domingo, 20 de noviembre de 2016

REMEDIOS CONTRA LA LUJURIA (Recordar los Novísimos)


ASMODEO EL DEMONIO DE LA LUJURIA


   7°) El séptimo medio propuesto, es la memoria y consideración de los novísimos, acerca de los cuales dice la santa Escritura: Acuérdate de los novísimos, y jamás pecarás (Eccles. VII, 40).

   Y aunque es remedio contra todos los pecados, porque refrena las pasiones y apetitos desordenados, pero en particular contra la liviandad, es medicina eficacísima y muy experimentada.

   Así dice el Seráfico Doctor San Buenaventura: “La concupiscencia de los ojos la desprecia el pecador cuando piensa que se ha de convertir en polvo; la de la carne la reprime y supedita cuando se acuerda que ha de ser pasto de gusanos; y la soberbia de la vida la humilla, cuando reflexiona que el que quiso dominar a todos, ha de ser colocado bajo los pies de todos en el sepulcro”.

   San Gregorio escribe que “nada vale tanto para domar el apetito de los deseos carnales como el pensar qué será después de muerto aquel objeto que en vida nos seduce;” y de sí mismo confiesa San Agustín que nada lo arrancaba del golfo profundo de los carnales deleites en que sumergido se hallaba, como el temor de la muerte y del juicio futuro. Del glorioso atleta San Antonio Abad escribe San Atanasio en su vida que, tentado por el demonio con variadas y horrendas representaciones deshonestas, el Santo “oponía a la liviandad sugerida los gusanos dolorosos y las llamas vengadoras del abismo.”. San Bernardo habla así al pecador: “Si el amor del Señor no te contiene, ni logra refrenarte, por lo menos conténgante el temor del juicio, el miedo del infierno, los lazos de la muerte, los dolores infernales, aquel fuego abrasador, aquel gusano que por toda la eternidad ha de roer tu alma y cuerpo, aquel hediondo azufre, aquella llama inextinguible y todos los males que allí están epilogados”.

   Nota Alarino que el horrible ardor de la liviandad muy justamente se castiga con el horrible ardor de las llamas infernales, y el Abad Guerrico dice que a los impuros “acabará por devorarlos el último fuego del infierno, que comenzaron a encender con sus obras de lujuria”.



R. P. FR. ANTONIO ARBIOL




Necesidad de la vestidura nupcial para no cometer sacrilegio en la comunión



Discípulo. — Haga el favor, Padre, de explicarme la parábola de los invitados a las bodas, y de lo que sucedió con el que no llevaba el vestido nupcial.

Maestro. — Con mucho gusto. Escucha pues, con atención.

Narra el Santo Evangelio que un rey quiso celebrar con la mayor solemnidad la boda de su hijo, y preparó una gran cena, invitando a ella a sus parientes y amigos.

Muchos presentaron sus excusas y evadieron la invitación, en vista de lo cual el rey ordenó a sus criados fueran por las plazas y por las calles de la ciudad e invitaran a cuantos encontrasen.

Llena ya la sala y ocupados todos los puestos, revistó a todos los convidados, y, al ver a uno que no llevaba el vestido de boda, le dijo: “Amigo, ¿cómo has venido sin el vestido o traje de boda?” Y acto seguido, dirigiéndose a los criados, les dijo: “Llevadlo, atadlo y metedle en el calabozo”.

D. — Padre, ¿qué significa este vestido de boda que no llevó aquel pobre infeliz, y por qué le metieron en la cárcel, siendo, como era, pobre?

M.Este banquete representa a la Eucaristía, o sea, la Sagrada Comunión. El rey que hace la fiesta, con motivo de la boda de su hijo, es el Eterno Padre; el hijo es Jesucristo, que se desposó con nuestra humana naturaleza. Los invitados son todos los hombres de la tierra.

Significa que Dios nos ha creado a todos para el cielo, y por esto nos invita a todos a ir por la senda de la fe, de la caridad, de la penitencia y de los Sacramentos; pero, de todos estos invitados, muchos no quieren creer: son los incrédulos; otros presentan excusas o se sirven de cualquier pretexto; éstos son los pecadores que difieren su conversión; finalmente, otros acuden al banquete, pero sin el vestido o traje de boda: son los sacrílegos, representados en aquel infeliz que fué retirado del banquete, atado y llevado al calabozo.

D.¿Entonces, para qué le forzaron a entrar al banquete?

M. — Cuando vió que era indigno debió oponerse, y presentar excusa, o pedir disculpa antes de entrar.

El hecho es bien claro; todo el que va a comulgar en pecado mortal se encuentra en las mismas condiciones de este infeliz, y por tanto en peligro de ser juzgado y condenado.

Además, Dios mismo lo ha dicho, por medio del Apóstol San Pablo: “El que come mi carne indignamente, come su misma condenación y se juzga a sí mismo”.

Se lee en el capítulo del sagrado Libro de los Números que, cuando el marido, por una sospecha fundada, temía no le fuera fiel su mujer, tenía derecho, según la ley de Moisés, a llevarla a la presencia del sacerdote. Este, para desvanecer la duda, tomaba un poco de polvo del suelo del Tabernáculo y mezclándolo con agua, se lo hacía beber a la mujer de quien se sospechaba. Si era culpable, caía inmediatamente muerta a los pies de los presentes, como herida por un veneno bien concentrado; pero si era inocente no le pasaba nada, y volvía a su casa en medio del contento y de la alegría de sus parientes.

Lo mismo sucede, aunque invisiblemente, en la Sagrada Comunión; ¡pobre del alma que, en pecado mortal, se acerca a sabiendas a recibir la Sagrada Comunión de manos del sacerdote!... Será para ella un veneno mortal.

Feliz, por el contrario, el que se alimenta de este Pan de Vida, teniendo el corazón limpio por una sincera contrición; recibirá bendiciones y gracias entre los aplausos de los ángeles, y la Sagrada Comunión será para él prenda de la gloria eterna.

D.¿Tan numerosos serán los que comulgan sin vestido de boda, o sea en pecado mortal?

M.¿Quién puede asegurar que sean muchos? Lo cierto es que, desgraciadamente, abundan, y en todas las clases sociales.


Pbro. José Luis Chiavarino


COMULGAD BIEN

sábado, 19 de noviembre de 2016

El secreto es inviolable en la confesión (sobre el sigilo sacramental)



Discípulo. — Padre, ¿no podría suceder que el confesor, manifestara algún pecado oído en confesión?

Maestro. — ¡Nunca, absolutamente nunca! Un triple sigilo le cierra la boca. Está aquí el dedo de Dios que no permite que se falte. De hecho son ya siglos que se confiesa, y nunca se ha oído decir que ningún confesor haya manifestado ningún pecado oído en confesión.

Martín Lutero, que al principio fué religioso observantísimo, apostató, se hizo protestante, se convirtió en enemigo de la Iglesia; habló y escribió sobre mil temas en contra de la tan odiada Iglesia, pero nunca habló ni escribió cosa oída en confesión. Un día se encontraba en una posada con sus compañeros; y éstos, viendo que se empezaba a espontanear, pensaron interrogarle sobre el asunto. ¡Nunca lo hubieran hecho! Lutero se vuelve al momento furioso, se apodera de una botella y les hubiera roto la cabeza a aquellos atrevidos, si arrebatadamente no se hubieran traspuesto de allí.

El secreto de la confesión es inviolable, aun con peligro de la vida.

D. — ¿Aún con peligro de la vida?

M. —Sí. He aquí uno de los mil hechos que podría aducirte en prueba de ello.

Pocos años hace, precisamente en la cuaresma de 1873, predicaba con gran aplauso en una de las principales iglesias de París, un famoso misionero. Entre la multitud inmensa que acudía a oírlo se hallaban algunos incrédulos, los cuales, habiéndole oído hablar del secreto de la confesión, y cómo el tal secreto es inviolable, aún en peligro de la vida, quisieron convencerse por experiencia. Reunidos en conciliábulo, uno de ellos se fingió enfermo, dos fueron por el misionero y le invitaron a ir a la cabecera del enfermo... Pronto consiguieron la aquiescencia del ministro de Dios. Acompañado por dos de ellos le hicieron subir a un coche cerrado, le vendaron los ojos y después de media hora de recorrido, lo bajaron en una casa, y haciéndole subir por varias escaleras, lo introdujeron en un aposento, en el que había un hombre acostado en una cama, el cual se confesó realmente. Acabada la confesión volvieron aquellos dos señores y de nuevo le acompañaron hacia abajo por aquellas escaleras hasta un subterráneo. Llegados allí le desvendaron los ojos y apuntándole con dos pistolas cargadas, le intimaron que revelase cuanto había oído en aquella confesión.

El misionero, completamente tranquilo,

— ¿No saben ustedes que la confesión es un secreto?

— ¡Déjese de excusas! Aquí nadie nos ve, nadie nos oye; hable o le matamos.

–– Siendo así, me entrego en vuestras manos, espero que Dios me sea testigo de mi deber—. Se arrodilló, se desabrochó la sotana y presentó el pecho a las balas.

Entonces cambio la escena, aquellos dos lo levantaron, le pidieron perdón de la dura prueba a que le habían sometido, y añadieron:

—También nosotros creemos ahora en la confesión, y nos tendrá a sus pies dentro de poco en el confesionario.

De nuevo, con los ojos vendados, lo llevaron al coche y a su habitación, renovando sus excusas y promesas, que cumplieron después puntualmente.

Fátima y el Apocalipsis: “La Mujer revestida del sol contra el rojo dragón”




   Nos encontramos realmente en el tiempo de las disputas decisivas entre el Cielo y el infierno, como lo ha admitido la misma Sor Lucía. Ella recomienda leer frecuentemente el Apocalipsis y meditar sobre él. Interrogada una vez acerca del Tercer Secreto dio esta lacónica respuesta: “Está en el Evangelio y en el Apocalipsis, ¡léalos!” Una vez, incluso, nombró los capítulos 8 al 13. En el capítulo 12 figura la visión de la Mujer revestida de sol y del dragón rojo como el fuego. Este capítulo de las Sagradas Escrituras describe evidentemente la decisiva e histórica disputa entre María y el Dragón. Al parecer, llegamos actualmente a ser testigos de este apocalíptico enfrentamiento. Sor Lucía misma, en 1957, basándose en las revelaciones del Cielo, dijo: “El demonio está librando una batalla decisiva contra la Virgen, y una batalla decisiva es una batalla final, en la cual se sabrá de qué lado está la victoria, de qué lado la derrota”.

   Cabe aquí una suposición, la cual, sometida a un estudio más profundo, se alza casi al grado de absoluta certeza. En el comienzo del capítulo 12, capítulo central del libro del Apocalipsis, leemos:

   “Y una gran señal apareció en el Cielo: una mujer revestida del sol y con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas. [...] Y vióse otra señal en el cielo y he aquí un gran dragón de color de fuego con siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas” (Apoc. 12,1-3).

   Lo cual no es probablemente, según su sentido inmediato y más importante, otra cosa que una visión profética del año 1917. En este año se aparece en Fátima María Santísima y exhorta a la lucha contra el Dragón. Efectivamente, se apareció a los tres niños videntes más brillante que el sol y como un cristal traspasado de luz; y ante Ella palidecía en cada aparición la luz del sol, siendo esto visible para todos. Como coronamiento de sus grandes apariciones la Madre de Dios obra el sublime milagro del sol, por todos conocido. En este espléndido milagro aparece nuevamente más brillante que el sol y su atuendo realzado por doce estrellas. Al mismo tiempo, en el extremo opuesto de Europa, surge una señal amenazadora: el dragón del comunismo rojo, que pretende destruir, mediante el despliegue total de sus poderosas fuerzas, toda creencia en Dios. La Bienaventurada Virgen María ha venido a desenmascarar al dragón del ateísmo comunista, a señalarlo como castigo de Dios y a aplastarle la cabeza. Esta es la gran promesa de Fátima, la cual se cumplirá con toda certeza.



“FÁTIMA ROMA MOSCÚ”


Padre Gérard Mura

viernes, 18 de noviembre de 2016

REMEDIOS CONTRA LA LUJURIA (Gran devoción a la Virgen María)




   6°) El sexto medio es la devoción y recurso a la Virgen María, especialmente en el misterio de su purísima Concepción. San Buenaventura afirma que la soberana Reina ama y favorece a todos los que con deseo de ser castos se acogen a su amparo. A todos invita como árbol celestial, diciendo: Pasad a mi todos los que me apetecéis… que mis Flores son frutos de honor y de honestidad (Eccles. XXIV, 26). San Ambrosio escribe que la Virgen María, no sólo fué purísima sino que comunicaba la castidad y pureza a cuantos la miraban, y lo mismo hace ahora desde el cielo con los que acuden a su patrocinio. De san Edmundo, Arzobispo cantuariense se lee, que combatido fuertemente de la liviandad, se acogió a María santísima, y puso en el dedo de una imagen suya un anillo que llevaba, y volviéndolo a tomar lo trajo en su dedo en señal de fidelidad, siendo este remedio tan poderoso, que aunque fué terriblemente combatido por el demonio, y muy solicitado de perversas criaturas, salió siempre triunfante conservando toda su vida la pureza de alma y cuerpo. De san Bernardino de Sena escribe san Antonio, que logró singulares triunfos en la virtud dé la castidad con la protección de María santísima.  Santa Justina se halló muy afligida en los combates de la castidad, cuando el mago Cipriano por medio del demonio le hacía terrible guerra; pero invocando la santa joven el patrocinio de María santísima, no solo salió victoriosa, sino que ganó para Dios al turbador de su corazón, el que juntamente con Santa Justina padeció después el martirio. De semejantes hechos están llenas las Vidas de los Santos.

   El Pontífice Inocencio III escribe, que “todo el que sienta la impugnación de los enemigos, ya del mundo, o de la carne, o del demonio, mire el escuadrón de batallones ordenado, solicite la ayuda de María, y ella, por su hijo enviará desde el santuario el auxilio, y desde Sion guardará.”

   En figura de esto, dos veces pelearon los hijos de Israel contra la tribu de Benjamín, para castigar la espantosa liviandad de que en ella se habían hecho culpables; y en ambas fueron vencidos; pero cuando salieron la tercera vez favorecidos con el arca de la alianza, entonces quedaron vencedores y triunfantes, para significar que no tenemos seguridad de obtener la victoria en los combates contra la carne, mientras no tengamos de nuestra parte a la que saludamos en sus Letanías con el mismo nombre de Arca de alianza, María, Señora nuestra. Compárase también con el cedro y con la mirra, cuando la Iglesia en el Oficio Parvo le aplica estas palabras: Como el cedro he sido exaltada en el Líbano; como la mirra escogida he exhalado olor de suavidad, (Eccles. XXIV, 17 al 20) sobre cuyas palabras dice un piadoso autor: “Compárase á la mirra y al cedro, porque así como el olor de la mirra destierra a los gusanos, y el del cedro a las serpientes, así el olor de su virginidad destierra y arroja de los corazones los apetitos y pasiones brutales”.

   Especialmente la devoción a la Purísima Concepción de nuestra Señora, tiene particular virtud contra la impureza, y el P. Maestro Ávila, en el capítulo 14 del Audi filia, dice haber visto provechos notables, por medio de esa devoción, en personas molestadas de tentaciones impuras. Y hoy, extendidísima esa devoción después de la declaración dogmática de ese misterio, y de la aparición de la santísima Virgen en Lourdes, ha venido a ser su remedio específico, universalísimo y casi infalible en esa materia.


R. P. FR. ANTONIO ARBIOL

jueves, 17 de noviembre de 2016

Nuestra salud eterna está en la oración




   La oración no sólo es útil, sino necesaria para nuestra salvación: así es que Dios, que quiere que nos salvemos todos, nos la impone como un precepto: Pedid y os será concedido. Uno de los errores de Wiclef, condenado por el concilio de Constanza, era decir, que la oración es de consejo y no de precepto para nosotros. Es menester orar siempre; y adviértase que no dice, es provechoso, ni conveniente, sino es menester orar. Por eso los doctores enseñan con verdad, que comete falta grave el que descuida encomendarse a Dios, al menos una vez al mes, y en todas las ocasiones en que lucha con alguna tentación violenta.

   La razón de esta necesidad de encomendarnos a Dios a menudo, nace de nuestra insuficiencia para hacer ninguna obra buena, y tener por nosotros mismos ningún buen pensamiento. Esto hacía decir a San Felipe Neri que no confiaba en sí mismo. Dios, dice San Agustín, no desea otra cosa sino derramar sus gracias: pero no las concede sino a los que las piden. Y añade el Santo Doctor particularmente, que la gracia de la perseverancia no se da sino al que la busca.

   Ya que el demonio no cesa de dar vueltas a nuestro alrededor para devorarnos, debemos buscar continuamente nuestra defensa en la oración; le es necesaria al hombre la oración continua, como dice Santo Tomás. Jesucristo es el primero que lo ha enseñado así: Conviene orar siempre y no desfallecer. De lo contrario, ¿cómo podríamos nosotros resistir tí las continuas tentaciones que experimentamos de parte del mundo y del infierno? Es un error de Jansenio, condenado por la Iglesia, asegurar que hay preceptos que nos es imposible observar, y que nos falta a veces la gracia que debe hacérnoslos posibles. Dios es fiel, dice San Pablo, y no permite que la tentación sea mayor que nuestras fuerzas. Pero quiere que acudamos a él cuando nos asalta la tentación y le pidamos el auxilio necesario para resistirla. Nosotros no podíamos observar la ley sin la gracia. Dios nos ha dado la ley para que busquemos la gracia, y nos concede después la gracia para que cumplamos la ley. Todo lo cual explicó bien el concilio de Trento, cuando dice: Dios no ordena lo imposible, sino que cuando ordena algo, nos advierte que hagamos cuanto este de nuestra parte, y que pidamos lo que no podemos, y »os ayuda para que podamos.

   El Señor, pues, se halla enteramente dispuesto en prestarnos su auxilio para que no sucumbamos en la tentación; pero no concede estos auxilios sino a los que acuden a Él en tiempo de la tentación, y especialmente en las tentaciones contra la castidad, como lo dijo el Sabio: Y como llegue a entender que de otra manera no podría ser continente, si Dios no me lo otorgaba, acudí al Señor y se lo pedí con fervor. Ello es que nosotros no tenemos la fuerza suficiente para domar los apetitos carnales, a no ser que nos lo otorgue Dios, a no ser que Dios venga en nuestro auxilio; pero Dios no vendrá, sin que se lo pidamos, y pidiéndoselo ciertamente lo tendremos para resistir a todo el infierno por la virtud de este Dios que nos fortalece, como dice San Pablo.

   Es también importante para obtener la gracia del Señor el recurrir a la intercesión de los Santos, que pueden mucho con Dios, mayormente cuando ruegan por sus particulares devotos. No es este un acto de devoción arbitraria, sino un deber, como lo ha dicho expresamente Santo Tomás. Según este Santo, el orden de la ley exige que nosotros los mortales recibamos los socorros necesarios para salvarnos mediante la intercesión de los Santos.

   Y esto debe entenderse mayormente de la intercesión de la Santísima Virgen María, cuyos ruegos valen más que los de todos los Santos, con tanto mayor motivo, dice San Bernardo, cuanto por medio de María es como logramos acceso hasta Jesucristo nuestro mediador y Salvador. Pienso haber probado suficientemente en mi obra sobre las Glorias de María, cap. 5, I y II, así como en mi libro sobre la Oración, cap. 1, la doctrina sostenida por muchos Santos, y particularmente por San Bernardo, y muchos teólogos, tales corno el P. Alejandro y el P. Contenson, que todas las gracias que recibimos de Dios las obtenemos por la mediación de María. San Bernardo añade: Busquemos la gracia, y busquémosla por medio de María, porque el que busca encuentra, y no puede salir frustrado su ruego. San Pedro Damián, San Buenaventura, San Bernardino de Sena, San Antonino y otros, son igualmente de este parecer.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

REMEDIOS CONTRA LA LUJURIA (Practicar la oración y la lección)




   5°) El quinto medio es la oración y lección devota; y éstas tienen el primer lugar en los defensivos de la lujuria, pues con ellas se arma el cristiano para resistir los asaltos de tan poderoso enemigo. Los israelitas en el desierto vencieron fácilmente a sus enemigos; sólo al pelear contra Amalec fué necesaria la oración de Moisés: cuando oraba, levantando las manos, vencía Israel; si las bajaba, remitiendo el fervor de su oración, superaba Amalec (Éxodo. XVII, 11). Véase la explicación que de esto da San Gregorio: “¿Qué es la causa que contra los otros peleó Moisés con sólo las armas, más contra Amalec además de las armas necesitó la virtud de la oración?” “La razón es que aquí se nos muestra el gran combate de la lascivia, que solo puede superarse con tanta dificultad y tan grande virtud. La oración, es, pues, una arma indispensable en la batalla contra este vicio.”

   El Apóstol San Pablo a este firmísimo auxilio de la oración recurría contra esta clase de tentaciones (II Cor. XII); y el Sábio asegura que nadie puede ser continente si Dios no lo da. (Sap. VIII, 21).


   Todo lo alcanza y vence la oración humilde y fervorosa; la oración derribó los muros de Jericó, y convirtió a Rahab, mujer perdida; la oración de Pablo y Silas hizo temblar la cárcel y rompió las cadenas de los presos; la oración de los discípulos libertó al Príncipe de los Apóstoles; la oración de Daniel cerró la boca de los leones; la oración sacó ilesos de las llamas a los tres niños echados al horno de Babilonia; la oración dió  Judit la victoria; y finalmente la oración alcanzará cuanto pidiere, como dice Jesucristo (Marc., XI). Pues si ella es tan poderosa en todos los trabajos, angustias y tentaciones, armémonos con este poderoso escudo, manejemos esta arma celestial, para salir de la cárcel de la ocasión, para cerrar la boca al león de la lascivia, y para apagar las llamas en el horno de la concupiscencia y derribar los muros de las tentaciones. Lo mismo debe decirse de la lección de las sanas Escrituras, cuyas palabras son: Palabras del Señor, palabras castas, como plata probada por el fuego y muchas veces purificada (Psalm, XI, 7, 11). Más acerca de la oración y de la lección mucho hay escrito para dirección y enseñanza del cristiano.

martes, 15 de noviembre de 2016

El letargo de los Guardianes de la fe. Por Dietrich Von Hildebrand




    Este es el primer Capítulo del libro “The devastated Vibeyard”, de Dietrich von Hildebrand, versión inglesa del original en alemán “Der verwuestete Weiberg”, 1973. Reedición en inglés de “Roman Catholic Books”, New York, USA, 1985. Traducción al español de Santiago Zervino.

    Una de las enfermedades más horripilantes y difundidas en la Iglesia de hoy es el letargo de los Guardianes de la Fe de la Iglesia. No estoy pensando aquí en aquellos obispos que son miembros de la “quinta columna”, que desean destruir la Iglesia desde adentro, o transformarla en algo completamente diferente. Estoy pensando en los obispos mucho más numerosos que no tienen esas intenciones, pero que no hacen ningún uso de la autoridad cuando es el caso de intervenir contra teólogos o sacerdotes heréticos, o contra prácticas blasfemas de culto público. O cierran los ojos y tratan, al estilo de las avestruces, de ignorar tanto los tristes abusos como los llamados al deber de intervenir, o temen ser atacados por la prensa o los mass-media y difamados como reaccionarios, estrechos de mente o medievales. Temen a los hombres más que a Dios. Se les pueden aplicar las palabras de San Juan Bosco: “El poder de los hombres malos reside en la cobardía de los buenos”.

   Es verdad que el letargo de aquellos en posición de autoridad es una enfermedad de nuestros tiempos que está ampliamente difundida fuera de la Iglesia. Se la encuentra entre los padres, los rectores de colegios y universidades, las cabezas de otras numerosas organizaciones, los jueces, los jefes de estado y otros. Pero el hecho de que este mal haya penetrado hasta en la Iglesia es una clara indicación de que la lucha contra el espíritu del mundo ha sido reemplazada por dejarse llevar por el espíritu de los tiempos en nombre del “aggiornamento”. Uno se ve forzado a pensar en el pastor que abandona sus rebaños a los lobos cuando reflexiona sobre el letargo de tantos obispos y superiores que, aun siendo ortodoxos ellos mismos, no tienen el coraje de intervenir contra las más flagrantes herejías y abusos de todo tipo tanto en sus diócesis como en sus órdenes.

   Pero enfurece aún más el caso de ciertos obispos, que mostrando este letargo hacia los herejes, asumen una actitud rigurosamente autoritaria hacia aquellos creyentes que están luchando por la ortodoxia, ¡haciendo lo que los obispos deberían estar haciendo ellos mismos! Una vez me fue dada a leer una carta escrita por un hombre de alta posición en la Iglesia, dirigida a un grupo que había tomado heroicamente la causa de la verdadera Fe, de la pura, verdadera enseñanza de la Iglesia y del Papa. Ese grupo había vencido la “cobardía de los buenos” de la que hablaba San Juan Bosco, y de ese modo debían constituir la mayor alegría para los obispos. La carta decía: como buenos católicos, ustedes deben hacer una sola cosa: ser obedientes a todas las ordenanzas de su obispo.

   Esta concepción de “buenos” católicos es particularmente sorprendente en momentos en que se enfatiza continuamente la mayoría de edad del laico moderno. Pero además es completamente falsa por esta razón: lo que es apropiado en tiempos en que no aparecen herejías en la Iglesia que no sean inmediatamente condenadas por Roma, se vuelve inapropiado y contrario a la conciencia en tiempos en que las herejías sin condenar prosperan dentro de la Iglesia, infectando hasta a ciertos obispos que sin embargo permanecen en sus funciones. ¿Qué hubiera ocurrido si, por ejemplo, en tiempos del arrianismo, en que la mayoría de los obispos eran arrianos, los fieles se hubieran limitado a ser agradables y obedientes a las ordenanzas de esos obispos, en lugar de combatir la herejía? ¿No debe acaso la fidelidad a la verdadera enseñanza de la Iglesia tener prioridad sobre la sumisión al obispo? ¿No es precisamente en virtud de la obediencia a la verdad revelada que recibieron del magisterio de la Iglesia que los fieles ofrecen resistencia a esas herejías? ¿No se supone que los fieles se aflijan cuando desde el púlpito se predican cosas completamente incompatibles con la enseñanza de la Iglesia? ¿O cuanto se mantiene como profesores a teólogos que proclaman que la Iglesia debe aceptar el pluralismo en filosofía y teología, o que no hay supervivencia de la persona después de la muerte, o que niegan que la promiscuidad es un pecado, o inclusive toleran despliegues públicos de inmoralidad, demostrando así una lamentable falta de entendimiento de la hondamente cristiana virtud de la pureza?

domingo, 13 de noviembre de 2016

“EL REINADO DE SATANAS” Por el Presbítero Virgilio Filippo (año 1949) (Parte I)



   Dijo un célebre escritor, que, los hombres somos tan necios que cuando no sufrimos males reales nos los creamos imaginarios.

 La imaginación se interna en la selva enmarañada de la mezcolanza de acontecimientos de todo jaez y pronto halla efectivamente algo que le llegue a servir de usina generadora de desdichas individuales, familiares y sociales.

   Dios todo lo hizo con peso, orden, número y medida, pero el hombre se empeña en destronar el orden, en subvertir valores sociales, intelectuales, morales y religiosos. Pone en lugar del elemento imperioso de la virtud y el bien las barbaridades de su corazón mal inclinado, y deja desorbitado a su espíritu que no tiene piedra, de toque ni regla fija, para controlar los actos de su vida, a fin de que la conciencia descanse en el justo medio de la virtud, evitando los extremos del defecto o el exceso.

   Todo se discute, todo se subvierte, todo se controla, aunque esté rubricado por la ciencia de siglos y por la tradición autorizada; y de las discusiones que de ser serenas habría de brotar la luz, brota, la confusión, porque donde sólo hay multitud sin criterio ilustrado y sereno, necesariamente ha de producirse un caos.

   Más todavía. Empeñados ciertos varones graves en demoler todo lo subsistente, procuran sacudir la ignorancia de los auditores por medio de novedades, y acontece en efecto que, basta qué una idea, Un juicio u opinión se presente como novedad, para que sin mayor discusión se, abrace, aunque sea nociva, y se rechace la sentencia anterior aunque sea noble y, consolidada en la verdad. Se expanden las hipótesis, lo mismo que en las vidrieras las últimas novedades de los lienzos y los modelos de zapatos.

 Si a esto añadimos la inconsistencia intelectual de las multitudes ilustradas febrilmente en mil materias que no pueden prenderse sino con alfileres, para salir dé los apuros de un examen que es muchas veces una parodia de prueba de competencia, deduciréis vosotros, estimados auditores, a donde conducirá esta confusión cuando, sin estudios profundos, se carece del criterio intelectual para poder discernir con rectitud de juicio. Ricardo León pintando a uno de estos sabihondos dice que;

Se atiborra de lectura.
Cita nombres, cita escuelas,
Parla más qué un sacamuelas
Sin substancia y sin mesura,
Presumiendo de cultura
Da lo soñado por visto,
Confunde a Buda con Cristo
Dice cuanto se le antoja
Y con una paradoja
Ya se acredita de listo.

   Parla de todo; de arte, de literatura, de economía social, política y doméstica; de ciencia, industria y comercio, y no solamente de religiones y religión, sino que, en su atrevida ignorancia, se encara insolente con el mismo Dios.

   No hay duda de que, nuestra, época, que se caracteriza por los descubrimientos de orden material, ha llevado a la humanidad a un estada de ánimo tan angustioso, que, por momentos uno se pregunta si el periodismo, las letras, las artes y la literatura en general, tienen por meta de sus esfuerzos la consolidación intelectual y moral de las masas, o sencillamente se hallan empeñadas en la obra satánica de hacer de la humanidad un manicomio.

¿Habrá también otros que no tengan este pecado de impureza y que comulguen mal?




Discípulo: Escuche, Padre, ¿habrá también otros que no tengan este pecado de impureza y que comulguen mal?

Maestro.Sí, los hay: pero es más difícil, porque el que evita los pecados de impureza, generalmente hablando no comete otros pecados mortales, y si los llega a cometer, de ordinario no frecuenta la Comunión; mientras que deshonestos que quisieran encontrar conciliación entre el pecado y la Comunión, entre Jesús y el demonio, hay muchos.

Desgraciadamente hay otros también que, perjudican al prójimo en sus bienes, que denigran o que menguan la estima y el honor del prójimo; que escandalizan con modas indecentes, con conversaciones obscenas y libertinas; que frecuentan compañías peligrosas y lugares sospechosos, diversiones expuestas, etc.   

Todos los que saben que una cosa es mala y pecaminosa, y la hacen sin escrúpulo, pecan, y sabido es que estando en pecado no se puede comulgar, mucho menos frecuentar la Comunión; bien entendido que se trate de pecados mortales y ciertos.

Discípulo.¿Y si uno ignora sus pecados o no está cierto de haberlos cometido?
Maestro. — Entonces, este tal, que consulte al confesor, único juez en la materia, y sométase a su juicio.

Discípulo.¿Y si el confesor se equivoca?

Maestro. — Si el confesor se equivoca, allá él, ya se entenderá con Dios; el penitente, al obedecer no se equivoca nunca. Fíjate en el caso siguiente:

Cuenta el Padre Suárez que, estando, para morir un religioso anciano, que había sido administrador de los bienes del convento durante muchos años, se le presentó el demonio, y, haciéndole muecas de desprecio, le dijo:

— Muy bien, amigo mío; es cierto que tú has obedecido siempre ciegamente al confesor. Sábete que él se ha condenado y que tú le irás a hacer compañía.

El pobre anciano, al oír estas palabras, rompió a llorar amargamente, y apretando fuertemente el Crucifijo a su pecho, exclamó: — ¡Oh Jesús, dulce Jesús mío: si me he equivocado, ten compasión de mí!

Al pronunciar estas palabras siente una voz interior que le dice: ¡Anímate, hijo mío! Es cierto que tu confesor se ha equivocado; pero allá él... Tú has obedecido, y por esto tu obediencia será recompensada. Quién así hablaba era Jesucristo, que le tranquilizó, y así murió santamente.

Discípulo.¿Será así Padre?

Maestro. –– Seguramente, porque Jesucristo, al conferir a los sacerdotes el poder y el mandato de confesar, les dijo categóricamente: “Todo lo que perdonareis será perdonado, y todo lo que retuviereis será retenido”. Por tanto, si el confesor dice al penitente: “Vete a comulgar”, que vaya, porque hará bien; si, por el contrario, le dice: “No te acerques a comulgar”, no debe acercarse.

Discípulo. — Lo que usted me acaba de decir sobre la obediencia al confesor en cuanto a comulgar es tan sencillo que hasta los niños lo comprenden.

Maestro. — Cierto; es cosa sencillísima y que la comprenden hasta los niños; pero hay quien no la quiere comprender, porque razona con su cabeza y no con la del confesor, y, cerrado en su juicio, se forma una conciencia falsa, se engaña a sí mismo, acaricia sus remordimientos y se atreve a comulgar por capricho, por respeto humano, por egoísmo y por otras razones.

Discípulo.¿También tiene que ver en esto el respeto humano, el capricho, el egoísmo y cosas por el estilo?

Maestro. — Fíjate cómo se meten. Hay quien discurre así: Si yo no voy a comulgar, ¿qué dirá la gente? Y por este que dirá van a comulgar, aunque no estén preparados o teman con razón no estarlo.

Otros dicen: Si comulgo, me tendrán por bueno y honrado, se fiarán de mí, me alabarán, y así saldré ganando, pues de lo contrario perderé. Y así frecuentan la Comunión, aunque sepan que no están dispuestos.

Otros (y éstos son los peores, aunque no tan numerosos), dicen para sus adentros: — El Confesor me ha prohibido comulgar, no me deja ir... pero yo voy lo mismo. Y van, de verdad para contrariar al confesor.

Discípulo. — ¡Desgraciados!

Maestro. — Sí, bien desgraciados y quisquillosos, por no llamarles... pobres locos.

Discípulo. — Óigame, Padre. En cierta ocasión oí a un compañero que decía: “¿Para qué confesarse? ¿Acaso la Comunión no es mejor y de más poder que el pecado? pues entonces, comulgando, tarde o temprano, me apartaré del pecado. ¿Pensaba éste bien?

Maestro. Pensaba como un ignorante o como un maligno.

Discípulo. — Como maligno, no, porque era un simple.

Maestro.Si no pensaba voluntariamente mal, lo hacía con ignorancia, porque es verdad que la Comunión es Jesucristo y Jesucristo sabemos que siempre vence; pero entendámonos: Jesucristo vence siempre mientras nosotros pongamos o hagamos lo que está de nuestra parte, que es arrepentimos de nuestros pecados, huir y evitar las ocasiones, confesarnos bien, comulgar con fe y amor.
En estos casos, Jesucristo siempre vence, o sea, que la Comunión bien hecha nos aparta, nos libra, nos restablece de las malas costumbres y de los más grandes pecados; mas no al contrario.

Si la Comunión se ha hecho mal, servirá de veneno y tósigo, no de medicina; cada Comunión hará caer de abismo en abismo y de ruina en ruina; será un continuo enmarañamiento de la conciencia, madeja de confusión por los repetidos sacrilegios. Los que proceden así se asemejan a las zorras cazadas a lazo.

Discípulo. — Diga, Padre, ¿por qué?

Maestro.El lazo que se le echa a las zorras es un nudo al revés. Ellas, que son zorras y, por tanto, muy astutas, cuando se ven cogidas, para librarse giran rápidamente hacia atrás y hacen otro nudo; giran otra vez, y vuelven a hacer otro nudo; giran otra vez y vuelven a hacer el nudo, y así siguen. Creídas que van a librarse, se atan cada vez más, hasta que no puede dar un paso ni siquiera moverse, y quedan cogidas.

Discípulo. — ¡Pobres!

Maestro.Más pobres son los que se acostumbran a comulgar mal, confiados en que se librarán de los defectos, de los pecados y de los remordimientos. Son tontos que se engañan a sí mismos.

Cuentan los geólogos que en una isla del Pacífico hay una arena amarillenta dorada que, pulverizada con el oro, se presta fácilmente a engaño. Los inexpertos recogen aquella arena creyendo encontrar fortuna, pero, cuanto más avanzan, más se hunden, y, metiéndose hasta las rodillas, hasta la cintura, al no poder retroceder, quedan presos, víctimas miserables de su avaricia. Así sucede a los que se exponen voluntariamente a comulgar sin estar preparados: sin advertirlo, de tal manera llegan a sumergirse en el mal que ya no encuentran la salida, y son víctimas de su temeridad.

Discípulo. — ¡Cuánto mejor sería no acostumbrarse a comulgar mal!

Pbro. Luis José Chiavarino

COMULGAD BIEN