“LA MANO DE FOLIGNO”
(Prueba de la
existencia del Purgatorio.)
Autorizado con la firma de Juan de Vuray,
aparece en el último número del Petit Messager du Coeur de Marte el relato que
a continuación traducimos:
En 1895 recorría yo algo apresuradamente la
Italia: un mes en Roma, sólo algunas horas en Nápoles, en el Vesubio y en las
ruinas de Pompeya; a la vuelta, Ancona y el Santuario de Loreto, de donde el ferrocarril
me conducía a Foligno, donde había que esperar durante algunas horas el correo
para Asís, Bolonia, Padua y Venecia. ¿En qué invertir aquellas horas de parada?
Entonces acudo a mi memoria el nombre de la bienaventurada Angela de Foligno.
Entré en tratos con un cochero y,
arriesgándome a cualquier exposición, le dije que me llevara al monasterio de
la Beata Angela. Mi hablar en francés, aunque acentuado a lo italiano, le hizo
abrir extraordinariamente los ojos y hacerse todo oídos; pero ni aun así me
entendía. A su vez demanda el auxilio de un compatriota suyo, al cual repito mi
deseo, y después de pensarlo y de cambiar entre ellos palabras y miradas, los
dos italianos me hicieron señas de que, poco más o menos, me entendían
Un cuarto de hora después me dejaba el carruaje en la puerta de un
convento. Abrió la tornera y procuré explicarle que yo deseaba venerar las
reliquias de la Beata Angela; reflexionó, me hizo repetir mi petición, pareció
comprender y acabó por introducirme en una capilla.
Pasados cinco o seis minutos me llamó y
condujo a un modestísimo locutorio. Tan pronto como llegué al cual abrióse una
ancha reja tras de la cual vi a una religiosa de finas y distinguidas facciones
que me habló en francés correctísimo.
— ¿Venís para ver la mano? —me dijo—
— ¿La mano? reverenda Madre, no sé; yo he
venido para venerar las reliquias de la Beata Angela.
— Esas reliquias no están en este convento;
lo que aquí tenemos es el recuerdo de la Beata Angelina; en cuanto a sus
reliquias, así como las de la Beata Angela, están en una iglesia que yo haré
que enseñen a usted. Lo que puede usted ver aquí es la mano.
— ¿Qué mano?
— Mire usted esa puerta.
Y volviéndome a medias contemplé un trozo de
puerta que, evidentemente, acababan de poner junto a la pared para que yo lo
viese. En la parte de en medio estaba la señal de una mano impresa como con hierro
candente, algo separados los dedos, y en blanco el sitio que hubiera
correspondo a la palma de la mano.
¿Presentóse entonces en mi memoria la vaga reminiscencia
de un relato de Monseñor Seguí? Dirigí luego una mirada interrogadora a la
reverenda madre, que me respondió:
— Es la huella de la mano de una Superiora
que me ha precedido aquí... El hecho sucedió a mediados de este siglo. Acababa
de morir esta Superiora en olor de santidad, por lo cual nuestras religiosas
más se inclinaban a invocarla como a una escogida del paraíso que a rogar por
su alma. Pero un día hallábase Una monja trabajando en la lencería, cuando la
Superiora, recientemente fallecida, se le apareció. Dejo a la consideración de
usted cuál sería la emoción de la religiosa, a la cual preguntó la difunta:
— ¿Por qué la Comunidad no reza por mí?
— Pues
porque se os cree en el cielo.
— Estoy
en el Purgatorio, donde sufro tormentos indecibles.
En seguida apoyó su mano sobre la puerta, y
desapareció dejando esa señal como prueba.
Inútil es decir a usted Usted que la Comunidad se puso en
oración, y si serían fervorosos sus ruegos. Algunos días después la nueva Superiora
tuvo revelación de que las oraciones habían sido atendidas y que el alma de la
difunta había pasado desde el lugar de expiación al de la bienaventuranza.
Tal fué el relato de la religiosa, mientras
yo tenía ante mi vista la huella negra de la mano, señalada como con hierro
candente.
Por SÉRVULO. Para el
Apostolado de la Prensa. Año 1903.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario