En el último tercio del siglo IV de nuestra
era, la sociedad más culta y selecta de la gran ciudad de Cartago, reunida en el
teatro aplaudía con entusiasmo a un joven de unos veintisiete años, que era en
aquel momento coronado por el procónsul Vindiciano, por haber obtenido en
público certamen el premio señalado para quien más se distinguiera por su
talento poético. Aquel joven era Aurelio Agustín, natural de Tagaste, en
Numidia, que había nacido en 15 de Noviembre del año 354. Sin duda los deseos
de Patricio, decurión del municipio de Tagaste, hombre violento y sensual,
padre del joven Agustín, estaban plenamente satisfechos. Quería que su hijo
entrase con pie firme por la senda de los honores, conquistara los aplausos de
las muchedumbres, se hiciese un lugar amplio y magnífico en el mundo, ganara
gloria y dinero, y todo lo demás le tenía sin cuidado, si es que no simpatizaba
vivamente con ello, y todo lo demás eran los desórdenes de la juventud, la
vivacidad no domada de las pasiones, la embriaguez de las orgías y los ruinosos
halagos de la sensualidad. Aquel joven, vitoreado por la ilustrada muchedumbre,
se acreditaba de poeta brillante, como ya se había ganado gloriosa reputación
de retórico. Y la amistad de los poderosos que se le ofrecía representada en el
procónsul que ceñía la frente de Agustín con el laurel del triunfo poético, era
prueba de que quedaban realizados los fines enteramente humanos con que fué
enviado aquel joven a los centros del saber de aquella época.
Mas
para dicha de aquel joven, gloria después de la Iglesia y decoro de la
historia, el elemento verdaderamente intelectual y superior de la familia en cuyo
seno nació Agustín, estaba representado por una mujer, pero por una mujer
cristiana, ideal de madres y esposas en la religión de Jesucristo; aquella
mujer era Mónica, la cual no consideraba las ciencias y las letras como fin,
sino como medio, y no tanto como medio para conseguir la tierra, sino como
escalón para levantarse al conocimiento del Señor de las ciencias y de las
virtudes.
Dentro,
pues, de su mismo hogar presenció Agustín la lucha de los dos grandes poderes
que hablan de agitar y disputarse todas las fuerzas de su gigantesco espíritu:
la naturaleza, representada con brutal viveza en su padre, la gracia,
personificada en la dulzura sin límites, piedad intensísima y amor de su madre,
cuya principal firmeza estribaba en amar a Agustín más que a todas las cosas, pero
a Dios más que a Agustín.
Las
luchas del alma apasionada y vehemente, pero siempre noble del gran San Agustín,
con elocuencia cada vez más admirada por los siglos, gráficamente aparecen
retratadas en el áureo espejo de las Confesiones, que el propio Santo hizo de
su vida para levantar ese perenne monumento a la gloria de Dios sobre el
abatimiento y humillación de la declaración de sus caídas e imperfecciones.
Las
riquezas, los honores y la concupiscencia de la carne fueron, como en casi toda
la humanidad, los enemigos de Agustín, que como empujado por las fervorosas
oraciones de su madre, caminó entre continuas y dolorosas vacilaciones al solio
de santidad a que la gracia del cielo le llamaba.
Entre
los medios de que la divina Providencia se valió para hacerle entrar en el
menosprecio de las riquezas y aun de los juicios del mundo, es curioso el que,
habiéndose trasladado San Agustín a Roma con la esperanza de hallar en la capital
del Imperio posición más brillante y lucrativa merced a sus trabajos como
profesor de elocuencia, no sólo no lo consiguió, sino que sus discípulos
dejaron de pronto de asistir a su clase, hasta sin pagarle sus honorarios,
siguiendo la canallesca costumbre de ponerse todos de acuerdo para mudar de
profesor en día determinado, invirtiendo en gastos licenciosos lo que al
talento y al trabajo era debido en justicia. ¿De qué le servían, pues, tales
esfuerzos de estudio, sus conquistas de renombre y la conciencia vivamente
sentida por él de su innegable genio, si todo quedaban a merced de la burla de
unos necios?
Ardía
el alma de San Agustín en deseos de honores, como él declara en sus
Confesiones, cuando le dio el Señor a entender la vanidad de los deseos de
gloria y aplausos que intranquilo le tenían, y fué de suerte que un día en que
iba el Santo por una calle de Milán, dispuesto con el incesante afán de quien
aspira a elogios sin medida, a pronunciar un panegírico en alabanza del emperador
Valentiniano el Menor, echó de ver a un mendigo que después de bien harto estaba
retozando y alegrándose, y consideró apenado que con todos sus estudios, conatos,
codicias y ambiciones, no aspiraba a otro fin que a conseguir la tranquilidad
que aquel pobre había logrado con alguna limosna y él quizá no alcanzaría con
todos sus anhelos y ambición.
También
venció la gracia en la tremenda lucha que Agustín sostenía con sus apetitos concupiscibles.
«Levántense los indoctos—le decía en una ocasión a su gran amigo Alipio—y se
apoderan del cielo, ¿y nosotros, con todas nuestras doctrinas, sin juicio ni
cordura nos estamos revolcando en el cieno de la carne y sangre?» Sus antiguas
amigas las vanidades le decían: ¿Pues qué, nos dejas y nos abandonas? ¿Desde
ahora mismo no estaremos contigo jamás? ¿Desde este momento no te será
permitido esto ni aquello? ¿Imaginas que has de poder vivir sin estas cosas?
Pero al mismo tiempo, la continencia, representándosele con rostro sereno y
honesta compostura, mientras con su brazo izquierdo le estrechaba, mostrábale con
el derecho innumerables personas de distintas edades; mozos y doncellas,
venerables viudas y vírgenes ya ancianas, resplandecientes todas en castidad
fecunda en gozos espirituales originados de los eternos desposorios con el
Cordero sin mancilla, y con sonrisa amable le decía: ¿Por qué tú no has de
poder lo que a todos éstos fué posible? ¿Es
que éstos y éstas lo pueden por sus propias fuerzas o por la gracia que su Dios
les ha comunicado? No es en tus propias fuerzas en las que tienes que apoyarte,
porque no pueden comunicarte resistencia alguna, sino que te has de arrojar confiado
en los brazos del Señor; hazlo y no temas. Arrójate seguro, que Él te recibirá
en sus brazos y te sanará de todos tus males. Los deleites, que la
concupiscencia te ofrece, no pueden compararse con los que hallarás en la ley
de tu Dios y Señor.
Las
últimas vacilaciones del Santo quedaron aquietadas y resueltas cuando después que
oyó aquellas palabras de un niño, a quien no veía: «Toma y lee», tomó y leyó la
Sagrada Escritura, la abrió, y lo primero que se le ofreció fueron estas palabras
de San Pablo: «No en banquetes ni embriagueces, no en vicios y deshonestidades,
no en contiendas y emulaciones, sino revestíos de Nuestro Señor Jesucristo y no
empleéis vuestro cuidado en satisfacer los apetitos del cuerpo.»
Entonces,
transformada el alma del Santo, comunicó éste a su madre aquel cambio que había
obrado la diestra del Altísimo, y se trocó el prolongado llanto de Santa Mónica
en gozo mucho mayor que el que había pedido y deseado.
Tan
sublime conversión, que fué sin duda una de las mayores alegrías del cielo, es una
de las más hermosas páginas de la Historia universal, y pertenece a tan
encumbrada categoría en la serie de los hechos más solemnes de la humanidad, que
una antigua tradición supone que para dar a Dios las debidas gracias por aquélla,
San Ambrosio y San Agustín compusieron alternadamente, en instantes de
arrebatada y célica inspiración, el Te Deum Laudamus, cántico admirable, cuya
enérgica sencillez es superior a todas las flores de la poesía y la retórica.
TEOBALDO.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.