miércoles, 19 de abril de 2017

¿QUIÉN HA VUELTO DEL OTRO MUNDO? - CAPÍTULO IV - (Diálogo entre dos amigos, Francisco que si cree en el infierno y Adolfo que no)




Todo eso será verdad, pero mi razón protesta la ciencia, de... de... de...

FRANCISCO: —Basta con lo dicho, y no tartamudees más, querido Adolfo. ¡Qué razón ni qué calabazas! Las pasiones son las que rechazan el infierno. ¿Pero la razón? ¡Pues qué! ¿Los que creemos en él somos irracionales? ¿Lo eran los santos y los sabios todos del Catolicismo? ¡Qué diantre! (Qué demonios). Estáis siempre a vueltas con la razón los que tenéis de ella la cantidad indispensable para ser hombres, y no hacéis caso de usar bien de ella para discurrir. Dime: ¿No tenemos todos, civilizados y bárbaros, grabada en nuestros corazones una ley que nos manda adorar a Dios Criador, amar al prójimo como a nosotros mismos; que nos veda blasfemar el santo nombre del Señor y no causar a nuestros hermanos daño en su bienes y en su personas?

ADOLFO: —No lo niego, así me lo dicta mi conciencia.

FRANCISCO: —Luego esta ley debe tener su sanción, es decir, debe estimular a su guarda con la esperanza del premio, e impedir con el temor del castigo su infracción.

ADOLFO: —Basta por toda sanción, Francisco, el testimonio de la conciencia, que consuela al que obra bien y atormenta con su torcedor al que se entrega al crimen. Recuerdo que oí en cierta ocasión a un jesuita un hecho que viene en apoyo de esta verdad. “Una mañana, dijo, se postró a mis pies un gran criminal, el cual, entre otros gravísimos pecados, confesó que había cometido dos horrendos asesinatos, el uno sin cómplice, y el otro con ayuda de un joven tan desalmado como él. Por favor de Dios o desgracia suya, el homicida quedó libre, al paso que su compañero cayó en manos de la justicia y fué condenado a muerte. Cuando dieron a éste públicamente garrote vil, el otro estaba presente contemplando la ejecución; pero, a pesar de gozar libertad completa, no tenía un momento tranquilo. El gusano roedor no le dejaba punto de reposo. Cuando veo, decía, un Guardia civil, ya me tiemblan las rodillas, temeroso de que vengan a prenderme. Mis crímenes me persiguen por doquiera como al fratricida Caín. Ni aun en la misma cama duermo en paz, porque estoy con la inquietud de que, soñando, se descubra mi delito, lo sepa mi esposa y me delate.” ¿No es éste castigo suficiente para un hombre facineroso?

FRANCISCO: —Algo es, pero no suficiente, porque sin el temor del infierno, o no habría remordimientos, o no serían suficientes a refrenar pasiones violentas. ¿Por qué temía tanto ese criminal? ¿Por qué tiemblan muchos, y no tienen momento de descanso aunque estén seguros de la justicia humana? ¡Ah! Temen, sin darse tal vez cuenta de ello, él más allá, al Juez terrible que espera más allá de la tumba, y al que no pueden sobornar y del que no pueden huir. Además enseña la experiencia que, a medida que se van echando callos en la maldad, se van apagando los gritos de la conciencia, hasta morir casi por completo su gusano roedor. Y si dices que para estos criminales está la humana justicia como instrumento de la ley natural, te contestaré: ¡Buena está la humana justicia! ¿Qué crímenes venga esa justicia? Si lo examinas siquiera someramente, hallarás que, aunque alguna que otra vez impone un escarmiento, por lo común no castiga más que a los débiles y desamparados. Observa lo que pasa en nuestros tiempos, y tendrás que convenir conmigo en que, en tanto que grandes ladrones, después de haberse enriquecido con la sangre de los pobres, gastan lujosos coches y banquetean tranquilos, otros pobrecitos que, acosados por la miseria, robaron unas pesetas y a veces algunos céntimos, arrastran en los presidios pesadas cadenas y son maltratados como viles animales. ¿Has visto muchas levitas en los presidios? Y, sin embargo, bajo muchas buenas levitas se ocultan muchos perdidos. ¿Dónde está, pues, la justicia y recta sanción de la ley natural? No, amigo; no bastan los remordimientos y humanos castigos para contener al hombre en el cumplimiento de sus deberes; es menester el temor de unas penas que no se acaban jamás. ¿Acaso no fué éste el sentir, no digo de todos los doctores católicos, que esto ya lo dijimos al principio de nuestra discusión, sino de todos los que brillaron en el mundo por su ilustración y saber?

domingo, 16 de abril de 2017

Comulgad con frecuencia (para que Cristo no os diga: “No te conozco”)



Discípulo. — Padre, ¿será posible la repetición de estos ejemplos de generosidad?

Maestro. — Ya lo creo; se pueden y se de ben repetir donde haya almas generosas, llenas de fe y de amor a Jesucristo.

D. –– Pero no en todas partes se encuentran párrocos tan celosos ni jóvenes de tanta virtud.

M. — Si no hay párrocos ni jóvenes tan entusiastas y cristianos, debería haberlos. La falta de ellos es por sí mismo un verdadero castigo y tal vez llega a ser prueba evidente de que Dios les ha abandonado.

Comunismo, socialismo y masonería, malas costumbres, irreligión, ¿no son pruebas evidentes del abandono de Dios y el camino cierto que a este abandono conduce?

Démonos prisa para reparar los daños; el camino más seguro es la Comunión. Lo aseguró Jesucristo por boca de su Vicario en la tierra, el Papa Pío X, llamado el Papa de la Eucaristía.

Escucha la historia. Este Papa, en pocos años, desde el 1905 al 1910, promulgó hasta ocho decretos para estimular a todos, hasta a los niños y enfermos, a que comulgaren con frecuencia, apartando dificultades y concediendo favores a todos. Pues bien, a los pocos días de lanzar el último decreto, mientras daba gracias después de la Misa, hízose en su aposento un gran resplandor, y en medio de su luz se le apareció Jesucristo, quien, congratulándose con él, le dijo: —Muy bien, mi buen Vicario; estoy contento de tu obra, de la Comunión frecuente de los niños y de los adultos.

Y haciendo hincapié sobre lo que decía, añadió: —Pero todavía no basta, debe continuar aún, porque la salvación del mundo en los tiempos que corren está basada en la Sagrada Comunión.

D. — Admirable, Padre; y ¿es fidedigno este relato?

M. — Sin duda, pues así lo ha hecho público y lo ha asegurado el Cardenal Merry del Val, entonces secretario de Estado, que presenció en parte la aparición.

Calcula, pues si después de tales testimonios nos hemos de formar una gran Cruzada de cristianos que sean generosos con la Comunión frecuente y estén siempre dispuestos a decir: —Si es voluntad de Dios, si lo quiere asi el Vicario de Jesucristo, el Papa, también nosotros lo queremos por encima de los mayores sacrificios.

Por el contrario, siendo negligentes en la Comunión frecuente, corremos el grave riesgo de que más tarde nos dirija Jesucristo en el juicio particular el terrible y bochornoso anatema: — ¡No os conozco!

La Resurrección del Señor. –– Por Fray Luis de Granada.




    Acababa ya la batalla de la Pasión, cuando aquel dragón infernal pensó que había alcanzado victoria del Cordero, comenzó a resplandecer en su alma la potencia de su Divinidad, con la cual nuestro león fortísimo descendió a los infiernos, y, vencido y preso aquel fuerte armado, lo despojó de la rica presa que allí tenía cautiva, para que, pues el tirano había acometido a la cabeza sin tener derecho a ella, perdiese por vía de justicia el que pensaba tener en los miembros.

   Entonces el verdadero Sansón, muriendo, mató sus enemigos. Entonces el Cordero sin mancilla, con la sangre de su testamento sacó sus prisioneros del lago donde no había agua. Entonces el verdadero David, con la espada de Goiás, cortó la cabeza a Goiás, cuando el Salvador con la muerte venció al autor de la muerte, el cual, por medio de ella, llevaba todos los hombres cautivos a su reino.

   Habida, pues, esta tan gloriosa victoria, al tercero día el autor de la vida, vencida la muerte, resucitó de los muertos; y así salió el verdadero José de la cárcel del infierno por voluntad y mandamiento del Rey soberano, trasquilados ya los cabellos de la mortalidad y flaqueza y vestido de ropas de hermosura e inmortalidad.

   Aquí tienes luego que considerar la alegría de todos los aparecimientos que hubo en este día tan glorioso, que son: la alegría de los Padres del Limbo, a quien el Salvador primeramente visitó y sacó de cautivos; la alegría de la Sacratísima Virgen nuestra Señora; la alegría de aquellas santas mujeres que le iban a ungir al sepulcro, y la alegría también de los discípulos, que tan desconsolados estaban sin su Maestro y tanta consolación recibieron en verle resucitado.


  Pues, según esto, considera primeramente qué tan grande sería la alegría de aquellos Santos Padres del Limbo en este día, con la visitación y presencia de su libertador y qué gracias y alabanzas le darían por esta salud tan deseada y esperada.

   Dicen los que vuelven de las Indias orientales a España, que tienen por bien empleado el trabajo de la navegación pasada, por la alegría que reciben el día que entran en su tierra.

   Pues si esto hace la navegación y destierro de un año o de dos años, ¿qué haría el destierro de tres o cuatro mil años, el día que recibiesen tan gran salud y viniesen a tomar puerto en la tierra de los vivientes?

   Pues la alegría que la Sacratísima Virgen recibió este día con la vista del hijo resucitado, ¿quién la explicará?

viernes, 14 de abril de 2017

De cómo fue Crucificado el Salvador –– Por Fray Luis de Granada.





Llegado el Salvador al monte Calvario, fue allí despojado de sus vestiduras, las cuales estaban pegadas a las llagas que los azotes habían dejado. Y al tiempo de quitárselas es de creer que se las desnudarían aquellos crueles ministros con inhumanidad, que volverían a renovarse las heridas pasadas y a manar sangre por ellas.

  Pues ¿qué haría el bendito Señor cuando así se viese desollado y desnudo? Parece que levantaría entonces los ojos al Padre, y le daría gracias por haber llegado a tal punto que se viese así tan pobre, tan deshonrado y desnudo por su amor.

   Estando Él, pues, así, mándale extender en la Cruz, que estaba tendida en el suelo, y obedece Él como cordero a este mandamiento, y acuéstese  en aquella cama que el mundo le tenía aparejada, y entrega liberalmente sus pies y manos a los verdugos para el tormento.

   Pues cuando el Salvador se viese así tendido sobre la Cruz y sus ojos puestos en el cielo, ¿qué tal estaría su piadoso corazón? ¿Qué pensaría? ¿Qué diría en este tiempo?

jueves, 13 de abril de 2017

De la presentación del Salvador ante los pontífices Annás y Caifás, y de los trabajos que pasó la noche de su Pasión –– Por Fray Luis de Granada.




Preso, pues, el Salvador de esta manera, llévanlo con grandes voces y estruendo a casa de Annás, porque era suegro de Caifás, el cual era Pontífice aquel año.

   Considera, pues, primeramente aquella tan grande afrenta que el Salvador recibió en casa de este malvado suegro del Pontífice. Porque preguntándole por sus discípulos y por su doctrina y respondiendo Él cómo públicamente había enseñado a los hombres, y que de ellos podía saber esto, uno de los criados de este perverso dio una bofetada al Señor, diciendo: “¿Así respondes al Pontífice?”

   Mira, pues, aquí cómo el mal Pontífice y los que presentes estaban se reirían de ver al Señor tan duramente herido; y, por el contrario, cómo los que eran de su parte se entristecerían, no pudiendo sufrir tan grande injuria en persona de tan grande dignidad.

   Mira otrosí con cuánta caridad y mansedumbre habló al que le había herido, diciendo: “Si mal hablé, muéstrame en qué; y si bien, ¿por qué me hieres?” Como si claramente dijera: “Mal me has injuriado sin habértelo merecido.”

La prisión del Salvador –– Por Fray Luis de Granada.




   Después de esto considera cómo, acabada esta oración, vino luego todo aquel escuadrón de gente armada, y con ellos también muchos de los Príncipes de los Sacerdotes y Fariseos, para prender al Cordero.

   Porque no se atrevieron a fiar este negocio de los ministros y soldados mercenarios, porque no les acaeciese lo que otra vez, cuando la predicación del Señor los convirtió e hizo volver vacíos, sino ellos mismos vinieron en persona, como gente tan confiada de su malicia, que ni por sermones ni cosas que viesen esperaban desistir de su maldad.

   De manera que los que eran mayores en la dignidad fueron los mayores en la maldad cuando vinieron a estragarse.

   De donde aprenderás que, así como del mejor vino se hace más fuerte vinagre, cuando se viene a corromper, así aquellos que por razón de su estado están más altos y más allegados a Dios, como son todas las personas eclesiásticas y dedicadas a Dios, cuando se dañan vienen a ser peores de todos los otros hombres, como vemos que el mayor Ángel se hizo mayor demonio cuando pecó.

   Venía Judas por adalid y capitán de este ejército, caído ya, como otro Lucifer, del más alto estado de la Iglesia en el más profundo abismo de maldad, que era ser el primer conjurado en la muerte de Cristo.

   Mira, pues, a qué extremo de males llegó este miserable, por no resistir a los principios de sus codicias. ¡Ay de ti si no resistes a las tuyas!

De la Oración del Huerto –– Por Fray Luis de Granada.




   Acabados los misterios de la cena y el sermón de sobremesa, dicen los Evangelistas que se fue el Salvador al huerto de Getsemaní a hacer oración antes de entrar en la conquista de su Pasión.

   Donde puedes primeramente considerar cómo acabada esta misteriosa cena, y con ella los sacrificios del Testamento viejo, y ordenados los del nuevo, abrió el Salvador la puerta a todos los dolores y martirios de su Pasión, para que todos ellos juntos estuviesen primero en su alma que atormentasen su cuerpo.

   Y así dicen los Evangelios que tomó consigo tres discípulos suyos de los más amados y comenzó a temer y angustiarse, y díjoles aquellas tan dolorosas palabras: “Triste está mi alma hasta la muerte”; esto es, llena de tristeza moral bastante a causar la muerte, si Él no reservara la vida para más largos trabajos. Y apartándose un poco de ellos, fuese a hacer oración; y la tercera vez que oró, padeció su bendita alma la mayor tristeza y agonía que jamás en el mundo se padeció.

   Testigos de esto fueron aquellas preciosas gotas de sangre que de todo su cuerpo corrían; porque una tan extraña manera de sudor, nunca visto en el mundo, declara haber sido ésta una de las mayores tristezas y agonías del mundo. Porque ¿quién jamás oyó ni leyó sudor de sangre que bastase a correr hilo a hilo hasta la tierra?

   Y pues este sudor exterior era indicio de la agonía interior en que estaba su alma, así como desde que el mundo es mundo nunca se vio tal sudor, así nunca se vio tal dolor. 

   Las causas de esto fueron muchas.

miércoles, 12 de abril de 2017

Los Apóstoles se duermen mientras el traidor conspira –– Por Santo Tomás Moro




   “Levantándose del suelo y volviendo a sus discípulos, hallólos dormidos por causa de la tristeza. Les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos y orad para no caer en la tentación. Dormid y descansad. Pero basta ya. He aquí que llegó la hora y él Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos y vámonos de aquí. Ya se acerca el que me ha de entregar” (Mt 26, 45-46).

   Vuelve Cristo por tercera vez adonde están sus Apóstoles, y allí los encuentra sepultados en el sueño, a pesar del mandato que les había dado de vigilar y rezar ante el peligro que se cernía. Al mismo tiempo, Judas, el traidor, se mantenía bien despierto, y tan concentrado en traicionar a su Señor que ni siquiera la idea de dormirse se le pasó por la cabeza. ¿No es este contraste entre el traidor y los Apóstoles como una imagen especular, y no menos clara que triste y terrible, de lo que ha ocurrido a través de los siglos, desde aquellos tiempos hasta nuestros días? ¿Por qué y no contemplan los obispos, en esta escena, su propia somnolencia? Han sucedido a los Apóstoles en el cargo, ¡ojalá reprodujeran sus virtudes con la misma gana y deseo con que abrazan su autoridad! ¡Ojalá les imitaran en lo otro con la fidelidad con que imitan su somnolencia! Pues son muchos los que se          duermen en la tarea de sembrar virtudes entre la gente y mantener la verdadera doctrina, mientras que los enemigos de Cristo, con objeto de sembrar el vicio y desarraigar la fe (en la medida en que pueden prender de nuevo a Cristo y crucificarlo otra vez), se mantienen bien despiertos. Con razón dice Cristo que los hijos de las tinieblas son mucho más astutos que los hijos de la luz. (Cfr. Lc 16, 8.)

   Aunque esta comparación con los Apóstoles dormidos se aplica muy acertadamente a aquellos obispos que se duermen mientras la fe y la moral están en peligro, no conviene, sin embargo, a todos los prelados ni en todos los aspectos.

   Desgraciadamente, algunos de ellos (muchos más de los que uno podría sospechar) no se duermen “a causa de la tristeza”, como era el caso con los Apóstoles. No. Están, más  bien, amodorrados y aletargados en perniciosos afectos, y ebrios con el mosto del demonio, del mundo y de la carne, duermen como cerdos revolcándose en el lodo. Que los Apóstoles sintieran tristeza por el peligro que corría su Maestro fue bien digno de alabanza; pero no lo fue el que se dejaran vencer por la tristeza hasta caer dormidos. Entristecerse y dolerse porque el mundo perece, o llorar por los crímenes de otros, es un sentimiento que habla de ser compasivo, como sintió este escritor: “Me senté en la soledad y lloré”, y este otro: “Me dolía el corazón porque los pecadores se apartaban de tu ley.” Tristeza de esta clase la colocaría yo en aquella categoría de la que se dice [...] Santo Tomás Moro dejó el espacio en blanco. Muy probablemente citaba de memoria. C. H. Miller sugiere con acierto el texto de 2 Cor 7, 10: “Puesto que la tristeza que es según Dios produce una penitencia constante para la salud; cuando la tristeza del siglo causa la muerte”. Cfr. CW 14, p. 1026.

   Pero la pondría ahí sólo si el efecto, aunque bueno, es controlado y dirigido por la razón. Si no es así, si la pena oprime tanto al alma que ésta pierde vigor y la razón pierde las riendas, si se encontrara un obispo tan vencido por la pesadez de su sueño que se hiciera negligente en el cumplimiento de los deberes que su oficio exige para la salvación de su rebaño, se comportaría como un cobarde capitán de navío que, descorazonado por la furia del temporal, abandona el timón y busca refugio mientras abandona el barco a las olas. Si un obispo se comportara así, no dudaría yo en juntar esta tristeza con aquella otra que conduce, como dice San Pablo, al infierno. Y aún peor la consideraría yo, porque esta tristeza en las cosas espirituales parece originarse en quien desespera de la ayuda de Dios.

Para que veamos el camino –– Por Santo Tomás Moro




   En consecuencia, hemos de rezar, en primer lugar, viam ut videamus, para que veamos el camino y con la Iglesia podamos decir a Dios: “De la ceguera del corazón, líbranos, Señor” (Cfr. Eph 4,19¿8.). Y con el profeta cuando dice: “Enséñame a hacer tu voluntad” (Ps 142, 10.) y también: “Muéstrame tus caminos y enséñame tus senderos” (Ps 24, 4.).

   Después, desearemos con toda nuestra alma correr tras de Ti, oh Dios, en el olor de tu ungüento y en la dulce fragancia de tu espíritu. Si languidecemos en nuestra marcha (como casi siempre ocurre) y quedamos rezagados, tan distantes que difícilmente conseguimos seguirle desde lejos, acudamos a Dios de inmediato diciéndole: “Coge mi mano derecha” (Ps 72, 24.)  Y “Guíame a lo largo del camino” (Ps 5, 9.)

   Si vencidos por el cansancio apenas tenemos ya fuerza para continuar, o si tanta es la pereza y blandenguería que estamos a punto de pararnos, pidamos a Dios que, por favor, nos arrastre aunque opongamos resistencia. Finalmente, si tanto resistimos, y contra la voluntad de Dios y nuestra propia felicidad, nos empeñamos, tercos y duros de mollera, como caballos y burros que carecen de inteligencia, debemos humildemente pedir a Dios con las muy adecuadas palabras del profeta: “Sujétame bien fuerte con el freno de la brida y golpéame cuando no marche cerca de Ti” (Ps 31, 9.)

   La ilusión por la oración es lo primero que hemos de buscar cuando nos veamos atrapados por la tibieza y la desidia; pero en esa situación del alma no apetece rezar por nada que no deseemos recibir (ni siquiera aunque nos sea muy útil). Por esta razón, si tenemos un poco de sentido común, deberíamos contar con esta debilidad por anticipado, deberíamos preverla antes de caer en ese enfermizo y penoso estado espiritual. En otras palabras, deberíamos derramar sin cesar sobre Dios jaculatorias y oraciones como las que acabo de mencionar, implorando con humildad que, si en algún momento, viniéramos a pedir algo que no nos es conveniente, impulsados por los atractivos de la carne, o seducidos por los espejuelos de los placeres, o atraídos por el anhelo de las cosas terrenales, o trastornados por las insidias y maquinaciones del diablo, se haga sordo a nuestra petición y aleje aquello por lo que rezamos, derramando sobre nosotros todo aquello que Él sabe nos hará bien, aunque mucho le pidamos lo aparte de nuestra vida.

   Nada de particular ni de extraño tiene esta conducta. Es bien lógica. En efecto, así nos comportamos de ordinario (si tenemos un poco de inteligencia) cuando estamos a punto de coger una fiebre maligna. Advertimos y avisamos por adelantado a quienes nos van a cuidar durante la enfermedad que, aunque se lo supliquemos, no nos proporcionen en absoluto aquello que nuestra enfermiza condición nos hará desear aunque sea nocivo para la salud e, incluso, vaya a empeorar la fiebre.

   Estamos a veces tan dormidos en los vicios que ni siquiera queremos despertarnos ante las llamadas y sacudidas de la misericordia divina, y regresar a la práctica de las virtudes. Nosotros mismos somos la causa de que Dios se aleje abandonándonos en nuestra vida viciosa. A algunos los deja de tal manera que ya no vuelve a ellos; a otros les deja dormir hasta otro momento, según lo vea más oportuno en su admirable bondad y en la profundidad inescrutable de su sabiduría. La conducta de Cristo cuando regresó a ver qué hacían los Apóstoles ofrece un buen ejemplo de esto. No habían querido permanecer despiertos, sino que se durmieron inmediatamente. Cristo, por tanto, los dejó y se marchó: “dejándolos se volvió y oraba con las mismas palabras: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Meditaciones para los días de la semana. “Miércoles”–– Por San Pedro de Alcántara.




   Este día pensarás en el paso de la muerte, que es una de las más provechosas consideraciones que hay, así para alcanzar la verdadera sabiduría como para huir del pecado, como también para comenzar con tiempo a aparejarse para la hora de la cuenta.

   Piensa, pues, primeramente, cuán incierta es aquella hora en que te ha de saltear la muerte, porque no sabes en qué día, ni en qué lugar, ni en qué estado te tomará. Solamente sabes que has de morir, todo lo demás está incierto; sino que ordinariamente suele sobrevenir esta hora al tiempo que el hombre está más descuidado y olvidado de ella.

   Lo segundo piensa en el apartamiento que allí habrá, no sólo entre todas las cosas que se aman en esta vida, sino también entre el ánima y el cuerpo, compañía tan antigua y tan amada. Si se tiene por grande mal el destierro de la patria y de los aires en que el hombre se crió, pudiendo el desterrado llevar consigo todo lo que ama, ¿cuánto mayor será el destierro universal de todas las cosas de la casa, y de la hacienda, y de los hijos, y de esta luz y aire común, y, finalmente, de todas las cosas? Si un buey da bramidos cuando lo apartan de otro buey con quien araba, ¿qué bramido será el de tu corazón cuando te aparten de todos aquellos con cuya compañía trajiste a cuestas el yugo de las cargas de esta vida?

   Considera también la pena que el hombre allí recibe cuando se le representa en lo que han de parar el cuerpo y el ánima después de la muerte, porque del cuerpo ya sabe que no le puede caber otra suerte mejor que un hoyo de siete pies de largo en compañía de los otros muertos; mas del ánima no sabe cierto lo que será, ni qué suerte le ha de caber. Esta es una de las mayores congojas que allí se padecen: saber que hay gloria y pena para siempre, y estar tan cerca de lo uno y de lo otro, y no saber cuál de estas dos suertes tan desiguales nos ha de caber.

De la Institución del Santísimo Sacramento –– Por Fray Luis de Granada.




Entre todas las muestras de caridad que nuestro Salvador nos descubrió en este mundo, con mucha razón se cuenta por muy señalada la institución del Santísimo Sacramento. Por lo cual dice San Juan que, habiendo el Señor amado a los suyos que tenía en el mundo, esto es, a sus escogidos, en el fin de la vida señaladamente los amó, porque en este tiempo les hizo mayores beneficios y les descubrió mayores muestras de su amor.

   Pues para entendimiento de estas palabras, que son fundamento así de este misterio como de todos los demás que se siguen, conviene presuponer que ninguna lengua criada es bastante para declarar la grandeza del amor que Cristo tenía a su Eterno Padre, y consecuentemente a los hombres que Él le encomendó.

   Porque como las mercedes y beneficios que este Señor, en cuanto hombre, había recibido de este soberano Padre fuesen infinitas, y la gracia otrosí de su alma, de donde procede la caridad, fuere también infinita, de aquí es que el amor que a todo esto respondía era tan grande, que no hay entendimiento humano ni angélico que lo pueda comprender.

   Pues como sea propio del amor desear padecer trabajos por el amado, de aquí nace que también se puede comprender la grandeza del deseo que Cristo tenía de beber el cáliz de la muerte, y padecer trabajos por la gloria de Dios y por la salud de los hombres, que Él tanto deseaba por su amor.

   Pues este divino amor, que hasta este día estuvo como detenido y represado para que no hiciese todo lo que Él deseaba y podía hacer, este día le abrieron las puertas y le dieron licencia para que ordenase e hiciese todo cuanto quisiese por la gloria de Dios y por la salud de los hombres.

   Habida, pues, esta licencia, la primera cosa que hizo fue abrir la puerta a todos los dolores y tormentos de su Pasión, para que todos juntos envistiesen primero en su alma santísima con la aprehensión y representación de ellos y después en todo su sacratísimo cuerpo. Los cuales fueron tales, que la imaginación y representación de ellos bastó para hacerle sudar gotas de viva sangre.

   Este mismo le entregó luego en manos de pecadores y le ató a una columna, y le coronó con espinas, y le hizo llevar una Cruz a cuestas, y en ella misma le crucificó.

   Éste le hizo entregar sus manos para que las atasen, y sus mejillas para que las abofeteasen, y sus barbas para que las pelasen, y sus espaldas para que las azotasen, y sus pies y manos para que los enclavasen, y su costado precioso para que lo alanceasen, y, finalmente, todos sus miembros y sentidos para que por nuestra causa los atormentasen.

   Y de aquí se ha de tomar la medida de los trabajos de Cristo, no de la furia de sus enemigos, porque ésta no igualaba con su amor, ni de la muchedumbre de nuestros pecados, pues para éstos bastaba una sola gota de su sangre, sino de la grandeza de este amor.

   Mas ante todas estas cosas este mismo amor le hizo ordenar un Sacramento admirable, el cual por doquiera que le miréis está echando de sí llamas y rayos de amor.

   Por donde el que desea saber qué tan grande sea este amor, ponga los ojos en este divino Sacramento y considere los efectos y propósitos para que fue instituido, porque éstos le darán nuevas ciertas de la grandeza de la caridad que ardía en el pecho de donde este Sacramento procedió. Porque todos los indicios y señales que hay de verdadero y perfecto amor, en este divino Sacramento se hallan.

martes, 11 de abril de 2017

Temo familiarizarme con las cosas sagradas –– Por Monseñor de Segur




   Este temor puede ser bueno, como puede dejar de serlo. Si por familiaridad entiendes negligencia y rutina, tu temor es justo.

   La rutina es a la buena costumbre lo que el abuso al uso. Conviene usar de las cosas buenas, no abusar; pero tampoco conviene que el temor del abuso nos impida el uso. De otra suerte no se podría hacer nada, porque se puede abusar de todo. Guárdate, pues, cuidadosamente de la rutina en las cosas que son del servicio de Dios.

   Más si por familiaridad entiendes intimidad, unión habitual, tierno abandono y dulce confianza harías muy mal en cerrar la entrada de tu corazón a un sentimiento tan digno de las consoladoras verdades de nuestra Religión.

   Al aconsejar la Comunión frecuente, la Iglesia nos exhorta a la verdadera familiaridad con Nuestro Señor, que es nuestro amigo celestial, y cuyo amor se concilia maravillosamente con el respeto.

   ¿Quién ha profesado más profundo respeto a Dios que los Santos de todos los siglos? Y sin embargo, ¿no le han amado siempre con la más tierna e íntima familiaridad? Y sin remontarnos tan alto, de los cristianos que conocemos, ¿quiénes son los que respetan más de veras a Dios y su ley, y sus sacramentos, sino los que los frecuentan con más asiduidad?

   No solamente no debes temer familiarizarte con Jesucristo, habituarte y frecuentar el divino Sacramento, sino que debes procurar con el mayor empeño adquirir y formarte esta santa costumbre. Los buenos hábitos son tan de desear, como peligrosos son los malos.

   Puédese afirmar que nadie es verdadera y sólidamente cristiano, sino cuando el servicio de Dios ha llegado a ser para él un hábito, una segunda naturaleza; ahora bien, la sagrada Comunión es el centro del servicio de Dios. “Un día sin misa y sin comunión es para mí como un plato sin sal,” me decía una vez un excelente servidor de Dios, protestante convertido al catolicismo: Acostúmbrate a comulgar, a comulgar bien, y para ello comulga con frecuencia. “No se hacen bien, dice San Francisco de Sales, las cosas que no se hacen a menudo, y los mejores oficiales son los más prácticos en las cosas de su oficio.”


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


Meditaciones para los días de la semana “Martes” –– Por San Pedro de Alcántara.




Este día pensarás en las miserias de la vida humana para que por ella veas cuán vana sea la gloria del mundo y cuán digna de ser menospreciada, pues se funda sobre tan flaco cimiento como esta tan miserable vida; y aunque los defectos y miserias de esta vida sean casi innumerables, tú puedes ahora señaladamente considerar estas siete.

   Primeramente, considera cuán breve sea esta vida, pues el más largo tiempo de ella es de setenta u ochenta años, porque todo lo demás (si algo queda, como dice el Profeta) es trabajo y dolor, y si de aquí se saca el tiempo de la niñez, que más es vida de bestias que de hombres, el que se gasta durmiendo, cuando no usamos de los sentidos ni de la razón (que nos hace hombres), hallaremos ser aún más breve de lo que parece. Y si sobre todo esto lo comparas con la eternidad de la vida venidera, apenas te parecerá un punto. Por donde verás cuán desvariados son los que por gozar de este soplo de vida tan breve se ponen a perder el descanso de aquella que para siempre ha de durar.

   Lo segundo, considera cuán incierta sea esta vida (que es otra miseria sobre la pasada), porque no basta ser de suyo tan breve como es, sino que ese poco que hay de vida no está seguro, sino dudoso. Porque ¿cuántos llegan a esos setenta u ochenta años que dijimos? ¿A cuántos se corta la tela en comenzándose a tejer? ¿Cuántos se van en flor (como dicen), o en agraz? No sabéis (dice el Salvador) cuándo vendrá vuestro Señor, si a la mañana, si al medio día, si a la media noche, si al canto del gallo.

   Aprovecharte ha, para mejor sentir esto, acordarte de la muerte de muchas personas que habrás conocido en este mundo, especialmente de tus amigos y familiares, y de algunas personas ilustres y señaladas, a las cuales salteó la muerte en diversas edades, y dejó burlados todos sus propósitos y esperanzas.

   Lo tercero, piensa cuán frágil y quebradiza sea esta vida, y hallarás que no hay vaso de vidrio tan delicado como ella es, pues un aire, un sol, un jarro de agua fría, un vaho de un enfermo, basta para despojarnos de ella, como parece por las experiencias cotidianas de muchas personas, a las cuales en lo más florido de su edad basta para derribar cualquier ocasión de las sobredichas.

lunes, 10 de abril de 2017

Del lavatorio de los pies. –– Por Fray Luis de Granada.




   El dejo con que el Salvador del mundo acabó la vida y se despidió de sus discípulos, antes que entrase en la conquista de su Pasión, fue lavarles Él mismo los pies con sus propias manos y ordenarles el Santísimo Sacramento del Altar y predicarles un sermón lleno de toda la suavidad, doctrina y consolación que podía ser.

   Porque tal gracia y tal despedida como esta pertenecía a la suavidad y caridad grandes de este Señor.

   Pues el primero de estos misterios escribe el Evangelista San Juan diciendo: “Que antes del día de la Pascua, sabiendo Jesús que era llegada la hora en que había de pasar de este mundo al Padre, habiendo Él amado a los suyos que tenía en el mundo, en el fin señaladamente los amó.

   Y hecha la cena, como el demonio hubiese ya puesto en el corazón de Judas que le vendiese, sabiendo Él que todas las cosas había puesto el Padre en sus manos y que había venido de Dios, y volvía a Dios, levantóse de la cena y quitó sus vestiduras, y tomando un lienzo, ciñóse con él, y echó agua en un baño, y comenzó a lavar los pies de sus discípulos y limpiarlos con el lienzo con que estaba ceñido.” Hasta aquí son palabras del Evangelista San Juan.

   Pues como haya muchas cosas señaladas que considerar en este hecho tan notable, la primera que luego se nos ofrece es este ejemplo de humildad inestimable del Hijo de Dios, cuyas grandezas comenzó el Evangelista a contar al principio de este Evangelio, para que más claro se viese la grandeza de esta humildad, comparada con tan grande majestad.

   Como si dijera: Este Señor, que sabía todas las cosas; Este, que era Hijo de Dios y que de Él había venido y a Él se volvía; Éste, en cuyas manos el padre había puesto todas las cosas, el cielo, la tierra, el infierno, la vida, la muerte, los Ángeles, los hombres y los demonios, y, finalmente, todas las cosas; Éste, tan grande en la majestad, fue tan grande en la humildad que ni la grandeza de su poder le hizo despreciar este oficio, ni la presencia de la muerte olvidarse de este regalo, ni la alteza de su majestad dejar de abatirse a este tan humilde servicio, que es uno de los más bajos que suelen hacer los siervos. Y así como tal se desnudó y ciñó, y echó agua en una bacía, y Él con sus propias manos, con aquellas manos que criaron los cielos, con aquellas en que el Padre había puesto todas las cosas, comenzó a lavar los pies de unos pobres pescadores y (lo que más es) los pies del peor de todos los hombres: que eran los de aquel traidor que le tenía vendido.

   ¡Oh inmensa bondad! ¡Oh suprema caridad! ¡Oh humildad inefable del Hijo de Dios!

   ¿Quién no quedará atónito cuando vea al Criador del mundo, la gloria de los Ángeles, el Rey de los Cielos y el Señor de todo lo criado postrado a los pies de los pescadores, y más de Judas?

   No se contentó con bajar del Cielo y hacerse hombre, sino descendió más bajo, como dice el Apóstol, a deshacerse y humillarse de tal manera que, estando en forma de Dios, tomase no sólo forma de hombre, sino también de siervo, haciendo el oficio propio de los siervos.

   Maravillábase el Fariseo que convidó a Cristo, de ver que se dejase tocar los pies de una mujer pecadora, pareciéndole ser esto cosa indigna de la dignidad de un Profeta.

   Pues si por tan indigna cosa tienes, oh Fariseo, que un Profeta deje tocar sus pies de una mujer pecadora, ¿qué hicieras si creyeras que este Señor era Dios y que con todo eso dejaba tocar sus pies de esa pecadora?

   Y si esto te pusiera grande admiración, dime, ruégote, ¿qué hicieras si, creyendo que este Señor era Dios, como lo era, vieras que no sólo dejaba tocar sus pies de pecadoras, sino que Él mismo, postrado en tierra, lavaba los pies de los pescadores?

   ¿Cuánto mayor es cosa Dios que un Profeta? Y ¿cuánto mayor lavar Él los pies ajenos que dejarse tocar los suyos propios?

   Pues ¿cuánto más atónito y pasmado quedaras si esto vieras y lo creyeras? Creo cierto que los mismos Ángeles quedaron espantados y maravillados de esta tan extraña humildad.

   “Quitóse, dice el Evangelista, las vestiduras”, etc. ¡Oh ingratitud y miseria del linaje humano! Dios quita todos los impedimentos para servir al hombre; pues ¿por qué no los quitará el hombre para servir a Dios? Si el Cielo así se inclina a la tierra, ¿por qué no se inclinará la tierra al Cielo? Si el abismo de la misericordia así se inclina al de la miseria, ¿por qué no se inclinará el de la miseria al de la misma misericordia?

Cuando se comulga a menudo, este acto tan grande y trascendental llega a hacerse por rutina, y no causa ya ninguna impresión –– Por Monseñor de Segur.




   Que no cause impresión a la imaginación y a los nervios, es imposible; pero no sucede lo mismo con la voluntad. Dígolo por experiencia, pues mi ministerio me permite asistir cada día como testigo a las asombrosas y admirables transformaciones que la comunion frecuente opera en los corazones bien dispuestos.

   Cierto es que si en la comunion no se van a buscar sino las dulzuras de una devoción sensible, acontecerá a veces que vayan disminuyendo, a medida que más se frecuente el Santísimo Sacramento. Pero en la comunion no hemos de ir a buscar una devoción sensible, lagrimas e impresiones; si Dios nos las da, démosle gracias por ello, a la manera que un niño da gracias a su madre por los dulces y golosinas que ésta le da después de la comida, pero así como los postres son poco nutritivos y no pasan de ser un accesorio de la comida, así también en la vida espiritual y devota, y en la comunion que es el grande acto de la misma, debemos poner la mira en lo sólido, debemos aspirar al acrecentamiento de las virtudes cristianas, de la humildad, de la mansedumbre, de la penitencia, de la propia Abnegación y de la caridad, y no darle demasiada importancia, a los consuelos sensibles que en su último resultado son como unos  dulces y golosinas espirituales.

   “No os engañe el pensar que tendréis más devoción cuando comulgareis con menos frecuencia, dice San Alfonso. No hay duda que come con más apetito el que come de tarde en tarde; pero en cambio está muy lejos de tener las mismas fuerzas del que hace sus comidas a horas regulares. Si comulgáis pocas veces, acaso os sintáis más conmovidos, acaso vuestra devoción sea algo más sensible; pero no creáis por eso que vais a sacar más provecho de la Comunion, porque a vuestra alma le faltarán fuerzas para evitar las faltas.

   No des, pues, demasiada importancia a un fervor algo más sensible, pero pasajero; y emprende el camino de la piedad con miras más elevadas. Proponte por objeto en tus Comuniones alcanzar el verdadero amor práctico de Jesús, y lo conseguirás siempre cuando comulgares para ser más fuerte en las tentaciones, para ser más casto, más dado a la oración, más animoso en los combates de cada día, puedes tener la seguridad de que sacaras gran provecho de tus Comuniones, y de que cuanto más frecuentes sean, tanto más efecto te producirán.



“LA SAGRADA COMUNIÓN”

Meditaciones para los días de la semana “Lunes” –– Por San Pedro de Alcántara.




Este día podrás entender en la memoria de los pecados, y en el conocimiento de ti mismo, para que en lo uno veas cuántos males tienes, y en lo otro cómo ningún bien tienes que no sea de Dios, que es el medio por donde se alcanza la humildad, madre de todas las virtudes.

   Para esto debes primero pensar en la muchedumbre de los pecados de la vida pasada, especialmente en aquellos que hiciste en el tiempo que menos conocías a Dios. Porque si lo sabes bien mirar, hallarás que se han multiplicado sobre los cabellos de tu cabeza, y que viviste en aquel tiempo como un gentil, que no sabe qué cosa es Dios. Discurre, pues, brevemente por todos los diez mandamientos y por los siete pecados mortales, y verás que ninguno de ellos hay en que no hayas caído muchas veces, por obra o por palabra o pensamiento.

   Lo segundo, discurre por todos los beneficios divinos, y por los tiempos de la vida pasada, y mira en qué los has empleado; pues de todos ellos has de dar cuenta a Dios. Pues dime ahora, ¿en qué gastaste la niñez? ¿En qué la mocedad? ¿En qué la juventud? ¿En qué, finalmente, todos los días de la vida pasada? ¿En qué ocupaste los sentidos corporales y las potencias del ánima que Dios te dio para que lo conocieses y sirvieses? ¿En qué se emplearon tus ojos, sino en ver la vanidad? ¿En qué tus oídos, sino en oír la mentira, y en qué tu lengua, sino en mil maneras de juramentos y murmuraciones, y en qué tu gusto, y tu oler, y tu tocar, sino en regalos y blanduras sensuales?

   ¿Cómo te aprovechaste de los Santos Sacramentos, que Dios ordenó para tu remedio? ¿Cómo le diste gracias por sus beneficios? ¿Cómo respondiste a sus inspiraciones? ¿En qué empleaste la salud y las fuerzas, y las habilidades de la naturaleza, y los bienes que dicen de fortuna, y los aparejos y oportunidades para bien vivir? ¿Qué cuidado tuviste de tu prójimo, que Dios te encomendó, y de aquellas obras de misericordia que te señaló para con él? ¿Pues qué responderás en aquel día de la cuenta, cuando Dios te diga: Dame cuenta de tu mayordomía, y de la cuenta que te entregué; porque ya no quiero que trates más en ella? ¡Oh árbol seco y aparejado para los tormentos eternos! ¿Qué responderás en aquel día, cuando te pidan cuenta de todo el tiempo de tu vida y de todos los puntos y momentos de ella?

De la grandeza de los dolores de Cristo –– Por Fray Luis de Granada.






   Pregunta Santo Tomás en la tercera parte (Sum. Th. 3P., q. 46, a. 6.), si los dolores que padeció Cristo en su sacratísima Pasión fueron los mayores que se han padecido en el mundo.

   A lo cual responde él diciendo que, quitados aparte los dolores de la otra vida, que son los del infierno y del purgatorio, éstos fueron los mayores que en el mundo se padecieron ni padecerán jamás.

   Esta conclusión prueba él por muchas razones.

   La primera, por la grandeza de la caridad de Cristo, que era la mayor que podía ser, la cual le hacía desear la gloria de Dios y el remedio del hombre con sumo deseo. Y porque mientras mayores dolores padecía por los pecados, más enteramente satisfacía a la honra de Dios ofendido y más copiosamente redimía al hombre culpado; por esto quiso Él que sus dolores fuesen gravísimos, porque así fuese perfectísima esta redención.

   La segunda causa era la pureza de sus dolores, los cuales ninguna mixtura tenían de alivio ni consolación. Porque jamás en esta vida padeció nadie dolores tan puros que no se aguasen con alguna manera de consolación, con la cual se hiciesen a veces tolerables, y a veces también alegres como acaeció a los Mártires.

   Mas en Cristo no fue así, porque por la razón susodicha cerró El todas las puertas por donde le pudiese entrar algún rayo de luz o de consolación; y así, cruzados los brazos, se entregó al ímpetu de los tormentos, para que sin contradicción ni mitigación alguna le atormentasen todo cuanto le pudiesen atormentar.

   La tercera causa fue la delicadeza de su cuerpo, el cual no fue formado por virtud de hombres, sino del Espíritu Santo, por lo cual fue el más perfecto y más bien complexionado de todos los cuerpos, y así era el más delicado y más sensible de ellos, por lo cual sentía mucho más que otro alguno sus dolores.

   La cuarta, Juntamente con esto le afligía grandemente la memoria y compasión de su bendita Madre, cuyo corazón sabía Él que había de ser atravesado con el más agudo cuchillo de dolor que nunca Mártir alguno padeció. Porque así como ningún Mártir amó tanto su propia vida cuanto ella la de su Hijo, así nunca Mártir sintió tanto su propia muerte cuanto ella la del Hijo.

   También naturalmente le afligía la representación y memoria de su propia muerte; porque, así como es natural el amor de la vida, así lo es el horror de la muerte, y tanto más cuanto más merece ser amada la vida. Por donde dice Aristóteles que el sabio ama mucho la vida, porque, como sabio, entiende que tal vida merece ser muy amada. Pues, según esto, ¿cuánto amaría el Salvador aquella vida, de la cual sabía que una hora valía más que todas las vidas criadas?

domingo, 9 de abril de 2017

GENEROSIDAD (Como se manifiesta generoso Jesús, a los que son generosos con El en la comunión)




Maestro.¿Has leído, mi querido discípulo, el hecho del Evangelio en el que representa a Zaqueo bajando de prisa del árbol en que había subido, para honrar a Jesucristo en su casa?

Discípulo. — Creo que sí; pero no lo recuerdo bien. Repítamelo.

M.Se lee, pues, en el Santo Evangelio que Zaqueo, usurero, esto, es avaro y ladrón, al oír que Jesús pasaba junto a su casa, sintió gran deseo de verlo; pero el respeto humano y el miedo le hicieron subirse a un árbol, y desde allí, escondido entre las ramas, esperaba su paso. Pasaba, pues, el Salvador y, conociendo la estratagema de Zaqueo, alzó la vista y, mirándole fijamente, le dijo sin más razones: —Zaqueo, baja en seguida, porque hoy mismo quiero comer en tu casa.

El pobre Zaqueo, lleno le vergüenza y confusión porque le han descubierto, de momento asómbrase a las palabras de Jesús, pero luego se precipita del árbol, corre veloz a su casa; cuenta, con rostro inmutado, a sus familiares el encuentro que ha tenido con el Divino Maestro y la forma como El mismo se ha invitado a venir a su casa, y dice que es necesario preparar inmediatamente, porque vendrá también con El sus apóstoles.

La noticia llena de alegría todos los corazones: todos se preparan, y cuando llega Jesús con los apóstoles, está todo dispuesto.

Siéntanse a la mesa en medio de la mayor intimidad; diríase que forman una familia de amigos que se conocen de mucho tiempo. Zaqueo y los suyos no se cansa de oírle hablar y se sienten entusiasmados de admiración.

En medio de la conversación habla Zaqueo y dice:

—Maestro: yo quiero acabar con esta vida usurera que llevo; daré cuatro veces más de lo que he defraudado.
Todos se maravillaron de tamaña resolución; y Jesús, mirándole y sonriendo visiblemente conmovido, le estrechó fuertemente la mano, como diciéndole:

— Así me gusta, esto esperé de tí; te lo reconozco y te bendigo.
D.¡Hermoso es esto! Zaqueo, usurero, y por tanto, avaro, prepara un banquete a Jesús y a su comitiva... Zaqueo, usurero y ladrón, se arrepiente y propone restituir cuatro veces más de lo que ha robado... ¡Esto es un milagro!

M. — Sí, por cierto, un milagro de la bondad del Corazón de Jesús y de su misericordia para con los pobres pecadores. Jesucristo hizo este milagro, porque vió la generosidad de Zaqueo para con El, y la que estaba dispuesto a manifestar por el prójimo y por los pobres. Jesucristo cambia el corazón del que es generoso para con El, para con la Iglesia y con sus pobres, suscitando en su corazón santos propósitos, infundiéndole valor y ánimo para realizar grandes obras.

Las vidas de San José Cottolengo, de San Juan Bosco y de tantos otros Santos son testimonio patente de cómo Jesucristo bendice a los que son generosos con El, haciendo se multipliquen sus obras de caridad.

Jesús no ama los corazones ruines ni a las almas roñosas, sino a las generosas.

sábado, 8 de abril de 2017

De la entrada en Jerusalén con los ramos –– Por Fray Luis de Granada.


   Pues como se llegase ya el tiempo en que el Salvador tenía determinado ofrecerse en sacrificio por la salud del mundo, así como Él por su propia voluntad se quiso sacrificar, así por ella misma se vino al lugar del sacrificio, que era la ciudad de Jerusalén, para que en la ciudad y en el día que el cordero místico era sacrificado, en ése lo fuese también el verdadero; y donde habían sido tantas veces muertos los Profetas, allí también lo fuese el Señor de los Profetas, y donde poco antes había sido tan honrado y celebrado, allí fuese condenado y crucificado, para que así fuese su Pasión tanto más ignominiosa, cuanto el lugar era más público y el día más solemne.

   Y por eso, habiendo escogido la aldea de Belén para su nacimiento, escogió la ciudad de Jerusalén para este sacrificio, porque la gloria de su nacimiento se escondiese en el rinconcillo de Belén y la ignominia de su Pasión se publicase más en la ciudad de Jerusalén.

   Entrando, pues, en esta ciudad, fue recibido con grande solemnidad y fiesta, con ramos de olivas y palmas, y con tender muchos sus vestiduras por tierra y clamar todos a una voz: “Bendito sea el que viene en el nombre del Señor. Sálvanos en las alturas.”

   Aquí primeramente se nos ofrece luego que considerar la grandeza de la caridad de nuestro Salvador, y la alegría y prontitud de voluntad con que iba a ofrecerse a la muerte por nosotros; pues en este día quiso ser recibido con tan grande fiesta, en señal de la alegría y fiesta que en su corazón había por ver que se llegaba ya la hora de nuestra redención.

   Porque si de Santa Águeda se dice que, siendo presa por Cristiana, iba a la cárcel con tan grande alegría, como si fuera llevada a un convite, por la honra de Dios, ¿con qué prontitud y devoción iría el que tanto mayor caridad y gracia tenía, cuando fuese a obrar la obra de nuestra redención por la obediencia y honra del mismo Dios?

   Donde claramente aprenderás con qué manera de prontitud y voluntad debes entender en las obras de su servicio, pues con tanta alegría entendió Él en las de tu remedio, acordándote que, por una parte, dice el Apóstol que huelga mucho Dios con alegre servidor, y que, por otra, se dice: “Maldito sea el hombre que hace las obras de Dios pesada y negligentemente”.

   Considera también las palabras de la profecía con que esta entrada se representa, que son éstas: "Alégrate mucho, hija de Sión, y haz fiesta, hija de Jerusalén, y mira cómo viene para ti tu Rey pobre y manso, asentado sobre una asna y un pollino, hijo suyo".

   Todas estas palabras son palabras de grande consolación. Porque decir “tu Rey y para ti” es decir que este Señor es todo tuyo, y que todos sus pasos y trabajos son para ti.

   Para ti viene, para ti nace, para ti trabaja, para ti ayuna, para ti ora, para ti vive, para ti muere, para ti, finalmente, resucita y sube al Cielo.

  Y no te escandalice el nombre de Rey, porque este Rey no es como los otros reyes del mundo, que reinan más para su provecho que para el de sus vasallos, empobreciendo a ellos para enriquecer a sí, y poniendo a peligro las vidas de ellos por guardar la suya. Mas este nuevo Rey no ha de ser de esta manera, porque Él te ha de enriquecer a costa suya, y defenderte, con la sangre suya, y darte vida perdiendo Él la suya.

   Porque para esto dice Él por San Juan que le fue dado poderío sobre toda carne, para que a todos los que fueren suyos de Él la vida eterna. Y éste es aquel Principado de que dice el Profeta que está puesto sobre los hombros del que lo tiene, y no sobre los de su pueblo, para que el trabajo de la carga sea suyo, y el provecho y fruto sea nuestro.

   Y dice más: que viene manso y asentado sobre una pobre cabalgadura.  De manera que aquel Dios de venganzas, aquel que está asentado sobre los Querubines y vuela sobre las plumas de los vientos, y trae millares de carros de Ángeles a par de sí, ése viene ahora tan manso y humilde como aquí se nos representa, para que ya no huyas de Él, como lo hizo Adán en el Paraíso, y como el pueblo de los judíos cuando les daba ley; antes te llegues a Él, viéndole hecho cordero de león, porque el que hasta aquí no venció tu corazón con la fuerza del poder ni con la grandeza de la majestad, quiere ahora vencerlo con la grandeza de su humildad y con la fuerza de su amor.

   Ésta es la nueva manera de pelear que escogió el Señor, como dijo la Santa Profetisa, y con esto quebrantó las puertas de sus enemigos y venció sus corazones.

   Y esto es lo que por figura se nos representa en este tan solemne recibimiento que aquí se hizo; donde, como dice el evangelista, toda aquella ciudad se revolvió y todos salieron a recibirle con ramos de palmas y olivas en las manos, y otros echando sus vestiduras por tierra, cantando sus alabanzas y pidiéndole salud eterna.

   Pues ¿qué es esto sino representamos aquí el Espíritu Santo cómo habiendo este Señor batallado antes con el mundo con rigores, con diluvios, con castigos y amenazas espantosas, sin acabar de rendirlos, después que escogió esta nueva manera de pelear, y procedió no con castigos, sino con beneficios; no con rigor, sino con amor; no con ira, sino con mansedumbre; no con majestad, sino con humildad, y, finalmente, no matando a sus enemigos, sino muriendo por ellos, entonces se apoderó de sus corazones y trajo todas las cosas así, como dice Él en su Evangelio: “Si Yo fuere levantado en un madero, poniendo la vida por el mundo, todas las cosas traeré a Mí, no con fuerzas de acero, sino con cadenas de amor; no con azotes y castigos, sino con buenas obras y beneficios”?