Señor, no soy digno... no soy digno de lo
que debo emprender, y que debo emprender en tu honor. No soy digno porque tengo
poco que ofrecerte. Mi alma es débil y mis talentos escasos. Solo estoy seguro
de mi buena voluntad, y eso no es nada —excepto para ti, que eres
misericordioso— nada para la obra, que es exigente y de la que sé que no sería
digno sin tu ayuda.
No
sería digno de ello; esto no es un acto de humildad, no soy humilde, y Tú sabes
cuánto orgullo me domina en presencia de los hombres, pero también cuánto me
perturba en Tú presencia. Temo que, en estas paredes que son para Tí, este
orgullo pretenda exhibir un conocimiento que solo me pertenece, una comprensión
que solo me pertenece, una razón que solo me pertenece; todo ello
insignificante a Tus ojos si no se une a esa Caridad que solo puede venir de Tí.
Así pues, es mi orgullo el que clama a Tí
que es indigno y que yo no soy digno, Señor, no soy digno de Ti que me
deslumbras, de Ti a quien, sin embargo, me encomiendo.
Esta oración, compuesta por un pintor quien
deseaba permanecer en el anonimato, apareció en “Las oraciones más bellas” de Amiot-Dumont,
1953.
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