jueves, 2 de abril de 2026

“TOMAD Y COMED” - “Apostolado de la Prensa” Año 1895

 



 

   Pange lingua; canta, lengua... Mas ¡Oh! hay poder humano para cantar el amor de Dios. ¿Qué lengua, ni humana ni angélica, podrá cantar el sublime misterio de la Cena, el misterio en que se muestra más infinito el divino amor?

 

   No bastaba a Dios haberse hecho hombre para rescatarnos del pecado; no le satisfacía padecer y morir para redimirnos: desea más, mucho más: desea entregar al hombre aquella carne que tomó para redimirle; desea, al volver a su Padre, quedarse eternamente con los hijos de los hombres y unirse íntimamente a ellos en unión de inefable amor.

 

   ¿Dejar a los hombres? ¿Abandonarlos? ¡Oh, esto es imposible a Jesús, que halla en ellos sus delicias todas!

 

   No, no quiere dejarlos; quiere unirse a ellos alma a alma y corazón a corazón. ¡Un imposible!, diréis. No hay imposibles para Dios.

 

   En la noche en que fué entregado, después de la cena pascual y de preparar a sus discípulos lavándoles los pies, Jesús se sentó de nuevo a la mesa, tomó el pan en sus sagradas manos, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciéndoles: Tomad y comed; esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros. Tomó después el cáliz, lo bendijo y lo alargó a sus discípulos, diciéndoles: Tomad y bebed; este es el cáliz de mi Sangre, que será derramada en remisión de vuestros pecados.

 

   ¡Oh sublime misterio de amor! ¡Amor inefable!

   Tomad y comed; esto es mi Cuerpo. Es su cuerpo. Bebed; es mi Sangre. Es su sangre. Dios es quien habla; aquel pan es su carne; aquel vino es su sangre. Sólo resta arrodillarse y amar.

 

   Jesús va a ser víctima por la redención del mundo; pero antes quiere ser víctima por su amor. ¡Y qué amor! Antes de entregarse a la muerte, se entrega a sus discípulos; les alimenta con aquel Cuerpo que ha de ser escupido, abofeteado, llagado y clavado en la Cruz, y se une estrechamente a ellos para darles vida y salud eternas, haciéndoles participantes de su naturaleza divina. Porque la unión es recíproca. Quien me come, vive en Mí y yo en él.

 

   El Sacramento de la Eucaristía es la consumación de nuestra unión con el Salvador; su cuerpo no es suyo, sino nuestro; nuestro cuerpo no es de nosotros, sino de Jesucristo.

 

   En las grandes pasiones del amor humano, se desea fundirse con el objeto amado y formar un solo ser con él. Esto, que es imposible para el hombre, es una realidad para Dios. En el sacramento de la Eucaristía se entrega a los hombres como alimento, los nutre, los fortifica, penetra en nuestro ser y pone en contacto su divino Corazón con nuestro corazón miserable para comunicarnos vida íntima, celestial y divina.

 

   ¡Oh humildad infinita de Dios, que, despojándose de su majestad, se anonada bajo las apariencias de pan y vino para unirse con la criatura sin que nada la aterre, ni retraiga!

 

   ¿Quién diría que esta profunda humildad de Jesús es la que ha puesto en revolución la soberbia de la carne y la grosería de los sentidos? Porque la moderna impiedad, que reniega de Jesús Sacramentado, repite sin cesar aquella estúpida frase de los judíos: ¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?

 

   Miserable y vana filosofía, que todo lo ves con los ojos del orgullo y llevas en el pecho un corazón de piedra, ¿de qué dudas? ¿Del poder o del amor de Jesucristo? ¿Por qué pides razones para lo que no tiene más razón que el amor? Tanto amó Dios al mundo... ¿Escuchas? Tanto amó Dios al mundo, que lo venció todo para unirse a nosotros, para alimentarnos con su carne, regenerarnos con su sangre y enardecer nuestras almas con el sagrado fuego de su amor.

 

   Nosotros decimos con el discípulo amado: Creemos en el amor que Dios nos ha tenido. Nos amó y se entregó a nosotros; lo quiso y lo hizo. No pidáis, pues, razones, cuando lo que hace falta es corazón.

 

   No comprendéis, porque no amáis; amad, y lo comprenderéis todo; nada es imposible al que ama. El obstáculo está en vosotros mismos; quitad, la maldad de vuestros corazones, y veréis en la Hostia consagrada el cuerpo virginal de Jesús, nuestro Redentor y Maestro.

 

   ¡Ah, desdichados los que se apartan de la fuente de la vida! ¡Infelices de vosotros que rechazáis alimentaros con el pan celestial y condenáis a vuestras almas a perecer de hambre y desesperación! ¿Qué espesa nube os ciega?

 

   Roguemos a Dios que derrame en esos espíritus extraviados las inagotables dulzuras de su misericordia; purifiquemos nuestras almas para hacerlas dignas del divino Amante, y acudamos vestidos de boda a adorar el Santísimo Sacramento del altar. Jesús Sacramentado, desde el fondo de nuestros sagrarios, nos llama incesantemente al banquete eucarístico y nos invita a alimentarnos de su divinidad, diciendo, como en la noche de la Cena, aquellas palabras que son un delirio sublime de amor: Tomad y comed; este es mi Cuerpo. Tomad, bebed todos; esta es mi Sangre.

 


 

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