Hace bastantes años, que encontrándome en el establecimiento
de baños de Fitero, fui una tarde invitado por cuatro bañistas jóvenes y de
buen humor, a una excursión a caballo por los alrededores: acepté, y una hora
después cabalgábamos los cinco alegremente por el fertilísimo valle que el rio
Alhama riega y fecunda.
Detuvímonos en el valle sin saber qué
dirección tomar, cuando uno de mis compañeros propuso una ascensión a lo más
alto de las rocas, cortadas a pico, que se alzan en frente del establecimiento,
y a cuyos pies corre el rio. Arriesgada y casi imposible parecía la empresa
yendo a caballo, pero el autor de ella observó que en los sitios difíciles y
peligrosos podíamos echar pie a tierra y llevar de las riendas las
cabalgaduras, y dejar éstas luego atadas a los árboles, cuando fuese imposible
continuar con ellas, trepando nosotros a pie a lo alto de las rocas, en las que
se veían las ruinas de cierto castillo árabe, célebre en los gloriosos fastos
de la Reconquista.
Aún no habríamos caminado media legua
subiendo por aquellos vericuetos, cuando un pastor que andaba por las laderas
de la montaña apacentando su ganado, comenzó a gritar desaforadamente
dirigiéndose a nosotros y haciéndonos señas, al par, con la mano, como indicándonos
que nos detuviéramos: hicímoslo así sorprendidos, y como no se entendiese bien desde
el sitio en que nos hallábamos lo que decía, piqué espuelas a mi caballo, y en
dos minutos llegué al lado del pastor.
— ¿Qué
dice Ud., buen hombre? — exclamé en cuanto estuve cerca de él.
— Señorito, Ud., perdone — contestóme
quitándose respetuosamente el sombrero, — pero como comprendo que Uds., no son
naturales del país, les aviso, que aunque echen algún tiempo más, si, como me
figuro, se dirigen a las ruinas del castillo de los moros, den Uds., un rodeo
por aquella loma de allí enfrente, y luego vuelvan por el mismo sitio.
— ¡Qué! ¿Es peligroso el camino que
llevábamos?
— ¡Que si es peligroso! ¿No lo dije, que Uds.,
no son de estos terrenos? ¿Pues Ud., no sabe que siguiendo por donde iban, no tardarían
ni una hora en encontrarse en la mismísima boca de la cueva del diablo?
— ¡La
cueva del diablo! ¿Y qué cueva es esa?—repliqué extrañando el toro de supersticioso
temor con que el buen hombre había pronunciado sus últimas palabras.
— ¡Anda, anda! ¡Qué cueva es esa! ¡Pues la
del diablo! ¡Me parece que con eso está dicho todo!
— Pero... ¿vive el diablo en esa cueva? — pregunté,
sin poder reprimir una sonrisa burlona.
— Si no vive... ¡ha vivido! ¡Lo que es eso es tan cierto como que ahora alumbra el sol! — Contestó el pastor con el acento propio de la convicción más profunda. — ¡Y de ahí que ningún habitante de Fitero, ni ningún pastor de estas montañas, ni nadie de estos alrededores se acerque en media legua a esa cueva, aunque sea el hombre más valiente del mundo! ¿No ve Ud., que por aquí no hay quien no conozca esa historia?
Aunque
yo no soy supersticioso, confieso que las palabras del pastor excitaron vivamente mi curiosidad; y como aquél me manifestara después que, dado lo
avanzado de la hora y lo peligroso de
la ascensión, que haría lenta la marcha, no
tendríamos tiempo de llegar a las ruinas del castillo sin que nos sorprendiese la noche, volví a mis
compañeros y les manifesté esto
último, rogándoles que dejáramos la excursión para otro día en que pudiéramos disponer de más tiempo. Callé, intencionadamente, lo que el
pastor me había manifestado respecto a
la misteriosa cueva, y volvimos grupas, resolviendo
limitar aquella tarde la excursión a un paseo por el valle, dejando para otro día la subida a las ruinas. A poco rato, y cuando ya un accidente del
terreno nos ocultaba a la vista del
pastor, pretexté haber perdido la petaca, y retrocedí, después de encargar a mis compañeros que no pasasen cuidado si veían que tardaba. Algunos
instantes después me encontraba nuevamente
en la presencia del pastor, a quien
rogué con encarecimiento me contase aquella historia que tan vivamente había despertarlo mi interés.
El buen hombre se manifestó desde luego
dispuesto a complacerme, y tomamos asiento a la sombra de un árbol, porque
aunque el sol iba ya de caída, todavía picaba bastante. Mi interlocutor echó
una ojeada al ganado, y sacó del bolsillo de la zamarra una bolsita de cuero, y
de ella yesca, eslabón y pedernal; hizo lumbre, golpeando con el eslabón un
poco de yesca que colocó sobre el pedernal; encendió una colilla que llevaba detrás
de la oreja, le dio dos o tres chupadas seguidas, arrojó el humo soplando y
ahuecando mucho al par los carrillos, miró algunos instantes fijamente el humo
entornando los ojos, y volviéndose luego a mí, empezó del siguiente modo, poco
más o menos, su relación:
—Ha de
saber su mercé que, según me contó a mí mi padre y a mi padre mi abuelo, se
presentó hace muchos años en la próxima villa de Fitero, de la noche a la
mañana, y sin que nadie supiese por dónde había venido, un extranjero, del cual
se decían cosas maravillosas: quién decía que, habiendo cometido un crimen horroroso
en un país lejano, andaba huido para burlar la acción de la justicia; quién que
era un conspirador político; quién que un capitán de bandidos, que tenía
apostada su cuadrilla en lo más fragoso de estas cordilleras; quién que una
especie de brujo o mago que hacia conjuros y tenía tratos con el diablo; quién,
por último, que era el diablo mismo en persona...
El pastor se estremeció de espanto al llegar
a este punto de su narración, y después prosiguió:
— Ello es, señor, que desde que el
misterioso personaje apareció en el pueblo, empezaron a suceder en toda esta
comarca cosas estupendas y maravillosas, y desgracias sin cuento. Las cosechas
se perdían por falta o por sobra de lluvias; mieses, que a la mañana las veía
Ud., frescas y lozanas, aparecían a la tarde mustia y seca, como si las hubiese
abrasado un viento africano; los ganados enfermaban de enfermedades desconocidas
y extrañas y se diezmaban; pues si es los niños, enfermaban de mal de ojo, y
algunos eran sacados de sus cunas por las noches, azotados y martirizados sin
que se viese por quién, y las doncellas perdían el color y la alegría, y
ocurrían, en fin, por todas partes desastres y calamidades sin número, sin que
se pudiese averiguar la causa que las producía: parecía que todo el pueblo
estaba embrujado.
Pues de todo aquello tenía la culpa el
endiablado forastero, a, quien todo el pueblo odiaba, pero con quien nadie se atrevía,
por miedo a que con sus conjuros y hechizos cometiera, por vengarse, mas judiadas
que las que cometía, que no eran pocas ni flojas. Un día se presentó en el
pueblo un pastor y dijo que había visto al extranjero o al brujo, como aquí le
llamaba todo el mundo (y que a lo mejor se perdía semanas enteras haciendo
señales misteriosas (Serían conjuros) a la orilla del Alhama, en el cual arrojo
luego, haciendo nuevos signos y pronunciando palabras ininteligibles, unos
polvos obscuros que hicieron hervir el agua, y que habiendo bebido luego
algunas reses en aquel sitio, todas quedaron muertas en el acto.
Fué
tal la indignación que se apoderó del pueblo al escuchar lo que contaba el
pastor, que sacando al brujo del cuchitril en que vivía rodeado de redomas y de
ungüentos prodigiosos, le arrojaron del pueblo a pedradas y le persiguieron por
el campo con intención de matarle, pero ¡que si quieres! Cuando ya le iban dando
alcance, desapareció de pronto de la vista de sus perseguidores, sin que nadie supiese
como ni por dónde se había ido...
No
volvió a aparecer en el pueblo, pero según se supo al cabo de algún tiempo, se
había guarecido en la que desde entonces se llamó “La cueva del diablo”, y a la
que antes se llamaba la cueva de cristal, por estar toda ella llena de esas
columnitas y puntas cristalinas que se forman con las filtraciones de las
aguas.
¿Y
creerá su mercé que con la desaparición del mago, del pueblo, acabaron los
males que afligían a este y a la comarca entera? ¡Pues no, señor, que cada día
iban en aumento! A todo esto, algunos pastores de los que día y noche andan con
sus ganados por estos vericuetos, habían visto ciertas noches, en punto y hora
de las doce, iluminarse con una luz extraña la cueva maldita, y salir de ella
gritos horribles, aullidos, maldiciones y blasfemias, lo que les hizo huir
llenos de espanto. Sin duda el brujo celebraba sus conjuros a la media noche,
evocando los espíritus infernales y teniendo con ellos sus endiablados conciliábulos.
El país entero se llenó de terror, y nadie se atrevía a acercarse a la
endemoniada cueva, en dos leguas a la redonda.
Un
día, unos valerosos guerreros cristianos de los que por aquel entonces andaban
por estas provincias en lucha con los moros, y de cuyo tiempo, o de poco antes,
es la fundación de ese castillo cuyas ruinas se ven en aquella altura, se atrevieron
a llegar cerca de la cueva maldita, en cuya boca vieron aparecer, según contaron
luego, un monstruo horrible, al par que salía por ella gran cantidad de humo
espeso y negro, que obscureció el sol por algunos instantes. Dicho se está, que
los guerreros se volvieron llenos de espanto, y sin atreverse a llegar a la
cueva. Estaba visto que sólo un poder sobrenatural podía acabar con el
endiablado brujo y con sus conjuros y hechizos, como así sucedió.
Una
noche llegó a la posada del pueblo, pidiendo hospitalidad, un peregrino que
volvía de Jerusalen de visitar los Santos Lugares. Como en el pueblo no se
hablaba a la y noche de otra cosa, refiriéronle en cuanto llego lo que ocurría,
y apenas terminada su modesta colación, rogó a algunos mozos del pueblo que le
acompañaran para indicarle el camino, pues deseaba llegar a la cueva del diablo
a la media noche, hora en la que, según le aseguraron, hacía el mago sus
conjuros. Los mozos, no sin algún recelo, pero alentados por el valor del
peregrino, acompañaron a éste hasta cosa de un tiro de honda de la boca de la
cueva, a la que se dirigió solo el peregrino, precisamente en el instante en
que sonaban las doce en el reloj de la villa de Fitero. El peregrino se detuvo a
algunos pasos de la boca de la cueva, a ver lo que pasaba.
Apenas
se extinguió temblando en el aire el rumor de la última campanada de las doce,
el brujo encendió un cabo de vela verde, y a su luz púsose a leer en un libraco
antiguo. Al cabo de un rato, separó la vista del libro, pronunció ciertas palabras
misteriosas, trazando al par con la mano en el aire algunos signos invisibles,
y de repente apareció en el suelo de la cueva como un lago de fuego que la
iluminó toda con un resplandor siniestro, como de luz de azufre. Al mismo
tiempo comenzaron a brotar de aquel lago de fuego monstruos horribles y
asquerosos, en forma de sapos, lagartos y serpientes, que se retorcían y
enroscaban silbando por las estalactitas de la cueva, cuyo ámbito se llenó todo
de aquellos reptiles y alimañas: el brujo mismo desapareció convertido en uno
de aquellos horribles bichos.
El peregrino no se arredró: pronunció
fervorosamente y de todo corazón el nombre bendito de Jesús, penetró
resueltamente en la cueva, sin que el fuego del suelo quemase sus pies, sacó y
mostró en alto la cruz que al efecto llevaba oculta, y que apareció rodeada de
un vivísimo resplandor celestial, y en el mismo instante oyóse en el interior
de la cueva como una detonación a estampido formidable que la hizo retemblar
toda, desapareció el fuego del suelo y con él los monstruos horribles, que huyeron
rápidamente, amedrentados a la vista de la cruz, tornándose a los infiernos, y
sólo quedó, iluminando la cueva, el dulce resplandor de la cruz bendita, cuya
sola vista hizo huir llenos de terror a los malos espíritus, que no volvieron a
presentarse jamás en la cueva ni en ninguna otra parte de esta comarca,
desapareciendo con ellos las calamidades y desgracias que antes la afligían.
— Pues
entonces — pregunté al pastor en cuanto hubo terminado su relación — ¿qué razón
existe ya para que inspire temor esa cueva?
— ¡Razón... como razón precisamente, no digo
yo que exista... pero, caballero... son cosas que no se pueden remediar! ¡Lo
que es yo, y lo mismo les pasa a muchos, le digo a su mercé que no pongo los
pies por nada de este mundo en un lugar que ha estado habitado por el diablo!
—replicó mi interlocutor limpiándose el sudor que en gruesas gotas corría por
su frente.
En aquel momento, la campana de la iglesia
de la próxima villa de Fitero, doblaba pausadamente a la oración, pues con unas
y con otras ya hacía rato que el sol había traspuesto el horizonte, y las
sombras comenzaban a invadir la tierra. Descubrímonos y rezamos devotamente la
oración, despedíme afectuosamente del pastor, monté a caballo y partí para el
balneario, al que llegué completamente de noche, y no sin haber vuelto medrosamente,
durante el camino, dos o tres veces la cabeza, en la dirección en que, según me
había dicho el pastor, se encontraba la famosa cueva.
TEÓFILO
NITRAM – Año 1899
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