viernes, 10 de junio de 2022

Carolina Feltri y Victorio Orione – Padres de San Luis Orione – Por Juan Carlos Moreno. (Primera parte).


 


   La madre de Luis Orione, a pesar de ser analfabeta, era una mujer excepcional. Se parecía extraordinariamente a Margarita Occhiena, la madre de Don Bosco, como asimismo se asemejaron los hijos en sus vidas y en sus obras. Era agraciada, hacendosa, humilde, de profunda fe religiosa, y bien podía ser reputada como “la mujer fuerte de la Biblia”.

   Sus padres eran extremadamente pobres, aunque honrados y muy piadosos, estimados por su laboriosidad y su generosidad. Carolina Feltri nació el 11 de diciembre de 1833. A los quince años estaba al servicio de una hostería de Tortona, donde conoció a Victorio Orione, soldado garibaldino, de paso con otros camaradas.

   Al ver a la graciosa y grave joven le lanzó un piropo, y Carolina, por respuesta, le dio una bofetada. El soldado, corrido, la dejó en paz y, en lugar de enfadarse, la admiró más aún. Al año siguiente visitó a Carolina, y la pidió en matrimonio.

   (…)

   Carolina concurría frecuentemente a las funciones parroquiales. Lo que pedía prestado lo devolvía enseguida. Era severa y justa. Una muchacha robó leña en casa de una vecina y ella avisó a la madre. Cierta vez un médico joven, la trató de tú; y elIa, sin mayor cumplimiento, le dijo:

   —Excúseme, señor doctor; pero yo de tú no trato sino a mis hijos, y mis hijos me tratan de usted. Yo podría ser su madre.

   Admirado, el médico la llamaba en lo sucesivo “señora Carolina”.

   Cuando eran encargados de la villa del ministro Ratazzi, en ocasión en que Carolina llevaba en el brazo derecho a su hijo menor, el magistrado le hizo una caricia al pasar. Doña Carolina, indignada, cambió de brazo al pequeñuelo y asestó una bofetada al ministro. Después se fue a casa de su madre. Ratazzi explicó luego a Victorio que el suyo había sido un gesto inocente y le rogó que no permitiera correr ningún rumor. Victorio habló con su mujer, persuadiéndola que tornara a la villa.

   Ratazzi conservó desde entonces alta estimación por Carolina, y un día le dijo a Victorio:

   —Si tu mujer llevara pantalones y supiera leer y escribir, podría ser ministro de Estado.

   Cuando más tarde Don Orione recordaba a su madre, solía nombrarla: “Aquella de las bofetadas”.

   Por un sueño que tuvo en 1873, doña Carolina supo que Ratazzi había muerto. En su hijo Luis habrían de manifestarse más tarde, por ciertos sueños, anuncios celestiales. A partir de entonces el matrimonio Orione fue a vivir a casa de la viuda marquesa de Ratazzi.

   Las costumbres eran sencillas y puras, y la gente, aunque ignorante, era moralmente sana. Tenía reuniones en invierno. Carolina trabajaba en el horno, hacía calcetas, tejía, cosía, y, mientras conversaban, rezaban el rosario

   Doña Carolina deseaba siempre saber dónde estaban sus hijos. Se aseguraba si habían ido adonde se proponían, y no se acostaba hasta que no estuviesen en sus lechos. Cuando espigaba, solía llevarse consigo a Luis, el más pequeño, y si éste sentía sueño, extendía su delantal en la tierra, lo ponía encima y el chico se dormía dulcemente.

   La madre los ejercitaba en combatir la indolencia y la poltronería, los habituaba a levantarse temprano y a lavarse enseguida, aun en invierno. A la hora de dormir Doña Carolina no permitía que sus hijos permanecieran ociosos, pues debían madrugar al día siguiente. Cuando el padre llevaba a Luis, éste le ayudaba a cargar piedras. Ya estaba acostumbrado a vencer la repugnancia del agua fría y a dominar la fatiga.

   Doña Carolina tampoco permitía la discordia entre los hermanos. Aborrecía la murmuración, y aconsejaba a sus hijos:

   —Tirad siempre agua sobre el fuego; no arrojéis leña. Si sentís un acceso de furor, extinguidlo. No aticéis el fuego. Poned siempre el pie encima. Cuando habléis, guardaos de hacerlo como la avispa, que con su aguijón punza siempre.

   Los objetos viejos los sabía combinar, y así triunfaba de su pobreza honesta. Se ingeniaba para arreglar los vestidos del hijo mayor, de modo que pudieran servir a los otros. Cuando Luis tuvo 13 años y se disponía a ir al convento de Voghera, le puso la misma ropa que antes habían usado Benito y Alberto. A pesar de su pobreza, pudo dejar después algún dinero para los huérfanos de la Divina Providencia.

   La pobre mujer se levantaba a las tres de la mañana y tras de despachar las tareas del hogar, salía a trabajar. Se amañaba en todo y hacía las veces de varón cuando el marido estaba ausente. Batía la hoz para cortar la hierba, y la afilaba; hacía la tela con el cáñamo hilado por ella y repartía a sus hijos la sábana y la hermosa ropa blanca.

   Mientras Victorio estaba ausente, Dona Carolina atendía el hogar, servía en la villa de Ratazzi, juntaba leña, y hierbas comestibles, y trabajaba en la cosecha por ocho soldi diarios. Haciendo un comentario de este salario, Don Orione decía más tarde: “El patrón de que habla el Evangelio conviene en dar un denario por día a los obreros. Os diré: ¡Es poco!... Mi madre trabajaba por día; empezaba a las 6 y volvía a la noche, y cuando iba a la granja le daban ocho soldi. ¿Sabéis cuánto es un soldi? Le daban, pues, 40 centavos al día”.

   A pesar de su humildad y de su pobreza, doña Carolina educó a sus hijos como un rey pudiera hacerlo con los príncipes.

 

“VIDA DE DON ORIONE”


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