sábado, 5 de marzo de 2022

La guerra justa y la paz perversa – Por Vladímir Soloviev breve resumen sobre sus “Tres diálogos” (fragmento)

 




   Ya lo tenemos en el cénit del poder, (el Anticristo) señor del mundo. Por la secuencia del Relato veremos cómo el Gran Benefactor hará propias las insinuaciones del demonio en las tres tentaciones del desierto, aportando a los hombres, con la ayuda de la técnica, paz, pan y felicidad. Todo en el sometimiento a Satanás, ante quien se ha arrodillado, y cuya persona inviste. Externamente aparecerá como actuando para nuestro bien, para nuestra felicidad. Lo hará camuflándose de cristianismo, propugnando “valores” que podrían ser entendidos como evangélicos, recurriendo a un lenguaje muy similar al de Jesús, de tal manera “que extraviaría, si fuera posible, aun a los mismos elegidos” (Mt 24,24). No en vano San Pablo profetizó la aparición de “falsos apóstoles” que “se disfrazan de apóstoles de Cristo” (2 Cor 11, 13); y añade: “No hay por qué extrañarse, ya que él mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Cor 11,14). Por eso en su “tercer diálogo” dice Soloviev: “La idea del Anticristo que, según la Biblia, indica por sí misma el último acto de la tragedia histórica, no será la simple incredulidad, o la negación del cristianismo, o el materialismo, u otra cosa análoga. Será la impostura religiosa. Entonces, el nombre de Cristo será explotado por todos los poderes humanos que, de hecho y en principio, son extraños y directamente hostiles a Cristo y a su Espíritu.” Nuestro autor insiste mucho en el carácter de “impostura” (Engaño con apariencia de verdad) que tendrá la última herejía: será un falso cristianismo que se levanta contra el auténtico.

 

Las tres proclamas del Anticristo (La primera: La “PAZ”)

 

   Veamos cómo nuestro Relato expone dicha táctica. Cuando termina la asamblea que lo consagró Emperador, el Anticristo dirige su primera proclama al mundo, declarando la meta inicial que se proponía alcanzar en su primer año de reinado: la paz. Comenzaba por estas palabras: “¡Pueblos de la tierra! ¡Mi paz os doy!”, y terminaba anunciando que la paz universal quedaba eternamente asegurada, y que todo intento por perturbarla encontraría de inmediato su oposición frontal. De hoy en adelante nadie dirá “guerra” cuando él diga “paz”. “Naciones del mundo, la paz sea con vosotros.” Pero como aún quedaban algunos países refractarios, el Emperador formó un poderoso ejército que rápidamente los domeñó, introduciendo virreyes que lo representaban en los pueblos sometidos. Un año bastó para establecer la monarquía universal. La Liga Universal por la Paz se disolvió. Ya no tenía razón de existir.

   Advertimos aquí claramente el carácter paródico del Anticristo, cuyas palabras recuerdan casi literalmente las de Cristo: “La paz os dejo, mi paz os doy.” Si bien el Señor agregó, y he ahí toda la diferencia: “No como el mundo la da os la doy yo” (Jn 14,27). El Anticristo ofrece un ersatz (reemplazo, sustitución) de la paz de Cristo, por la paz del mundo. Recordemos que los Tres diálogos, cuyo colofón es nuestro Relato, versan en buena parte sobre el sentido de la guerra y de la paz. A lo largo de sus páginas, Soloviev desenmascara el espíritu tolstoiano del pacifismo a ultranza, casi una religión. La posición de Tolstoi era que la sustancia del Evangelio resultaba reductible al principio de no-resistencia al mal por la fuerza. Soloviev señalará en el “primer diálogo” que la guerra no es un mal absoluto así como la paz no es un bien absoluto, que puede haber una guerra justa y que puede haber una paz perversa. Justamente cuando compuso sus Tres diálogos, mucha gente pensaba que pronto las naciones se pondrían de acuerdo para llevar a cabo un desarme general. Soloviev pedía que se viese lo que había detrás de dicho proyecto. La paz, sí, ¿pero qué paz? ¿La buena o la mala?

   En el “tercer diálogo” confiesa Soloviev que una de las frases de Cristo que más le impresionan es: “¿Pensáis que he venido a traer la paz a la tierra? Os digo que no, sino la división” (Lc 12,51). Lo que así comenta: “Él ha venido a traer sobre la tierra la verdad, y ésta, como el bien, comienza por dividir.” Hay, pues, una paz verdadera y buena, la que aporta Cristo, la paz cristiana, que tiene por principio esta división que Cristo vino a traer a la tierra, es decir, la separación entre el bien y el mal, la verdad y la mentira; y hay una paz mala y mentirosa, la paz del mundo, la paz que tiene por principio la mezcla o la unión exterior de lo que, interiormente, está en guerra consigo mismo. “La única verdadera paz es la que se concluye solamente cuando se ha llegado al fin de la guerra.”

 

“El fin de los tiempos y seis autores modernos”

Alfredo Sáenz, S. j.

Ediciones Gladius.

1996.


2 comentarios:

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.