La
masonería se distingue en primer término por el odio que profesa a la Iglesia
católica en todos los tiempos, pero muy principalmente en éste de la Semana
Mayor, dando con ello fundamento a la versión; por otra parte bastante
autorizada, de que dicha secta fué fundada por los judíos después de su
dispersión por el mundo, para combatir sin tregua ni descanso a nuestra santa
Religión, haciendo causa común con quienes la atacan y
favoreciendo y propagando todos los errores que se opongan a la verdad
revelada.
Esto
es un hecho que en vano tratan de ocultar los masones cuando echan el anzuelo a
cualquier incauto para que ingrese en las logias, a reserva de dar un mentís a
sus protestas de tolerancia con todas las creencias religiosas así que el
postulante ha prestado el terrorífico juramento de fidelidad a la masonería.
El
odio a que nos referimos adquiere en este santo tiempo caracteres de saña infernal,
pues aparte de los abominables banquetes de promiscuación que impone la secta,
no sólo a sus afiliados, sino a las familias de los mismos, en la presente
semana celebran los masones del grado 18, llamados Príncipes «Rosa Cruz», capítulo
general con arreglo a un ceremonial sacrilego, y que revela su filiación
hebraica, pues en él comen los reunidos el día de Jueves Santo el cordero de la
Pascua de la antigua Ley, y en los brindis que siguen al banquete se hace horrible
mofa de los misterios de la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo.
El capítulo
de los masones del grado 30, llamado Areópago de caballeros kadosch, celebra
también sesión el mencionado día; pero en él no se come el cordero, sino se
mata, y para dicho acto suele elegirse a un aspirante a dicho grado, a quien
conducen con los ojos vendados junto al inofensivo animal, atado sobre una mesa
y con el pecho afeitado, diciendo al recipiendario que se trata de un traidor a
la masoneria a quien ésta ha sentenciado a muerte, y que ser el ejecutor de
esta, justicia de la secta es una prueba ineludible para obtener el alto grado
a que aspira.
El aspirante, poseído de terror, hiere en el
sitio que le indican con el puñal que ponen en su manos, convirtiéndole en
asesino de intención, ya que no de hecho, pues al quitarle la venda de los ojos
ve al cordero ensangrentado y comprende que todo ello se ha reducido a una de
tantas ridiculas y a la vez horribles farsas masónicas.
Horribles,
sí, porque cada una de esas farsas es un símbolo del odio que la masoneria
profesa a Cristo, y la muerte del cordero en la Cámara de caballeros kadosch
representa la que los judíos dieron al Divino Salvador del mundo, y de ella se
jacta la secta masónica al decir al recipiendario que aquel cordero es imagen
del obscurantismo teocrático, con el que deben acabar los caballeros kadosch
aunque sea esgrimiendo el puñal de las justicias masónicas.
Este
horrible simbolismo, cuyo alcance no se ocultará al lector, sólo se practica en
las Cámaras de caballeros kadosch cuando a ellas asisten únicamente los
verdaderos iniciados, pues hay muchos que poseen dicho grado por haberlo
recibido por comunicación, le dicen lo que les parece y omiten aquello que
puede alarmar los restos de sentimiento religioso que hayan podido quedar en su
corazón después de las abominables enseñanzas recibidas en los grados
inferiores.
A esta
clase de caballeros kadosch instruidos a medias pertenecen los masones ricos y
vanidosos que se desviven por lucir bandas y cintajos y por ser recibidos en
las logias de aprendiz con candeleros y bajo la bóveda de acero, o sean las
espadas cruzadas que los masones puestos en dos filas, según el ceremonial
prescrito para honrar a los visitadores de los altos grados.
A esos
masones no hay necesidad de revelarles ciertas cosas; basta con sacarles el
dinero, una friolera de suma cuestan los derechos del susodicho grado.
Hay cámaras de caballeros kadosch en las
que, dejándose de símbolos, perpetran el horrendo sacrilegio de pisotear la
santa imagen de Jesucristo crucificado; esta muestra del furor sectario llevado al
paroxismo, sólo se ofrece en aquellos capítulos cuyos miembros han llegado al
último grado de satánica impiedad. El hecho indudable de que tan abominable
sacrilegio se perpetre sin protesta de los masones, demuestra hasta la saciedad
el odio que profesa la secta condenada al Divino Redentor del linaje humano.
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