domingo, 23 de agosto de 2026

TAN SOLO, UN CUATO DE HORA EN SOLEDAD.

 



   ¡Quién podría creer lo que pasa sobre la tierra si uno no lo viese con sus propios ojos! Reina un aturdimiento universal, se marcha a ciegas y como a la ventura. Cada cual se entrega al camino adonde le conducen sus placeres, su ambición y su fortuna, sin pensar en qué vendrá a parar todo esto.

 

   Se piensa en todo sobre la tierra, se habla de todo, se escribe sobre todo, se inventa de todo; más en Dios, que es nuestro primer principio y nuestro último fin, y en la salvación, que es la única cosa necesaria, y en la eternidad, que es nuestro destino, y en la muerte, que espía el momento para herirnos, en todo esto son contados los que se ocupan.

 

   De ahí el origen de nuestros males. «La tierra está desolada, dice Jeremías, porque no hay nadie que reflexione  en su corazón.» Se vive en el torbellino del mundo, sordo a la voz de Dios, mudo para confesar sus pecados y sus culpas. ¿Y qué hacer para sustraerse del mundo y pensar en la salvación?

 

   Jesús nos da la respuesta cuando curo al sordomudo. Lo primero que hizo, como preparación para curarlo fué apartarle de la gente, sacarle de entre la multitud, indicando así que el retiro es el que únicamente puede poner al pecador en estado de oír la voz del Señor.

 

   El retiro es indispensable para la vida del alma. Diariamente deberíamos dedicar un cuarto de hora siquiera a reflexionar sobre nuestra vida y a escudriñar nuestro corazón.

 

   Cerrando la puerta de nuestro cuarto, diremos con San Bernardo: «Pensamientos extraños, deteneos ahí. Ya volveré a daros entrada al salir de mi soledad.»

 

   En seguida, puestos en un completo olvido de todas las cosas, pensaremos en nosotros mismos; no en nuestros bienes, ni en nuestro cuerpo, ni en nuestros amigos, ni en nuestras vanidades y placeres, porque nada de eso somos nosotros; pensaremos en nosotros, en nosotros solos, en nuestras almas. El hombre está todo entero en su alma, dice la Sagrada Escritura. De este modo nos conoceríamos, conociéndonos nos reformaríamos, y un cuarto de hora diario de soledad y retiro en Dios salvaría al mundo.

 

“APOSTOLADO DE LA PRENSA”

Año 1894.

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