SANTO DOMINGUITO DEL VAL Monaguillo y Mártir.
31 de agosto. († 1250).
Niño
monaguillo de San Miguel de la Seo de Zaragoza,
fue crucificado por los judíos en odio de la fe, para sacarle la sangre
y sorberla en el rito nefando de su Pascua. (Misal Propio de España 31 de Agosto)
Dominguito del Val nació en Zaragoza, la
ciudad de la Virgen y de los Innumerables Mártires, el año 1243. Era rey de
Aragón Jaime el Conquistador, vicario de Cristo en Roma, Inocencio IV, y obispo
de Zaragoza, Arnaldo de Peralta. Media España estaba bajo el dominio de los
moros y en cada pecho español se albergaba un cruzado.
Los
padres de Dominguito se llamaban Sancho del Val e Isabel Sancho. Su madre era
de pura cepa zaragozana, y su padre, de origen francés. El abuelo paterno había
sido un esforzado guerrero a las órdenes del rey don Alfonso el Batallador. A
su lado estuvo en el asedio de Zaragoza, que fue duro y prolongado. Todos los
cruzados franceses se marcharon a sus casas; todos, menos uno. «Fue nuestro
antepasado —decía Sancho del Val a su hijo, siempre que le contaba la historia. — El señor del Val, hijo de la
fuerte Bretaña, sufrió inquebrantable el hambre y la sed, los hielos del
invierno y los fuegos del verano, las vigilias prolongadas y los golpes de las
armas enemigas. Y al rendirse la ciudad, el rey le hizo rico y noble,
igualándole con los españoles más ilustres».
Sancho
del Val no siguió a su padre por el camino de las armas. Prefirió las letras.
Fue tabelión o notario y su firma quedó estampada en las actas de las Cortes de
Aragón, al lado de las firmas de condes y obispos.
Dios bendijo la unión de Sancho e Isabel
dándoles un hijo que iba a ser mártir y modelo de todos los niños y, de un modo
especial, de los monaguillos. Porque Santo Dominguito del Val es el patrono de
los monaguillos y niños de coro. Él fue infantico de la catedral de Zaragoza,
vistió con garbo la sotanilla roja y repiqueteó con gusto la campanilla en los
días de fiesta grande. La imagen que todos hemos visto de este tierno niño nos
lo representa con las vestiduras de monaguillo. Clavado en la pared con su hermosa sotana y amplio roquete. La mirada
hacia el cielo y unos surcos de sangre goteando de sus pies y manos. Una
estampa de dolor ciertamente, pero, también, de valentía superior a las fuerzas
de un niño de pocos años. Las nobles condiciones, especialmente su piedad, que
se advertían en el niño según crecía, indujeron a los padres a dedicarlo al
santuario, al sacerdocio. Cuando fue mayorcito lo enviaron a la catedral.
Entonces la catedral era la casa de Dios y, al mismo tiempo, escuela. Todas las
mañanas, al salir el sol, hacía Dominguito el camino que separaba el barrio de
San Miguel de la Seo. Una vez allí, lo primero que hacía era ayudar a misa y
cantar en el coro las alabanzas de Dios y a la Virgen.
Cumplido
fielmente su oficio de monaguillo, bajaba al claustro de la catedral a empezar
la tarea escolar. Con el capiscol o maestro de canto ensayaban los himnos,
salmos y antífonas del oficio divino. La historia y la tradición nos presentan a
nuestro Santo especialmente aficionado y dotado para el canto. Por algo es el
patrono de los niños de coro y seises.
La tarea escolar incluía más cosas. Había
que aprender a leer, a contar, a escribir. Los pequeños dedos se iban
acostumbrando a hacer garabatos sobre las tablillas apoyadas en las rodillas.
La voz del maestro se oía potente y, al acabar, las cabecitas de los pequeños
escolares se inclinaban rápidamente para escribir en los viejos pergaminos lo
que acababan de oír. Así un día y otro día. Al atardecer volvía a casa. Un beso
a los padres, y luego a contarles lo que había aprendido aquel día y las
peripecias de los compañeros.
EL
MARTIRIO: EL RAPTO.
Uno se resiste a creer la historia que voy a
contar. Es increíble que haya hombres tan malos. Sin embargo, parece que la
substancia del hecho es verdad.
Los
judíos solían amasar los alimentos de su cena pascual con sangre de niños
cristianos. La historia nos ha conservado los nombres de estas víctimas
inocentes: Simón de Livolés, Ricardo de Norwick, el Niño de la Guardia y Santo
Dominguito del Val. “Oyemos decir —escribía el rey Alfonso el Sabio—, en
aquellos mismos días de Santo Dominguito del Val que los judíos ficieron, et
facem el día de Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor,
furtando los niños et poniéndolos en la cruz, et faciendo imágenes de cera et
crucificándolas, cuando los niños no pueden haber.”
Los judíos eran por entonces muchos y
poderosos en Zaragoza. En la sinagoga se había recordado “que al que presentase
un niño cristiano sería eximido de penas y tributos”. Y un sábado al terminar
de explicar la Ley el rabino, dijo: “Necesitamos sangre cristiana. Si
celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Jehová podrá echarnos en cara
nuestra negligencia”.
Estas
palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet, un usurero de cara
apergaminada y nariz ganchuda. Por su frente arrugada pasó una idea negra.
Pensó en aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba delante de su
tienda. Este niño era Dominguito del Val, que volvía de la catedral a casa. A
veces solo y otras con un grupo de compañeros. Con frecuencia, al cruzar el
barrio judío, de tiendas obscuras y estrechas callejuelas, cantaban himnos en
honor del Señor y su Santísima Madre. Seguramente los que acababan de ensayar
con el capiscol de la catedral.
Más de una vez los había oído Mosé Albayucet
y, desde la puerta de su tienda, los había amenazado con su mano. Le pareció la
ocasión oportuna y prometió a sus compañeros de secta que aquel año iban a
tener sangre de niño cristiano para la Pascua y bien reciente.
Era el
miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se hacía más obscuro en las
estrechas callejuelas del barrio judío por donde pasaba Dominguito camino de su
casa. De repente, y antes de pensarlo o poder lanzar un grito, nota que algo se
le echa encima. Son las manos de Mosé Albayucet que le cubren el rostro con un
manto. Le amordaza bien la boca para que no pueda gritar y le mete de momento
en su casa. Las garras de la maldad acaban de hacer su presa.
Aquella
misma noche es trasladado el inocente niño a la casa de uno de los rabinos
principales. Allí están los príncipes de la sinagoga. Dominguito tiembla de
miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus manos aprietan la cruz que
pende de su pecho.
—Querido niño—le dice una voz zalamera—, no
queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar
ese Cristo. —Eso nunca —dice el niño—. Es mi Dios. No, no y mil veces no. —Acabemos
pronto— dicen aquellos malvados ante la firmeza del niño.
Va a
repetirse la escena del Calvario. Uno acerca las escaleras que apoya sobre la
pared; otro presenta el martillo y los clavos, y no falta quien coloca en la
rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así el parecido con la
crucifixión de Cristo será mayor.
EL
MARTIRIO: LOS HECHOS
Con
gran sobriedad de palabras refieren las Actas del martirio lo que sucedió:
“Arrimáronle a una pared, renovando furiosos
en él la pasión del divino Redentor; crucificáronle, horadando con algunos
clavos sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y cuando hubo
expirado, para que no se descubriese tan enorme maldad, lo envolvieron y ataron
en un lío y lo enterraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche.”
Todos
nos imaginamos fácilmente los espasmos de dolor que estremecerían aquellos
músculos delicados de niño. Abrieron sus venas para recoger en unos vasos
preparados su sangre. Sangre inocente que iba a ser el jugo con que amasasen
los panes ácimos de la Pascua.
Una
vez muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a un pozo de la casa
donde había tenido lugar el horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado,
como dicen las Actas, a orillas del Ebro. Allí sería más difícil encontrarlo.
Los judíos se retiraron a sus casas contentos
de haber hecho un gran servicio a Dios. La Seo había perdido a su mejor
monaguillo y el cielo había ganado un ángel más. Todo esto ocurría la noche del
31 de agosto de 1250.
Dios
tenía preparado su día de triunfo, su mañana de resurrección, para Dominguito
del Val.
Mientras
en la casa del notario Sancho del Val se oían gemidos de dolor, una extraña
aureola aparecía en la ribera del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado
sobre el río habían visto con asombro durante varios días el mismo
acontecimiento. La noticia recorre toda Zaragoza.
Algunas
autoridades y un grupo de clérigos se dirigen hacia el lugar de la luz
misteriosa. Allí hay un pequeño trozo de tierra recientemente removida. Se
escarba y, metido en un saco, aparece un bulto sanguinolento. Se comprueba que
es el cuerpo mutilado de Dominguito. Una ola de dolor e indignación invade la
ciudad de punta a punta.
La
cabeza y las manos aparecen, también, de una manera milagrosa. Aunque aquí la
historia no concuerda. Según una versión, un perrazo negro gime lastimeramente,
y sin que nadie le pueda espantar, al borde del pozo a que fueron arrojados los
miembros del niño mártir. Es el perro del notario Sancho del Val. Se agota el
agua y en el fondo aparecen las manos y cabeza de Dominguito. Otra versión dice
que las aguas del pozo se llenaron de resplandeciente luz, que crecieron y
desbordadas mostraron el tesoro que guardaban en el fondo. Pronto se supo toda
la verdad del hecho. El mismo Albayucet lo iba diciendo: “Sí, yo he sido.
Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de
mis ojos”. El santo niño había de conseguir el arrepentimiento para su asesino.
Bautizado y arrepentido, Albayucet subirá tranquilo a la horca.
“Divulgado el suceso —escribe fray Lamberto
de Zaragoza—, y obrados por el divino poder muchos milagros, el obispo Arnaldo
dispuso una procesión general, a la que asistió con todo el clero la ciudad, la
nobleza, la tropa y la plebe, todos con velas blancas, y llevaron el santo cuerpo por todas las iglesias y calles de la ciudad, hasta por la
puerta Cineja, mostrándolo a todos y haciendo ver en él las llagas de las manos
y pies y costado.”
Hoy mismo es muy viva la devoción que
Zaragoza siente por su glorioso mártir. Su fiesta está incluida entre las de
primera clase y los niños de coro de La Seo y del Pilar le festejan como Santo
patrono. Desde los días del martirio existe la cofradía de Santo Dominguito. El
rey Jaime I de Aragón tuvo a honor ser inscrito en ella.
Sus
restos mortales se conservan en una capilla de la catedral en hermosa urna de
alabastro. Sobre la urna un ángel sostiene esta leyenda: “Aquí yace el
bienaventurado niño Domingo del Val, mártir por el nombre de Cristo”.
Por:
MARCOS
MARTÍNEZ DE VADILLO
Visto
en:
CATÓLICOS
ALERTA.
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