Dios es nuestro principio, y es al par nuestro
fin. Es nuestro principio, porque de El hemos recibido, lo mismo que todas las
demás criaturas, el ser que tenemos. Es nuestro fin, porque sólo para verle y
amarle y ser amados de El hemos sido criados.
En Dios vivimos y somos y nos movemos, dice
San Pablo; es decir, que no sólo en el primer instante de nuestro ser, sino en
todos los instantes de nuestra existencia, dependemos de Dios, y de tal manera,
que si Dios nos abandonara un instante, un solo instante, pereceríamos
inmediatamente.
Pero
en el hombre hay dos vidas: la natural y la sobrenatural; la del cuerpo y la
del alma. La primera se pierde por lo que llamamos muerte, por la separación
del cuerpo y el alma. La segunda se pierde por el pecado, por la separación del
alma de Dios.
Es,
pues, forzoso, si queremos tener la vida por excelencia, la verdadera vida, la vida
del alma, que estemos unidos a Dios; y para permanecer unidos á El, o para
volver a esta unión, si por desgracia la hubiésemos roto por el pecado, no
existe otro medio mejor que la oración, esto en nada quita que quien peca
mortalmente debe recuperar la gracia por la medio del sacramente de la
Penitencia, ya que es la única vía ordinaria, pero la oración puede ayudarnos
mucho a recuperar esa gracia perdida.
Orar es, dice el catecismo, levantar el
corazón a Dios y pedirle mercedes. Dos clases hay de oración: la mental y la
vocal. La primera es toda interior, y consiste en súplicas que hacemos a Dios
sin valernos de palabras.
La
segunda es, además, exterior, y consiste en súplicas que hacemos a Dios
valiéndonos de palabras. La oración mental puede hallarse, y se halla muchas
veces, sin la vocal; pero ésta no puede jamás hallarse sin aquélla, porque la
oración vocal sin la mental no es más que un vano ruido de palabras: ¿qué importa
que se muevan los labios y que pidamos con ellos si no pide el corazón?... La
oración vocal, es la más cumplida, la más llena, porque suplican a un tiempo la
lengua y el corazón; pero la oración mental es la esencial.
El
alma de una y otra clase de oración es la meditación; y no se crea, como
equivocadamente juzgan algunos, que la oración mental y la meditación sean la
misma cosa, por más que una y otra sean interiores. No. Meditar es discurrir,
reflexionar, y orar es... orar; es decir, pedir, rogar, suplicar. Cuando pensamos
en algún negocio grave discurrimos, reflexionamos, pero no pedimos ni rogamos. Esto
es bien claro. Como lo es también que la meditación es el alma de la oración, porque
para pedir una cosa es menester desearla, y para desearla es menester
conocerla, y para conocerla es menester pensar sobre ella, es decir, meditar.
La meditación es, pues, el alma, la base, la condición necesaria de la oración
bien hecha, y debe preceder a ella y mezclarse con ella, para que sea más
fructuosa.
Pero
si la meditación es el alma de la oración, la oración es el alma de nuestra
alma. En efecto, dice un autor; saber hablar con Dios y escuchar a Dios es, sin
disputa, para el hombre, la fuente de todo bien. Con esta conversación, el
infierno no sería infierno; sin ella, el cielo no sería cielo. Haced que un hombre converse con Dios; si
continúa, se ha salvado: separadlo de Dios; si se obstina en esta separación,
se ha perdido.
«Dadme
diariamente un cuarto de hora de oración mental, decía Santa Teresa, y yo os daré
el cielo.»
Pues qué,
preguntará tal vez alguno, ¿Tan necesaria es la oración? Tan necesaria, le
contestaremos nosotros, como necesaria nos es la salvación. Una sola cosa es
necesaria, decía nuestro adorable Redentor; y está sola cosa es, sin duda, la
salvación. ¿Qué ha de haber más necesario que ella, si sólo para salvarnos
hemos sido criados? Pues bien; esta sola cosa necesaria, la salvación, no
quiere Dios dársela a los que, habiendo llegado al uso de la razón, no se la
piden.
San
Agustín dice que hay algunas cosas como son, el principio de la fe, el deseo de
orar, los primeros movimientos hacia el bien y otras a este modo, que el Señor
nos las da sin que se las pidamos; pero añade que son infinitas las que sin que
se las pidamos no quiere dárnoslas; y entre estas enumera la gracia
santificante, la victoria contra las pasiones, y sobre todo, el don de la
perseverancia final, sin el cual no hay salvación para nosotros.
Ya
ves, pues, lector, si es necesario orar: tan necesario como salvarnos; y
salvarnos es, ya lo has oído, la única cosa necesaria. ¿De qué le sirve al
hombre, nos dice el Salvador, ganar todo el mundo si pierde su alma?
TEÓFILO NÍTRAM.
Año 1895.

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