Gran cosa será para sacar copiosos frutos de la meditación de las verdades que la Iglesia pone estos días a nuestra consideración el reconstruir en nuestra memoria la imagen de aquellos tiempos y lugares: haciendo, como dicen los maestros de la vida espiritual, la composición de lugar; pero si por falta de costumbre no puedes tú, lector querido, atravesar las edades e imaginarte en las plazas y calles de la Jerualén maldita, no te apures, que no es necesario tal viaje retrospectivo para formar idea exacta de aquel cuadro terriblemente sublime. En nuestros tiempos y costumbres se ve repetida a diario la escena cruenta de la Pasión, de Nuestro Señor Jesucristo.
Nuestro pueblo, amamantado a los pechos de
la revolución, olvidado de la fe que recibió en el bautismo, corrompido y
juguete de las pasiones de políticos sin conciencia; nada tiene que envidiar al
populacho que a la puerta del Palacio de Pilatos pedía la crucifixión del
Salvador y la libertad De Barrabás.
Y si aquel pueblo fué testigo de los milagros
de Jesús, el nuestro lo ha sido igualmente de sus misericordias, y debe a
Cristo todo lo que es en esta vida y toda la dicha que pueda gozar en la otra.
¿Qué
mal ha hecho Jesús a estos desgraciados, que, siendo hijos suyos por el bautismo,
tratan a Jesucristo y a su Iglesia como a sus mayores enemigos?
Preguntad a esas muchedumbres ignorantes y
desdichadas, sin fe y sin resignación, sin pan y sin justicia, ¿Qué mal os ha hecho Jesús? y oiréis la
misma respuesta que dio el pueblo a Pilatos:
— ¡Crucifícale! ¡Crucifícale!
Y, en efecto, crucifican constantemente con
sus blasfemias y sus pecados a Jesucristo, a quien lodo lo deben, lo mismo en
el orden moral que en el material de la vida.
Poned vuestra consideración en esas personas importantes, en esos prohombres
que, conociendo cuál es el verdadero camino por que ha, de conducirse a la
sociedad, la llevan por sendas extraviadas por odio a Cristo y a su
doctrina, ¿Qué hacemos?, se preguntaban aquellos fariseos y pontífices sin
conciencia; porque este hombre obra, muchos prodigios. ¡Si le dejamos asi, todos
creerán en Él! ¡He ahí la razón suprema
sugerida por Satanás a los nuevos escribas y fariseos que hoy declaran guerra a
la verdad católica e impiden el apostolado del bien, y atan a la Iglesia y cierran
la boca de sus más esforzados ministros y defensores, porque bien saben ellos
que la verdad tiene virtud sobrada para apoderarse de los entendimientos y
subyugar las voluntades y obrar prodigios sin fin; pero no quieren su triunfo;
temen que sus rayos iluminen las inteligencias, porque ante esta claridad
quedaría descubierta su malicia!
No hablemos de los llamados hombres de bien, verdadera plaga de las modernas
sociedades, sólo comparables con aquel juez débil y complaciente, prevaricador
y malvado, que, por respeto humano, por no enemistarse con el pueblo, porque no
le acusaran de deslealtad ante el César, entregó a Jesús a la furia de las muchedumbres
sedientas de sangre.
Hombres
de bien que quieren vivir en paz con Dios y con el mundo; hombres de bien que
por el afán de figurar se alistan en las congregaciones de los malvados, y dan
su voto a los enemigos de la Iglesia, y no luchan, es cierto, contra la causa
de la verdad, pero tampoco se forman en la fila de sus defensores,
contentándose con lavarse las manos en los días de las grandes catástrofes,
¡Miserables Pilatos!, no han de valerles sus acomodamientos, sus transigencias
y su mutismo para ser reconocidos por Cristo Jesús como enemigos suyos, en el
día terrible de la cuenta.
¡Hermano de mi alma! No
será necesario quizá salir de nosotros mismos para encontrar ejemplos y semejanzas
con aquel Judas traidor, con aquel Pedro ingrato, con aquellos discípulos
cobardes, que al primer asomo de tempestad se escondieron por miedo a los
judíos.
¡Cuántas
veces hemos vendido a Cristo, no digo ya
por treinta monedas, sino por un simple respeto humano, por una satisfacción
pasajera, por un alarde de amor propio, por cualquier miseria o suciedad¡
¡Cuántos otros no han hecho sino enmudecer la
voz, ante un majadero, un infeliz, a
quien hubiéramos podido hacer callar y quizá corregir y edificar si nuestra voz
fuera valiente! ¡Cuántas veces hemos quitado el cuerpo a la carga, y queriendo
pasar por los más fíeles discípulos de Cristo, no queremos serlo más que en los
días de paz, en las épocas tranquilas, cuando el gozo inunda nuestras almas y
el bienestar nos sonríe, y abandonamos a Dios en la tribulación, en la lucha,
en el momento del peligro.
He aquí en breves rasgos una nueva composición
de lugar, un ligero bosquejo de la Pasión de Cristo en nuestros días, de los
cuales tanto podríamos aprender.
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