¿Puede
darse en la tierra cosa más dulce que un anciano temeroso de Dios y encanecido
en la práctica de las virtudes cristianas? Si vuelve la vista atrás, todos los
pasos que ha dado en el camino de la vida le descubren la providencia amorosa
con que Dios le ha gobernado y conducido, y esta vista dichosa robustece su
confianza en el Señor.
Si mira hacia adelante, en el sepulcro que
tiene cerca de si y adonde pronto ha de parar, halla para su cuerpo un lugar de
descanso y para su alma la puerta que le conduce a la eternidad feliz. Sus
obras buenas le alegran: sus pecados no le hacen desesperar, porque los tiene
llorados y borrados por la sangre de Cristo con que bañó su alma en las fuentes
de los Sacramentos.
Sabe que Jesucristo se complace en perdonar a
los pecadores arrepentidos, y siente confianza de hijo caminando a los brazos
del buen Jesús. Se despide de la vida sin tristeza, y toca lleno de paz y de
esperanza las puertas de la eternidad.
La
vejez del cristiano verdadero es como la tarde de un sereno día en que el sol
desciende apaciblemente hacia el ocaso, y cuando se oculta en él deja el cielo
teñido de agradables resplandores. Así, la memoria del anciano que practicó la virtud
es serena y hermosa para sus hijos y sus nietos y para todos los que recibieron
la luz de sus buenos ejemplos.
Sé durmió
feliz entre los ángeles y para gozar para siempre de la vista de Jesús en la
patria de los bienaventurados.
P.
TOBÍAS, S. J – Año 1894.
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