— Sí, sí; Jesús está realmente presente en
la Santa Misa.
El rey moro Ad-Abulet aprisionó a un
sacerdote católico, llamado Genesio, y le preguntó si sabía hacer milagros.
—Sí—respondió Genesio—: tengo poder de
convertir el pan, con pocas palabras, en el Cuerpo del gran Señor de los
cielos, y el vino en su Sangre.
Se rió el rey de tales palabras, y mandó que
le hiciera ver tal prodigio.
El sacerdote Genesio, inspirado de Dios,
aceptó. Hizo que le preparasen un altar, y al día siguiente se vistió para
celebrar la Santa Misa. El rey, con toda su familia y muchos vasallos, asistía
atentísimo, «
y al momento de la consagración vio, de improviso, cambiarse la Hostia en un bellísimo
niño, que en las manos del sacerdote derramaba vivísimos rayos alrededor. » Ante tal milagro creyó el rey en
nuestra religión e hizo que le instruyesen en la verdad de la fe católica, y
poco después recibió el bautismo, junto con muchos de su reino.
Aunque nosotros no vemos a Jesús en carne y
hueso, debemos creerlo; porque nos lo dice la fe y nos lo han confirmado
centenares de milagros. Debemos creerlo firmemente, como lo creía San Luis, rey
de Francia.
Estaba una mañana en sus habitaciones, y oyó
a su servidumbre correr y gritar:
— ¡Milagro, milagro! — Le rogaron que bajase
a la capilla, donde se había aparecido Jesús en forma de un bellísimo niño, en
manos del sacerdote que celebraba la Misa.
—Andad—respondió el rey—, yo no necesito ver
para creer; no quiero hacer agravio a mi fe. Y no se movió.
En 1263, un sacerdote alemán, muy piadoso,
pero combatido algún tiempo de dudas sobre la presencia real de Nuestro Señor
Jesucristo en la Eucaristía, fuese en peregrinación a Roma. Pasando por
Bolsena, dijo Misa en la iglesia de Santa Cristina, y he aquí que, al momento
de alzar la Hostia sobre el cáliz, en vez de la especie de pan que tenía en las
manos, vio y sintió carne real, cubierta de sangre, en tanta cantidad que
rociaba los corporales. Fácil es pensar cuál sería su sorpresa. Mas he aquí un
doble e incomparable milagro: cada gota llevaba la imagen de un rostro humano.
El sacerdote no tuvo fuerza ni ánimo para
terminar el sacrificio; abrió el sagrario, y en el colocó el cáliz y el corporal,
retirándose tembloroso. Fue a echarse a los pies del Papa Urbano IV, que se
hallaba entonces en Orvieto, y le pidió perdón de su duda, aunque involuntaria,
contra la fe. La iglesia de Santa Cristina, donde sucedió el hecho, conserva
aún señales del milagro, pues cuando el sacerdote se retiró del altar cayeron
algunas gotas de sangre sobre el pavimento, cuyas manchas quedaron de tal
manera impresas, que son tan visibles en nuestros días como en 1263, y objeto
de admiración para peregrinos y viajeros.
¡No hagamos agravio a la fe! Creamos
firmemente en la verdadera y real presencia de Jesucristo en la Sagrada
Eucaristía, y yendo a Misa lo más frecuentemente posible, roguemos a Dios que
abra los ojos de tantos incrédulos.
EL MAYOR TESORO ✠
LA
SANTA MISA DIARIA ✠
Hechos
y ejemplos. AÑO 1943.

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