jueves, 2 de marzo de 2017

DOCTRINA DE LA VERDAD – Por el Beato Tomás de Kempis.




   Dichoso aquel a quien la verdad enseña por sí misma, no por medio de figuras y voces mortales, sino descubriéndose como ella es!

   Nuestras opiniones y modos de sentir son a menudo falsos, y poco es lo que vemos.

   ¿Qué fruto se saca del mucho cavilar sobre cosas oscuras y misteriosas cuya ignorancia ni siquiera se nos reprochará en el juicio?

   ¿No es grande insensatez que, descuidando lo necesario y lo útil, queramos ocuparnos en cosas puramente curiosas y aun dañosas? Tenemos ojos, y no vemos.

   Y a nosotros, ¿qué nos importan los géneros y las especies? A quien habla el Verbo eterno, de muchas opiniones se desembaraza. De ese Verbo único proceden todas las cosas, y todas dicen una sola cosa, y esa cosa es el Principio el cual nos habla.

   Sin Él, nadie entiende bien, ni juzga con acierto.

   Aquel para quien todas las cosas sean una sola, que las reduzca todas a una sola, que las vea todas en una sola, tendrá firme el corazón, y en Dios descansará tranquilo.


   ¡Oh, Dios! ¡Oh, eterna Verdad! ¡Úneme a ti con eterno amor! Muchas veces siento tedio de leer y oír muchas cosas: en ti está todo lo que quiero, todo lo que deseo.

   Que callen todos los maestros; que todas las criaturas en tu presencia enmudezcan: háblame tú solo.

   Cuanto más unificado esté uno en sí y más simplificado en su interior, tanto más cosas y tanto más elevadas entenderá sin dificultad, porque recibirá de lo alto luz de la inteligencia.

   Un alma pura, sencilla, constante, a pesar de sus muchas ocupaciones, no se disipa, porque todo lo hace por la gloria de Dios, y se esfuerza por no buscarse a sí misma en nada.

   ¿Quién te molesta y estorba más que los afectos inmortificados del corazón?

   El hombre bueno y piadoso dispone primero en su interior los actos externos que después ha de hacer.

   No se deja arrastrar de la violencia de sus malas inclinaciones; al contrario: hace que se dobleguen al imperio de la recta razón.

   ¿Quién pelea más reñida batalla que quien se esfuerza por vencerse a sí mismo?

   Esta debiera ser nuestra ocupación: vencernos; hacernos cada día más fuertes contra nosotros mismos, y adelantar todos los días un poco en la virtud.

   Por perfectos que seamos en esta vida, no nos veremos libres de imperfecciones; y por claras que sean nuestras percepciones, no les faltarán oscuridades.

   El humilde conocimiento de sí mismo es camino más seguro para llegar a Dios que las profundas investigaciones de la ciencia. No se debe reprobar la adquisición de conocimientos científicos, u otros más sencillos que en sí son buenos y por Dios fueron ordenados; pero debe anteponérseles siempre la conciencia pura y la vida virtuosa.

   Más como hay tantos que tienen más empeño en adquirir conocimientos que en vivir bien, por eso yerran tanto, y poco o ningún provecho sacan de lo que saben.

   ¡Oh! Si tan buena maña se dieran para desarraigar vicios y plantar virtudes como para provocar controversias ni habría tantos pecados y escándalos en el pueblo, ni tanta relajación en los monasterios.

   Por cierto que el día del juicio no se nos preguntará qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos, sino cuán religiosamente vivimos.

   Dime, ¿dónde están ahora todos aquellos señores y maestros que tan bien conociste cuando aún vivían y en los estudios florecían?

   Ya tienen otros sus cátedras, y ¿quién sabe si de ellos se acordarán?

   En vida parecían ser personas de alguna importancia; pero ahora no hay quien los recuerde.

   ¡Ay, qué pronto pasa la gloria del mundo! ¡Ojalá su vida hubiera sido conforme a su saber! Entonces sí hubieran estudiado y leído con provecho.

   ¡Cuántos hay que por la vanidad del saber se pierden en el siglo, por cuidar poco de servir a Dios!

   Como más bien quieren ser grandes que humildes, de vanos pensamientos se les llena la cabeza (cf. Rom 1, 21). Pero realmente es grande quien tiene gran caridad.

   Y es realmente grande quien por pequeño se tiene y en nada tiene los más altos honores.

   Es prudente de veras quien, por ganar a Cristo, desecha, cual estiércol, todo lo de la tierra (cf. Flp 3, 8).

   Y es de veras muy instruido quien cumple la voluntad de Dios renunciando a la propia.


“LA IMITACIÒN DE CRISTO”


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