I
En una noche nebulosa y fría del mes de
Diciembre de 1841, un hombre de alta estatura, encorvado por los años y apoyado
en un bastón, atravesaba penosamente la calle Mazarine (París). La ropa que
vestía aquel infeliz era insuficiente para librarle de las glaciales caricias
del viento, que soplaba con verdadera furia; un sombrero de anchas alas, caídas
sobre el rostro, no permitía ver más que una poblada barba blanca y unas largas
melenas, blancas también.
El
viejo llevaba debajo del brazo izquierdo un violín envuelto en un gran pañuelo
de cuadros.
Atravesó el puente y la plaza de Carroussel,
dejó atrás el Palacio real, y por fin se detuvo en la calle Fontaines.
Viendo alumbradas varias ventanas,
desenvolvió su violín, y principió a tocar una melodía; pero tan discordante y
lastimosamente, que dos o tres pillos que se habían detenido a escucharle,
echaron a correr, burlándose de él.
El pobre hombre, desilusionado, se sentó
tristemente sobre la acera, y dejando el instrumento sobre sus rodillas,
murmuró:
—No
quiero tocar ya más. ¡Ay, Dios mío, tened piedad de mí!
Y un suspiro se escapó de su pecho, al mismo
tiempo que las lágrimas humedecían su rostro.
En aquel instante tres jóvenes aparecieron a
la entrada de la estrecha calle; al principio, por efecto de la niebla, no vieron
al tocador de violín, tanto, que uno de ellos le dio con el pie, otro le dejó
caer el sombrero, el tercero se detuvo asombrado, viendo levantarse, y salir de
entre las sombras a aquel viejo alto, de aspecto altivo a la par que humilde.
—Perdón,
caballero; ¿le hemos hecho daño?
—No, señor; respondió el violinista, bajándose
trabajosamente para recoger su sombrero; pero uno de los jóvenes se apresuró a recogerle y se le alargó, en
tanto que otro de ellos, viendo el
violín, le preguntó:
—¿Es Ud.,
músico?
—Lo
fui en otro tiempo—murmuró el anciano; y dos gruesas lágrimas rodaron por las
profundas arrugas que surcaban sus mejillas.
—¿Qué
le pasa a Ud.? ¿Sufre Ud.? ¿Podemos serle útiles en algo?
El viejo miró a los tres jóvenes; después,
tendiendo su sombrero, les dijo:
—Denme
Uds., una limosna; no puedo; ya ganarme la vida tocando el violín; tengo entumecidos
los dedos; mi hija se está muriendo del pecho y de miseria.
Había tanto dolor en el acento del viejo
mendigo, que los tres jóvenes se sintieron conmovidos, y llevando las manos a
los bolsillos sacaron cuanto tenían; pero ¡ay! entre los tres sólo reunieron
poco más de unos seis reales. ¡Era tan
poco para tan gran infortunio!
Los tres se miraron lastimosamente.
—Amigos, exclamó el que primero había
dirigido la palabra
al viejo: ¡Animo! se trata de un colega.
Adolfo, toma el violín y acompaña a Gustavo, yo me encargo de recoger la
colecta.
Dicho y hecho: subieron los cuellos de sus
paletos, se echaron los cabellos sobre el rostro y los sombreros sobre los ojos.
—Ahora, mucha animación y a poner los cinco
sentidos; tú Adolfo, tu pieza de concurso para atraer a la gente.
II
Bajo la ligera presión de los ágiles dedos
del joven virtuoso, el violín del pobre resonó alegremente, y el Carnaval de
Venecia fué interpretado con un brío extraordinario; todos los transeúntes se
detuvieron. Al concluir, los aplausos resonaron por todas partes, y multitud de
monedas, muchas de ellas de plata, cayeron sobre el sombrero del viejo, colocado
en el suelo, bajo el farol, como sitio más visible.
Después de un breve descanso, el violín
preludió de nuevo.
—Ahora tú, Gustavo—ordenó Carlos.
El joven designado con el nombre de Gustavo,
cantó con una magnífica voz de tenor, robusta, vibrante, sonora.
El auditorio, entusiasmado, gritó:
—¡Otra
vez! ¡Qué se repita!
La colecta iba en aumento, pues la
concurrencia era cada vez más compacta.
En vista de tan excelentes resultados, el
iniciador, Carlos, exclamó:
—Para
concluir, el terceto de Guillermo Tell.
El terceto principió; entonces el anciano,
que había permanecido inmóvil, no atreviéndose a creer lo que veía y oía, dudando
si era juguete de un ensueño, se irguió; sus ojos estaban brillantes, su rostro
transfigurado, y cogiendo su bastón, se puso a llevar el compás con tal
maestría, que bajo su impulso, los; jóvenes, como electrizados, entusiasmaron a
la multitud que no les escaseó ni los bravos ni las monedas.
El concierto terminó, y el grupo de transeúntes
se fué disipando lentamente: entonces los jóvenes se acercaron al anciano,
sofocado por la emoción.
—¿Quiénes son Uds.? ¿Cómo se llaman?—les
preguntó,—para que mi hija los tenga presentes en sus oraciones.
Uno de los jóvenes contestó:
—Me
llamo la Fe,
El otro dijo:
—Yo la Esperanza.
—Entonces yo me llamo la Caridad—agregó el tercero, entregando al pobre
músico su sombrero lleno de monedas.
—¡Ah, señores! Sepan Uds., al menos a quién
han socorrido tan generosamente y todo el bien que me han hecho: Me llamo
Chappner, soy alsaciano; durante diez años fui director de orquesta en Strasburgo;
tuve el honor de montar y dirigir el Guillermo Tell; pero, ¡Ay de mí! después
me ausenté de mi país, y las desgracias, las enfermedades y la miseria me han
aniquilado. Uds., acaban de salvarme la vida.
El buen viejo lloraba.
—Gracias a este dinero, podré volver a
Strasburgo; allí me conocen y se interesarán por mi hija, a la que tal vez el
aire natal devuelva la salud. Ese talento que en tan alto grado poseen Uds., y
que tan desinteresada y noblemente han puesto a mi servicio, será bendito por
Dios, yo se lo pronostico: Uds. serán célebres y sus nombres pasarán a la
posteridad.
—Amén—replicaron los tres jóvenes.
Suponemos que nuestros lectores desearán
saber si se cumplió el pronóstico del viejo Chappner: pues bien; vamos a
revelarles los nombres de los tres jóvenes, alumnos entonces del Conservatorio.
El tenor se llamaba Gustavo Boger.
El violinista, Adolfo Hermann.
Y el colector, Carlos Gounod.
M.MARZAL.
(Apostolado
de la prensa–Año 1899)
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