sábado, 29 de agosto de 2026

LA SEÑAL DE LA CRUZ.

 




I

   Todas las tardes se reunían en aquel cafetín del puerto y en torno a la misma mesa grasienta, a beberse sus jarros de cerveza entre el humo de sus pipas de barro y viendo a través de los azulados vidrios de la puerta la boca de la dársena con sus dos faroles siempre salpicados de espuma y a veces tronchados como si fueran dos cañas por el embate de las olas; mataban el tiempo hasta el anochecer, en que se los veía atravesar el muelle rengueando en busca de la cena respectiva.

 

   Todos eran retirados de la Marina mercante; todos habían cruzado el Océano una porción de veces, y a todos se les habían cubierto de blanco las negras patillas, sobre la cubierta y en el puente de veleros y trasatlánticos, hasta el día en que las diversas Compañías, dándoles el canuto de la inutilidad por sus años y sus asmas, los habían convertido en unas boyas, como ellos decían en su pintoresco lenguaje del oficio.

 

   Dicho se está que no tenían otra conversación que los accidentes de su vida de a bordo, pasando revista sobre aquella mesa mugrienta, entre sorbo y sorbo de cerveza y bocanada de humo, a cuantos cada cual tenía apuntados en el cuaderno de bitácora de su memoria desde que se afiliaron como grumetes en un modesto bergantín hasta que llegaron a mandar un magnifico trasatlántico de la carrera de América o de Filipinas.

 

   Todos se sabían de corrida la historia de los demás, en la que a veces habían sido compañeros y colaboradores; pero no obstante, repetíanse a un día y otro con esa felicidad que significa el evocar las cosas del pasado para los que se sienten empujados ya hacia la muerte sin esperanza humana de retroceso.

 

II

   Aquella tarde la conversación giró sobre el «miedo», con motivo de cierto tribunal de honor formado a un capitán de cabotaje por sus camaradas.

 

   Y el Temerario, como todavía llamaban al anciano marino, achaparrado y cetrino, que por ser el más viejo presidía aquellas tardes de cerveza, pipas y recuerdos, el Temerario tomó en seguida la palabra.

 

   —El miedo es una cosa horrible, queridos— les dijo con el aire grave del que se confiesa; —horrible y casi imposible de vencer... Yo no lo he sentido más que una vez en mi vida, y aún me estremezco de recordarlo...

   —Pues eso no lo ha contado usted nunca.

   —Era yo—siguió, limpiándose los labios bañados de cerveza—segundo en un trasatlántico, cuando nos armaron en guerra en aquella tremenda campaña de las Colonias... Ya recordarán ustedes nuestro disgusto de que nos mandaran jefes de la Armada, no por nada, sino por ese puntillo de independencia que hemos tenido siempre los lobos de mar.

   Pues un día, hallándonos de estación en un puerto, nos cierran de repente la boca dos cruceros formidables, que apenas rayando el día empezaron a vomitar fuego contra nosotros que era lo que había que ver.

 

  A algunas millas teníamos algunos de nuestros barcos; era preciso avisarlos, y a tal fin recibo la orden de zarpar en un bote con cuatro números...

 

   Había que cruzar bajo el fuego enemigo, era ir a la muerte... Confieso que sentí un súbito terror, y me quedé clavado al recibir la orden.

 

   —¿En qué está usted pensando?—me preguntó sardónicamente el comandante, adivinando mi espanto... Él era uno de la Armada... yo un mercante.

  Echóse el bote al agua, y  por mis hombres…Señores, que lo juro: yo he sido siempre un buen cristiano, pero hasta entonces no supe, lo serio que de veras era el tener miedo... Para concluir, me santigüé nerviosamente, y...

   ¡Como he de morir! que aquella señal de la cruz me devolvió en el acto todo mi valor... Y luego dijeron que me había portado heroicamente.

   Y como si el recuerdo le conmoviera siempre, el viejo marino acabó de apurar su jarro un poco trémulo.

 

ALFONSO PÉREZ NIEVA; año 1911.

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