martes, 21 de abril de 2026

LA CUEVA DEL DIABLO


 

   Hace bastantes  años, que encontrándome en el establecimiento de baños de Fitero, fui una tarde invitado por cuatro bañistas jóvenes y de buen humor, a una excursión a caballo por los alrededores: acepté, y una hora después cabalgábamos los cinco alegremente por el fertilísimo valle que el rio Alhama riega  y fecunda.

 

   Detuvímonos en el valle sin saber qué dirección tomar, cuando uno de mis compañeros propuso una ascensión a lo más alto de las rocas, cortadas a pico, que se alzan en frente del establecimiento, y a cuyos pies corre el rio. Arriesgada y casi imposible parecía la empresa yendo a caballo, pero el autor de ella observó que en los sitios difíciles y peligrosos podíamos echar pie a tierra y llevar de las riendas las cabalgaduras, y dejar éstas luego atadas a los árboles, cuando fuese imposible continuar con ellas, trepando nosotros a pie a lo alto de las rocas, en las que se veían las ruinas de cierto castillo árabe, célebre en los gloriosos fastos de la Reconquista.

 

   Aún no habríamos caminado media legua subiendo por aquellos vericuetos, cuando un pastor que andaba por las laderas de la montaña apacentando su ganado, comenzó a gritar desaforadamente dirigiéndose a nosotros y haciéndonos señas, al par, con la mano, como indicándonos que nos detuviéramos: hicímoslo así sorprendidos, y como no se entendiese bien desde el sitio en que nos hallábamos lo que decía, piqué espuelas a mi caballo, y en dos minutos llegué al lado del pastor.

 

   — ¿Qué dice Ud., buen hombre? — exclamé en cuanto estuve cerca de él.

   — Señorito, Ud., perdone — contestóme quitándose respetuosamente el sombrero, — pero como comprendo que Uds., no son naturales del país, les aviso, que aunque echen algún tiempo más, si, como me figuro, se dirigen a las ruinas del castillo de los moros, den Uds., un rodeo por aquella loma de allí enfrente, y luego vuelvan por el mismo sitio.

   — ¡Qué! ¿Es peligroso el camino que llevábamos?

   — ¡Que si es peligroso! ¿No lo dije, que Uds., no son de estos terrenos? ¿Pues Ud., no sabe que siguiendo por donde iban, no tardarían ni una hora en encontrarse en la mismísima boca de la cueva del diablo?

   — ¡La cueva del diablo! ¿Y qué cueva es esa?—repliqué extrañando el toro de supersticioso temor con que el buen hombre había pronunciado sus últimas palabras.

   — ¡Anda, anda! ¡Qué cueva es esa! ¡Pues la del diablo! ¡Me parece que con eso está dicho todo!

   — Pero... ¿vive el diablo en esa cueva? — pregunté, sin poder reprimir una sonrisa burlona.

   — Si no vive... ¡ha vivido! ¡Lo que es eso es tan cierto como que ahora alumbra el sol! — Contestó el pastor con el acento propio de la convicción más profunda. — ¡Y de ahí que ningún habitante de Fitero, ni ningún pastor de estas montañas, ni nadie de estos alrededores se acerque en media legua a esa cueva, aunque sea el hombre más valiente del mundo! ¿No ve Ud., que por aquí no hay quien no conozca esa historia?

 

   Aunque yo no soy supersticioso, confieso que las palabras del pastor excitaron vivamente mi curiosidad; y como aquél me manifestara después que, dado lo avanzado de la hora y lo peligroso de la ascensión, que haría lenta la marcha, no tendríamos tiempo de llegar a las ruinas del castillo sin que nos sorprendiese la noche, volví a mis compañeros y les manifesté esto último, rogándoles que dejáramos la excursión para otro día en que pudiéramos disponer de más tiempo. Callé, intencionadamente, lo que el pastor me había manifestado respecto a la misteriosa cueva, y volvimos grupas, resolviendo limitar aquella tarde la excursión a un paseo por el valle, dejando para otro día la subida a las ruinas. A poco rato, y cuando ya un accidente del terreno nos ocultaba a la vista del pastor, pretexté haber perdido la petaca, y retrocedí, después de encargar a mis compañeros que no pasasen cuidado si veían que tardaba. Algunos instantes después me encontraba nuevamente en la presencia del pastor, a quien rogué con encarecimiento me contase aquella historia que tan vivamente había despertarlo mi interés.

 

   El buen hombre se manifestó desde luego dispuesto a complacerme, y tomamos asiento a la sombra de un árbol, porque aunque el sol iba ya de caída, todavía picaba bastante. Mi interlocutor echó una ojeada al ganado, y sacó del bolsillo de la zamarra una bolsita de cuero, y de ella yesca, eslabón y pedernal; hizo lumbre, golpeando con el eslabón un poco de yesca que colocó sobre el pedernal; encendió una colilla que llevaba detrás de la oreja, le dio dos o tres chupadas seguidas, arrojó el humo soplando y ahuecando mucho al par los carrillos, miró algunos instantes fijamente el humo entornando los ojos, y volviéndose luego a mí, empezó del siguiente modo, poco más o menos, su relación:

 

  —Ha de saber su mercé que, según me contó a mí mi padre y a mi padre mi abuelo, se presentó hace muchos años en la próxima villa de Fitero, de la noche a la mañana, y sin que nadie supiese por dónde había venido, un extranjero, del cual se decían cosas maravillosas: quién decía que, habiendo cometido un crimen horroroso en un país lejano, andaba huido para burlar la acción de la justicia; quién que era un conspirador político; quién que un capitán de bandidos, que tenía apostada su cuadrilla en lo más fragoso de estas cordilleras; quién que una especie de brujo o mago que hacia conjuros y tenía tratos con el diablo; quién, por último, que era el diablo mismo en persona...

 

   El pastor se estremeció de espanto al llegar a este punto de su narración, y después prosiguió:

   — Ello es, señor, que desde que el misterioso personaje apareció en el pueblo, empezaron a suceder en toda esta comarca cosas estupendas y maravillosas, y desgracias sin cuento. Las cosechas se perdían por falta o por sobra de lluvias; mieses, que a la mañana las veía Ud., frescas y lozanas, aparecían a la tarde mustia y seca, como si las hubiese abrasado un viento africano; los ganados enfermaban de enfermedades desconocidas y extrañas y se diezmaban; pues si es los niños, enfermaban de mal de ojo, y algunos eran sacados de sus cunas por las noches, azotados y martirizados sin que se viese por quién, y las doncellas perdían el color y la alegría, y ocurrían, en fin, por todas partes desastres y calamidades sin número, sin que se pudiese averiguar la causa que las producía: parecía que todo el pueblo estaba embrujado.

 

   Pues de todo aquello tenía la culpa el endiablado forastero, a, quien todo el pueblo odiaba, pero con quien nadie se atrevía, por miedo a que con sus conjuros y hechizos cometiera, por vengarse, mas judiadas que las que cometía, que no eran pocas ni flojas. Un día se presentó en el pueblo un pastor y dijo que había visto al extranjero o al brujo, como aquí le llamaba todo el mundo (y que a lo mejor se perdía semanas enteras haciendo señales misteriosas (Serían conjuros) a la orilla del Alhama, en el cual arrojo luego, haciendo nuevos signos y pronunciando palabras ininteligibles, unos polvos obscuros que hicieron hervir el agua, y que habiendo bebido luego algunas reses en aquel sitio, todas quedaron muertas en el acto.

 

   Fué tal la indignación que se apoderó del pueblo al escuchar lo que contaba el pastor, que sacando al brujo del cuchitril en que vivía rodeado de redomas y de ungüentos prodigiosos, le arrojaron del pueblo a pedradas y le persiguieron por el campo con intención de matarle, pero ¡que si quieres! Cuando ya le iban dando alcance, desapareció de pronto de la vista de sus perseguidores, sin que nadie supiese como ni por dónde se había ido...

 

   No volvió a aparecer en el pueblo, pero según se supo al cabo de algún tiempo, se había guarecido en la que desde entonces se llamó “La cueva del diablo”, y a la que antes se llamaba la cueva de cristal, por estar toda ella llena de esas columnitas y puntas cristalinas que se forman con las filtraciones de las aguas.

 

   ¿Y creerá su mercé que con la desaparición del mago, del pueblo, acabaron los males que afligían a este y a la comarca entera? ¡Pues no, señor, que cada día iban en aumento! A todo esto, algunos pastores de los que día y noche andan con sus ganados por estos vericuetos, habían visto ciertas noches, en punto y hora de las doce, iluminarse con una luz extraña la cueva maldita, y salir de ella gritos horribles, aullidos, maldiciones y blasfemias, lo que les hizo huir llenos de espanto. Sin duda el brujo celebraba sus conjuros a la media noche, evocando los espíritus infernales y teniendo con ellos sus endiablados conciliábulos. El país entero se llenó de terror, y nadie se atrevía a acercarse a la endemoniada cueva, en dos leguas a la redonda.

 

   Un día, unos valerosos guerreros cristianos de los que por aquel entonces andaban por estas provincias en lucha con los moros, y de cuyo tiempo, o de poco antes, es la fundación de ese castillo cuyas ruinas se ven en aquella altura, se atrevieron a llegar cerca de la cueva maldita, en cuya boca vieron aparecer, según contaron luego, un monstruo horrible, al par que salía por ella gran cantidad de humo espeso y negro, que obscureció el sol por algunos instantes. Dicho se está, que los guerreros se volvieron llenos de espanto, y sin atreverse a llegar a la cueva. Estaba visto que sólo un poder sobrenatural podía acabar con el endiablado brujo y con sus conjuros y hechizos, como así sucedió.

 

   Una noche llegó a la posada del pueblo, pidiendo hospitalidad, un peregrino que volvía de Jerusalen de visitar los Santos Lugares. Como en el pueblo no se hablaba a la y noche de otra cosa, refiriéronle en cuanto llego lo que ocurría, y apenas terminada su modesta colación, rogó a algunos mozos del pueblo que le acompañaran para indicarle el camino, pues deseaba llegar a la cueva del diablo a la media noche, hora en la que, según le aseguraron, hacía el mago sus conjuros. Los mozos, no sin algún recelo, pero alentados por el valor del peregrino, acompañaron a éste hasta cosa de un tiro de honda de la boca de la cueva, a la que se dirigió solo el peregrino, precisamente en el instante en que sonaban las doce en el reloj de la villa de Fitero. El peregrino se detuvo a algunos pasos de la boca de la cueva, a ver lo que pasaba.

 

   Apenas se extinguió temblando en el aire el rumor de la última campanada de las doce, el brujo encendió un cabo de vela verde, y a su luz púsose a leer en un libraco antiguo. Al cabo de un rato, separó la vista del libro, pronunció ciertas palabras misteriosas, trazando al par con la mano en el aire algunos signos invisibles, y de repente apareció en el suelo de la cueva como un lago de fuego que la iluminó toda con un resplandor siniestro, como de luz de azufre. Al mismo tiempo comenzaron a brotar de aquel lago de fuego monstruos horribles y asquerosos, en forma de sapos, lagartos y serpientes, que se retorcían y enroscaban silbando por las estalactitas de la cueva, cuyo ámbito se llenó todo de aquellos reptiles y alimañas: el brujo mismo desapareció convertido en uno de aquellos horribles bichos.

 

   El peregrino no se arredró: pronunció fervorosamente y de todo corazón el nombre bendito de Jesús, penetró resueltamente en la cueva, sin que el fuego del suelo quemase sus pies, sacó y mostró en alto la cruz que al efecto llevaba oculta, y que apareció rodeada de un vivísimo resplandor celestial, y en el mismo instante oyóse en el interior de la cueva como una detonación a estampido formidable que la hizo retemblar toda, desapareció el fuego del suelo y con él los monstruos horribles, que huyeron rápidamente, amedrentados a la vista de la cruz, tornándose a los infiernos, y sólo quedó, iluminando la cueva, el dulce resplandor de la cruz bendita, cuya sola vista hizo huir llenos de terror a los malos espíritus, que no volvieron a presentarse jamás en la cueva ni en ninguna otra parte de esta comarca, desapareciendo con ellos las calamidades y desgracias que antes la afligían.

 

   — Pues entonces — pregunté al pastor en cuanto hubo terminado su relación — ¿qué razón existe ya para que inspire temor esa cueva?

   — ¡Razón... como razón precisamente, no digo yo que exista... pero, caballero... son cosas que no se pueden remediar! ¡Lo que es yo, y lo mismo les pasa a muchos, le digo a su mercé que no pongo los pies por nada de este mundo en un lugar que ha estado habitado por el diablo! —replicó mi interlocutor limpiándose el sudor que en gruesas gotas corría por su frente.

 

   En aquel momento, la campana de la iglesia de la próxima villa de Fitero, doblaba pausadamente a la oración, pues con unas y con otras ya hacía rato que el sol había traspuesto el horizonte, y las sombras comenzaban a invadir la tierra. Descubrímonos y rezamos devotamente la oración, despedíme afectuosamente del pastor, monté a caballo y partí para el balneario, al que llegué completamente de noche, y no sin haber vuelto medrosamente, durante el camino, dos o tres veces la cabeza, en la dirección en que, según me había dicho el pastor, se encontraba la famosa cueva.

 

TEÓFILO NITRAM  – Año 1899


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