Pange lingua; canta, lengua... Mas ¡Oh! hay poder humano para cantar el amor de Dios. ¿Qué lengua, ni humana ni angélica, podrá
cantar el sublime misterio de la Cena, el misterio en que se muestra más
infinito el divino amor?
No bastaba a Dios haberse hecho hombre para
rescatarnos del pecado; no le satisfacía padecer y morir para redimirnos: desea
más, mucho más: desea entregar al hombre aquella carne que tomó para redimirle;
desea, al volver a su Padre, quedarse eternamente con los hijos de los hombres
y unirse íntimamente a ellos en unión de inefable amor.
¿Dejar
a los hombres? ¿Abandonarlos? ¡Oh, esto es imposible a Jesús, que halla en
ellos sus delicias todas!
No, no quiere dejarlos; quiere unirse a ellos
alma a alma y corazón a corazón. ¡Un
imposible!, diréis. No hay imposibles para Dios.
En la
noche en que fué entregado, después de la cena pascual y de preparar a sus
discípulos lavándoles los pies, Jesús se sentó de nuevo a la mesa, tomó el pan
en sus sagradas manos, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciéndoles:
Tomad y comed; esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Tomó después
el cáliz, lo bendijo y lo alargó a sus discípulos, diciéndoles: Tomad y bebed;
este es el cáliz de mi Sangre, que será derramada en remisión de vuestros
pecados.
¡Oh sublime misterio de amor! ¡Amor
inefable!
Tomad y comed; esto es mi Cuerpo. Es su cuerpo. Bebed; es mi Sangre. Es su sangre. Dios es quien habla; aquel pan
es su carne; aquel vino es su sangre. Sólo resta arrodillarse y amar.
Jesús va a ser víctima por la redención del mundo;
pero antes quiere ser víctima por su amor. ¡Y
qué amor! Antes de entregarse a la muerte, se entrega a sus discípulos; les
alimenta con aquel Cuerpo que ha de ser escupido, abofeteado, llagado y clavado
en la Cruz, y se une estrechamente a ellos para darles vida y salud eternas,
haciéndoles participantes de su naturaleza divina. Porque la unión es recíproca.
Quien me come, vive en Mí y yo en él.
El Sacramento de la Eucaristía es la
consumación de nuestra unión con el Salvador; su cuerpo no es suyo, sino
nuestro; nuestro cuerpo no es de nosotros, sino de Jesucristo.
En las grandes pasiones del amor humano, se
desea fundirse con el objeto amado y formar un solo ser con él. Esto, que es
imposible para el hombre, es una realidad para Dios. En el sacramento de la Eucaristía se entrega a los hombres como
alimento, los nutre, los fortifica, penetra en nuestro ser y pone en contacto
su divino Corazón con nuestro corazón miserable para comunicarnos vida íntima,
celestial y divina.
¡Oh
humildad infinita de Dios, que, despojándose de su majestad, se anonada bajo
las apariencias de pan y vino para unirse con la criatura sin que nada la
aterre, ni retraiga!
¿Quién diría que esta profunda humildad de
Jesús es la que ha puesto en revolución la soberbia de la carne y la grosería
de los sentidos?
Porque la moderna impiedad, que reniega de Jesús Sacramentado, repite sin cesar
aquella estúpida frase de los judíos: ¿Cómo
este hombre puede darnos a comer su carne?
Miserable y vana filosofía, que todo lo ves con
los ojos del orgullo y llevas en el pecho un corazón de piedra, ¿de qué dudas? ¿Del poder o del amor de Jesucristo? ¿Por qué pides razones para lo que
no tiene más razón que el amor? Tanto amó Dios al mundo... ¿Escuchas? Tanto amó Dios al mundo, que
lo venció todo para unirse a nosotros, para alimentarnos con su carne, regenerarnos
con su sangre y enardecer nuestras almas con el sagrado fuego de su amor.
Nosotros decimos con el discípulo amado: Creemos en el amor que Dios nos ha tenido. Nos
amó y se entregó a nosotros; lo quiso y lo
hizo. No pidáis, pues, razones, cuando lo
que hace falta es corazón.
No comprendéis, porque no amáis; amad, y lo
comprenderéis todo; nada es imposible al que ama. El obstáculo está en vosotros mismos; quitad, la maldad de vuestros
corazones, y veréis en la Hostia
consagrada el cuerpo virginal de
Jesús, nuestro Redentor y Maestro.
¡Ah, desdichados
los que se apartan de la fuente de la vida! ¡Infelices de vosotros que
rechazáis alimentaros con el pan celestial y condenáis a vuestras almas a
perecer de hambre y desesperación! ¿Qué espesa nube os ciega?
Roguemos
a Dios que derrame en esos espíritus extraviados las inagotables dulzuras de su
misericordia; purifiquemos nuestras almas para hacerlas dignas del divino
Amante, y acudamos vestidos de boda a adorar el Santísimo Sacramento del altar.
Jesús Sacramentado, desde el fondo de nuestros sagrarios, nos llama
incesantemente al banquete eucarístico y nos invita a alimentarnos de su
divinidad, diciendo, como en la noche de la Cena, aquellas palabras que son un delirio
sublime de amor: Tomad y comed; este es mi Cuerpo. Tomad, bebed todos; esta es
mi Sangre.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.