domingo, 8 de noviembre de 2026

JESÚS ESTÁ REALMENTE PRESENTE EN LA SANTA MISA — Luis J. Chiavarino, Pbro.

 


 


      — Sí, sí; Jesús está realmente presente en la Santa Misa.

 

   El rey moro Ad-Abulet aprisionó a un sacerdote católico, llamado Genesio, y le preguntó si sabía hacer milagros.

 

   —Sí—respondió Genesio—: tengo poder de convertir el pan, con pocas palabras, en el Cuerpo del gran Señor de los cielos, y el vino en su Sangre.

 

   Se rió el rey de tales palabras, y mandó que le hiciera ver tal prodigio.

 

   El sacerdote Genesio, inspirado de Dios, aceptó. Hizo que le preparasen un altar, y al día siguiente se vistió para celebrar la Santa Misa. El rey, con toda su familia y muchos vasallos, asistía atentísimo, « y al momento de la consagración vio, de improviso, cambiarse la Hostia en un bellísimo niño, que en las manos del sacerdote derramaba vivísimos rayos alrededor. » Ante tal milagro creyó el rey en nuestra religión e hizo que le instruyesen en la verdad de la fe católica, y poco después recibió el bautismo, junto con muchos de su reino.

 

   Aunque nosotros no vemos a Jesús en carne y hueso, debemos creerlo; porque nos lo dice la fe y nos lo han confirmado centenares de milagros. Debemos creerlo firmemente, como lo creía San Luis, rey de Francia.

 

 

   Estaba una mañana en sus habitaciones, y oyó a su servidumbre correr y gritar:

 

   — ¡Milagro, milagro! — Le rogaron que bajase a la capilla, donde se había aparecido Jesús en forma de un bellísimo niño, en manos del sacerdote que celebraba la Misa.

 

   —Andad—respondió el rey—, yo no necesito ver para creer; no quiero hacer agravio a mi fe. Y no se movió.

 

   En 1263, un sacerdote alemán, muy piadoso, pero combatido algún tiempo de dudas sobre la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, fuese en peregrinación a Roma. Pasando por Bolsena, dijo Misa en la iglesia de Santa Cristina, y he aquí que, al momento de alzar la Hostia sobre el cáliz, en vez de la especie de pan que tenía en las manos, vio y sintió carne real, cubierta de sangre, en tanta cantidad que rociaba los corporales. Fácil es pensar cuál sería su sorpresa. Mas he aquí un doble e incomparable milagro: cada gota llevaba la imagen de un rostro humano.

 

   El sacerdote no tuvo fuerza ni ánimo para terminar el sacrificio; abrió el sagrario, y en el colocó el cáliz y el corporal, retirándose tembloroso. Fue a echarse a los pies del Papa Urbano IV, que se hallaba entonces en Orvieto, y le pidió perdón de su duda, aunque involuntaria, contra la fe. La iglesia de Santa Cristina, donde sucedió el hecho, conserva aún señales del milagro, pues cuando el sacerdote se retiró del altar cayeron algunas gotas de sangre sobre el pavimento, cuyas manchas quedaron de tal manera impresas, que son tan visibles en nuestros días como en 1263, y objeto de admiración para peregrinos y viajeros.

 

   ¡No hagamos agravio a la fe! Creamos firmemente en la verdadera y real presencia de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, y yendo a Misa lo más frecuentemente posible, roguemos a Dios que abra los ojos de tantos incrédulos.

 

EL MAYOR TESORO ✠ LA SANTA MISA DIARIA ✠ Hechos y ejemplos. AÑO 1943.

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