domingo, 26 de abril de 2026

“EL MEJOR LIBRO” – Revista. La Lectura Dominical. Año 1900

 



 

   Existió hace algunos siglos en cierta región de España un conde ilustre, noble y piadoso, señor de algunas villas y lugares que el monarca le había dado en feudo por las heroicas hazañas llevadas a cabo por el conde en la guerra contra los infieles. La condesa, su esposa, había muerto a los pocos años de verificarse el matrimonio, dejando dos hijos de corta edad, Rodrigo y Elzeario, a los que el conde educó esmeradamente, dando asi feliz remate a la obra comenzada con tanto acierto por la condesa, virtuosísima dama que procuró y consiguió arraigar fuertemente en el alma de sus tiernos hijos el temor y el amor de Dios; principio, el primero, de la sabiduría verdadera, y causa y base el segundo de la verdadera felicidad en esta y en la otra vida.

 

   Eran Rodrigo y Elzeario buenos los dos en el fondo, pero de Índole y carácter diversos. Rodrigo era vehemente, investigador, locuaz, curioso, muy dado al estudio de las ciencias, y afanoso siempre de averiguar y saber el porqué de todo y las razones últimas de todas las cosa; Elzeario templado, afable, poco solícito en la investigación de las cuestiones y en la solución de los problemas y dudas que tanto preocupaban a su hermano, y bondadoso y caritativo con todos, y muy particularmente con los menesterosos y los desdichados. Rodrigo era hombre más teórico que práctico, y Elzeario más práctico que teórico. Rodrigo pesaba mucho el pro y el contra de todas las cosas, vacilaba, tardaba en resolverse, y después de mucho meditar, no solía resolver al fin lo más acertado: su hermano, por el contrario, se decidía pronto, sin decir por esto que procediese con ligereza, y casi siempre resolvía con más acierto que Rodrigo. Este seguía en todo más bien el orden del entendimiento, y Elzeario el del corazón; en las determinaciones del primero influía principalmente el cálculo, en las del segundo el sentimiento.

 

   Efecto, sin duda, de su natural bondadoso, de la cristiana educación recibida y hasta del espíritu piadoso de aquella época, es lo cierto que Rodrigo y Elzeario, a la muerte del conde, resolvieron firmemente aplicar sus esfuerzos todos a la consecución del fin último para el que hemos sido criados; pero aunque dirigiéndose los dos al mismo término, eligieron caminos o procedimientos diversos y en conformidad con su carácter, gustos e inclinaciones.

 

   Elzeario renunció en favor de los pobres la parte de los bienes que le correspondían de su herencia, y, separándose de su hermano, fuese a habitar a un lugar desierto y retirado del bullicio del mundo, teniendo allí por morada una cueva, por lecho el duro suelo, por vestido un pobre y áspero sayal, y pan, legumbres y agua por toda comida y bebida. Dedicóse a la oración y contemplación de los misterios de nuestra Religión sacrosanta, al trabajo corporal y a la práctica de todas las virtudes, especialmente las de la humildad y caridad, ejerciendo con los ignorantes, enfermos, pobres y desvalidos todas las obras de misericordia, con tan ardiente celo y tan verdadera y profunda humildad, que bien pronto la fama de sus virtudes se extendió por toda aquella comarca, de cuyos puntos más extremos acudían a la cueva de Elzeario cuantos necesitaban consejo y socorro material o espiritual, en la seguridad de que el hermano Elzeario, como todos dieron en llamarle, había de dar pronto, fácil y eficaz remedio a todas sus necesidades.

 

   Rodrigo, que era el primogénito, quedóse en el castillo en donde él y su hermano habían nacido, dueño de cuantiosos bienes; y rodeándose de administradores y servidores probos y de hombres sabios, dedicóse con todo el ardor de su alma al estudio de la Religión y de las ciencias, procurando con febril y tenaz empeño investigar las razones últimas y el porqué de todas las cosas divinas y humanas, para —según decía— llegar de este modo a conocer y amar a Dios, causa de las causas y verdad primera en la que se apoya y de la que se deriva toda otra verdad.

 

   Vivía con sencillez y modestia, era sobrio en la mesa y tenía ordenado a sus servidores que jamás dejasen de socorrer a ningún menesteroso que se acercase a las puertas del castillo, y aún que se enterasen de las necesidades de todos sus súbditos y las socorriesen prontamente en su nombre; pero por sí mismo o personalmente no practicaba, como su hermano, obras de misericordia, ni oraba casi nunca, ni se ocupaba apenas en otra cosa, como ya hemos indicado, que en el estudio de las cuestiones religiosas y científicas, y en buscar la solución de los más arduos problemas.

 

   El castillo todo parecía una inmensa biblioteca, y Rodrigo pasaba los días, los meses y los años leyendo y meditando, y conversando con los sabios de que se había rodeado sobre las cuestiones más difíciles y profundas. Al cabo de algunos años, Elzeario tenía fama de santo, y de sabio Rodrigo.

 

   Este comenzó a experimentar por aquel entonces, sin que supiera explicarse la causa de dónde procedía, cierta inquietud y desasosiego constante, cierta desazón y vago malestar que fué creciendo, creciendo hasta el punto de agriar su carácter antes dulce y apacible, y de molestarle gravemente. Tornóse taciturno y melancólico, áspero y desabrido, y aumentóse al par en tales términos su afán por saber, que no bastando ya para saciarlo las numerosas obras científicas que poseía, ni las más famosas que se hizo traer del extranjero, se dedicó a viajar por toda Europa, visitando museos y bibliotecas, observando y estudiando tipos, usos, costumbres, leyes y religiones,, conversando con las lumbreras de su tiempo, visitando las más famosas academias y centros del saber, y procurando, en fin, por cuantos medios estaban a su alcance, averiguar hasta las últimas razones de todas las cosas, asi divinas como humanas.

 

   Al cabo de un buen número de años volvió a su país repleto de sabiduría a su entender y en el de todo el mundo (porque es de advertir que Rodrigo alcanzó fama casi universal de sabio), pero profundamente desalentado y triste.

 

   Después de su vuelta abandonó casi por completo el estudio, dejó de conversar con los sabios, y, presa de una profunda y tenaz melancolía que llegó hasta a quebrantar su salud, pasaba el tiempo encerrado en las habitaciones del castillo, retirado casi por entero del trato de las gentes. Entonces fué cuando se decidió a visitar a su hermano, a quien no había vuelto a ver desde que aquél se ausentó del castillo, y cuya fama de santidad, como antes indicamos, llenaba la comarca. Puso en práctica su proyecto, y pocos días después, a la caída de una templada y hermosa tarde de primavera, en la que el sol poniente arrebolaba las nubes y de la tierra ligeramente húmeda se levantaban perfumes de flores y efluvios de vida, solo y sin aparato de ninguna clase, llegaba Rodrigo y penetraba en la pobre vivienda de su hermano.

 

   —Me han dicho—díjole apenas le hubo abrazado tiernamente— que eres dichoso, y vengo a que me muestres los medios de que te has valido para llegar a serlo.

 

   —Pues qué ¿tú no eres feliz, hermano mío?—contestóle Elzeario lleno de asombro. —Yo creía que lo fueras, porque tu fama de hombre sabio ha llegado hasta mi retiro, y recuerdo que la adquisición de la sabiduría fué siempre la gran aspiración de tu alma.

 

   —Yo no sé nada—contestó Rodrigo, cuya frente se cubrió de una densa sombra al decir estas palabras,—porque aunque lo he estudiado y aprendido todo, de nada estoy seguro... He perdido la fe... ¡dudo de todo! Yo creía que el verdadero saber estaba en los libros, y la verdadera felicidad en el saber, y no he hallado ni lo uno ni lo otro. ¡Soy un ignorante y un desdichado!

 

   —Pues yo, hermano mío, no he estudiado como tú esas famosas obras científicas que llenan de asombro al mundo, ni he concurrido a los centros del saber humano, ni he conversado con los sabios: yo no he estudiado más que un libro, pero de tan cierta y profunda sabiduría, que sé cuánto al hombre le importa saber.

 

   —¿Cómo se llama ese libro?—preguntó Rodrigo lleno de ansiedad.

 

   —Ese libro es Jesucristo crucificado—contestó Elzeario con inspirado y majestuoso acento, mostrando a su hermano un hermoso Crucifijo de talla, que se destacaba sobre una de las paredes de la gruta. —Jesús es la Palabra de Dios, el Verbo hecho carne; es la Verdad, la Sabiduría increada, por quien fueron creadas y se conservan todas las cosas. Sólo ese libro enseña la verdad, porque sólo Él es la Verdad, Pero tú, hermano mío, sólo has estudiado la vana ciencia del mundo, olvidando a Dios, verdad primera y fundamento necesario de toda otra verdad. Has pre pretendido hallar la verdad en hinchados y aparatosos discursos científicos y retóricos, y sólo has conseguido llenarte de soberbia, vanidad y desaliento.

 

   —Tienes razón, hermano mío—contestó humildemente Rodrigo, bajando los ojos.

 

   —Si quieres ser sabio y dichoso, estudia a Jesucristo crucificado, porque Él, que es la Verdad, te dará la sabiduría, y Él, que es el Amor, te dará la dicha. Jesucristo crucificado es el mejor libro que puede estudiar el hombre. Sólo Él puede revelarte las grandes verdades fundamentales de la Creación, la Encarnación y la Redención, verdades que compendian cuanto al hombre conviene y le importa saber, y que se reducen a esta sola palabra, AMOR; porque el amor fué la causa de la creación del hombre, el amor fué la causa de la Encarnación de Jesucristo, y el amor fué la causa de la redención del hombre por Jesucristo. Estudia y medita bien, hermano mío, ese texto vivo que se llama Jesucristo crucificado: estudia su Encarnación, su vida, sus padecimientos, su agonía y su muerte, que son la expresión de su amor, y sabrás todo lo que te importa saber y serás feliz.

 

   Así lo hizo Rodrigo desde aquel día, convencido de que la ciencia sin Dios no produce en el hombre más que ignorancia, soberbia y vanidad, apartándole de su último fin; y si desde aquel día no volvió a brillar en las academias científicas como un sabio, consiguió lo mismo que su hermano, vivir como un santo, que es mucho más que ser sabio; y no sólo consiguieron ambos hermanos vivir como unos santos, sino que consiguieron morir de ese modo, que es, no sólo lo más importante, sino lo único que le importa al hombre, según aquellas palabras de nuestro adorable Salvador: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?

 

   TEÓFILO NITRAM.

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