I
Todas
las tardes se reunían en aquel cafetín del puerto y en torno a la misma mesa grasienta,
a beberse sus jarros de cerveza entre el humo de sus pipas de barro y viendo a
través de los azulados vidrios de la puerta la boca de la dársena con sus dos
faroles siempre salpicados de espuma y a veces tronchados como si fueran dos
cañas por el embate de las olas; mataban el tiempo hasta el anochecer, en que
se los veía atravesar el muelle rengueando en busca de la cena respectiva.
Todos
eran retirados de la Marina mercante; todos habían cruzado el Océano una
porción de veces, y a todos se les habían cubierto de blanco las negras patillas,
sobre la cubierta y en el puente de veleros y trasatlánticos, hasta el día en que
las diversas Compañías, dándoles el canuto de la inutilidad por sus años y sus
asmas, los habían convertido en unas boyas, como ellos decían en su pintoresco
lenguaje del oficio.
Dicho
se está que no tenían otra conversación que los accidentes de su vida de a
bordo, pasando revista sobre aquella mesa mugrienta, entre sorbo y sorbo de
cerveza y bocanada de humo, a cuantos cada cual tenía apuntados en el cuaderno
de bitácora de su memoria desde que se afiliaron como grumetes en un modesto
bergantín hasta que llegaron a mandar un magnifico trasatlántico de la carrera
de América o de Filipinas.
Todos
se sabían de corrida la historia de los demás, en la que a veces habían sido compañeros
y colaboradores; pero no obstante, repetíanse a un día y otro con esa felicidad
que significa el evocar las cosas del pasado para los que se sienten empujados
ya hacia la muerte sin esperanza humana de retroceso.
II
Aquella
tarde la conversación giró sobre el «miedo», con motivo de cierto tribunal de
honor formado a un capitán de cabotaje por sus camaradas.
Y el Temerario,
como todavía llamaban al anciano marino, achaparrado y cetrino, que por ser el
más viejo presidía aquellas tardes de cerveza, pipas y recuerdos, el Temerario
tomó en seguida la palabra.
—El miedo es una cosa horrible, queridos— les
dijo con el aire grave del que se confiesa; —horrible y casi imposible de
vencer... Yo no lo he sentido más que una vez en mi vida, y aún me estremezco de
recordarlo...
—Pues eso no lo ha contado usted nunca.
—Era yo—siguió, limpiándose los labios bañados
de cerveza—segundo en un trasatlántico, cuando nos armaron en guerra en aquella
tremenda campaña de las Colonias... Ya recordarán ustedes nuestro disgusto de
que nos mandaran jefes de la Armada, no por nada, sino por ese puntillo de
independencia que hemos tenido siempre los lobos de mar.
Pues un día, hallándonos de estación en un
puerto, nos cierran de repente la boca dos cruceros formidables, que apenas rayando
el día empezaron a vomitar fuego contra nosotros que era lo que había que ver.
A algunas
millas teníamos algunos de nuestros barcos; era preciso avisarlos, y a tal fin recibo
la orden de zarpar en un bote con cuatro números...
Había
que cruzar bajo el fuego enemigo, era ir a la muerte... Confieso que sentí un
súbito terror, y me quedé clavado al recibir la orden.
—¿En
qué está usted pensando?—me preguntó sardónicamente el comandante, adivinando
mi espanto... Él era uno de la Armada... yo un mercante.
Echóse el bote al agua, y por mis hombres…Señores, que lo juro: yo he
sido siempre un buen cristiano, pero hasta entonces no supe, lo serio que de
veras era el tener miedo... Para concluir, me santigüé nerviosamente, y...
¡Como he de morir! que aquella señal de la
cruz me devolvió en el acto todo mi valor... Y luego dijeron que me había portado
heroicamente.
Y como si el recuerdo le conmoviera siempre,
el viejo marino acabó de apurar su jarro un poco trémulo.
ALFONSO
PÉREZ NIEVA; año 1911.
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