Existió hace algunos siglos en cierta región
de España un conde ilustre, noble y piadoso, señor de algunas villas y lugares
que el monarca le había dado en feudo por las heroicas hazañas llevadas a cabo
por el conde en la guerra contra los infieles. La condesa, su esposa, había
muerto a los pocos años de verificarse el matrimonio, dejando dos hijos de corta
edad, Rodrigo y Elzeario, a los que el conde educó esmeradamente, dando asi feliz
remate a la obra comenzada con tanto acierto por la condesa, virtuosísima dama
que procuró y consiguió arraigar fuertemente en el alma de sus tiernos hijos el
temor y el amor de Dios; principio, el primero, de la sabiduría verdadera, y
causa y base el segundo de la verdadera felicidad en esta y en la otra vida.
Eran Rodrigo y Elzeario buenos los dos en el
fondo, pero de Índole y carácter diversos. Rodrigo era vehemente, investigador,
locuaz, curioso, muy dado al estudio de las ciencias, y afanoso siempre de
averiguar y saber el porqué de todo y las razones últimas de todas las cosa; Elzeario
templado, afable, poco solícito en la investigación de las cuestiones y en la
solución de los problemas y dudas que tanto preocupaban a su hermano, y
bondadoso y caritativo con todos, y muy particularmente con los menesterosos y
los desdichados. Rodrigo era hombre más teórico que práctico, y Elzeario más
práctico que teórico. Rodrigo pesaba mucho el pro y el contra de todas las
cosas, vacilaba, tardaba en resolverse, y después de mucho meditar, no solía
resolver al fin lo más acertado: su hermano, por el contrario, se decidía
pronto, sin decir por esto que procediese con ligereza, y casi siempre resolvía
con más acierto que Rodrigo. Este seguía en todo más bien el orden del
entendimiento, y Elzeario el del corazón; en las determinaciones del primero
influía principalmente el cálculo, en las del segundo el sentimiento.
Efecto, sin duda, de su natural bondadoso,
de la cristiana educación recibida y hasta del espíritu piadoso de aquella
época, es lo cierto que Rodrigo y Elzeario, a la muerte del conde, resolvieron
firmemente aplicar sus esfuerzos todos a la consecución del fin último para el
que hemos sido criados; pero aunque dirigiéndose los dos al mismo término,
eligieron caminos o procedimientos diversos y en conformidad con su carácter,
gustos e inclinaciones.
Elzeario renunció en favor de los pobres la parte de los bienes que le correspondían de su herencia, y, separándose de su hermano, fuese a habitar a un lugar desierto y retirado del bullicio del mundo, teniendo allí por morada una cueva, por lecho el duro suelo, por vestido un pobre y áspero sayal, y pan, legumbres y agua por toda comida y bebida. Dedicóse a la oración y contemplación de los misterios de nuestra Religión sacrosanta, al trabajo corporal y a la práctica de todas las virtudes, especialmente las de la humildad y caridad, ejerciendo con los ignorantes, enfermos, pobres y desvalidos todas las obras de misericordia, con tan ardiente celo y tan verdadera y profunda humildad, que bien pronto la fama de sus virtudes se extendió por toda aquella comarca, de cuyos puntos más extremos acudían a la cueva de Elzeario cuantos necesitaban consejo y socorro material o espiritual, en la seguridad de que el hermano Elzeario, como todos dieron en llamarle, había de dar pronto, fácil y eficaz remedio a todas sus necesidades.
Rodrigo,
que era el primogénito, quedóse en el castillo en donde él y su hermano habían
nacido, dueño de cuantiosos bienes; y rodeándose de administradores y
servidores probos y de hombres sabios, dedicóse con todo el ardor de su alma al
estudio de la Religión y de las ciencias, procurando con febril y tenaz empeño
investigar las razones últimas y el porqué de todas las cosas divinas y humanas,
para —según decía— llegar de este modo a conocer y amar a Dios, causa de las
causas y verdad primera en la que se apoya y de la que se deriva toda otra
verdad.
Vivía
con sencillez y modestia, era sobrio en la mesa y tenía ordenado a sus
servidores que jamás dejasen de socorrer a ningún menesteroso que se acercase a
las puertas del castillo, y aún que se enterasen de las necesidades de todos
sus súbditos y las socorriesen prontamente en su nombre; pero por sí mismo o
personalmente no practicaba, como su hermano, obras de misericordia, ni oraba
casi nunca, ni se ocupaba apenas en otra cosa, como ya hemos indicado, que en
el estudio de las cuestiones religiosas y científicas, y en buscar la solución
de los más arduos problemas.
El castillo todo parecía una inmensa
biblioteca, y Rodrigo pasaba los días, los meses y los años leyendo y meditando,
y conversando con los sabios de que se había rodeado sobre las cuestiones más
difíciles y profundas. Al cabo de algunos años, Elzeario tenía fama de santo, y
de sabio Rodrigo.
Este comenzó a experimentar por aquel entonces,
sin que supiera explicarse la causa de dónde procedía, cierta inquietud y desasosiego
constante, cierta desazón y vago malestar que fué creciendo, creciendo hasta el
punto de agriar su carácter antes dulce y apacible, y de molestarle gravemente.
Tornóse taciturno y melancólico, áspero y desabrido, y aumentóse al par en
tales términos su afán por saber, que no bastando ya para saciarlo las
numerosas obras científicas que poseía, ni las más famosas que se hizo traer
del extranjero, se dedicó a viajar por toda Europa, visitando museos y bibliotecas,
observando y estudiando tipos, usos, costumbres, leyes y religiones,,
conversando con las lumbreras de su tiempo, visitando las más famosas academias
y centros del saber, y procurando, en fin, por cuantos medios estaban a su
alcance, averiguar hasta las últimas razones de todas las cosas, asi divinas como
humanas.
Al cabo de un buen número de años volvió a
su país repleto de sabiduría a su entender y en el de todo el mundo (porque es
de advertir que Rodrigo alcanzó fama casi universal de sabio), pero
profundamente desalentado y triste.
Después de su vuelta abandonó casi por
completo el estudio, dejó de conversar con los sabios, y, presa de una profunda
y tenaz melancolía que llegó hasta a quebrantar su salud, pasaba el tiempo
encerrado en las habitaciones del castillo, retirado casi por entero del trato
de las gentes. Entonces fué cuando se decidió a visitar a su hermano, a quien
no había vuelto a ver desde que aquél se ausentó del castillo, y cuya fama de
santidad, como antes indicamos, llenaba la comarca. Puso en práctica su proyecto,
y pocos días después, a la caída de una templada y hermosa tarde de primavera,
en la que el sol poniente arrebolaba las nubes y de la tierra ligeramente húmeda
se levantaban perfumes de flores y efluvios de vida, solo y sin aparato de
ninguna clase, llegaba Rodrigo y penetraba en la pobre vivienda de su hermano.
—Me
han dicho—díjole apenas le hubo abrazado tiernamente— que eres dichoso, y vengo
a que me muestres los medios de que te has valido para llegar a serlo.
—Pues
qué ¿tú no eres feliz, hermano mío?—contestóle Elzeario lleno de asombro. —Yo
creía que lo fueras, porque tu fama de hombre sabio ha llegado hasta mi retiro,
y recuerdo que la adquisición de la sabiduría fué siempre la gran aspiración de
tu alma.
—Yo no
sé nada—contestó Rodrigo, cuya frente se cubrió de una densa sombra al decir
estas palabras,—porque aunque lo he estudiado y aprendido todo, de nada estoy seguro...
He perdido la fe... ¡dudo de todo! Yo creía que el verdadero saber estaba en
los libros, y la verdadera felicidad en el saber, y no he hallado ni lo uno ni
lo otro. ¡Soy un ignorante y un desdichado!
—Pues yo, hermano mío, no he estudiado como
tú esas famosas obras científicas que llenan de asombro al mundo, ni he
concurrido a los centros del saber humano, ni he conversado con los sabios: yo
no he estudiado más que un libro, pero de tan cierta y profunda sabiduría, que
sé cuánto al hombre le importa saber.
—¿Cómo se llama ese libro?—preguntó Rodrigo
lleno de ansiedad.
—Ese
libro es Jesucristo crucificado—contestó Elzeario con inspirado y majestuoso
acento, mostrando a su hermano un hermoso Crucifijo de talla, que se destacaba
sobre una de las paredes de la gruta. —Jesús es la Palabra de Dios, el Verbo
hecho carne; es la Verdad, la Sabiduría increada, por quien fueron creadas y se
conservan todas las cosas. Sólo ese libro enseña la verdad, porque sólo Él es
la Verdad, Pero tú, hermano mío, sólo has estudiado la vana ciencia del mundo,
olvidando a Dios, verdad primera y fundamento necesario de toda otra verdad.
Has pre pretendido hallar la verdad en hinchados y aparatosos discursos científicos
y retóricos, y sólo has conseguido llenarte de soberbia, vanidad y desaliento.
—Tienes razón, hermano mío—contestó
humildemente Rodrigo, bajando los ojos.
—Si quieres ser sabio y dichoso, estudia a
Jesucristo crucificado, porque Él, que es la Verdad, te dará la sabiduría, y
Él, que es el Amor, te dará la dicha. Jesucristo crucificado es el mejor libro
que puede estudiar el hombre. Sólo Él puede revelarte las grandes verdades
fundamentales de la Creación, la Encarnación y la Redención, verdades que
compendian cuanto al hombre conviene y le importa saber, y que se reducen a
esta sola palabra, AMOR; porque el amor fué la causa de la creación del hombre,
el amor fué la causa de la Encarnación de Jesucristo, y el amor fué la causa de
la redención del hombre por Jesucristo. Estudia y medita bien, hermano mío, ese
texto vivo que se llama Jesucristo crucificado: estudia su Encarnación, su
vida, sus padecimientos, su agonía y su muerte, que son la expresión de su
amor, y sabrás todo lo que te importa saber y serás feliz.
Así lo
hizo Rodrigo desde aquel día, convencido de que la ciencia sin Dios no produce
en el hombre más que ignorancia, soberbia y vanidad, apartándole de su último fin;
y si desde aquel día no volvió a brillar en las academias científicas como un sabio,
consiguió lo mismo que su hermano, vivir como un santo, que es mucho más que
ser sabio; y no sólo consiguieron ambos hermanos vivir como unos santos, sino
que consiguieron morir de ese modo, que es, no sólo lo más importante, sino lo
único que le importa al hombre, según aquellas palabras de nuestro adorable Salvador:
¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?
TEÓFILO
NITRAM.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.