jueves, 26 de marzo de 2026

DE SEMANA SANTA — Por el Apostolado de la Prensa. Año 1901.


 

   Las graves y solemnes festividades de Semana Santa nos invitan otra vez a los cristianos a meditar especialmente sobre los sublimes misterios de la pasión y muerte de Aquel que vino a traernos no la paz, sino la guerra, y que nos dejó su cruz como herencia terrestre. ¿Por qué hemos de asombrarnos, siendo discípulos de tal Maestro, por ser tratados en esta vida como Él lo fué? ¿Por qué han de maravillarnos las persecuciones, los ataques, la guerra sin cuartel que se nos hace? La barca no se hunde, porque es insumergible, pero constantemente ha de azotarla y zarandearla la tempestad; la piedra es inconmovible, pero siempre, en todos los momentos y en todos los siglos, han de estallar frente a ella las embravecidas y encrespadas olas.

 

   En torno de Jesús, y como manada de hambrientas fieras, se juntaron todos los enemigos que hasta el fin de los tiempos han de combatirle y enclavarle en la cruz. Allí estaban Anas y Caifas, representantes perpetuos del odio sectario, afectando hipócritamente una fe que no sentían en el fondo de sus almas escépticas y de sus corazones corrompidos; allí estaban los fariseos, permanentes modelos de los embaucadores de la plebe, a la que sabían sugestionar, como ahora tribunos y periodistas, con palabras que no son palabras, sino silbidos de serpiente; allí estaba la muchedumbre, como siempre, bestial, repitiendo el estúpido Crucifícale, crucifícale, sin conciencia perfecta de lo que hacía, únicamente guiada por su instinto de fiera que husmea la sangre, sirviendo neciamente de instrumento a sus peores enemigos, y allí estaba, dominándolos a todos, sentado en el pretorio, dueño de la fuerza pública, (…), el gobernador romano que no creía ni en los dioses del imperio a quien servía, ni en el Dios verdadero que adoraban sus gobernados, y al que lo mismo importaba Jesús que sus adversarios; (…) esto es, Poncio Pilato, el modelo, el ideal, el tipo acabado del político que entonces y siempre, por no disgustar al César y por transigir con la plebe, está dispuesto a condenar al Justo, porque como no sabe lo que es la verdad, ignora también lo que es la justicia.

 

   Y siendo esos los personajes siniestros que allí se congregaban para cometer la más horrenda de las iniquidades que ha cometido la especie humana, sus procedimientos fueron igualmente los que hasta el día de hoy se siguen empleando para obtener el mismo resultado inicuo que allí se logró.

 

   Primero, una o varias reuniones secretas, muy secretas, en que los príncipes de los sectarios trataron de lo que habían de hacer con el Justo, y en secreto, muy en secreto, resolvieron darle muerte. Allí fué el Sanedrín el instrumento de la conjuración abominable; ahora lo es el gran capítulo de la francmasonería, lo que no es, por cierto, cosa muy distinta del Sanedrín, porque aquella célebre asamblea y esta no menos tenebrosa junta, medios son de la secta judaica, y con los que ésta, hoy, como hace 1900 años, satisface sus injustificados y crueles rencores. (…) Lo mismo, exactamente lo mismo, el Sanedrín judaico resolvió la muerte de Jesús, y empezó, mucho tiempo antes de la Pasión, la horrenda conjura de que había de ser aquélla el resultado.

 

   Pero ¿cómo llegar a Él? El Sanedrín carecía de autoridad oficial para imponer la pena de muerte, como ahora carece de autoridad oficial el capítulo francmasónico para perseguir las comunidades religiosas, esto es, a la Iglesia.

 

   Pues muy sencillo, el procedimiento tiene dos partes o dos períodos. El primero es alborotar al pueblo. El segundo intimidar al gobierno con el alboroto del pueblo. Hace 1900 años no había periódicos que encendiesen las pasiones populares; pero había fariseos y saduceos que predicaban; había un príncipe de los sacerdotes que arteramente se rasgó las vestiduras como si hubiera oído blasfemia horrenda; había testigos falsos que deponían contra el que es la verdad y la santidad por excelencia, y utilizando todos estos recursos, se logró el mismo electo que hoy, y Jesús, el Mesías prometido, el Hijo de David, el Libertador de Israel, es presentado a la plebe israelítica como.... ¡el enemigo! ¿Enemigo el dulce amigo de las almas? Pero ¿Qué enormidad no es capaz de tragarse la bestia-plebe? Sacude su astrosa melena, despereza el enorme corpachón, lanza su rugido de fiera, y ya tenemos al motín, rodando, informe y asqueroso, por las calles y plazas de Jerusalén.

 

   Se ha dado el primer paso; se ha consumado la primera parte de la ensayada iniquidad. Pero aún falta la segunda, la decisiva. El motín no puede resolverlo todo; no es más que un medio para llegar al fin. Este fin hay que buscarlo cerca de los poderes públicos. Y los tenebrosos conjurados empujan a la bestia hacia el pretorio. Allí está la autoridad, el poder constituido, el gobierno. Entonces surge en lo alto la siniestra figura de Pilato. Se aproxima el terrible desenlace.

 

   Pilato no participa ni del odio de los conjurados ni de la brutalidad salvaje de la turba que a éstos sirve de instrumento. Romano, se juzga de raza y de ideas superiores, no sólo a la plebe que vocea, sino a sus directores y caudillos. Pero es débil, porque es ambicioso y codicioso. Quiere mandar y tener dinero, y así es esclavo de sus propias pasiones. Los conjurados lo saben y por ahí le atacan, y por ahí triunfan de él. ¡Infeliz!

 

   La mayor de las crueldades que registra la historia, no va a ser realizada por un hombre fuerte y enérgico, sino por un débil, obsesionado por la idea de perder su posición social.

 

   Pilato no llegó hasta el fin de golpe. Antes quiso salvar al Justo. Cuando vio que no podía conseguirlo sin peligro para él, transigió y ensayó varias fórmulas de transacción, que fueron otros tantos tormentos para nuestro Señor. Y ¿cuál fué el resultado final de todo? Pues que la iniquidad se consumó; pero al tercero día. Cristo Señor nuestro resucitó, y sentado está a la diestra de Dios Padre, donde vive y reina por los siglos de los siglos.

 

   Ni el Sanedrín, ni la turba, ni Pilato tienen poder para impedir esto, ni el triunfo de la Iglesia en la evolución de los siglos.

 

VÍCTOR.

 


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