sábado, 10 de febrero de 2024

SANTA ESCOLÁSTICA, VIRGEN. — 10 de febrero. (+543)

 




   Santa Escolástica fué hermana gemela del glorioso patriarca de los monjes de occidente, San Benito; y nació en una de las casas más nobles de Italia, en la provincia del ducado de Espoleto, en Umbría. Era estimada como una de las damas más hermosas y ricas de su tiempo, más al saber que su santo hermano había fundado el monasterio de Monte Casino, determinó de imitarle en aquella vida tan religiosa y perfecta, y no lejos de aquel monasterio fundó otro para sí y para las doncellas que a su ejemplo dieron de mano a las cosas del mundo. Solo una vez al año salía Santa Escolástica de su encerramiento para visitar a su hermano San Benito, y el varón de Dios la recibía con sus discípulos en una posesión vecina del monasterio. La última vez que le visitó rogó a su hermano que quisiese conversar con ella toda la noche de las cosas del cielo. Le negó el hermano lo que pedía; y entonces bajando ella la cabeza y apoyándola sobre las manos, recogió su alma e hizo una breve oración con muchas lágrimas. Estaba el cielo sereno y estrellado, y lo mismo fué comenzar su oración, que turbarse repentinamente el aire, y venir una tan brava tempestad de relámpagos, truenos y copiosa lluvia, que ya no fué posible a su hermano y a los monjes que le acompañaban la vuelta de aquel lugar al vecino monasterio. Se quejó San Benito amorosamente con su hermana, diciendo: “El Señor te perdone, hermana, lo que has hecho”. Y ella replicó con santa gracia: “Te pedí a ti que me hicieses el placer de quedarte, y no quisiste; lo he pedido al Señor, y mira cómo me ha oído; vete, pues, ahora, si puedes”. Así pasaron toda la noche en santas y sabrosas pláticas y amaneciendo, volvieron los hermanos a sus monasterios. Tres días después pasó de esta vida Santa Escolástica, cuya alma purísima vio su hermano San Benito volar al cielo en figura de una cándida paloma, y ordenó que enterrasen el santo cuerpo en la sepultura que para sí tenía preparada. Con lo cual no separó el sepulcro aquellos cuerpos cuyas almas tan unidas habían estado toda la vida.

 

   Reflexión: El monasterio que labró Santa Escolástica no lejos del de su hermano San Benito fué el origen de aquella Orden de religiosas que llegó a contar en el occidente hasta catorce mil monasterios, en los cuales tantas nobles doncellas y princesas ilustres se abrazaron con la cruz de Jesucristo. ¡Cuántas se hubieran perdido entre los lazos y seducciones del mundo, y ahora gozan con Santa Escolástica de la felicidad del cielo! Porque la casa religiosa es puerto de salud, y antecámara del paraíso. A ella son llamadas por singular beneficio del Señor las almas escogidas, para que desnudándose de las riquezas, deleites y vanas libertades, se vean libres de las espinas de las culpas y congojas, que punzan a los mundanos, y ahogan la semilla de las divinas inspiraciones. En ella encuentran el verdadero tesoro de todas las virtudes, las cuales florecen en la Religión, como en jardín donde tiene sus delicias el divino Esposo de las almas. En ella gozan de la paz de Dios que sobrepuja todo sentido, y reciben prendas seguras de eterna vida y de grande y eterna gloria.

 

   Oración: Oh Dios, que para mostrarnos el camino de la inocencia, hiciste volar al cielo en forma de paloma el alma de tu virgen Escolástica, concédenos por sus méritos y súplicas la gracia de llevar una vida inocente para merecer los eternos goces del paraíso. Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

 

FLOS SANCTORVM  1949.


El Milagro de la lluvia: Santa Escolástica (hermana de San Benito).

 




   GREGORIO. – ¿Quién habrá, Pedro, en esta vida más grande que San Pablo? Y sin embargo tres veces rogó al Señor que le librara del aguijón de la carne (2Co 12,8) y no pudo alcanzar lo que deseaba. Por eso, es preciso que te cuente del venerable abad Benito cómo deseó algo y no pudo obtenerlo. En efecto, una hermana suya, llamada Escolástica, consagrada a Dios todopoderoso desde su infancia, acostumbraba a visitarle una vez al año. Para verla, el hombre de Dios descendía a una posesión del monasterio, situada no lejos de la puerta del mismo. Un día vino como de costumbre y su venerable hermano bajó donde ella, acompañado de algunos de sus discípulos. Pasaron todo el día ocupados en la alabanza divina y en santos coloquios, y al acercarse las tinieblas de la noche tomaron juntos la refección. Estando aún sentados a la mesa entretenidos en santos coloquios, y siendo ya la hora muy avanzada, dicha religiosa hermana suya le rogó: “Te suplico que no me dejes esta noche, para que podamos hablar hasta mañana de los goces de la vida celestial”. A lo que él respondió: “¡Qué es lo que dices, hermana! En modo alguno puedo permanecer fuera del monasterio”.

   Estaba entonces el cielo tan despejado que no se veía en él ni una sola nube. Pero la religiosa mujer, al oír la negativa de su hermano, juntó las manos sobre la mesa con los dedos entrelazados y apoyó en ellas la cabeza para orar a Dios todopoderoso. Cuando levantó la cabeza de la mesa, era tanta la violencia de los relámpagos y truenos y la inundación de la lluvia, que ni el venerable Benito ni los monjes que con él estaban pudieron trasponer el umbral del lugar donde estaban sentados.  En efecto, la religiosa mujer, mientras tenía la cabeza apoyada en las manos había derramado sobre la mesa tal río de lágrimas, que trocaron en lluvia la serenidad del cielo. Y no tardó en seguir a la oración la inundación del agua, sino que de tal manera fueron simultáneas la oración y la copiosa lluvia, que cuando fue a levantar la cabeza de la mesa se oyó el estallido del trueno y lo mismo fue levantarla que caer al momento la lluvia. Entonces, viendo el hombre de Dios, que en medio de tantos relámpagos y truenos y de aquella lluvia torrencial no le era posible regresar al monasterio, entristecido, empezó a quejarse diciendo: “¡Que Dios todopoderoso te perdone, hermana! ¿Qué es lo que has hecho?”. A lo que Santa Escolástica respondió: “Te lo supliqué y no quisiste escucharme; rogué a mi Señor y él me ha oído. Ahora, sal si puedes. Déjame y regresa al monasterio”. Pero no pudiendo salir fuera de la estancia, hubo de quedarse a la fuerza, ya que no había querido permanecer con ella de buena gana. Y así fue cómo pasaron toda la noche en vela, saciándose mutuamente con coloquios sobre la vida espiritual.

   Por eso te dije, que quiso algo que no pudo alcanzar. Porque si bien nos fijamos en el pensamiento del venerable varón, no hay duda que deseaba se mantuviera el cielo despejado como cuando había bajado del monasterio, pero contra lo que deseaba se hizo el milagro, por el poder de Dios todopoderoso y gracias al corazón de aquella santa mujer. Y no es de maravillar que, en esta ocasión, aquella mujer que deseaba ver a su hermano pudiese más que él, porque según la sentencia de San Juan: Dios es amor (1Jn 4,16), y con razón pudo más la que amó más (Lc 7,47) 53.

   PEDRO.  – Ciertamente, me gusta mucho lo que dices.

 

“VIDA DE SAN BENITO por SAN GREGORIO MAGNO”


lunes, 5 de febrero de 2024

Santa Águeda, virgen y mártir. — 5 de febrero. (Muerte, año 251).


 



Siendo emperador Decio y presidente de Sicilia Quinciano, vivía en Catania una doncella cristiana, llamada Águeda, natural de Palermo, la cual era nobilísima, riquísima, hermosísima y honestísima, que son las cuatro cosas que se estiman mucho en las mujeres. Mandó Quinciano presentarla delante de sí, y así que la vio, luego fué preso de su rara belleza, y olvidado del oficio de juez, se determinó de tomar todos los medios posibles para atraerla a su voluntad, y para cubrir más su intento la entregó a una vieja sagaz, llamada Afrodisia, que tenía cinco hijas muy hermosas y no menos lascivas. Treinta días estuvo en aquella mala compañía la castísima Águeda, tan firme en ser cristiana y en guardar su virginidad, que al dar Afrodisia cuenta de todo al presidente, le dijo: Antes se ablandará el acero y el diamante, que Águeda mude de propósito. Oído esto por Quinciano, mandó llamar a la santa y preguntóle:

Quinciano: —  Niña, ¿de qué casta eres tú?

Santa Águeda: — Noble soy, como  es notorio por toda Sicilia.

Quinciano: — ¿Pues, cómo siendo noble, sigues las costumbres de gente despreciada y vil como son los cristianos?

Santa Águeda: — Porque soy sierva y esclava de Jesucristo, y en eso está mi mayor nobleza.

A esto respondió Quinciano: ¿Luego, nosotros que le despreciamos, no somos nobles?

Y Santa Águeda dijo: ¿Qué nobleza es la vuestra, que se abate a los dioses de piedra y a los demonios? Enojóse el juez con esta respuesta, y mandó que se diese a la virgen una cruel bofetada y la echasen de su presencia.

El día siguiente, después de algunos halagos y vanas tentativas, ordenó que le retorciesen un pecho y se lo cortasen y la encerrasen después en la cárcel, para que allí, sin comer ni beber ni medicinarse, se consumiese de dolor. Pero en aquella necesidad la visitó el apóstol San Pedro, el cual la consoló y restituyó el pecho cortado. 

Con el resplandor de aquel médico celestial echaron a huir los guardias, y tras ellos huyeron los presos, y ella fué traída de nuevo Al tribunal de Quinciano; el cual se espantó de verla tan sana y entera, y como a maga la mandó poner sobre brasas de fuego y pedazos de teja para que a la vez se quemase y lastimase. Volvió por ella el cielo enviando un terremoto, en el cual perecieron dos amigos del presidente, y entonces la santa, que se veía sola en la cárcel, entregó su alma purísima al Señor, dándole las gracias por tantas victorias.

Poco después recibió su castigo el feroz Quinciano, porque, codicioso de las muchas riquezas que poseía la santa virgen, partió muy acompañado de gente a Palermo para apoderarse de ellas, y al pasar un río, un caballo le mordió en la cara, y otro, a coces, le echó en el río, donde murió ahogado, y buscando su cuerpo nunca se pudo hallar, para que se entiendan los justos juicios de Dios, y cómo al cabo castiga la deshonestidad, crueldad y codicia de los que persiguen a sus santos.

 

Reflexión: Cuando los verdugos atormentaban y cortaban el pecho a santa Águeda, con ánimo valeroso decía al tirano: Y ¿cómo no te confundes, hombre vilísimo, de atormentar a una doncella en los pechos, habiendo tú recibido el primer sustento de tu vida de los pechos de tu madre? Por los merecimientos de este cruel martirio, innumerables mujeres que padecían en los pechos, invocando a santa Águeda, y acudiendo confiadamente a su celestial protección, han recibido la salud.

 

Oración: Oh Dios, que entre otras maravillas de tu poder, supiste dar fuerzas aún al sexo más frágil para conseguir la victoria del martirio, concédenos la gracia de que celebrando la victoria de tu virgen y mártir santa Águeda, caminemos hacia ti, por la imitación de sus ejemplos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

FLOS SANCTORVM


MEDITACIÓN SOBRE LA VIDA DE SANTA ÁGATA (Águeda)


 



Patrona de mártires; solteras; víctimas de violación; víctimas de torturas; joyeros; mujeres en etapa de lactancia. Protectora contra el cáncer de mamas; enfermedades de las mamas; esterilidad; terremotos; fuego; erupciones volcánicas; desastres naturales.

 

I. Santa Ágata resistió al mundo. Ni todos sus honores pudieron seducirla. Sabía que los bienes de la tierra nada son comparados con los celestiales. ¡Oh mundo, qué mala reputación es la tuya! Los santos te abandonan y te desprecian; hasta tus partidarios se quejan de ti y dicen que sólo tienes bienes aparentes y males reales en exceso. Tú, que lees o escuchas, estás convencido de esta verdad, y sin embargo amas al mundo. El mundo es malo y lo amas; ¿qué no harías si fuese bueno? (San Agustín).

 

II. La santa ha resistido a los hombres. Sus amenazas como sus halagos han fracasado ante su constancia. ¡Cuán difícil es resistir a estos dos enemigos, uno de los cuales ataca desembozadamente, y el otro con astucia, sobre todo teniendo un cuerpo que se rebela contra el alma y que se inclina siempre para el lado de los placeres! ¿Qué hubieras hecho tú en el lugar de Ágata, tú que ofendes a Dios a menudo antes que privarte de la menor satisfacción?

 

III. Ágata, por su pureza, fue émula de los Ángeles; o más bien, con San Ambrosio, digamos que la victoria de las vírgenes es más gloriosa que la de los Ángeles, pues éstos, no teniendo cuerpo, ninguna dificultad tienen en ser castos. Para conservar el tesoro de la pureza, es menester, como los Ángeles, pensar siempre en Dios, obedecer incesantemente sus órdenes, desasirse en cuanto sea posible de los placeres del cuerpo, y tener amor sólo para el cielo y para Dios. El hombre casto y el Ángel difieren no por la virtud, sino por la felicidad. La castidad de éste es más feliz, la de aquél más valiente (San Ambrosio).

 

Practicad  la castidad.

Orad por las vírgenes.

 

 

ORACIÓN

Oh Dios, que entre otros milagros de vuestro poder, habéis hecho obtener la victoria del martirio al sexo más débil, haced por vuestra bondad que, celebrando la nueva vida que ha recibido en el cielo la bienaventurada Ágata, vuestra virgen mártir, saquemos provecho  de sus ejemplos para marchar por el camino que conduce a Vos.  Por J. C. N. S.


domingo, 4 de febrero de 2024

MEDITACIÓN SOBRE LA MORTIFICACIÓN.

 




I. Es necesario mortificar el cuerpo para expiar el placer que has gustado en el pecado. No podrías satisfacer de otro modo a la justicia divina. Si no pagas tu deuda en esta vida, te será menester que la canceles en la otra. Elige. Es preferible soportar algo en este mundo, porque en él los sufrimientos son más llevaderos, más cortos y merecerán una corona en el cielo. En el purgatorio, la medida de nuestros suplicios será la de los placeres que hayamos gustado en este mundo; porque seremos castigados por aquello mismo por donde hayamos pecado (San Bernardo).

 

II. Es preciso mortificar los sentidos para no caer en pecado. Si te tomas la libertad de ver todo, de oír todo, de decir todo, pecarás a menudo. Acaso no sea pecado ver, oír, decir tal o cual cosa, pero, con frecuencia, te dispone a él. Si no te abstienes de las cosas permitidas, caerás pronto en las que están prohibidas. Vigila tus sentidos, son las puertas por las cuales entra el pecado mortal a tu alma. ¿Qué violencia haces a tus sentidos? Casi ninguna, les rehusas acaso algo, nada.

 

III. Tus pasiones deben ser reprimidas tanto como tus sentidos; ellas son las que suscitan en tu alma esas tempestades en las que tan a menudo naufraga tu virtud; ellas son las que turban tu tranquilidad y te hacen desdichado. Examina, pues, con atención, cuáles son tus pasiones dominantes; son las víctimas que debes inmolar al pie de la Cruz. Adora lo que has quemado, quema lo que has adorado (San Remigio).

 

Haced mortificación.

Orad por la conversión de los pecadores.


sábado, 3 de febrero de 2024

San Blas, obispo y mártir. — 3 de febrero. (Muerte, año 316)

 




   En este día alcanzó la palma de los mártires el gloriosísimo San Blas, obispo de la ciudad de Sebaste, que es en la provincia de Armenia. Habíase retirado por divina inspiración a un monte que se llamaba Argeo y hacía vida en una cueva solitaria, cuando vino Agricolao, presidente de los emperadores Diocleciano y Maximiliano, y comenzó a perseguir a los fieles de Cristo condenándolos a las bestias para que el pueblo tuviese algún entretenimiento y regocijo. Para esto envió sus ministros a caza de fieras, y cercando el monte Argeo, llegaron a la cueva de San Blas, donde vieron un espectáculo capaz de ablandarles y moverles a abrazar la verdadera fe, si no fuesen por su maldad más cruel que lo son las bestias por su naturaleza. Porque vieron delante de la cueva gran número de animales feroces, leones, tigres, osos y lobos, que hacían compañía al santo con grande concordia y amistad, mientras él estaba orando y absorto en altísima contemplación. Lo cual no era cosa rara, porque cada día venían a la cueva del santo las bestias fieras de aquellos desiertos para honrarle y ser curadas de él y recibir su bendición. Espantados de esto los ministros, de Agricolao, volvieron a la ciudad y dieron razón al presidente de lo que habían hallado y visto, y él envió gran número de soldados para que prendieran a San Blas y a todos los cristianos que encontrasen ocultos en aquellos montes. Y el santo varón a quien reverenciaban las bestias sanguinarias se entregó en las manos de sus enemigos, y después de haber convertido a la fe muchos infieles con las maravillas que obró cuando le llevaban a la cárcel, testificó la verdad de Cristo con su sangre en los tormentos. Porque habiéndole cruelmente azotado, le colgaron de un palo, desgarrando sus carnes con peines de hierro, luego le pusieron en una horrible mazmorra, de la cual le sacaron para echarle en una laguna; mas el Santo, haciendo la señal de la cruz, andaba sobre las aguas sin hundirse, y sentándose en medio de ellas convidaba a los infieles y ministros de justicia que entrasen en el agua como él, si pensaban que sus dioses los podían ayudar. Y como algunos entrasen y se fuesen al fondo, el presidente, confuso y burlado, le mandó degollar. El santo hizo entonces oración al Señor, suplicándole por todos los que en los siglos venideros se encomendasen a sus oraciones, y habiendo oído una voz celestial que le otorgaba lo que pedía, tendió el cuello al cuchillo y le fué cortada la cabeza.

 

   Reflexión: Entre los enfermos que curó san Blas, uno fué un muchacho al cual, comiendo pescado, se le había atravesado una espina en la garganta, y traído con muchas lágrimas y suspiros por su madre a los pies del santo, él suplicó al Señor que sanase a aquel niño y a todos los que tuviesen aquel mal y se encomendasen a él, y con esto quedó sano y Dios nuestro Señor hizo después tantos y tan señalados milagros de este género por la intercesión de san Blas, que Accio, médico griego antiquísimo, entre otros remedios que escribe para este mal, pone la invocación de san Blas, y dice que tornando al enfermo por la garganta, digan estas palabras a la espina o hueso atravesado: Blas, mártir y siervo de Cristo, manda que o subas o bajes.

 

   Oración: Señor Dios, que corroboraste al bienaventurado mártir y obispo San Blas, en medio de sus tormentos, con tus consuelos celestiales y le hiciste esclarecido en milagros por todo el orbe, concédenos, que asistidos con su intercesión en nuestras adversidades, nos gloriemos de cumplir y, de que se cumpla tu santa voluntad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

FLOS SACNTORVM.


MEDITACIÓN SOBRE LA SOLEDAD.

 



I. Haz penitencia; y a fin de que esta penitencia te sea más útil, busca la soledad a ejemplo de San Blas. Evita las ocasiones en las que te acuerdas que has ofendido a Dios, no sea que a las mismas causas sigan los mismos efectos. ¡Qué dulce es conversar a solas con Jesús! ¡Qué dulce apartarse de la muchedumbre! Gusta este placer y confesarás que todas las delicias del mundo nada tienen igual. ¡Ah! ¡Cuán importuno resulta el bullicio del mundo para un alma que ha gustado la dulzura de la soledad! El mundo es para mí una prisión y la soledad un paraíso (San Jerónimo).

 

II. Si tu posición te retiene en el mundo, que ello no te impida tener la soledad del corazón. Cada año, por lo menos, reserva algunos días para pensar en tu alma; y todos los días dedica algunos momentos para lo mismo. A toda hora del día entra en ti mismo, piensa en lo que acabas de hacer y en lo que vas a hacer. ¿No querrás dar ese momento que Dios te pide? Esta soledad del corazón es absolutamente necesaria. ¿Para qué sirve la soledad del cuerpo sin la del alma? (San Gregorio).

 

III. Todas las noches, después que hayas terminado tus quehaceres, piensa en los pecados que hayas cometido, para pedir perdón de ellos, y en las buenas obras que hayas hecho, para agradecer a Dios por ellas. ¡Qué alegría si has empleado el día santamente! ¡Qué tristeza si no lo has aprovechado para hacer el bien! ¡Ay! tu vida pasará como este día, y acaso éste es el último de tu existencia. ¿Estás preparado para comparecer ante el tribunal de Dios?

 

Practicad la  penitencia.

Orad por la paz, (la que da Cristo, no como la da el mundo)


viernes, 2 de febrero de 2024

MEDITACIÓN SOBRE LA PURIFICACIÓN.

 



Cumplido asimismo el tiempo de la purificación de la madre, según la ley de Moisés, llevaron el niño a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (Lucas 2, 22).

 

I.  Al presentarse para ser purificada, María sacrifica su gloria a la gloria de Dios, porque, para cumplir la ley, oculta sus dos admirables prerrogativas: la de virgen y la de Madre de Dios. Aprende de este misterio a poner tu honra en la obediencia a Dios. Aunque fuese preciso que pases por el mayor pecador de la tierra, siempre que Dios sea con ello glorificado, debes estar contento. Jesús te da el ejemplo sometiéndose a la circuncisión, y María observando la ceremonia de la purificación. La verdadera honra está en la estima que Dios tiene de ti.

 

II.  Ella inmola a su querido Hijo, lo presenta a su Padre para que disponga de Él a su agrado. Da a Dios lo más precioso que tiene. ¡Gran lección para padres y madres! Es menester que ofrezcan a Dios sus hijos y no, por lo contrario, que les impidan consagrarse a su servicio cuando quieran hacerlo. Ofrezcamos hoy a Dios lo más querido que tenemos: nuestros corazones, nuestra voluntad, nuestras inclinaciones.

 

III. El Eterno Padre recompensa a María por su generosidad: le devuelve su Hijo y su honor por medio de Simeón, quien reconoce en Ella a la Virgen Madre de Dios y lo torna a sus brazos. Si sacrificas a Dios tu honra y tus inclinaciones, Él te recompensará liberalmente aun en esta vida. ¡Cuán bueno es servir a un Señor tan generoso! Él da los bienes del cielo a quien le sacrifica los de la tierra. ¿Por qué no cambiar la tierra por el cielo? ¿Por qué con bienes pasajeros, no comprar los eternos? ¿Por qué, con lo que es perecedero, no adquirir lo que dura siempre? (San Pedro Crisólogo).

 

Imitad a la Santísima Virgen.

Orad por las congregaciones de la Santísima Virgen.

 

 

ORACIÓN.

Dios todopoderoso y eterno, escuchad benigno las súplicas que dirigimos a vuestra suprema Majestad, y así como vuestro Unigénito fue hoy presentado al templo, revestido de carne semejante a la nuestra, haced que nos presentemos ante Vos con un corazón purificado. Por J. C. N. S.


jueves, 1 de febrero de 2024

EL ARTE DE APROVECHAR NUESTRAS FALTAS SEGÚN SAN FRANCISCO DE SALES. POR EL M. R. P. JOSÉ TISSOT. Cuarto Superior general de los Misioneros de San Francisco de Sales.


 



PRIMERA PARTE.

CAPÍTULO PRIMERO.

 

No nos extrañemos de nuestras faltas.

I

   Miserias humanas. —Mientras llevemos el peso de nosotros mismos, nada llevaremos de valor. —Es a la vez el honor y el tormento del hombre caído no poder acostumbrarse a sus faltas. Príncipe desposeído, descalificado por la culpa de sus primeros padres, conserva siempre en el fondo del corazón el sentimiento de su nobleza de origen y de la inocencia que debía ser su patrimonio. En cada una de sus caídas apenas puede contener una exclamación de sorpresa, como si le hubiera ocurrido un accidente extraordinario.

   Se diría que era Sansón privado de su fuerza por la mano pérfida que le cortó los cabellos. “¡En pie—le gritaban—, los filisteos están ahí!” Y él se levantaba, imaginándose, como en lo pasado, que iba a derribar a sus enemigos, olvidándose de que su vigor de otros tiempos le había abandonado (Jueces XVI).

   Por nobles que sean en nosotros las raíces de esta disposición, los frutos de ellas son demasiado funestos para que no se les haga la guerra. El desaliento, lo veremos muy pronto, es la pérdida de las almas; pero no les invade si no se abre en ellas un camino por el asombro que sigue a la falta. Contra este peligro va San Francisco de Sales a prevenirnos.

   A ejemplo de los más eminentes doctores y de los sabios más esclarecidos, el bienaventurado Obispo profesó siempre una compasión extrema hacia la flaqueza del hombre. “¡Oh, miseria humana, miseria humana!—repetía—. ¡Oh, cuán rodeados estamos de enfermedades!... ¿Y qué otra cosa podemos dar por nosotros mismos, sino caídas?” Se siente en todas sus palabras y en todos sus escritos que las cumbres de la perfección a que había ascendido le habían puesto en disposición de sondear con una mirada profunda los abismos de miserias y de enfermedad, ahondados en nosotros por el pecado original. Y de ello tenía cuenta, con gran amplitud de espíritu, respecto de todas las almas que se sometían a su dirección, y a las que no cesaba de recordar su condición decadente. “Vivís—escribía a una dama—,vivís, según me decís, con mil imperfecciones. Verdad es, mi buena hermana; pero ¿no tratáis hora tras hora de hacerlas morir en vos? Es cosa cierta que mientras estamos aquí envueltos en este cuerpo tan pesado y corruptible, hay siempre en nosotros algo que flaquea.”

   “Os quejáis—decía en otro lugar—de que se mezclan muchas imperfecciones y defectos en vuestra vida, contra el deseo que tenéis de la perfección y pureza del amor de nuestro Dios. Os respondo que no es posible despojarnos del todo de nosotros mismos hasta que Dios nos lleve al Cielo; mientras llevemos el peso de nosotros mismos, nada llevaremos de valor. ¿Acaso no es regla general que nadie será tan santo en esta vida que no esté siempre sujeto a tener alguna imperfección?”

 

“Apostolado de la Prensa”