Otros caracteres
del espíritu diabólico son: La desesperación o la desconfianza o la vana
seguridad; lo contrario es la verdadera confianza en Dios. Sabe el demonio,
dice San Juan Crisóstomo, que la confianza es aquella preciosa cadena que nos
lleva al paraíso; porque con este santo afecto tomamos mucho ánimo y nos
elevamos a Dios; por eso despues de haber
cometido algún pecado grave, nos siembra afectos y pensamientos más pesados que
el plomo, con los cuales se esfuerza llevarnos a la desesperación, que es el
extremo de todos los males.
Más
porque ve el demonio que raras veces consigue el precipitar las almas de los
fieles al abismo casi irreparable de la desesperación; ¿qué hace el maligno?
Procura hacerlas caer a lo menos en una cierta desconfianza, con la cual si no
desesperan ciertamente, tampoco esperan, y trabaja el demonio con gran esfuerzo
en tenerlos firmemente abatidos, para que haciéndose poco a poco flacos y
perezosos, no tengan ya más vigor para hacer algún bien. Y lo peor es, que obra
todo esto el demonio con un arte tan malicioso y escondido, que llega a persuadir
a las almas que es cosa justa y razonable el estarse así echados en aquel
abatimiento de espíritu; porque despues de haberles inducido a esa falsa
humildad, los lleva a las faltas cotidianas, y para más seguridad suya, les
sugiere otros pensamientos que tienen apariencia de verdad, esto es, «que es
grande la bondad de Dios; pero que ellos se oponen con su malicia a las obras
de la divina gracia: que Dios está pronto a darles toda ayuda; pero que ellos no
la merecen: y finalmente que todo el mal no viene de Dios sino de ellos: con lo
cual convencidos de estas y otras semejantes razones aparentes se mantienen consternados
en los brazos de su desconfianza. »
Esta
es una de las más maliciosas astucias con que el enemigo infernal retarda a gran
parte de personas devotas su provecho espiritual, y especialmente a mujeres
que, siendo de su naturaleza tímidas, y delicadas son fáciles a caer en estos
desmayos. Caídas una vez en este hoyo se quedan despues allí envilecidas sin poder
dar un paso en el camino de la perfección. Ruego por tanto a los directores que
velen con mucho cuidado sobre sus penitentes, para que no caigan jamás en esta
red; y si alguna vez entraren dentro de ella, les hagan advertir rápidamente que
esto es engaño del demonio.
Díganles
con toda franqueza, que el espíritu de desconfianza no es ni puede ser espíritu
de Dios; sino que siempre es espíritu diabólico. Enséñenles a confundirse y
humillarse por sus pecados, pero con paz; para levantarse despues, y retomar el
camino hacia Dios con una fuerte y viva esperanza, haciendo reflexión que la
divina misericordia excede con infinito exceso a la malicia y número de sus
pecados. Sugiéranles algunos actos que deben hacer cuando el demonio los asalta
con desconfianza y pusilanimidad, diciendo a Dios: Dios está pronto a
perdonarme. ¿Pues quién podrá condenarme? Dios que quiere darme su gracia está
cerca de mí; ¿Quién podrá pues serme contrario con tal defensor al lado? Mi
Dios está en mi ayuda, ¿quién podrá pues fulminar contra mi sentencia de condenación?
Animado de estas reconfortantes palabras, entre despues en una grande esperanza,
y vaya repitiendo con Job: «Aunque me quisiéseis, Señor, muerto, yo sin embargo
esperaría de Vos la salud. Os he hecho muchos agravios, es verdad; pero este de
desconfiar de vuestra suma bondad, no lo haré jamás. Aunque me viese sobre la
orilla del infierno a punto ya de caer en él, no por eso dejaría de esperar en Vos.»
Finalmente ordénenles que continúen en
repetir estos u otros semejantes actos de esperanza, hasta que sientan ensanchado
el corazon. Fuera de eso, para cerrar toda entrada a las sugestiones del
enemigo, ayudara mucho imponerles, que despues de haber cometido alguna falta o
pecado, se arrepientan luego y se humillen delante de Dios; y despues se
arrojen al seno de la divina bordad, y aquí dilaten el corazon con una santa
confianza antes que venga el demonio a apretárselo con sus viles desmayos.
Hecho
esto, prosigan en servir a Dios con alegría, con paz y con santa libertad.
Pero
se ha de advertir, que todo esto que he dicho acerca del espíritu de la desesperación
y de la desconfianza. Pero ¡Cuidado! antes de pecar mete el enemigo otro
espíritu del todo diverso, aunque no menos pernicioso, y es el espíritu de una vana
y temeraria seguridad con que hace al hombre animoso para la culpa. Le representa
en Dios una misericordia casi estúpida e insensata que se deja ofender
impunemente, para que engañado el pecador con esta necia persuasión, deponga
todo temor y coja ánimo para arrojarse al pecado. A estos tales debe representar
el director el gran peligro a que se exponen de ser abandonados de la divina
misericordia, si de su dulzura toman ocasión para ofenderla. Debe decirles, que
la misericordia de Dios es como el mar que conduce al puerto seguro a los
marineros, si estos se ayudan con las velas y los remos; pero si quisiesen
estarse ociosos, y con su flojedad dar ocasión al naufragio, esperando que el
mar lo hiciese todo por sí, ¿quién no ve que quedarían todos sumergidos?
Así
puntualmente Dios es un mar de misericordia y un océano de bondad. Si nosotros
nos industriáremos haciéndonos fuerza a nosotros mismos para no caer, y
doliéndonos de las pasadas culpas; este mar dulcísimo nos llevará a salvamento en
el puerto de la bienaventurada eternidad. Más si nosotros no quisiéremos
ayudarnos, antes quisiéremos exponernos a manifiestos peligros de perdición,
lisongeándonos de que lo haya de hacer todo la divina misericordia: este mar suavísimo
de bondad nos dejará incurrir en un eterno naufragio.
Y para ceñir en pocas palabras toda la
presente doctrina, digo que los directores han de procurar que los penitentes
esperen siempre en la bondad de Dios despues de cometido el pecado, y teman
siempre antes de cometerlo. De esta manera echarán de sí el espíritu diabólico
de desesperación y de desconfianza que sigue a la culpa, y el espíritu de una
necia seguridad que la precede.
“DISCERNIMIENTO
DE LOS ESPÍRITUS”
Por
el Padre Juan Bautista Scaramelli. S. J.
Año.
1853.
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