jueves, 1 de abril de 2021

EL BESO DE JUDAS. — EL ARRESTO. — Por el R. P. BERTHE. De la Congregación del Santísimo Redentor


 



   El desgraciado Judas no había perdido tiempo desde su salida del cenáculo. En una entrevista con los principales miembros del gran Consejo, hízoles saber que Jesús se dirigiría con sus apóstoles al monte de los Olivos, que pasaría la noche en un lugar solitario perfectamente conocido del traidor y que por consiguiente, sería muy fácil aprehenderle durante la noche sin excitar ningún rumor en el pueblo.

 

   Los príncipes de los sacerdotes adoptaron con júbilo el plan propuesto y formaron una cuadrilla de gente armada para ponerlo inmediatamente en ejecución. Componíase aquella de un destacamento encargado de montar la guardia del templo, de satélites o sirvientes del gran sacerdote y de una banda de gente del pueblo, provistos todos de picas y bastones, de antorchas y linternas. Algunos miembros del Sanhedrín acompañaban a la expedición nocturna para tomar las medidas reclamadas por las circunstancias.

 

   Colocado a la cabeza de la columna, Judas, le servía de guía. Gomo los soldados no conocían a Jesús, recibieron la orden de detenerse a la puerta del jardín de Getsemaní, mientras que Judas avanzaría solo hacia su Maestro y le mostraría a todos por una señal inequívoca: “Aquel a quien yo besare, les había dicho el infame, ese es. Aseguradle bien y llevadle con gran cuidado, porque muy bien podría escaparse.” Dada la señal, Judas debía reunirse con los apóstoles como si ninguna participación hubiera tomado en el nefando crimen que se iba a consumar. De esta manera, evitaba la odiosa mancha de haber hecho traición a su Maestro y los príncipes de los sacerdotes no tendrían que soportar la vergüenza de haber recurrido a un vil expediente para satisfacer su venganza. Pero todo estaba calculado sin tomar en cuenta la sabiduría y el poder de Dios.

 

   Era media noche cuando llegaron al huerto. Todo estaba oscuro y silencioso en aquel valle y la cuadrilla misma evitaba cuidadosamente el menor ruido que pudiera despertar al pueblo. Según lo convenido. Judas avanzó solo al encuentro de Jesús que en ese momento bajaba con los apóstoles hacia la puerta del jardín. Se aproximó a su Maestro sin ninguna turbación, como si viniera a dar cuenta de una comisión recibida. “Maestro, le dice, yo te saludo.” Y a la vez le da el beso que acostumbraban los judíos entre amigos y parientes. En lugar de rechazar al criminal apóstol, Jesús le contestó con angelical dulzura: “Amigo ¿qué has venido a hacer aquí? ¡Cómo! Judas ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”

 

   En vez de caer de rodillas para pedir perdón de su falta, Judas, creyendo oír palabras de indignación entre los apóstoles, se desconcertó y replegóse a los suyos. Los soldados pensaron que iba a decirles algo y se produjo un momento de vacilación que dió lugar a una escena de incomparable majestad. Jesús no esperó que viniesen a prenderlo, sino que avanzando hacia los soldados, con voz entera les preguntó:

“¿A quién buscáis?

— A Jesús Nazareno, respondieron.

— Yo soy,” dijo Jesús.

 

   A esta sola palabra, soldados, criados, sanhedristas, sobrecogidos de súbito terror y como rechazados por invisible mano, retrocedieron y cayeron de espaldas. Cuando se hubieron levantado, Jesús siempre de pie delante de ellos, volvió a preguntarles:

“¿A quién buscáis?

— A Jesús Nazareno, repitieron temblando.

— Yo soy Jesús Nazareno, replicó el Salvador, os lo he dicho ya; si es a mí a quien buscáis, dejad partir a estos.”

 

   Y con un gesto imperativo, designó a los apóstoles que le rodeaban y a quienes quería defender, según las palabras pronunciadas por él mismo algunas horas antes: ¡Oh padre! de todos los que me has dado, ni uno solo he perdido. Pero ¿lo conseguiría? Tanto menos probable parecía esto, cuanto que los apóstoles, viendo a su Maestro derribar por tierra a los soldados, se imaginaron que iba a defenderse y se preparaban a la resistencia. Cuando la cuadrilla, excitada por los príncipes de los sacerdotes, se aproximó a Jesús para echarle mano, los apóstoles indignados, le rodearon gritando: “Maestro ¿nos permites servirnos de la espada?” Pedro, sin esperar la respuesta de Jesús, descargó la suya sobre la cabeza de un criado del gran sacerdote llamado Maleo y le cortó la oreja derecha. Una lucha sangrienta iba a empeñarse, pero Jesús intervino en el acto.

 

   “Deteneos,” dijo a Pedro y a sus compañeros. Entonces, manifestando de nuevo su divino poder, se acercó a Maleo, tocóle la oreja y la herida quedó perfectamente curada. Luego, dirigiéndose a Pedro y a todos los presentes, declaró que no tenía ninguna necesidad de ser defendido contra sus enemigos, pues si estos se habían atrevido a cogerle, era porque él se les entregaba voluntariamente. “Pedro, vuelve tu espada a la vaina. Quien con espada hiere, a espada morirá. ¿Acaso no es necesario que yo beba el cáliz que me presenta mi Padre? Crees que si pidiera a mi Padre que me defendiera, ¿no me enviaría en el acto más de doce legiones de ángeles? No, no, lo que ahora sucede predicho está y es preciso que se cumplan las Escrituras.”

 

   Hizo notar Jesús su entrega voluntaria, diciendo a los miembros del Sanhedrín que acompañaban a los soldados: “Habéis venido a mi encuentro armados de espadas y bastones como si se tratara de un ladrón; pero sabedlo bien, que las armas nada pueden contra mí. Yo estaba todos los días sentado en el templo en medio de vosotros enseñando mi doctrina ¿por qué no me prendisteis? —Porque la hora fijada por mi Padre no había llegado. Mas ahora llega; esta es vuestra hora, la hora del poder infernal, del cual vosotros sois instrumentos.” Una vez más, “es necesario que las predicciones de las Escrituras se cumplan.”

 

   Pero el odio cegaba y endurecía a aquellos hombres. Mientras más hacía brillar Jesús su divinidad, más aumentaba en ellos el furor. Obedeciendo a sus órdenes, los soldados, una vez que se apoderaron de Jesús, le ataron como si hubiera sido un malhechor. El divino Maestro alargó las manos a sus verdugos, lo que desconcertó a los apóstoles y los intimidó. Viendo que Jesús no rompía sus cadenas, que los soldados le ultrajaban impunemente, que los sacerdotes y escribas blasfemaban contra él y que el populacho comenzaba a vociferar amenazas e imprecaciones contra ellos, olvidaron todas sus protestas y huyeron cada uno por su lado. Sólo un joven discípulo, acudiendo precipitadamente al ruido que hacían los soldados, quiso seguir a su Maestro. Recibieron estos la orden de arrestarle y ya le tenían asido por la ropa, cuando él, dejándola entre sus manos, se puso también en fuga.

 

   Como lo había anunciado, Jesús quedó solo en medio de sus enemigos.

 

“JESUCRISTO”

SU VIDA, SU PASIÓN, SU TRIUNFO

(AÑO 1910)

 

 

 

 

 


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