viernes, 24 de abril de 2026

UNA BUENA OBRA - Anécdota por H Lafontaine, arreglada del francés.

 



 

I

   En una noche nebulosa y fría del mes de Diciembre de 1841, un hombre de alta estatura, encorvado por los años y apoyado en un bastón, atravesaba penosamente la calle Mazarine (París). La ropa que vestía aquel infeliz era insuficiente para librarle de las glaciales caricias del viento, que soplaba con verdadera furia; un sombrero de anchas alas, caídas sobre el rostro, no permitía ver más que una poblada barba blanca y unas largas melenas, blancas también.

   El viejo llevaba debajo del brazo izquierdo un violín envuelto en un gran pañuelo de cuadros.

   Atravesó el puente y la plaza de Carroussel, dejó atrás el Palacio real, y por fin se detuvo en la calle Fontaines.

   Viendo alumbradas varias ventanas, desenvolvió su violín, y principió a tocar una melodía; pero tan discordante y lastimosamente, que dos o tres pillos que se habían detenido a escucharle, echaron a correr, burlándose de él.

   El pobre hombre, desilusionado, se sentó tristemente sobre la acera, y dejando el instrumento sobre sus rodillas, murmuró:

   —No quiero tocar ya más. ¡Ay, Dios mío, tened piedad de mí!

   Y un suspiro se escapó de su pecho, al mismo tiempo que las lágrimas humedecían su rostro.

   En aquel instante tres jóvenes aparecieron a la entrada de la estrecha calle; al principio, por efecto de la niebla, no vieron al tocador de violín, tanto, que uno de ellos le dio con el pie, otro le dejó caer el sombrero, el tercero se detuvo asombrado, viendo levantarse, y salir de entre las sombras a aquel viejo alto, de aspecto altivo a la par que humilde.

   —Perdón, caballero; ¿le hemos hecho daño?

   —No, señor; respondió el violinista, bajándose trabajosamente para recoger su sombrero; pero uno de los jóvenes se apresuró a recogerle y se le alargó, en tanto que otro de ellos, viendo el violín, le preguntó:

  —¿Es Ud., músico?

   —Lo fui en otro tiempo—murmuró el anciano; y dos gruesas lágrimas rodaron por las profundas arrugas que surcaban sus mejillas.

   —¿Qué le pasa a Ud.? ¿Sufre Ud.? ¿Podemos serle útiles en algo?

   El viejo miró a los tres jóvenes; después, tendiendo su sombrero, les dijo:

   —Denme Uds., una limosna; no puedo; ya ganarme la vida tocando el violín; tengo entumecidos los dedos; mi hija se está muriendo del pecho y de miseria.

   Había tanto dolor en el acento del viejo mendigo, que los tres jóvenes se sintieron conmovidos, y llevando las manos a los bolsillos sacaron cuanto tenían; pero ¡ay! entre los tres sólo reunieron poco más de unos seis reales. ¡Era tan poco para tan gran infortunio!

   Los tres se miraron lastimosamente.

   —Amigos, exclamó el que primero había dirigido la palabra al viejo: ¡Animo! se trata de un colega. Adolfo, toma el violín y acompaña a Gustavo, yo me encargo de recoger la colecta.

   Dicho y hecho: subieron los cuellos de sus paletos, se echaron los cabellos sobre el rostro y los sombreros sobre los ojos.

   —Ahora, mucha animación y a poner los cinco sentidos; tú Adolfo, tu pieza de concurso para atraer a la gente.

II

   Bajo la ligera presión de los ágiles dedos del joven virtuoso, el violín del pobre resonó alegremente, y el Carnaval de Venecia fué interpretado con un brío extraordinario; todos los transeúntes se detuvieron. Al concluir, los aplausos resonaron por todas partes, y multitud de monedas, muchas de ellas de plata, cayeron sobre el sombrero del viejo, colocado en el suelo, bajo el farol, como sitio más visible.

   Después de un breve descanso, el violín preludió de nuevo.

   —Ahora tú, Gustavo—ordenó Carlos.

   El joven designado con el nombre de Gustavo, cantó con una magnífica voz de tenor, robusta, vibrante, sonora.

   El auditorio, entusiasmado, gritó:

   —¡Otra vez! ¡Qué se repita!

   La colecta iba en aumento, pues la concurrencia era cada vez más compacta.

   En vista de tan excelentes resultados, el iniciador, Carlos, exclamó:

   —Para concluir, el terceto de Guillermo Tell.

   El terceto principió; entonces el anciano, que había permanecido inmóvil, no atreviéndose a creer lo que veía y oía, dudando si era juguete de un ensueño, se irguió; sus ojos estaban brillantes, su rostro transfigurado, y cogiendo su bastón, se puso a llevar el compás con tal maestría, que bajo su impulso, los; jóvenes, como electrizados, entusiasmaron a la multitud que no les escaseó ni los bravos ni las monedas.

   El concierto terminó, y el grupo de transeúntes se fué disipando lentamente: entonces los jóvenes se acercaron al anciano, sofocado por la emoción.

   —¿Quiénes son Uds.? ¿Cómo se llaman?—les preguntó,—para que mi hija los tenga presentes en sus oraciones.

   Uno de los jóvenes contestó:

   —Me llamo la Fe,

   El otro dijo:

   —Yo la Esperanza.

   —Entonces yo me llamo la Caridad—agregó el tercero, entregando al pobre músico su sombrero lleno de monedas.

   —¡Ah, señores! Sepan Uds., al menos a quién han socorrido tan generosamente y todo el bien que me han hecho: Me llamo Chappner, soy alsaciano; durante diez años fui director de orquesta en Strasburgo; tuve el honor de montar y dirigir el Guillermo Tell; pero, ¡Ay de mí! después me ausenté de mi país, y las desgracias, las enfermedades y la miseria me han aniquilado. Uds., acaban de salvarme la vida.

   El buen viejo lloraba.

   —Gracias a este dinero, podré volver a Strasburgo; allí me conocen y se interesarán por mi hija, a la que tal vez el aire natal devuelva la salud. Ese talento que en tan alto grado poseen Uds., y que tan desinteresada y noblemente han puesto a mi servicio, será bendito por Dios, yo se lo pronostico: Uds. serán célebres y sus nombres pasarán a la posteridad.

   —Amén—replicaron los tres jóvenes.

 

   Suponemos que nuestros lectores desearán saber si se cumplió el pronóstico del viejo Chappner: pues bien; vamos a revelarles los nombres de los tres jóvenes, alumnos entonces del Conservatorio.

   El tenor se llamaba Gustavo Boger.

   El violinista, Adolfo Hermann.

   Y el colector, Carlos Gounod.

 

M.MARZAL.

(Apostolado de la prensa–Año 1899)

 

 

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