunas semanas. He aquí algunos datos curiosos sobre este particular:

   a) En 1831, el bandido Granié, condenado a muerte, rehusó todo alimento, salvo un poco de agua; murió al cabo de sesenta y tres días en convulsiones. No pesaba más que 26 kilos.
   b) En 1924, el Dr. P. Noury publicó en el Concours medical la observación de una nonagenaria que, habiéndose fracturado el cuello del húmero, declaró que no quería quedar imposibilitada y prefería morir. Rehusó toda alimentación, salvo un poco de líquido y algunos granos de uvas. Se extinguió en cuarenta y nueve días.

   c) De nuestros días es también el caso del lord alcalde de Cork—Mac Swiney—, que se hizo famoso en todo el mundo al dejarse morir de hambre como protesta por la dominación inglesa sobre Irlanda. Su agonía, en el curso de la cual tomó solamente líquidos, duró aproximadamente dos meses y medio (setenta y tres días).

   De estos y otros datos similares se desprende que la vida humana no puede prolongarse en inedia absoluta más allá de diez o doce semanas, no habiéndose registrado hasta la fecha ningún ayuno natural prolongado por más de tres meses.

   ¿Cómo se explican, pues, aquellos ayunos de los santos prolongados por meses y años enteros, no solamente sin morir, sino incluso sin perder peso y sin que su salud se quebrantara por ello?

   Ante todo parece que es preciso rechazar todo intento de explicación puramente natural. El organismo humano no puede naturalmente mantener su vitalidad sin combustiones internas. Toda combustión acarrea una pérdida considerable de ácido carbónico y de residuos; de ahí el adelgazamiento y la muerte al cabo de cierto tiempo si no hay aporte de material de recambio.

   Notemos, por otra parte, que los santos y personas piadosas que practicaron tales ayunos no solamente no llevaban una vida aletargada y somnolienta, sino, al contrario, llena de vitalidad y dinamismo, con poquísimas horas de descanso o sueño. Sus gastos de energía vital tenían, pues, que llegar al máximum. Esto es cosa del todo clara y evidente.

   ¿Habrá que concluir, sin más, que un ayuno prolongado por tiempo superior al que la simple naturaleza puede ordinariamente soportar es forzosamente sobrenatural? Creemos que no.

   La Iglesia no tiene en cuenta el ayuno prolongado—aunque se haya comprobado plenamente—para decidirse a una beatificación o canonización.

   Es preciso tener en cuenta no sólo la posible intervención diabólica, sino también las posibilidades desconocidas y ocultas de la misma naturaleza.

   ¿Podría el hombre en determinadas condiciones asimilar, como las plantas, el ácido carbónico y el nitrógeno atmosférico? ¿Puede recibir su energía vital de otra fuente distinta de sus combustiones internas? Un autor en 1934, en la revista Hipócrates, proponía para Teresa Neumann la hipótesis de una asimilación de las radiaciones solares. Estamos muy lejos de compartir esta opinión, pero es indudable que se abre con ella, para la ciencia moderna, una perspectiva insospechada.

   Sólo la comparación y contraste con el resto de la vida del paciente podrá darnos la clave para juzgar de la sobrenaturalidad de un ayuno prolongado.

   Es preciso comprobar la duración del ayuno, la conservación de las fuerzas físicas y morales, la ausencia del hambre en plena salud y la exclusión de toda causa morbosa del ayuno. Y, sobre todo, es necesario estar seguro de la santidad del ayunador, de la heroicidad de sus virtudes, de sus dones sobrenaturales de éxtasis, etc., que suelen casi siempre acompañar a estos fenómenos portentosos cuando son sobrenaturales, como parecen serlo en el caso de Teresa Neumann. Debe examinarse diligentemente si en el ayuno se encierra algún motivo oculto de vanidad o presunción o, si por el contrario, se practica bajo la moción del Espíritu Santo y con plena y rendida sumisión a la obediencia. El ayunador debe, además, no ser sostenido durante su largo ayuno sino por la recepción de la Sagrada Eucaristía y debe cumplir puntualmente todos sus deberes de estado. Únicamente cuando se reúnan todas estas circunstancias podrá juzgarse el fenómeno como verdaderamente sobrenatural y milagroso.

   Supuesta, finalmente, la sobrenaturalidad del fenómeno, habrá que explicarlo, desde el punto de vista teológico, por una especie de incorruptibilidad anticipada de los cuerpos gloriosos, que suspende la ley del incesante desgaste de los órganos y dispensa, por lo mismo, de la ley correlativa de la refección alimenticia.

“TEOLOGÍA DE LA PERFECCIÓN CRISTIANA”


EJEMPLO DE INEDIA: “SAN NICOLÁS DE FLUE”


 


El Padre Imer de Kerns escribió en 1487: Cuando el Padre Nicolás comenzó su vida de abstinencia total, y hubo alcanzado el decimoprimer día, me mandó llamar y me preguntó privadamente si debería comer o continuar absteniéndose. Él deseaba vivir totalmente sin comida, para separarse más del mundo. Toqué sus extremidades y noté sólo piel y huesos; toda la carne se había secado por completo, las mejillas estaban hundidas y los labios increíblemente delgados. Le dije que perseverara tanto como pudiera sin hacer peligrar su vida. Que si Dios lo había sostenido por once días, podría sostenerlo por once años.

Nicolás siguió mi consejo, y desde ese momento hasta el día de su muerte, por un período de veinte años y medio, no tomó ningún tipo de alimento ni bebió nada. Como era más cercano a mí que a cualquier otra persona, con frecuencia le hablé del tema. Me dijo que recibía el Sacramento una vez al mes, y sentía que el Cuerpo y Sangre de Cristo le comunicaba fuerza vital, que le servía como carne y bebida, y que de otro modo no habría podido sustentar su vida sin nutrición.

Los magistrados, queriendo verificar el hecho, enviaron guardias por todo un mes que rodearon el retiro del santo tanto de noche como de día para ver que nadie le llevase comida. El Príncipe-Obispo de Constancia envió a su sufragáneo, el Obispo de Ascalon, con órdenes estrictas de desenmascarar la impostura, si podía detectar alguna.

El sufragáneo tomó su morada en una capilla junto a la celda de Nicolás, y entrando a la celda le preguntó: “¿Cuál es el primer deber de un cristiano?”. “La obediencia”, dijo Nicolás. “Si la obediencia es el primer deber de un cristiano, yo te ordeno que comas tres piezas de pan, y que bebas este vino”, dijo el Obispo.

Nicolás pidió al Obispo que no insistiera en su orden, pero el Obispo no se dejaría convencer. Nicolás estaba obligado a obedecer; pero en el momento en que tragó un pedazo de pan, su agonía fue tan grande, que el Obispo dejó de presionarlo, y le dijo que sólo deseaba probar si Nicolás estaba poseso por un demonio; pero su obediencia le había mostrado que era un hijo de la gracia.

El Archiduque Segismundo de Austria envió al médico real, Buscard von Hornek, a examinar el caso, y él permaneció en la celda varios días y noches. El Emperador Federico III envió delegados para investigar, pero todos confesaron que era un hecho real, totalmente libre de engaños”.

Hasta aquí el relato del sacerdote contemporáneo del santo. Por su parte, el historiador protestante John de Muller, de la Confederación Suiza, escribió:

“Nicolás de Flue vivió veinte años sin comer otro alimento o bebida que no fuera la Santa Eucaristía que recibía cada mes. Esto se hizo por la gracia de Dios Todopoderoso, que creó de la nada el cielo y la tierra, y los mantiene como le place. Este milagro fue examinado durante su vida, relatado y entregado a la posteridad por sus contemporáneos, y se mantiene incontestable”.

Descargar en PDF. ¡Batalla de frente! (contra la masonería) - Por el Presbítero Félix Sardá y Salvany





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sábado, 22 de septiembre de 2018

TRISTEZA – Por Cornelio A Lápide.





Causa de la tristeza.

   Tristeza tiene su origen en la pereza, en el reposo, el abatimiento de alma y la concupiscencia; procede de los grandes cuidados, de las angustias, que abundan principalmente entre los que están unidos a los bienes de la tierra.

   La tristeza se apodera fácilmente de un corazon débil, blando o pusilánime... Todas las pasiones producen tristeza...

   La tristeza habita en un corazon depravado, dice el Eclesiástico. (XXXVI. 22).

Daño que hace la tristeza.

   Es para el corazon lo que la polilla para el vestido, y el gusano para la madera dicen los Proverbios. (XXV. 20).

   No hemos de llamar feliz al que tiene muchas riquezas, sino al que vence a la tristeza. La tristeza es hermana de la locura. ¿Por qué la tristeza, lejos de  ser un remedio para dulcificar los males, los irrita y los aumenta? Es un veneno, dice Apolodoro. (Ín Paralog.)

   Escuchad a San Gregorio: De la tristeza, dice, nacen la malicia, el desfallecimiento, la desesperación, la torpeza para la observancia de los preceptos  y la divagación del alma en todas las cosas malas. La tristeza es un especie de abismo, en el cual, si llegamos a caer, desaparecemos sin esperanza de salir. (Lili. XXXI. Moral., c. XVII).

   Con razón dice el Eclesiástico que más vale la muerte que una vida triste: (XXX. 11).

   La tristeza, dice San Crisóstomo, es más perniciosa que todas las emboscadas del demonio; porque aquellos a quienes el demonio domina, son dominados por la tristeza. Si vencéis la tristeza, nada puede ya contra vosotros: (Lib. III. de Providentia).

   La oración del hombre triste no tiene la virtud de subir hasta el altar del Señor. Esta es la explicación de las palabras de Aarón: ¿Cómo podré agradar al Señor en las ceremonias, teniendo el alma sumergida en la tristeza?

   La tristeza, dice San Gregorio Nazianzeno, abrevia los días y trae una pronta vejez. (In Distich.)

   En resumen, la tristeza es causa de tres grandes males: 1° Lleva prontamente a la muerte; 2° quita las fuerzas del alma, y por consiguiente las virtudes; 3° no deja hacer más que el mal...

Remedios contra la tristeza.

   1° Hacer lo posible por tener una buena conciencia... El que practica la virtud, dice San Ambrosio, está tranquilo, contento y estable. Dios le  reserva el don precioso de la paz y de la alegría. Los corazones virtuosos no se conmueven por las cosas de la tierra; ni se inquietan por el temor, ni se fatigan por la tristeza, ni son atormentados por el dolor: están como en un puerto seguro; ven las tempestades, los vientos desenfrenados; y su alma está inmóvil y en el regocijo. (Lib. de Offic., c. V).

   2° ¿Si queréis estar jamás triste? dice San Bernardo. Vivid bien; de esta manera estaréis siempre en alegría: (De Inter. Domo, c. XLV).

   3° ¿Por qué, o alma mía, estás triste? ¿Por qué me turbas? dice el Real Profeta. Y al momento dice a su alma que espere, porque este es el remedio de curar su tristeza. (XLI. 6-7).

   4°  El apóstol Santiago nos dice que la oración ahuyenta la tristeza: ¿Está triste alguno de vosotros? dice: Que ore. (v. 13).

   5° La fuerza del corazon, la sumisión y la voluntad de Dios, destruye la tristeza...

   6° El pensamiento del Cielo, dice San Gregorio, hace desaparecer la tristeza. (Lib. V in I. Reg., c. XIV). Entonces el alma dice con el Salmista: Me he alegrado con esta palabra que se me ha dicho: Iremos a la casa del Señor. (CXXI. 1).

   7°  El desprecio de las cosas de la tierra.

   8° La tristeza no alcanza al que piensa muchas veces en la muerte del tiempo en la eternidad. Este pensamiento estimula al hombre para hacer una buena muerte y evitar la condenarán...

   9° Hemos de alegrarnos en el Señor...

   10° Hemos de evitar el pecado...

   11° Hemos de amar el trabajo, ocupándonos siempre principalmente en cosas útiles a la salvación...

   12° Hemos de despreciar la tristeza.


“TESOROS DE CORNELIO A LÁPIDE”

jueves, 6 de septiembre de 2018

SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO: EL CONGRESO DE LOS DIABLOS



   Soñé que estaba en una gran sala donde muchos diablos celebraban un congreso para encontrar los medios con los cuales lograr acabar y destruir a la comunidad salesiana (y a cualquiera otra asociación religiosa).

   Un diablo propuso: – Para destruir esta asociación religiosa lo mejor será la GULA. Ella trae desgano para hacer el bien, corrupción de costumbres, malos ejemplos, falta de espíritu de sacrificio, descuido de los deberes del apostolado…

   Pero otro diablo respondió: – Este medio no sirve para la mayoría, porque la comida de los religiosos es bastante sobria y las bebidas alcohólicas son escasas entre ellos. Sus reglamentos mandan que la alimentación sea ordinaria y los superiores vigilan para que no haya exceso en esto. Y el que se excede en el comer y en el beber no sólo produce escándalo entre los demás sino que se atrae el desprecio de los otros. Yo propongo más bien, como medio para acabar con la congregación el inspirarles UN GRAN AMOR POR LAS RIQUEZAS.

   Y añadió: – Es que cuando en una asociación religiosa entra el amor a las riquezas, llega también el amor por las comodidades, y el deseo de tener cada uno su propio dinero para gastarlo en lo que se le antoje, y los religiosos empiezan ya a no pensar con caridad en los demás, sino con egoísmo, cada uno en sí mismo. Y el amor al dinero lleva a los religiosos a dedicarse a los ricos que pueden pagar altas cuotas, y se van olvidando de los pobres.

   Aquel demonio quería continuar hablando pero le interrumpió un tercero que dijo: – ¡Qué gula, ni qué amor a las riquezas! Estos religiosos son bastante pobres y bastante sobrios. Además se dedican a atender gentes tan necesitadas, que cualquier cantidad de dinero que les llegue, apenas sí les alcanzará para ayudar a tantos pobres que vienen a pedir su ayuda. Yo en cambio propongo como medio para acabar con su comunidad el incitarles a una EXAGERADA LIBERTAD. Convencerlos de que no es necesario obedecer a los reglamentos de su Congregación. Que hay que rechazar ciertas preocupaciones poco brillantes que se les encomiendan. Que hay que producir movimientos contra sus superiores. Que se puede ir siempre a hacer visitas sin pedir permiso a nadie. Que pueden aceptar toda clase de invitaciones y aprovechar esas ocasiones para salir de casa… y otras cosas semejantes.

   Entonces se adelantó un cuarto demonio y exclamó: – Esos medios que han propuesto resultan bastante inútiles, porque los superiores pueden despedir a los rebeldes. Es verdad que algunos se dejarán deslumbrar por el deseo de tener una exagerada libertad, pero ya verán que la mayor parte de estos religiosos se mantendrán fieles al cumplimiento de su deber. Yo les propongo un medio cuya peligrosidad estos hombres no serán capaces de descubrir tan fácilmente. Consiste en CONVENCERLOS DE QUE LO MÁS IMPORTANTE ES LLEGAR A SER MUY INSTRUIDOS, que su principal gloria será el lograr ser personas de mucha ciencia. Y para eso hay que convencerlos de que estudien mucho para adquirir fama, y no para lograr hacer gran bien a las almas o para ser más Santos. Que se instruyan para provecho propio y no para provecho del prójimo que necesita de su apostolado. Hay que llevarlos a que desprecien a los que no son muy instruidos y que les interese la ciencia solamente, y no el ejercer el ministerio sacerdotal y el apostolado que tiene que hacer un buen religioso. Que no les guste enseñar catecismo a los niños, ni dar clases a los pobres, ni pasar largas horas en el confesionario. Que se dediquen solamente a predicaciones en las cuales puedan lucir todo su orgullo y conseguir alabanzas de las personas humanas, pero no a las sencillas predicaciones en las cuales ayuden en verdad a la salvación de las almas.

   Esta proposición fue recibida con grandes aplausos por todos los diablos. Y yo me puse a pensar con tristeza que a nuestra Congregación (y a muchas otras) puede llegar al terrible peligro de que algunos crean que lo verdaderamente importante es ser muy instruidos y adquirir fama de brillantes ante los demás, y mientras tanto descuiden sus deberes de sacerdotes y de religiosos, esos deberes sencillos y humildes de enseñar catecismo, de confesar, de predicar de manera fácil al pueblo ignorante y de dedicarse a labores de apostolado que no brillan ante los ojos humanos pero que sí tienen un gran valor ante los ojos de Dios.

   Y yo pensaba: ¡qué peligro tan grande el que nos puede venir: que los nuestros deseen solamente la ciencia que hincha y enorgullece y que proporciona alabanzas de la gente, y que esto los lleve a despreciar los buenos consejos de aquellos a los cuales consideran inferiores a ellos en el saber! De pronto uno de los diablos me vio escondido allá en un rincón escuchándoles y entonces todos ellos se lanzaron contra mí tratando de destrozarme. Yo empecé a gritar: ¡Auxilio! ¡Auxilio! Y… me desperté muy conmocionado y muy cansado.


“LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO”
 Sueño 141



Del modo de gobernar la lengua – Por el V. P. D. Lorenzo Scupoli.



   La lengua del hombre, para ser bien gobernada, necesita de freno que la contenga dentro de las reglas de la sabiduría y discreción cristiana; porque todos somos naturalmente inclinados a dejarla correr y discurrir libremente de las cosas que agradan y deleitan a los sentidos.

   El hablar mucho nace ordinariamente de nuestra soberbia y presunción; porque persuadiéndonos a que somos muy entendidos y sabios, y enamorándonos de nuestros propios conceptos, nos esforzamos con sobradas réplicas a imprimirlos en los ánimos de los demás, pretendiendo dominar en las conversaciones, y que todo el mundo nos escuche como maestros.

   No se pueden explicar con pocas palabras los daños que nacen de este detestable vicio. La locuacidad es madre de la pereza, indicio de ignorancia y de locura, ocasiona la detracción y la mentira, entibia el fervor de la devoción, fortifica las pasiones desordenadas, y acostumbra la lengua a no decir sino palabras vanas, indiscretas y ociosas.

   No te alargues jamás en discursos y razonamientos prolijos con quien no te oye con gusto para no darle enfado, y haz lo mismo con quien te escucha cortesanamente para no exceder los términos de la modestia.

   Huye siempre de hablar con sobrada eficacia y con alta voz, porque ambas cosas son odiosas, y muestran mucha presunción y vanidad.

   No hables jamás de tí mismo, de tus cosas, de tus padres o de tus parientes sino cuando te obligare la necesidad; y entonces lo harás muy brevemente y con toda la moderación y modestia posible, y si te pareciere que alguno habla sobradamente de sí y de sus cosas, no por eso lo menosprecies; pero guárdate de imitarlo, aunque sus palabras no se dirijan sino a la acusación y al menosprecio de sí mismo, y a su propia confusión.

   Del prójimo y de las cosas que le pertenecen no hables jamás sino cuando se ofreciere la ocasión de confesar su mérito y su virtud para no defraudarle de la aprobación o alabanza que se le debe.

   Habla con gusto de Dios, y particularmente de su amor y de su bondad infinita.

   Pero temiendo que puedes errar en esto y no hablar con la dignidad que conviene, gustarás más de escuchar con atención lo que otros dijeren, conservando sus palabras en lo íntimo de tu corazon.

   En cuanto a los discursos y razonamientos profanos, si llegaren a tus oídos, no los permitas que entren en tu corazon; pero si te fuere forzoso escuchar al que te habla para responderle, no dejes de dar con el pensamiento una breve vista al cielo donde reina tu Dios, y desde donde aquella alta soberana Majestad no se desdeña de mirar tu profunda bajeza.

   Examina bien todo lo que quisieres decir antes que del corazón pase a la lengua.

   Procura usar en esto de toda la circunspección posible; porque muchas veces se fían inadvertidamente a la lengua algunas cosas que deberían sepultarse en el silencio, y no pocas palabras que en la conversación parecen buenas y dignas de decirse, sería mejor suprimirlas; lo cual se conoce claramente pasada la ocasión del razonamiento.

   La virtud del silencio, hija mía, es un poderoso escudo en el combate espiritual, y los que le guardan pueden prometerse con seguridad grandes victorias; porque ordinariamente desconfían de sí mismos, confían en Dios, tienen mucho atractivo para la oración , y una grande inclinación y facilidad para todos los ejercicios de la virtud.

   Para aficionarte y acostumbrarte al silencio, considera a menudo los grandes bienes que proceden de esta virtud, y los males infinitos que nacen de la locuacidad y de la destemplanza de la lengua; pero si quieres adquirir en breve tiempo esta virtud, procura callar aun cuando tuvieres ocasión o motivo de hablar; con tal que tu silencio no te cause a ti o al prójimo algún perjuicio. Huye sobre todo de las conversaciones profanas; prefiere la compañía de los Ángeles, de los Santos y del mismo Dios, a la de los hombres. Acuérdate, finalmente, de la difícil y peligrosa guerra que tienes dentro y fuera de ti misma, porque viendo cuánto tienes que hacer para defenderte de tus enemigos, dejarás sin dificultad las conversaciones y discursos inútiles.
         

“COMBATE ESPIRITUAL” Año 1865