Herodes, enviando un alabardero, ordenó
traer la cabeza de Juan en una bandeja. (Marcos, 6, 27).
I. San Juan vivió y murió de la castidad.
Para conservar esta virtud angelical, dejó, a edad tierna, la casa de su padre,
y se retiró al desierto, donde sujetó su cuerpo mediante continuas
austeridades. Si comprendieses tú la belleza de esta virtud, la amarías e imitarías
a San Juan. Pero, para conservar la castidad hay que huir del mundo, amar la
soledad, practicar la mortificación. Si no puedes morir mártir de la castidad
como San Juan, vive como él en inviolable castidad.
Algo más grande es vivir en la castidad que morir
por ella (Tertuliano).
II. San Juan fue también mártir de la
caridad. El celo que tenía por la salvación de las almas le hizo dejar la
soledad, puesta la mira en convertir a Herodes. ¡Cuán feliz serías tú si
pudieses, como el santo precursor, derramar tu sangre por la salvación del
prójimo!
Si no puedes imitarle, reza al menos por los
pecadores, exhórtalos a penitencia, haz abundantes limosnas para obtener su
conversión.
III. San Juan fue también mártir de la
verdad: reprochó intrépidamente a Herodes sus escandalosos desórdenes, y
prefirió morir antes que traicionar la verdad. Aunque tuvieses que perder la
vida nunca debes disfrazar tus sentimientos, ni tolerar el vicio por cobarde
complacencia cuando tu deber sea corregirlo.
Los hombres aman la verdad cuando ella los
halaga, pero sienten aversión por ella cuando les reprende sus defectos (San
Agustín).
Practicad la castidad.
Orad por las vírgenes.
ORACIÓN:
Haced, os lo suplicamos, Señor, que la piadosa solemnidad del bienaventurado
Juan Bautista, vuestro precursor y mártir, nos obtenga gracias eficaces de
salvación. Vos que, siendo Dios, vivís y reináis en unidad con el Padre y el
Espíritu Santo por los siglos de los siglos.
“SANTORAL
DE GROSEZ. S. J.”
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