miércoles, 19 de agosto de 2026

LA ORACIÓN (Carta 130) — SAN AGUSTÍN.

 



 

   En estas tinieblas de la vida presente, en las que peregrinamos lejos del Señor, mientras caminamos por la fe y no por la visión, debe el alma cristiana considerarse desolada, para que no cese de orar.

 

   Aprenda en las divinas y santas Escrituras a dirigir a ellas la vista de la fe como a una lámpara colocada en un tenebroso lugar hasta que nazca el día y el lucero brille en nuestros corazones.

 

   Como una fuente inefable de ese resplandor es aquella luz, que reluce en las tinieblas de tal modo que las tinieblas no la envuelven.  Para verla hemos de limpiar nuestros corazones por medio de la fe, pues, bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios, y sabemos que cuando apareciere seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es. Entonces habrá verdadera vida tras la muerte, y verdadero consuelo tras la desolación.

 

   Aquella vida eximirá a nuestra alma de la muerte, y aquel consuelo librará nuestros ojos de las lágrimas. Y pues allí no habrá tentación alguna, sigue diciendo el Salmo: Y librará mis pies de la caída. Pues si no hay ya tentación, tampoco habrá oración; porque no cabrá allí esperanza del bien prometido, sino goce pleno del bien otorgado. Por eso sigue diciendo: Agradaré al Señor en la región de los vivos, en que entonces estaremos, no en el desierto de los muertos, en que ahora estamos. Porque estáis muertos, dice el Apóstol, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; más cuando apareciere Cristo, vuestra vida, entonces apareceréis vosotros con él en la gloria. Esa es la verdadera vida, que los ricos deben conquistar con sus buenas obras, según tienen mandado.

 

   Una viuda desolada, aunque tenga muchos hijos y nietos y lleve piadosamente su casa, procurando que todos los suyos pongan su esperanza en Dios, tiene que decir con este consuelo en la oración: Mi alma tuvo sed de Ti; ¡Cuánto te desea mi carne en esta tierra desierta, y sin camino, y sin agua! Esto es esta vida moribunda, por muchos consuelos humanos que la rodeen, por muchos compañeros de camino que tenga, por mucha abundancia de cosas que la llenen.

 

   Bien sabes cuan inciertas son todas las delicias. Y en comparación de aquella felicidad prometida, ¿qué podrían ser, aunque no fuesen inciertas?

 

Agustín, obispo, siervo de Cristo y de los siervos de Cristo, a Proba, religiosa sierva de Dios, salud en el Señor.

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