martes, 9 de mayo de 2017

GRACIAS ESPIRITUALES EN FÁTIMA –– Varios ejemplos conmovedores.






   La Santísima Virgen, en su Santuario de Fátima no solamente dispensa múltiples gracias curando las dolencias físicas de quienes fervorosamente acuden a Ella; dispensa también otro género de gracias, para nosotros de muchos más subidos quilates, gracias tan necesarias para nuestra salvación.

   Estos milagros morales, milagros en sentido espiritual, son consoladoramente más numerosos que las curaciones instantáneas de enfermedades materiales. No hay peregrinación en que no se registren varios de estos milagros morales. Referiremos los principales, extraídos del libro ya anteriormente citado del Padre Luis G. Da Fonseca, profesor del Instituto Bíblico en Roma.

   Ya hace tiempo debí haber venido aquí. Era el 13 de mayo de 1928. Después de la bendición con su Divina Majestad, impartida a los enfermos por Monseñor José Alves Correira Da Silva, cayó ante él un joven elegantemente vestido, llorando amargamente...

   — ¿Hay algún enfermo más? —preguntó el doctor Pereira Gens, director del hospital del Santuario, quien siempre acompaña al Santísima Sacramento, en el acto de la bendición a los enfermos para registrar los diversos efectos producidos en ellos. Nadie respondió a la pregunta del doctor.

   — ¿Qué se le ofrece a usted? —preguntó entonces el doctor, dirigiéndose al joven.

—Soy un enfermo del alma —contestó éste— y también quiero recibir la bendición.

   Conmovido el señor obispo, lo bendijo. Se levanta, abraza al doctor, y todo emocionado le dice:

   —Ya: hace tiempo que debí haber venido aquí.

   —Amigo —contesta el doctor—, mientras vivimos nunca es tarde.

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Vino a burlarse y la Santísima Virgen lo convirtió.

   En otra ocasión, durante la procesión nocturna, encontrábase muy cerca un grupo de señores que llegaron a Cova de Iria para ver y hacerse ver.

   Estaban con los sombreros puestos y en actitud evidentemente irónica. De improviso, uno de ellos, impulsado por una fuerza superior, se quita el sombrero, se arrodilla y empieza a rezar.

   — ¡Hola!... ¿Y tú también sabes rezar? —le decían mofándose de él sus compañeros.

   — Aquí se aprende —fué la respuesta, y siguió rezando.


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No era ni bautizado.

   El 12 de mayo de 1930, entre la multitud de fieles que esperaban el turno para confesarse, se destacaba un hombre de cuya actitud fácilmente se podía deducir que no estaba preparado para confesarse. Y al acercarse al confesionario, el sacerdote le preguntó:

   — ¿Qué deseaba usted?

   — Padre —contestó—, querría confesarme, comulgar y bautizarme.

   De la contestación, el sacerdote dedujo, que hablaba con un hombre ignorante en la doctrina cristiana. Y en verdad; el improvisado penitente era un comerciante de Lisboa, que se había trasladado a Fátima con el fin de “divertirse” un poco de los fanáticos..., pero cuando contempló con sus propios ojos aquella fe viva y ardiente de los peregrinos, brotó en su alma vivo deseo de ser cristiano y buen cristiano. Lo que, gracias a la Santísima Virgen, consiguió allí.

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Un chófer hecho misionero.

CALLAR PECADOS MORTALES EN LA CONFESIÓN, (UN HORRIBLE EJEMPLO) –– Por el P. Fr. Andrés Ma. Solla García.




   En la provincia de Güeldres hubo una mujer que por espacio de once años calló en la confesión un pecado de deshonestidad que había cometido. Pasando por el pueblo en que vivía esta mujer, dos religiosos de la Orden de nuestro Padre Santo Domingo, uno Sacerdote y otro lego, se acercó al primero, creyendo ocasión oportuna de confesar a aquel desconocido el pecado que tantas veces había callado, y le pidió que la oyese de confesión. Accedió gustoso el religioso y mientras la confesaba, el compañero permaneció en oración en la misma iglesia, y luego observó que mientras aquella mujer se confesaba salían de ella muchas y asquerosas culebras, y que una más disforme y asquerosa que las demás, asomaba de cuando en cuando la cabeza para salir, más  luego volvía a recogerse, y que cuando se hubo recogido del todo al terminar la confesión, todas las demás que habían salido volvieron a entrar en aquella mujer. Acabada la confesión, los dos religiosos siguieron su camino, y andadas algunas millas, el religioso lego refirió al otro la visión que había tenido en la iglesia. Este sospechó al momento lo que aquella visión significaba, y determinó volver atrás con el objeto de decir a aquella mujer que volviese al confesonario, más al llegar al pueblo luego les dieron la infausta noticia de que aquella mujer muriera de repente al entrar en su habitación. Consternados los religiosos al oírlo, determinaron pasar tres días en ayuno y oración, pidiendo a Dios que se dignase manifestarles el estado de aquella alma en el otro mundo. En la noche del tercer día se les apareció aquella infeliz mujer rodeada de abrasadoras llamas, y arrastrada por un demonio en figura de horrible dragón; al rededor del cuello tenía enroscadas dos serpientes que la oprimían la garganta y le mordían cruelmente los pechos; en la cabeza una víbora horrible que la punzaba sin cesar; en los ojos dos sabandijas asquerosísimas que la roían sin descanso; en los oídos saetas encendidas que la penetraban hasta el cerebro; de su boca salían llamas de fuego, y dos monstruosos perros la atenazaban y mordían continuamente las manos y los pies, atados con cadenas de fierro candente; y dando un espantoso grito, dijo: ¡Ay de mí! ¡Yo soy la misma desventurada mujer que habéis confesado hace tres días! Aquellas asquerosas culebras que salían de mí, eran los pecados que iba confesando, y aquella otra más disforme era figura de un pecado deshonesto que siempre he callado por vergüenza en las confesiones. Al ver en vos un confesor desconocido intenté confesarlo, pero él demonio me sugirió tal vergüenza que volví a callarlo como siempre. Por eso ha visto vuestro compañero que al terminar la confesión se recogió definitivamente, y con el volvieron a mi todos los demás que había confesado. ¡Ay¡ ¡Y ¡cuánto me atormentan ahora y cuan fácilmente pude confesarlos todos y salvarme! Pero cansado Dios de sufrirme tantos pecados y sacrilegios, me mandó una muerte repentina, y me arrojó a los infiernos, en donde soy atormentada horrorosamente por los demonios en figura de horribles animales.

   Esta víbora que traigo en la cabeza es un demonio que me atormenta espantosamente por mi orgullo y soberbia, y por la vanidad y esmerado cuidado en adornarme para servir de lazo a las almas de los jóvenes incautos y lascivos; las sabandijas que me roen los ojos son otros dos demonios que me atormentan sin cesar por mis miradas impuras y libidinosas; estas saetas encendidas me traspasan los oídos, por haber puesto atención y escuchado con gusto murmuraciones, palabras torpes y canciones deshonestas; estas serpientes que traigo enroscadas al cuello son también otros dos demonios que me ahogan la garganta y me muerden los pechos, por haberlos llevado siempre con poco recato, y a veces de un modo provocativo, por los abrazos deshonestos que he admitido, y por las alhajas y preseas con que excesivamente me he adornado; estos perros rabiosos me atenazan las manos y los pies por mis malas acciones y tocamientos impuros, por mis bailes y paseos a los sitios en que se ofendía a Dios; pero lo que más me atormenta sobre todo esto, es este formidable dragón que me arrastra. Esteme roe y despedázalas entrañas, me punza el corazón, me aprieta y atormenta en todos los miembros que han servido a la iniquidad, me recuerda todos mis pecados, y por cada especie de ellos me da un tormento particular insufrible.

   ¡Desgraciada de mí! ¡Ya no tengo remedio! ¡Para mí se acabó ya el tiempo de la misericordia! ¡Ay! ¡Y cuan fácilmente pude salvarme! ¡Oh maldita vergüenza que me has abandonado para pecar, y me has atado para confesarme! Dicho esto dió un grito espantoso, abrióse la tierra, y el horrible dragón la arrastró consigo a los infiernos, en donde sus tormentos jamás tendrán fin.

   ¿Y qué ha de ser de ti oh cristiano, que esto lees, si por tu desgracia has callado algunos pecados en la confesión, y no té resuelves a confesarlos cuanto antes? ¿Qué ha de ser de ti si al momento no reparas por medio de una confesión general, tantos pecados, tantos sacrilegios como has cometido? ¿No temes que te suceda lo que a aquella desventurada mujer? Ella había callado un solo pecado mortal, y por más que confesó los demás, ninguno le fué perdonado, y por todos es y será eternamente atormentada en los infiernos. Otro tanto te sucederá a ti seguramente si la muerte te sorprende en ese mal estado. ¡No lo permita Dios!



“EL GRAN LAZO DEL INFIERNO”

Conozco muchas personas piadosas que comulgan muy rara vez –– Por Monseñor de Segur.




   En cambio conozco yo muy pocas; pudiendo además afirmar que muy pocas son las personas que comulgando a menudo no sean verdaderamente piadosas en toda la acepción de la palabra.

   Por lo visto estás en un grande error, teniendo por personas piadosas las que solo son religiosas. Ante todo es necesario que no confundas la religiosidad con la piedad. Basta observar al pié de la letra los mandamientos de Dios y de la Iglesia, oír misa todos los domingos y demás fiestas de guardar, comulgar en las más señaladas, guardar el debido respeto a la Religión y vivir honradamente, para ser una persona religiosa: pero de esto, y ser verdaderamente piadoso, hay una diferencia inmensa; pues para que se pueda decir de una persona que es piadosa, es necesario que vaya más allá, que viva más identificada con el amor de Jesucristo.

   El cristiano que una vez ha entrado en las prácticas de la verdadera piedad, no se ciñe exclusivamente al cumplimiento de los preceptos; sino que emplea todas sus fuerzas para poner en práctica todos y cada uno de los consejos que nos da el Evangelio, tales como el desprendimiento de sí mismo, el recogimiento interior, el celo por la salvación de las almas, en una palabra, todo aquel hermoso conjunto de virtudes que constituyen o forman la santidad cristiana; obrando más bien por amor que por deber, y tomando la preciosa costumbre de considerar el servicio de Dios, no como un yugo pesado, sino como un deber tierno y filial.

   Dime tú ahora; ¿conoces por ventura a muchas personas que; estando animadas de esta verdadera piedad, se acerquen pocas veces a recibir la sagrada Comunión? Esta sería la primera vez que habría efectos sin causa, puesto que la Iglesia católica nos enseña que el acto esencial de la piedad es la sagrada Comunión.

   La experiencia, nos demuestra que tan imposible es el que una persona sea piadosa no comulgando muy a menudo, como el que tenga una salud robusta faltándole un buen sistema de alimentación.


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


DEL AGRADECIMIENTO DE LA GRACIA DE DIOS –– Por el Beato Tomás de Kempis.



   ¿Por qué quieres descansar, si para trabajar naciste? Prepárate a padecer, más que a recibir consuelos; a llevar la cruz, más que a gozar. ¿Quién de entre los mundanos no se alegraría de recibir consuelos espirituales, si pudiera siempre alcanzarlos?

   Porque los consuelos espirituales son más dulces que todas las delicias del mundo y todos los placeres sensuales.

   Todos los placeres mundanos son vergonzosos o vanos; más los deleites espirituales son los únicos puros y serenos; pues son hijos de las virtudes, y los derrama Dios en el seno de las almas puras.

   Pero nadie puede gozar de esas delicias divinas cuando le plazca, porque las tentaciones no nos dejan mucho tiempo en paz.

   Gran obstáculo para esas visitas del cielo son la falsa libertad de espíritu y la excesiva confianza en sí mismo. Dios hace bien al dar la gracia de la consolación; mas el hombre hace mal no reconociendo que de Él solo la recibe, y no agradeciéndosela.

   Esta es la razón de que los dones de la gracia no se derramen con más abundancia sobre nosotros: que somos ingratos a quien los da, y no lo reducimos todo a la fuente de donde mana.

   Se da siempre la gracia a quien la agradece, y al soberbio se quita lo que al humilde suele darse.

domingo, 7 de mayo de 2017

¿QUIÉN HA VUELTO DEL OTRO MUNDO? - CAPÍTULO VI - (Diálogo entre dos amigos, Francisco que si cree en el infierno y Adolfo que no)




Pero si Dios es tan bueno...

   Reconfortados ya los contrincantes con una buena taza de café con leche, metiéronse de nuevo en el coche, y al instante partió el tren.

FRANCISCO: — ¿Cómo decías tú, amigo Adolfo, —dijo Francisco, que por ser Dios tan bueno Dios no puede castigar las almas con el fuego del infierno?

ADOLFO: — En efecto; eso digo yo, y conmigo media humanidad...

FRANCISCO: — Pues contéstame: ¿no es verdad que, cuanto mejor es uno, tanto más abomina y detesta la maldad y el pecado?

ADOLFO: — Convenido.

FRANCISCO: — Luego Dios, que es infinitamente bueno, debe aborrecer la culpa a proporción de su bondad, es decir, debe odiar el pecado con odio infinito. ¿Y cómo se manifiesta este odio irreconciliable sino por el modo más expresivo, con el castigo de los que se obstinan en morir en él?

   Estás, pues, en error crasísimo; y tan lejos están la bondad y la justicia de oponerse a las penas del infierno, que antes bien las reclaman con toda su fuerza.

ADOLFO: — Pero, Francisco, Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, ¿cómo ha de sufrir que sus hijos ardan sumidos en un mar de fuego? Esto es demasiado cruel, es bárbaro; es hacer de un Dios un tirano, un Nerón, un...

FRANCISCO: — No te sofoques y no discurras como las mujeres, con el corazón y los nervios, sino con la cabeza. Mira, Adolfo: nunca es cruel lo que no traspasa las lindes de la justicia; y si Dios es Padre lleno de caridad, es a la vez Juez justísimo, que falla sentencia según ley. Escucha esto:

   Refiérese que predicaba en cierta ocasión en la iglesia de su convento un fraile, ponderando con santo celo las misericordias de Dios para que los pecadores arrepentidos volasen con gran confianza a su seno para pedir perdón de sus culpas. Escuchábale un lego; y creído que tanto aladar la bondad de Dios sin hablar palabra de su divina justicia era dar alas a los pecadores para continuar en sus vicios, apenas el Padre hubo concluido su sermón, subióse el lego al pulpito y dijo: — Hermanos míos carísimos: cuanto acaba de predicar el Padre es verdad evangélica; pero no os fiéis, porque os digo, y no me lo negaréis: a Dios, quien se la hace sé la paga.

   Adolfo, inmensa es la bondad de Dios, pero también es infinita su justicia.

Comulgad bien, porque la comunión bien hecha conserva la vida del alma




Discípulo.¿Cuáles son, Padre, los principales efectos de la Comunión frecuente?

Maestro. — En el Catecismo donde se pregunta: “¿Qué efectos produce la Sagrada Comunión?”, se responde: “La Santísima Eucaristía: Conserva y aumenta la vida del alma, así como el alimento material conserva y aumenta la vida del cuerpo; Borra los pecados veniales y preserva de los mortales; Nos une a Jesucristo y nos hace semejantes a Él”.
Vayamos por partes; ante todo, para comprender bien cómo la Sagrada Comunión conserva y aumenta la vida del alma, es preciso estar convencidos de que la Comunión no es una devoción cualquiera, sino que es un Sacramento. Muchos se acercan a comulgar únicamente para conseguir una gracia o por hacer un acto ordinario de devoción. La Comunión no está instituida para esto, aunque pueda conseguirlo, pues la práctica más importante de devoción. Su finalidad es más sublime; su fin principal y su efecto es el de conservar en nosotros la gracia, que es la vida del alma.

Si yo te preguntara cuál es la cosa más preciosa del mundo, ¿qué me dirías?

D. — Pues que la vida es el todo, y que todo se sacrifica por conservar la vida.

M.Muy bien; pero más preciosa es la vida del alma. Y si para conservar la vida del cuerpo estamos siempre dispuestos a soportar fatigas y sudores, medicinas amargas y costosas, operaciones difíciles y peligrosas, aún debemos estar mejor dispuestos para asegurar la vida del alma, y como es la Sagrada Comunión la que conserva y sostiene esta vida del alma, debemos procurar con el mayor empeño y diligencia frecuentar la Sagrada Comunión y hacerla bien.

Cuenta la Historia que la impía reina Isabel de Inglaterra, llena de odio contra Dios y contra los católicos, publicó un decreto con el que condenaba a pagar cuatrocientos escudos de oro y la prisión a quien recibiera la Sagrada Comunión. Un caballero inglés, cristiano ferviente, al conocer el decreto, determinó, a pesar de todo, seguir comulgando. Vendió inmediatamente todas sus mejores alhajas, y del dinero mandó hacer costalitos de cuatrocientos escudos. Cada vez que le sorprendían los guardias comulgando, y por ello era condenado a pagar la multa, tomaba en seguida uno de aquellos costalitos y los llevaba al tribunal, se lo entregaba a los jueces y públicamente protestaba y decía que él de muy buena gana gastaba aquel dinero con tal de no dejar la Sagrada Comunión.

El Cardenal Newman fué antes Obispo protestante. Al tratar de hacerse católico le decía un amigo suyo: — ¿Has pensado bien en el paso que vas a dar? Si abjuras y te haces católico, perderás tu rico sueldo; ten en cuenta que son cincuenta mil pesos anuales.

A lo que Newman, levantándose, respondió: — ¿Qué son cincuenta mil pesos comparados con la Comunión?

GRACIAS ESPIRITUALES EN FÁTIMA –– Fué buscando la salud del cuerpo y halló la del alma.




   La Santísima Virgen, en su Santuario de Fátima no solamente dispensa múltiples gracias curando las dolencias físicas de quienes fervorosamente acuden a Ella; dispensa también otro género de gracias, para nosotros de muchos más subidos quilates, gracias tan necesarias para nuestra salvación.

   Estos milagros morales, milagros en sentido espiritual, son consoladoramente más numerosos que las curaciones instantáneas de enfermedades materiales. No hay peregrinación en que no se registren varios de estos milagros morales. Referiremos los principales, extraídos del libro del Padre Luis G. Da Fonseca, profesor del Instituto Bíblico en Roma.

   Fué buscando la salud del cuerpo y halló la del alma. Un joven de 27 años, muy enfermo, natural de Baixo-Alentejo, jamás en los años de su vida había entablado relación con sacerdote alguno, siendo por lo tanto ignorante de toda noción religiosa. Solamente sabía que estaba bautizado. Oyó decir que en Fátima existía una santa que obraba muchos milagros. Allá fué en busca de ella, esperando recobrar la salud. En su calidad de enfermo, fué admitido sin dificultad en el pabellón de los enfermos.

   Al ver la multitud de personas que recibían la comunión, creyó que la Sagrada Hostia era el comprimido milagroso para alcanzar la salud, y muy ansioso se aproximó a recibirlo. Algunas personas allí presentes, conociendo la disposición del sujeto, le reprocharon de inmediato:

   — ¿Qué has hecho?... ¿No sabes que no se puede comulgar sin Confesarse y que has cometido un pecado gravísimo, comulgando en ese estado?

   El, dominado de una repentina compunción, se deshizo en lágrimas, no logrando tranquilizarlo las persuasivas y paternales frases del sacerdote, que le aseguraba que su pecado, por carecer de malicia, había sido simplemente material. Terminó el ministro de Dios instruyéndole en las principales verdades de nuestra santa fe, confesándose muy arrepentido, dando gracias a la Santísima Virgen, que por su intercesión había logrado la salud del alma, cuando fué a buscar la del cuerpo.

   Se trasladó a otro pueblo donde había sacerdote para cumplir más asiduamente sus obligaciones cristianas.


“APARICIONES de la  SANTÍSIMA VIRGEN en FÁTIMA”


P. LEONARDO RUSKOVI´C

sábado, 6 de mayo de 2017

Comulgando a menudo disgustaría a mi familia –– Por Monseñor de Segur.




   Pregunto ahora: ¿al comulgar lo haces por tu familia, o bien lo haces por tí? Dado el caso que a tu familia le disgustase el que comieses diariamente, ¿dejarás por eso de hacerlo?

   No hay duda qué son una cosa grande y santa la obediencia filial y los deberes de la familia, pero siempre y cuando la familia no se meta sino en lo que le concierne. Sé muy bien que, hasta cierto punto, aún en lo que mira al servicio de Dios, estamos obligados a condescender con ciertas exigencias de los muertos; pero esta condescendencia también tiene un límite, siendo que trata de un deber que hay respetarlo. Justamente siendo los Sacramentos, más que otra cualquiera cosa,  independientes de la jurisdicción de la familia, lo mejor es dejar la solución de este grave y delicado caso de conciencia al juicio de la Iglesia y de sus ministros.

   La sagrada Comunion es el manantial de toda gracia, y la fuente de toda dulzura y bondad; resaltando de aquí que, cuando más a menudo comulgues, empleando todos los medios para hacerlo lo mejor posible, te irás perfeccionando de día en día; no será tu familia la última en apercibirse de ello, y como no será tampoco la última en sacar provecho de tu perfeccionamiento se guardará muy mucho de crearte ningún obstáculo. Sé prudente y firme; pues de este modo encontrarás ciertamente medios para frecuentar los santos Sacramentos, sin necesidad de molestar a nadie.

   Pero si desgraciadamente, a pesar de todos tus miramientos y precauciones, tuvieses todavía algo que decir de la piedad tu familia, no te detengas por eso; antes al contrario, adelanta con paso firme, y seguro aparentando no observar nada absolutamente; y veras como por este medio consigues ver desvanecida muy pronto toda preocupación o que a lo menos se acostumbren a verte comulgar, de la misma manera que se habitúa uno a las cosas que le disgustan. ¿Sabes tú, por ventura, si Dios Nuestro Señor quiere recompensar de este modo tu constancia, atrayendo a su amor a aquellos mismos que hoy procuran aparte de Él, valiéndose para esto de cuantos medios están a su alcance?

Un bello ejemplo para meditarlo.

   Esto es lo que, en el momento mismo en que escribo estas líneas, le está pasando a un rico comerciante de Paris, hombre profundamente indiferente en materias de religión, y sumamente opuesto a toda práctica de piedad Habiendo este hombre enviudado hace ya algunos años, manda a sus dos hijas a un excelente y magnífico colegio, en donde recibieron una educación sólida y profundamente cristiana. Apenas había cumplido diez y seis años su hija mayor, cuando tuvo a bien sacarla del colegio para en cargarla del gobierno de la casa, Esta Joven, tan firme como piadosa, no interrumpió ni por un momento las prácticas cristiana, por más que se vió obligada, para no irritar a su padre, a ocultarlas cuidadosamente. Este, sin embargo, la sorprendió una mañana, al volver de misa en compañía de su camarera; y como no se hubiese desayunado todavía, sospechando algo, preguntóle: “¿Has comulgado?—Sí, papá, contestóle sin vacilar y al mismo tiempo he rogado mucho por Ud. — ¿Y comulgas a menudo? aludió el padre con tono áspero y severo, —Si, papá, a menudo, muy a menudo tengo esta dicha: esto es lo que me da fuerza y valor para llenar cumplidamente todos mis deberes y en particular para conducirme con Ud. como debo. Hubo un momento de silencio, y el padre inclinó la cabeza. Cuando la levantó, sus ojos estaban arrasados de lágrima, y abrazando tiernamente a su hija, no menos conmovida que él, exclamó con la voz entrecortada por los sollozos: ‘‘¡Hija de mi alma, cuán dichoso soy en tener una hija como tú!”

   A partir de este día, ha habido una trasformación completa en las ideas y en toda la manera de ser de dicho comerciante, y por más que desgraciadamente falte todavía algo para su completa conversión, todo indica que está a punto de efectuarse. ¡Cuántas familias se convertirían a Dios si tuviesen por dicha en su seno una alma tan enérgica y fiel en la práctica del amor de Jesucristo y tan constante en recibir con frecuencia la sagrada Comunión!


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


jueves, 4 de mayo de 2017

GRACIAS ESPIRITUALES EN FÁTIMA –– El comunista convertido.





   La Santísima Virgen, en su Santuario de Fátima no solamente dispensa múltiples gracias curando las dolencias físicas de quienes fervorosamente acuden a Ella; dispensa también otro género de gracias, para nosotros de muchos más subidos quilates, gracias tan necesarias para nuestra salvación.

   Estos milagros morales, milagros en sentido espiritual, son consoladoramente más numerosos que las curaciones instantáneas de enfermedades materiales. No hay peregrinación en que no se registren varios de estos milagros morales. Referiremos los principales, extraídos del libro del Padre Luis G. Da Fonseca, profesor del Instituto Bíblico en Roma.





   El comunista convertido. Vivía en Porto un jornalero, que si bien no era de carácter malo, por seguir los consejos de sus compañeros, se hizo comunista. Abandonó sus cristianos deberes, llegando a destruir todas las imágenes piadosas de su hogar. Nunca se lo veía en la iglesia; en cambio, eran frecuentes sus visitas a las tabernas. Su mala conducta trajo la miseria y. el desorden en su hogar, siendo las víctimas inocentes de sus extravíos, su mujer y sus hijos.

   A pesar de sus condenables costumbres, conservaba buenas relaciones con una familia vecina, muy católica. Cayó gravemente enferma una joven, miembro de esta familia, siendo el mal de tal naturaleza que los médicos lo diagnosticaron como incurable. Con tal doloroso aviso, los padres de la joven recurrieron a la Santísima Virgen. Apenas habían transcurrido algunos días, cuando la paciente disfrutaba de plena salud.

   Encontróse con el comunista de nuestro relato, quien creyéndola ya casi difunta, sorprendiese al verla y le preguntó:

   — ¿Cómo, Ud. está viva?...

   La joven le contestó alegremente:

   — ¿Le hubiera gustado que muriera?... Cierto es, me encontraba muy grave, pero Nuestra Señora de Fátima pudo hacer aquello que los médicos creían imposible.

   El comunista, burlándose, añadió:

   — Las cosas que se refieren de Fátima son puros inventos de curas y frailes. ¡Ahí está la cosa! La joven, a pesar de tal respuesta, le dijo:

   — ¿Quiere Ud. hacerme un favor?...

   — ¡No puedo negarme, señorita!, contestó en seguida.

 — Pero, cuidado con arrepentirse.

   — Yo no conozco arrepentimiento; lo que prometo, lo cumplo, a pesar de todas las dificultades, concluyó en tono de gran hombría.

   — Pues bien — le dijo la joven—, Ud. vendrá conmigo a Fátima.

   Quiso disculparse, pero recordó sus palabras tan solemnemente empeñadas y aunque ardiendo en su interior de comprimida impaciencia contestó sonriente:

   — Bueno... Que sea... Iré...

   Al regresar a su hogar, comunicó a su esposa:

miércoles, 3 de mayo de 2017

Comulgando a menudo, temo escandalizar a las personas que me conocen –– Por Monseñor de Segur.




   ¿Hablas de los cristianos a medias, es decir, de esa multitud de gente que no entiende ni pizca de las cosas de Dios, por más que observen algunas prácticas de religión? Sabes tan bien como yo qué cosa se debe hacer de sus crítica Deja que digan cuanto quieran; las censuras de esa clase de gente, son casi un elogio.

   ¿Se trata, por el contrario, de personas piadosas? Puedes estar seguro de que no las escandalizarás viviendo como corresponde a un cristiano que lo sea de veras. ¿Sabes qué es lo que escandaliza en una persona que comulga a menudo? ¿Crees que son sus comuniones? No por cierto, sino su negligencia y flojedad en reprimir su mal genio en conformar su vida ordinaria con las prácticas religiosas a que se dedica: lo que escandaliza son sus impaciencias, sus murmuraciones, sus glotonerías, el regalo con que se trata, las exageradas precauciones que toma por conservar su salud, y finalmente, una multitud de defectos e imperfecciones, que no pueden escapar a las miradas de una conciencia  algo solícita de su santificación.

   Si te reconocieses en este retrato, (Dios no lo permita) sería necesario que aplicases si demora un remedio eficaz a este mal que es muy real. Convendría, no que dejases de comulgar  sino que te armases de mayor decisión, para llevar una vida más santa y digna de Nuestro Señor Jesucristo.

   Ya sé que, hasta entre los buenos cristianos, hay personas tampoco ilustradas que se escandalizan de niñerías. Sin dejar de evitar lo que pueda darles un motivo más o menos fundado de escándalo, no debes preocuparte demasiado de lo que dirán: pues por más que hagas lo que hagas, no lograrás contentar a todo el mundo. Procura agradar a Dios; proponte una vida recta y honesta en todo lo que hicieres, acepta con humildad los diversos juicios y apreciaciones que tu conducta merezca a las personas honradas, y aprovéchate de ellos de ellos, si es posible, para enmendarte. Cuando tengas alguna duda, dirígete a un sacerdote ilustrado y práctico en las vías del Señor, consúltale con sinceridad, y sigue sus consejos.

   Este era también el sentir del sabio y piadoso Fenelón, que tan alto proclamaba la utilidad y conveniencia de la Comunión frecuente, “Debemos acostumbrarnos, decía: a ver fieles que cometen pecados veniales, a pesar de sus sinceros deseos de no cometer ninguno, y que, no obstante, comulgan con fruto cada día. No deben causarnos tanta extrañeza y espanto las imperfecciones que Dios permite en ellos para hacerlos más humildes, que no veamos al mismo tiempo las faltas más graves y peligrosas de que les preserva este remedio cotidiano”

   “¿Por qué hemos de escandalizarnos a ver a buenos y virtuosos seglares que, para alcanzar más completa victoria sobre sus imperfecciones y resistir mejor a las tentaciones de un mundo corrompido y corrompedor, se alimentan del Pan de los fuertes, de aquel Pan que bajado de cielo, es fuente purísima de toda perfección y santidad?”

   “Despreciad los juicios de reformadores siempre dispuestos a escandalizarse de cualquier cosa y a criticarlo todo seguid más bien los consejos de un director experimentado que os trace el verdadero camino según el espíritu de la Iglesia”

   Vigila, pues, cuidadosamente sobre tí mismo guárdate tanto de los escrúpulos como del relajamiento; renueva cada día tus buenos propósitos, y prescinde todo lo posible del qué dirán.


“LA SAGRADA COMUNIÓN”


lunes, 1 de mayo de 2017

LO DIABÓLICO – FR. ANTONIO ROYO MARÍN. O.P




   Al estudiar esta tercera fuente de fenómenos aparentemente místicos, hemos de contentarnos con someras indicaciones. No podemos desarrollar ampliamente un tema que abarca casi toda la Teología de los ángeles y que rebasaría desorbitadamente los límites de nuestra obra:

   Doctrina teológica sobre los demonios. —He aquí, brevísimamente expuesta, la doctrina de la Iglesia sobre los demonios y las principales conclusiones a que han llegado los teólogos partiendo de los datos revelados

   1. Es de fe que existen los demonios, o sea, un número considerable de ángeles que fueron creados buenos por Dios, pero que se hicieron malos por su propia culpa.

   2. Los demonios ejercen, por permisión de Dios, un maligno influjo sobre los hombres, incitándoles al mal y a veces invadiendo y torturando sus mismos cuerpos.

   3. En medio de los asaltos y torturas de los demonios, la voluntad humana siempre permanece libre. La razón es porque —como explica Santo Tomás la voluntad sólo puede ser inmutada de dos maneras: intrínseca o extrínsecamente. Ahora bien: sólo Dios puede moverla intrínsecamente, ya que el movimiento voluntario no es otra cosa que la inclinación de la voluntad a la cosa querida, y sólo Aquel que ha dado esa inclinación a la naturaleza intelectual puede inmutarla intrínsecamente; porque así como la inclinación natural procede del Autor de la naturaleza, así la inclinación voluntaria no viene sino de Dios, que es el autor de la misma voluntad. Extrínsecamente, la voluntad puede ser movida de dos maneras: a) Efficaciter, o sea, actuando sobre el mismo entendimiento y haciéndole aprehender el objeto como bien apetecible (y en este sentido sólo Dios puede mover eficazmente la voluntad, porque sólo Él puede penetrar directa e intrínsecamente en el entendimiento), y b) Inefficaciter, o sea, a modo de simple persuasión (“per modum suadentis tantummodo”). Y éste es el modo que corresponde a los ángeles —buenos o malos— y a los demás seres creados, que pueden influir sobre nosotros. El demonio, pues, sólo puede mover la voluntad extrínsecamente “per modum suadentis”, esto es, ofreciendo a los sentidos externos e internos las especies de las cosas que incitan al mal o excitando el apetito sensitivo para que tienda desordenadamente a esos bienes sensibles; jamás inmutando intrínsecamente la misma voluntad.

   4. Los ángeles buenos y los demonios pueden inmutar intrínsecamente la imaginación y los demás sentidos internos y externos, La razón es porque esta inmutación puede producirse por el movimiento local de las cosan exteriores o de nuestros humores corporales, y la naturaleza corporal obedece al ángel en cuanto a su movimiento local, como explica Santo Tomás.

   5. Los demonios no pueden hacer verdaderos milagros, como quiera que éstos excedan por definición las fuerzas de toda naturaleza creada o creable. Pero como la potencia de la naturaleza angélica —que conservan íntegra después de su pecado —excede con mucho las fuerzas naturales humanas, pueden los demonios hacer cosas prodigiosas, que exciten la admiración del hombre en cuanto que sobrepasan sus fuerzas y conocimientos naturales.

   El demonio, pues, tiene una potencia natural muy superior a la del hombre y puede obrar con ella cosas prodigiosas, que, sin ser verdaderos y propios milagros, exciten la admiración de los hombres y planteen verdaderos problemas para el discernimiento de esos fenómenos en su relación con los naturales y los sobrenaturales. En su lugar señalaremos las principales reglas de discernimiento en cada caso; pero bueno será que ya desde ahora adelantemos, en sintética visión de conjunto, lo que el demonio no puede hacer de ninguna manera por exceder en absoluto sus fuerzas naturales y lo que de suyo no excede su capacidad y potencia natural, y podría por lo mismo realizar con la permisión divina.

A) LO QUE EL DEMONIO NO PUEDE HACER.

   1) Producir un fenómeno sobrenatural de cualquier índole que sea. Es algo que rebasa y trasciende toda naturaleza creada o creable, siendo propio y exclusivo de Dios.

   2) Crear una substancia. Supone un poder infinito el hacer pasar una cosa de la nada al ser. Por eso, las criaturas no pueden ser utilizadas por Dios ni siquiera como instrumentos de creación.

   3) Resucitar verdaderamente a un muerto. Únicamente podría simular una resurrección aletargando a un enfermo o produciendo en él un estado de muerte aparente para producir la ilusión de su maravillosa resurrección.

   4) Curar instantáneamente heridas o llagas profundas. La naturaleza —incluso en manos de la potencia angélica—requiere siempre cierto tiempo para poder realizar esas cosas. Lo instantáneo está tan sólo en manos de Dios.

   5) Las traslaciones verdaderamente instantáneas. Suponen una alteración de las leyes de la naturaleza, que únicamente puede realizarla su Autor.

   El demonio, como espíritu puro, puede trasladarse de un sitio a otro sin pasar por el medio. Pero no puede trasladar un cuerpo sin que éste tenga que recorrer todo el espacio que separa el punto de partida (término a quo) del punto de llegada (término ad quem); y esto no puede hacerse instantáneamente por muy rápido que supongamos ese movimiento.

   6) Las leyes actuales no permiten en modo alguno la compenetración de los cuerpos sólidos. El demonio, espíritu puro, puede, sin duda, atravesar a su arbitrio las substancias materiales; pero conferir a un cuerpo el privilegio de compenetrarse con otros—atravesando, v.gr., una pared—supone una virtud trascendente que Dios se reserva para sí.

   7) La profecía estrictamente dicha sobrepasa las fuerzas diabólicas, aunque puede el demonio simularla con ayuda de previsiones naturales, de fórmulas equívocas o de mentiras audaces. Sin embargo, Dios puede valerse de falsos profetas para anunciar alguna cosa verdadera, como en el caso de Balaam o de Caifas; pero entonces aparece claro por el conjunto de circunstancias que el falso profeta es utilizado por aquel momento como instrumento de Dios.

   8) El conocimiento de los pensamientos y de los futuros libres escapa igualmente al control de Satanás; sólo puede valerse de conjeturas. Pero téngase presente que para la extraordinaria potencia intelectual de la naturaleza angélica las conjeturas son mucho más fáciles que para el psicólogo más eminente; el temperamento, los hábitos adquiridos, las experiencias pasadas, la actitud del cuerpo, la expresión de la fisonomía, el conjunto de circunstancias, etc., etc., hacen adivinar fácilmente a los espíritus angélicos las meditaciones silenciosas de nuestro entendimiento y las determinaciones secretas de nuestra voluntad.

   9) El demonio no puede producir en nosotros fenómenos de orden puramente intelectual o volitivo. Ya hemos señalado más arriba la razón: en el santuario de nuestra alma, nadie, fuera de Dios, puede penetrar directamente.
Estas son, brevemente expuestas, las principales cosas que el demonio no puede hacer, relacionadas todas con los fenómenos místicos. Omitimos muchas otras cosas que no interesan a nuestro propósito.

B) LO QUE EL DEMONIO PUEDE HACER PERMITIÉNDOLO DIOS

domingo, 30 de abril de 2017

SANTA MARÍA MAGDALENA (patrona y el modelo de la vida de adoración y de servicio a Jesús sacramentado.) –– Por San Pedro Julián Eymard.




   NUESTRO COMENTARIO SOBRE ESTE ARTÍCULO: Si te crees el peor de los pecadores de la tierra, no dejes pasar esta lectura. Es simplemente bella, edificante y esperanzadora.

   “Jesús amaba a María Magdalena.” (Juan, XI, 5.)

   Santa María Magdalena era la amiga privilegiada de Jesús. Le servía con sus bienes y le acompañaba a todas partes. Ella honró también magníficamente su Humanidad con sus regalos: Tenía gusto especial en orar a sus pies con el silencio de la contemplación: por todos estos títulos es la patrona y el modelo de la vida de adoración y de servicio a Jesús sacramentado. Estudiemos a Santa María Magdalena: su vida está llena de las mejores enseñanzas.

   Jesús amaba a Marta, a María su hermana y a Lázaro; a María especialmente. Sin duda que amaba a los tres, pero sentía especial afecto por María.

   Aunque Jesucristo nos ame a todos, sin embargo, tiene sus amigos predilectos, y permite que también nosotros tengamos amigos en Dios. La naturaleza, y aun la gracia misma necesitan de ellos. Todos los santos han tenido amigos de corazón, y ellos mismos han sido los más tiernos y desinteresados amigos.

   Magdalena fué, antes de su conversión, una pecadora pública. Poseía todas las cualidades de cuerpo y espíritu, y al mismo tiempo todos los bienes de fortuna que pueden conducir a los mayores excesos. Y ella se dejó llevar. El Evangelio la rebaja hasta el punto de decir que fué una pecadora pública. Tal llegó a ser su degradación, que túvose como una deshonra para Simón el Fariseo que ella hubiese entrado en su casa. Y aun llegó a dudarse del espíritu profético de Jesús, a causa de haberla tolerado a sus pies.

   Mas esta pobre pecadora, una vez conseguido el perdón de sus culpas, va a remontarse hasta la cumbre de la santidad. Veamos cómo.

   Lo que detiene, sobre todo, a los grandes pecadores, impidiéndoles la conversión, es el respeto humano. Yo no podría perseverar en el bien, dicen; no me atrevo a emprender una cosa en que no me sería posible continuar. Y se detienen desalentados.

   No obró así la Magdalena: sabe que Jesús está en casa de Simón, y no vacila; se dirige directamente a Jesús y hace pública confesión de su vida libertina. Ella se atreve a penetrar en una casa, de donde se la hubiese despedido ignominiosamente y sin miramiento alguno si se la hubiese reconocido al entrar en ella. A los pies de Jesús no profiere palabra alguna; pero su amor habla muy alto. Los pintores la representan con los cabellos esparcidos, desaliñados, y con los vestidos en desorden. Esto es pura imaginación, pues ni hubiese sido digno de Jesús, ni digno de su arrepentimiento.

   Va derechamente a Jesús sin equivocarse. ¿Dónde le ha conocido? ¡Ah, es que el corazón enfermo sabe, muy bien encontrar a aquel que hade consolarle y curarle!

   María no se atreve siquiera a levantar la vista a Jesús; no dice palabra: tal es el carácter del verdadero arrepentimiento, como se ve en el Hijo pródigo y en el publicano. El pecador que mira de frente al Dios a quien ha ofendido, le insulta. María llora, y enjuga con sus cabellos los pies de Jesús rociados con sus lágrimas. He aquí su puesto, a los pies de Jesús. Los pies pisan la tierra, y ella sabe que no es más que polvo de cadáver. Los cabellos, esa vanidad que el mundo adora, ella los desprecia y los hace servir como de trapo, y permanece postrada esperando la sentencia. Ella oye los propósitos de los envidiosos, de los Apóstoles y demás judíos, que no honraban sino la virtud coronada y triunfante. Ellos no amaban a Magdalena, que les da a todos esta lección. Todos habían pecado, pero nadie había tenido valor para pedir perdón públicamente. ¡El mismo Simón, modelo de orgullo e hipocresía, se indigna! Pero Jesús defiende a Magdalena. ¡Qué palabras de rehabilitación: Se le han perdonado muchos pecados, porque ha amado mucho! “Ve en paz—le dice el Salvador, —tu fe te ha salvado.” Y no añade: “No peques más”, como dijo a la adúltera, más humillada por haber sido sorprendida en el crimen que arrepentida por haber ofendido a Dios. La Magdalena no necesita de esta recomendación: su amor produce en Jesús la certidumbre de su firme propósito. ¡Qué absolución tan hermosa y conmovedora! Magdalena tiene, pues, una contrición perfecta. Cuando vayáis a los pies del confesor, unidos á la Magdalena, y que vuestra contrición, como la suya, sea producida más por el amor que por el temor.

   La Magdalena se retiró con el bautismo de amor, y con su humildad llegó a ser más perfecta que los Apóstoles. ¡Ah! Después de este ejemplo, menospreciad a los pecadores, si a ello os atrevéis. Un instante basta para hacer de ellos grandes Santos. ¡Cuántos, entre los mayores de éstos, no han sido buscados y habidos por Jesucristo entre el lodazal del pecado! San Pablo, San Agustín y tantos otros son de ello elocuentísimos ejemplos. La Magdalena les abre el camino: supo remontarse hasta el Corazón de Jesús, porque partió de muy abajo y se humilló profundamente. ¿Quién, pues, podrá desesperar?

¿Padre, por qué insiste tanto sobre la Comunión frecuentes?




Discípulo. –– ¿Hacedme el favor de decirme, Padre, porque se insiste tanto sobre la Comunión frecuente?

Maestro. –– Porque la Comunión, como ya hemos dicho, es el deseo más grande del Corazón de Jesucristo y el mejor medio para salvarse. Así como Dios sustenta, con su Providencia, a todas las criaturas, para que no mueran de hambre, de la misma manera Jesucristo quiere alimentar y sustentar a las almas que ha redimido.

La Comunión es alimento; pero este alimento debe ser comido: la cosa es bien clara.

San Buenaventura dice que “el alimento que no sirve para ser comido no tiene razón de ser” o, lo que es lo mismo, es un alimento inútil; por esto decía, con mucha gracia, un Obispo: “La Eucaristía es pan, y el pan es para comerlo, y no para una exposición”.

D. –– Así es, Padre, pues yo he oído, muchas veces, predicar que Jesucristo apenas instituyó la Santísima Eucaristía, inmediatamente la dió a comer en su presencia, diciendo: Tomad y comed.

M. –– Y no solamente esto, sino, además, quiso que, para renovar este cambio del pan en su cuerpo, o sea para renovar la Santísima Eucaristía, fuera necesario comerle. Repetid este prodigio, les dijo Jesucristo, cuantas veces hagáis lo que habéis visto hacer a mí.

El consagró el pan y diólo a comer. Por eso, sapientísimos teólogos deducen de aquí que, si se pretendiese consagrar con el fin de consumir después de otra materia distinta a la establecida por Jesucristo, no habría consagración, porque faltaría la intención que tuvo Jesucristo y que tiene la Iglesia, y así faltaría la esencia de la acción eucarística.

Además, Jesucristo escogió, entre todos los alimentos, el pan, que no sirve sino para que se coma; de la misma manera el alimento eucarístico debe ser comido, de lo contrario no produciría los efectos que el Señor ha asignado a este alimento.

Como sacar beneficios de los sufrimientos –– Por Santa Catalina de Siena




   A Fray Tomás de la Della Fonte, de la Orden de los HH. Predicadores, año 1368

   En nombre de Jesucristo crucificado y de la dulce María.

    Carísimo padre en Cristo, el dulce Jesús. Yo, Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, os escribo en la preciosa sangre con el deseo de veros bañado en ella, pues embriaga, fortalece, quema e ilumina al alma con la verdad, y por eso no cae en la mentira. ¡Oh sangre que fortalece al alma y le quita la debilidad! Esta procede del temor servil, y este de la falta de luz. El alma es fuerte porque en la sangre ha sido iluminada por la verdad, y ha conocido y visto con el entendimiento que la verdad primera la creó para darle vida perdurable en la gloria y alabanza de su nombre. ¿Quién le manifiesta que es así? La sangre del Cordero inmaculado. Ella muestra que todas las cosas que Dios concede, prósperas y adversas, consuelos y tribulaciones, vergüenza, y vituperio, escarnios y villanías, infamias y murmuraciones, todas nos son otorgadas con ardiente amor para que se cumpla en nosotros la primera y dulce verdad para la que hemos sido creados.

   ¿Quién nos lo certifica? La sangre. Porque, si hubiese intentado otra cosa de nosotros, no nos habría dado a su Hijo, y el Hijo la vida. En cuanto el alma ha conocido esta verdad con el entendimiento inmediatamente recibe la fuerza capaz de soportarlo y sufrirlo todo por Cristo crucificado. No se enfría; se calienta con el fuego de la caridad divina, con aborrecimiento y descontento de sí misma. Poco a poco se encuentra ebria. Como el embriagado pierde sus sentidos y no tiene más sensación que la del vino, y todas sus sensaciones quedan inmersas en el vino, así el alma, embriagada de la sangre de Cristo pierde la sensación propia  y es privada del amor sensible y del temor servil (donde no hay amor sensible no hay temor a la pena; se deleita en las tribulaciones y no quiere gloriarse sino de la cruz de Cristo). Esta es su gloria. Entonces todas las potencias del alma se hallan ocupadas en nuestro interior. La memoria se encuentra llena de la sangre; la recibe como beneficio;  en ella descubre amor divino (expulsa al amor propio); amor a los oprobios y pena por la honra; amor a la muerte y pena de la vida. ¿Con qué se ha llenado la memoria? Con las manos del afecto y del santo y verdadero deseo. Ese afecto y amor proceden de la luz del entendimiento que conoce la verdad y la dulce voluntad de Dios. Así quiero, carísimo padre, que dulcemente nos embriaguemos y bañemos en la sangre de Cristo crucificado, para que las cosas amargas nos parezcan dulce, y ligeros los grandes pesos; de las espinas y abrojos saquemos la rosa: la paz y la quietud. No digo más. Permaneced en el santo amor a Dios. Jesús dulce, Jesús amor.



“ESCRITOS ESCOGIDOS”