Este indigno traidor, caído como Luzbel al
abismo desde lo más alto, era Judío; quizá el único Judio del Apostolado, pues
los once Apóstoles restantes eran galileos. Suponen algunos que el orgullo
provincial, y en consecuencia el desprecio con que todos los de Judea miraban a
los galileos fueron las primeras causas del odio que arraigó en el corazón del apóstol
contra su divino Maestro. Lo que parece indudable es que Judas fué siempre de
los Judíos, carnales, esto es, de los que esperaban un Mesías conquistador y
gran monarca.
Judas estaba muy encariñado con los bienes
de la tierra; no era hombre espiritual. Gustaba extraordinariamente del dinero.
Pilato quería su desino de gobernador a toda costa; Ju das, persona de más baja
condición, se contentaba con menos; sólo quería plata y oro. Pilato era un
ambicioso vulgar; Judas un miserable codicioso. Pilato no creía en nada; Judas
probablemente lo creía todo, pero no podía resistir a la tentación del soborno.
En otra época y circunstancias, quizá Pilato
hubiese sido ministro francmasón, y Judas uno de esos personajes misteriosos
que ruedan las antesalas ministeriales, en busca del negocio. En Pilato se ven
horrendos vicios: pero vicios de raza conquistadora y soberana. En Judas
apuntan todos los repugnantes caracteres del judio moderno, avaro y chupador de
sangre, del judío, plaga que hunde en la miseria a todo un pueblo con sus
intereses compuestos y sus juicios ejecutivos.
Si hoy
resucitaran los dos odiosos personajes, Pilato encontraría muchos camaradas en
el llamado mundo político. Judas también los encontraría por millares en el
llamado mundo de los negocios.
Figurémonos
a Pilato de ministro en una época revolucionaria; por temor a las masas, por
conservar el puesto, por deseo de popularidad, hubiera firmado un decreto
mandando vender los bienes de la Iglesia. Judas se hubiera aprovechado de este
decreto, comprando aquellos bienes a bajo precio.
¿Quién
es más odioso, Judas o Pilato? Cuestión muy difícil de resolver es esta. Lo
cierto es que los dos se completan, formando un conjunto tan deforme, tan monstruoso,
tan horrible, que ya no parece figura humana, sino gigantesca silueta de
demonio sobre el fondo negro del infierno.
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