I
Gabriel era un «luchador» original. Sus
amigos y compañeros decían de él: —Es un
bohemio que no pide dinero a nadie. Y le llamaban por burla «el buen bohemio».
Sabían de él que algunas veces había dormido
en un banco de la Castellana; que pasó un verano entero alimentándose con sólo
pan y uvas, pero siempre se le vió vestido con cierta pulcritud y jamás habló a
nadie de sus apuros. Algunos le tenían por orgulloso; otros, por visionario.
¿A qué había venido a Madrid?
Él vivía escondido allá en un obscuro rincón
de la provincia de Granada; allí realizaba su labor literaria sin más estímulo
que su vocación y su entusiasmo.
Un día envió un trabajo a un certamen, y se
lo premiaron; los periódicos se ocuparon de él, las revistas ilustradas
publicaron su retrato, y sus amigos le dijeron: —Tú debías ir a Madrid; aquí en el pueblo nunca serás nada. Y Gabriel
hizo un pequeño equipaje, y vino a
Madrid.
Un poeta consagrado, paisano suyo, se empeñó
en protegerlo, y lo utilizó como secretario honorario. Gabriel trabajaba y no
cobraba, pero... tenía la protección del grande hombre e iba conociendo a los
literatos que formaban la tertulia del poeta.
II
— Gabriel, ¿por qué no mandas algo al
concurso de Mundial?—lo dijo el protector a nuestro «luchador». —Dan quinientas
pesetas de premio. Si te atreves a hacer algo... pero algo que sea intenso ¿eh?
yo te lo corregiré y lo recomendaré con eficacia... A ver si te animas.
Gabriel se animó. Se dedicó a buscar un asunto...
intenso, como le aconsejó el maestro. Pasó unos cuantos días preocupado, vacilante;
elegía y desechaba descontentó de sí mismo y de su musa.
Hasta que la realidad le ofreció lo que
buscaba. Era un cuadro sencillo, tierno y delicado que hirió vivamente su
fantasía y le proporcionó asunto para un hermoso poema.
Un artista ciego y anciano tocaba Un
destemplado violín en la puerta de un templo. Sentada a sus pies, una niña de
pocos años, pálida y rubia, jugaba tranquilamente con unos improvisados
juguetes de papel. La niña se apoyaba en las piernas del ciego con seguridad
plena, como si fueran dos columnas poderosas o indestructibles; para ella no
había inquietudes ni temores; su encantadora inconsciencia le daba una
confianza ciega en la vida; jugaba y se divertía, risueña y feliz. Ella sentía
sobre su cabeza como la sombra de un trono que guardaba su vida; tenía allí a
su padre...
Era singular el contraste que ofrecía la expresión
de confianza y abandono de la niña, con la de temor, infelicidad, inquietud y
suplicante anhelo que presentaba la del padre; era interesante aquella
inconsciencia de una inocente amparándose en la eterna noche de unos ojos
ciegos, apoyada en los brazos de un destino sin luz.
Gabriel
observó que sobre aquel abandono doloroso brillaba una luz fija Y segura: sobre
el viejo y la niña extendía sus brazos una cruz.
Se retiró durante unos días del bullicio de
la gente; buscó la soledad; pasó horas enteras con las cuartillas delante,
gesticulando como un loco, recitando en voz alta las estrofas compuestas y
cazando consonantes con el entusiasmo con que los niños cazan mariposas. Al fin
vio terminado su poema.
Desde entonces todo fué soñar. Pensaba en sus
futuros éxitos; se veía con la imaginación celebrado y atendido por todos aquellos
literatos que concurrían al Parnasillo del «maestro».
Sentía de antemano que todos aquellos
hombres célebres le pondrían una mano sobre el hombro con cariño y... «A trabajar, joven; tiene usted un porvenir
brillante asegurado».
III
Y triunfó; premiaron su poema. Sintió en su
bolsillo por primera vez el peso de quinientas pesetas. ¡Quinientas pesetas!
¿Qué hacer con tanto dinero? Bueno, bueno, vamos por partes.
Había, ante todo, que ordenar la vida y arreglar un poco el estómago y la
indumentaria... Había que comprar libros... y una mesa donde escribir con
comodidad. Porque bien mirado, eso de escribir por los cafés o en los bancos de
los jardines y de las plazas era muy incómodo y desordenado.
Pensando
en todas estas reformas y haciendo cálculos y planes acerca de lo por venir,
acertó a pasar por la calle en que «su» ciego pedía limosna.
No vio
al mendigo en el rincón de costumbre. Sólo estaba la niña, pero no entretenida,
como otras veces, con sus juguetes de papel. Ahora estaba seria, entristecida.
Gabriel se acercó y preguntó por el ciego
mendigo.
—Mi padre está enfermo. El primer impulso de
Gabriel fue dar a la niña una limosna, una pequeña limosna, y seguir su camino;
pero sintió que su corazón le exigía algo más. Miró la cruz, «la luz fija» que
extendía su protección sobre la cabeza de la niña, y oyó que su corazón le
decía: «Por algo has encontrado «esa luz, »
por algo la interpretación de este misterio te ha valido un triunfo y un
premio.
¿Quieres compartir tu premio con la que
te lo ha inspirado? ¿Quieres?»
Se
defendió un poco, pero al fin accedió.
Se
acercó a la niña y le dijo:
—Llévame
a tu casa, sí, adonde está tu padre enfermo. Y de paso que se dirigía a la
morada del ciego iba dando un adiós a todas las reformas que había acariciado,
a la elegante indumentaria, a la mesa, a los libros, a todo, a todo...
LUIS
LEÓN
(Año
1913)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.