viernes, 28 de agosto de 2026

SAN AGUSTÍN (28 DE AGOSTO) Por el Apostolado de la Prensa (Año 1898)

 


 



   En el último tercio del siglo IV de nuestra era, la sociedad más culta y selecta de la gran ciudad de Cartago, reunida en el teatro aplaudía con entusiasmo a un joven de unos veintisiete años, que era en aquel momento coronado por el procónsul Vindiciano, por haber obtenido en público certamen el premio señalado para quien más se distinguiera por su talento poético. Aquel joven era Aurelio Agustín, natural de Tagaste, en Numidia, que había nacido en 15 de Noviembre del año 354. Sin duda los deseos de Patricio, decurión del municipio de Tagaste, hombre violento y sensual, padre del joven Agustín, estaban plenamente satisfechos. Quería que su hijo entrase con pie firme por la senda de los honores, conquistara los aplausos de las muchedumbres, se hiciese un lugar amplio y magnífico en el mundo, ganara gloria y dinero, y todo lo demás le tenía sin cuidado, si es que no simpatizaba vivamente con ello, y todo lo demás eran los desórdenes de la juventud, la vivacidad no domada de las pasiones, la embriaguez de las orgías y los ruinosos halagos de la sensualidad. Aquel joven, vitoreado por la ilustrada muchedumbre, se acreditaba de poeta brillante, como ya se había ganado gloriosa reputación de retórico. Y la amistad de los poderosos que se le ofrecía representada en el procónsul que ceñía la frente de Agustín con el laurel del triunfo poético, era prueba de que quedaban realizados los fines enteramente humanos con que fué enviado aquel joven a los centros del saber de aquella época.

 

   Mas para dicha de aquel joven, gloria después de la Iglesia y decoro de la historia, el elemento verdaderamente intelectual y superior de la familia en cuyo seno nació Agustín, estaba representado por una mujer, pero por una mujer cristiana, ideal de madres y esposas en la religión de Jesucristo; aquella mujer era Mónica, la cual no consideraba las ciencias y las letras como fin, sino como medio, y no tanto como medio para conseguir la tierra, sino como escalón para levantarse al conocimiento del Señor de las ciencias y de las virtudes.

 

   Dentro, pues, de su mismo hogar presenció Agustín la lucha de los dos grandes poderes que hablan de agitar y disputarse todas las fuerzas de su gigantesco espíritu: la naturaleza, representada con brutal viveza en su padre, la gracia, personificada en la dulzura sin límites, piedad intensísima y amor de su madre, cuya principal firmeza estribaba en amar a Agustín más que a todas las cosas, pero a Dios más que a Agustín.

 

   Las luchas del alma apasionada y vehemente, pero siempre noble del gran San Agustín, con elocuencia cada vez más admirada por los siglos, gráficamente aparecen retratadas en el áureo espejo de las Confesiones, que el propio Santo hizo de su vida para levantar ese perenne monumento a la gloria de Dios sobre el abatimiento y humillación de la declaración de sus caídas e imperfecciones.

 

   Las riquezas, los honores y la concupiscencia de la carne fueron, como en casi toda la humanidad, los enemigos de Agustín, que como empujado por las fervorosas oraciones de su madre, caminó entre continuas y dolorosas vacilaciones al solio de santidad a que la gracia del cielo le llamaba.

 

   Entre los medios de que la divina Providencia se valió para hacerle entrar en el menosprecio de las riquezas y aun de los juicios del mundo, es curioso el que, habiéndose trasladado San Agustín a Roma con la esperanza de hallar en la capital del Imperio posición más brillante y lucrativa merced a sus trabajos como profesor de elocuencia, no sólo no lo consiguió, sino que sus discípulos dejaron de pronto de asistir a su clase, hasta sin pagarle sus honorarios, siguiendo la canallesca costumbre de ponerse todos de acuerdo para mudar de profesor en día determinado, invirtiendo en gastos licenciosos lo que al talento y al trabajo era debido en justicia. ¿De qué le servían, pues, tales esfuerzos de estudio, sus conquistas de renombre y la conciencia vivamente sentida por él de su innegable genio, si todo quedaban a merced de la burla de unos necios?

 

   Ardía el alma de San Agustín en deseos de honores, como él declara en sus Confesiones, cuando le dio el Señor a entender la vanidad de los deseos de gloria y aplausos que intranquilo le tenían, y fué de suerte que un día en que iba el Santo por una calle de Milán, dispuesto con el incesante afán de quien aspira a elogios sin medida, a pronunciar un panegírico en alabanza del emperador Valentiniano el Menor, echó de ver a un mendigo que después de bien harto estaba retozando y alegrándose, y consideró apenado que con todos sus estudios, conatos, codicias y ambiciones, no aspiraba a otro fin que a conseguir la tranquilidad que aquel pobre había logrado con alguna limosna y él quizá no alcanzaría con todos sus anhelos y ambición.

 

   También venció la gracia en la tremenda lucha que Agustín sostenía con sus apetitos concupiscibles. «Levántense los indoctos—le decía en una ocasión a su gran amigo Alipio—y se apoderan del cielo, ¿y nosotros, con todas nuestras doctrinas, sin juicio ni cordura nos estamos revolcando en el cieno de la carne y sangre?» Sus antiguas amigas las vanidades le decían: ¿Pues qué, nos dejas y nos abandonas? ¿Desde ahora mismo no estaremos contigo jamás? ¿Desde este momento no te será permitido esto ni aquello? ¿Imaginas que has de poder vivir sin estas cosas? Pero al mismo tiempo, la continencia, representándosele con rostro sereno y honesta compostura, mientras con su brazo izquierdo le estrechaba, mostrábale con el derecho innumerables personas de distintas edades; mozos y doncellas, venerables viudas y vírgenes ya ancianas, resplandecientes todas en castidad fecunda en gozos espirituales originados de los eternos desposorios con el Cordero sin mancilla, y con sonrisa amable le decía: ¿Por qué tú no has de poder lo que a todos éstos fué posible? ¿Es que éstos y éstas lo pueden por sus propias fuerzas o por la gracia que su Dios les ha comunicado? No es en tus propias fuerzas en las que tienes que apoyarte, porque no pueden comunicarte resistencia alguna, sino que te has de arrojar confiado en los brazos del Señor; hazlo y no temas. Arrójate seguro, que Él te recibirá en sus brazos y te sanará de todos tus males. Los deleites, que la concupiscencia te ofrece, no pueden compararse con los que hallarás en la ley de tu Dios y Señor.

 

   Las últimas vacilaciones del Santo quedaron aquietadas y resueltas cuando después que oyó aquellas palabras de un niño, a quien no veía: «Toma y lee», tomó y leyó la Sagrada Escritura, la abrió, y lo primero que se le ofreció fueron estas palabras de San Pablo: «No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades, no en contiendas y emulaciones, sino revestíos de Nuestro Señor Jesucristo y no empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo.»

 

   Entonces, transformada el alma del Santo, comunicó éste a su madre aquel cambio que había obrado la diestra del Altísimo, y se trocó el prolongado llanto de Santa Mónica en gozo mucho mayor que el que había pedido y deseado.

 

   Tan sublime conversión, que fué sin duda una de las mayores alegrías del cielo, es una de las más hermosas páginas de la Historia universal, y pertenece a tan encumbrada categoría en la serie de los hechos más solemnes de la humanidad, que una antigua tradición supone que para dar a Dios las debidas gracias por aquélla, San Ambrosio y San Agustín compusieron alternadamente, en instantes de arrebatada y célica inspiración, el Te Deum Laudamus, cántico admirable, cuya enérgica sencillez es superior a todas las flores de la poesía y la retórica.

 

   TEOBALDO.

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