martes, 18 de agosto de 2026

CARACTERES DEL ESPÍRITU DIABÓLICO – Por el Padre Juan Bautista Scaramelli. S.J. — La desesperación, la desconfianza, y la vana seguridad, o temeridad.

 


 



   Otros caracteres del espíritu diabólico son: La desesperación o la desconfianza o la vana seguridad; lo contrario es la verdadera confianza en Dios. Sabe el demonio, dice San Juan Crisóstomo, que la confianza es aquella preciosa cadena que nos lleva al paraíso; porque con este santo afecto tomamos mucho ánimo y nos elevamos a Dios; por eso despues de  haber cometido algún pecado grave, nos siembra afectos y pensamientos más pesados que el plomo, con los cuales se esfuerza llevarnos a la desesperación, que es el extremo de todos los males.

 

   Más porque ve el demonio que raras veces consigue el precipitar las almas de los fieles al abismo casi irreparable de la desesperación; ¿qué hace el maligno? Procura hacerlas caer a lo menos en una cierta desconfianza, con la cual si no desesperan ciertamente, tampoco esperan, y trabaja el demonio con gran esfuerzo en tenerlos firmemente abatidos, para que haciéndose poco a poco flacos y perezosos, no tengan ya más vigor para hacer algún bien. Y lo peor es, que obra todo esto el demonio con un arte tan malicioso y escondido, que llega a persuadir a las almas que es cosa justa y razonable el estarse así echados en aquel abatimiento de espíritu; porque despues de haberles inducido a esa falsa humildad, los lleva a las faltas cotidianas, y para más seguridad suya, les sugiere otros pensamientos que tienen apariencia de verdad, esto es, «que es grande la bondad de Dios; pero que ellos se oponen con su malicia a las obras de la divina gracia: que Dios está pronto a darles toda ayuda; pero que ellos no la merecen: y finalmente que todo el mal no viene de Dios sino de ellos: con lo cual convencidos de estas y otras semejantes razones aparentes se mantienen consternados en los brazos de su desconfianza. »

 

   Esta es una de las más maliciosas astucias con que el enemigo infernal retarda a gran parte de personas devotas su provecho espiritual, y especialmente a mujeres que, siendo de su naturaleza tímidas, y delicadas son fáciles a caer en estos desmayos. Caídas una vez en este hoyo se quedan despues allí envilecidas sin poder dar un paso en el camino de la perfección. Ruego por tanto a los directores que velen con mucho cuidado sobre sus penitentes, para que no caigan jamás en esta red; y si alguna vez entraren dentro de ella, les hagan advertir rápidamente que esto es  engaño del demonio.

 

   Díganles con toda franqueza, que el espíritu de desconfianza no es ni puede ser espíritu de Dios; sino que siempre es espíritu diabólico. Enséñenles a confundirse y humillarse por sus pecados, pero con paz; para levantarse despues, y retomar el camino hacia Dios con una fuerte y viva esperanza, haciendo reflexión que la divina misericordia excede con infinito exceso a la malicia y número de sus pecados. Sugiéranles algunos actos que deben hacer cuando el demonio los asalta con desconfianza y pusilanimidad, diciendo a Dios: Dios está pronto a perdonarme. ¿Pues quién podrá condenarme? Dios que quiere darme su gracia está cerca de mí; ¿Quién podrá pues serme contrario con tal defensor al lado? Mi Dios está en mi ayuda, ¿quién podrá pues fulminar contra mi sentencia de condenación? Animado de estas reconfortantes palabras, entre despues en una grande esperanza, y vaya repitiendo con Job: «Aunque me quisiéseis, Señor, muerto, yo sin embargo esperaría de Vos la salud. Os he hecho muchos agravios, es verdad; pero este de desconfiar de vuestra suma bondad, no lo haré jamás. Aunque me viese sobre la orilla del infierno a punto ya de caer en él, no por eso dejaría de esperar en Vos.»

   Finalmente ordénenles que continúen en repetir estos u otros semejantes actos de esperanza, hasta que sientan ensanchado el corazon. Fuera de eso, para cerrar toda entrada a las sugestiones del enemigo, ayudara mucho imponerles, que despues de haber cometido alguna falta o pecado, se arrepientan luego y se humillen delante de Dios; y despues se arrojen al seno de la divina bordad, y aquí dilaten el corazon con una santa confianza antes que venga el demonio a apretárselo con sus viles desmayos.

 

   Hecho esto, prosigan en servir a Dios con alegría, con paz y con santa libertad.

 

   Pero se ha de advertir, que todo esto que he dicho acerca del espíritu de la desesperación y de la desconfianza. Pero ¡Cuidado! antes de pecar mete el enemigo otro espíritu del todo diverso, aunque no menos pernicioso, y es el espíritu de una vana y temeraria seguridad con que hace al hombre animoso para la culpa. Le representa en Dios una misericordia casi estúpida e insensata que se deja ofender impunemente, para que engañado el pecador con esta necia persuasión, deponga todo temor y coja ánimo para arrojarse al pecado. A estos tales debe representar el director el gran peligro a que se exponen de ser abandonados de la divina misericordia, si de su dulzura toman ocasión para ofenderla. Debe decirles, que la misericordia de Dios es como el mar que conduce al puerto seguro a los marineros, si estos se ayudan con las velas y los remos; pero si quisiesen estarse ociosos, y con su flojedad dar ocasión al naufragio, esperando que el mar lo hiciese todo por sí, ¿quién no ve que quedarían todos sumergidos?

 

   Así puntualmente Dios es un mar de misericordia y un océano de bondad. Si nosotros nos industriáremos haciéndonos fuerza a nosotros mismos para no caer, y doliéndonos de las pasadas culpas; este mar dulcísimo nos llevará a salvamento en el puerto de la bienaventurada eternidad. Más si nosotros no quisiéremos ayudarnos, antes quisiéremos exponernos a manifiestos peligros de perdición, lisongeándonos de que lo haya de hacer todo la divina misericordia: este mar suavísimo de bondad nos dejará incurrir en un eterno naufragio.

 

   Y para ceñir en pocas palabras toda la presente doctrina, digo que los directores han de procurar que los penitentes esperen siempre en la bondad de Dios despues de cometido el pecado, y teman siempre antes de cometerlo. De esta manera echarán de sí el espíritu diabólico de desesperación y de desconfianza que sigue a la culpa, y el espíritu de una necia seguridad que la precede.

 

“DISCERNIMIENTO DE LOS ESPÍRITUS”

Por el Padre Juan Bautista Scaramelli. S. J.

Año. 1853.

 

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