domingo, 11 de diciembre de 2016

¿Será necesario poner límites a la comunión frecuente para evitar los sacrilegios?





Discípulo. —Si tantos son los abusos, ¿no sería conveniente poner algún límite a la comunión frecuente?

Maestro. —Pero ¿qué dices? ¿Poner límite cuanto apenas se ha empezado a caminar? ¿Empezar tan pronto a frenar? Volveríamos bien pronto al Jansenismo despiadado y cruel. Y aún más, pues al punto a que ha llegado la indiferencia religiosa se uniría inmediatamente como pesada secuela el descuido y el olvido de tan augusto y prodigioso Sacramento, que es el que conserva en pie al mundo.

D. —Entonces, ¿nada de límites?

M. —Nada, ni pensar siquiera en disminuir la Comunión frecuente (la frecuencia de la Comunión); más bien hay que poner coto al pecado, que es causante de todos los abusos; a las malas ocasiones, a las costumbres depravadas, a las malas compañías, al desenfreno del placer, a las ideas cerradas, al egoísmo, a los caprichos, causas todas de las comuniones sacrílegas y mal hechas; pero nunca a la Comunión frecuente, cuando se hacen bien y con devoción.

D. —Y ante tan pocas Comuniones bien hechas y devotas en comparación de tantos y tantos sacrilegios, ¿tampoco?

M. —También en esto estás esquivocado. Es verdad que son muchas las Comuniones mal hechas, pero es también muy cierto que son mucho más numerosas las que se hacen bien, y capaces de contrarrestar superabundantemente las otras, sacrílegas. De no ser así, hace ya mucho tiempo que el mundo se hubiera arruinado.

En lo alto de la cúpula que está encima del presbiterio de una de las iglesias más hermosas de Roma, están representados los comienzos del fin del mundo. El fondo representa un altar suntuoso, en el que un sacerdote celebra la última Misa; alrededor asiste una muchedumbre de fieles con la mayor devoción, y se preparan a recibir la Sagrada Comunión, mientras arriba, en lo más alto, multitud de ángeles, inclinados con sus trompetas de oro, esperan el final de la Misa para anunciar cómo ha llegado la hora de la Justicia Divina, En este cuadro, obra del célebre Leonardo de Vinci, quiso decirnos el autor: Estoy convencido de que, sin la Santa Misa y sin la Sagrada Comunión, el mundo se hubiera hundido en el abismo de sus mismos crímenes.

D. — ¿Entonces, Padre?

M. —Entonces, quiere ello decir que es necesario fomentar más y más la Comunión frecuente, y procurar al mismo tiempo que estas comuniones estén bien hechas, haciendo guerra y poniendo el mayor coto posible a las Comuniones sacrílegas.

D. — ¿Será verdad que Dios aniquilará al mundo o enviará tremendos castigos por los muchos sacrilegios que se cometen?

M. —Tal vez hayas leído u oído contar alguna vez aquel episodio de la Historia Sagrada en el que se habla de la oración del patriarca Abraham.

D. —Creo que sí, Padre; pero no lo recuerdo bien; cuéntemelo.

M. —Se lee en el Antiguo Testamento que Dios habló un día a Abraham y le dijo:

—Abraham, estoy harto de la multitud de pecados que comete mi pueblo, y he determinado exterminarle con una gran lluvia de fuego.

—Señor, exclamó Abraham, ¿no le perdonarías si se encontraran en medio de él cien justos?

—Sí, le perdonaré, dijo Dios, sí hay cien justos.

— ¿Y sí hubiese solamente cincuenta?

—Todavía le perdonaría si se hallaren cincuenta justos.

–– ¿Y si hubiera veinticinco?

 — Por el amor de los veinticinco, también perdonaré.

Abraham, confiado aún más en la bondad infinita de Dios, continuó su oración:

 — ¿Y los perdonarías aunque solamente encontraran diez justos?

— Infinita es mi misericordia, dijo Dios, También los perdonaré en atención a estos diez justos.

Contento Abraham cesó, y se fué a busca los diez justos; pero no los encontró, y Dios destruyó las ciudades de la Pentápolis prevaricadora.

D. — ¡Qué bueno se mostró Dios Nuestro Señor!

M. — Pues Dios es bueno también ahora. Jamás cambia; ahora y siempre, como entonces, tiene sus delicias en tolerar y perdonar; y aunque los sacrilegios sean como espinas que puncen sus pupilas, y crueles espadas que atraviese en su corazón, aun así calla y perdona, en atención al consuelo y alegría que recibe de los que comulgan bien. Y como las Comuniones bien hechas superan en número a las malas, El permite estas últimas.


Pbro. Luis José Chiavarino

COMULGAD BIEN.


sábado, 10 de diciembre de 2016

LA FE, SUS PRUEBAS, SUS GRADOS



   Los amigos de Dios deben vivir en unión íntima con El; Dios se la pide y ellos la desean. Pues bien; esta unión se efectúa mediante las tres virtudes que ordenan el alma a Dios, y por esta razón se llaman virtudes teologales o divinas; la fe, la esperanza y el amor.

   Las virtudes teologales son muy poco apreciadas, porque, por desgracia, se comprende menos lo que el hombre debe a Dios que sus deberes con el prójimo. Cuantos infelices dicen: “ni mato ni robo, luego de nada me remuerde la conciencia”; y no tienen ni fe, ni esperanza, ni amor de Dios. Cuantos otros, aún entre personas piadosas, estiman más la bondad, la blandura e igualdad de carácter, cualidades muchas veces en gran parte naturales, que la pureza, la vivacidad, lo muy cabal de la fe, más que el fervor y la generosidad del amor. Y con todo eso, cuanto Dios está más elevado que el hombre, tanto las virtudes teologales son más elevadas que todos los deberes para con el hombre. Y si éstos son también santos y sagrados, ¿no es ciertamente porque se derivan de los que tenemos para con Dios, y sólo según proceden de las virtudes teologales?

   La fe es la primera que aparece en el alma, como el cimiento del orden sobrenatural, y tanto, que todo este edificio depende de ella; no puede extenderse él más que su fundamento; luego las demás virtudes no pueden ser grandes si la fe es pequeña.

   Tengamos pues una fe grande. Los espíritus superficiales son inducidos a pensar que todos, los buenos cristianos tienen igual fe; creerlo sería un gran error. Aun entre los sacerdotes, los religiosos, las religiosas, la fe varía en pureza, claridad, intensidad, y por tanto en eficacia, e influencia en el ordenamiento de la vida, y esto en proporciones insospechadas por la mayoría.

   Los medios de acrecentar la fe es el soportar bien las pruebas ordenadas por la providencia, ejercitarla y vivirla mucho.

   La fe es ante todo un homenaje a la veracidad divina. Dios merece ser creído, tiene derecho a exigir una fe absoluta en su palabra; y por tener El ese derecho, y nosotros la obligación de creerlo, le place probar nuestra fe. La prueba, la cual es la gran ley dé la vida, ofrece a la criatura ocasión de mostear su fidelidad, y como ejercita la virtud probada, resulta más meritoria y perfecta, y sobre todo más glorioso el obsequio hecho a Dios, y más digno de él.

   San Pablo en la carta a los hebreos celebra con términos entusiastas la fe de los grandes hombres del antiguo testamento, manifiesta que fué el principio de sus virtudes y de todas las hazañas que realizaron Todos merecieron creyendo, precisamente porque fué muy probada su fe. Noé creyó en la palabra de Dios que le anunciaba un diluvio mucho antes de que por ningún indicio se pudiera prever, y fabricó el arca a pesar de los chistes e ironías de aquellos hombres. Abrahán creyó a Dios, que le mandó salir de su tierra sin darle explicación ninguna, y que le prometió un hijo cuando ni él ni Sara podían esperarlo; y sobre todo probó heroicamente su fe cuando le pidió que él mismo sacrificara a su hijo único. Del mismo modo los patriarcas, los profetas, los mártires y todos los héroes de la antigua alianza fueron sometidos a durísimas pruebas, y por la fe salieron victoriosos de ellas, mientras que otros probados igualmente con ellos no fueron fieles.

   Cuando Jesús predicó el Evangelio dió de su misión divina pruebas sobreabundantes ya por la sublimidad de su doctrina, ya por la santidad de su vida, ya por lo asombroso de sus milagros. Muchos creyeron en él, pero quise probar su fe, y en la sinagoga de Cafarnaúm a los mismos judíos que en la víspera había alimentado milagrosamente multiplicando los cinco panes de cebada y los dos peces, les propuso el misterio de la Eucaristía; y lo presentó en términos obscuros, difíciles de admitir sin querer darles ninguna explicación. Exigía pues de ellos una confianza ciega y una fe completa. Por desgracia un gran número, y entre ellos Judas, sucumbieron a esta prueba. Los que por lo contrario fueron fieles acrecentaron y arraigaron su fe. Su muerte deshonrosa en un madero fué otra prueba para sus discípulos. Y esta prueba de la fe persistió aún después de resucitado: los apóstoles predicaron que El, el condenado a muerte y crucificado en el Calvario era el Mesías, el Hijo de Dios que con su muerte había rescatado al mundo; esta predicación según lo atestigua San Pablo pareció una locura a los gentiles y un escándalo a los judíos; pero estaba apoyada por milagros. Había pues en ella como siempre fundamentos para la fe y dificultades para creer; como siempre estaba allí la prueba y también esta vez la prueba halló a los unos fieles y a los otros rebeldes.

   Ahora como entonces para los buenos, como con los indiferentes, aun entre los que poseen una fe sólida, esta virtud tiene sus pruebas que bien soportadas la vuelven más firme todavía y sobre todo más ilustrada, pero que mal aceptadas le impiden desenvolverse y aún la obscurecen.

   El obstáculo de la fe perfecta puede provenir de la inteligencia muy pegada a su propio juicio y a sus pequeñas luces, la cuales inducida a no admitir en todos los hechos de la vida sino explicaciones puramente naturales, no concediendo a la acción de Dios más que una parte lo más mínima posible.

   Las más veces la oposición proviene de la voluntad a la cual repugna admitir la pura doctrina del Evangelio sobre la necesidad del desasimiento, sobre la práctica perfecta de todas las virtudes. Es tan dura en ocasiones esta ley del renunciamiento; como no quiere conceder lo que le exige, ni declararse cobarde e infiel, es instigada a buscar pretextos para seguir sus inclinaciones y esquivar el sacrificio, y las razones que se le ofrecen son contrarias a las puras lecciones de la fe.

   Se adelanta pues en la verdad según que se progresa en el bien. Así existe un vínculo estrecho entre lo verdadero, lo bello y lo bueno, como entre lo falso, lo feo, lo malo; uno está en la verdad cuando practica lo bueno y practicándolo la comprende mejor; estamos en lo falso al obrar lo malo y el engaño llega hasta la insensatez, y cuanto más se hace lo malo tanto crece la obcecación.

   Además Dios retira sus luces de los que abusan de ella; es un acto de justicia; es también un acto de misericordia porque las luces de las cuales abusarían no habrían de servir sino para hacerlos más culpables. Sí, harían abuso de ellas, porque su voluntad permaneciendo rebelde continuaría desechando la luz. ¿No vemos en tiempo de Jesús a los judíos incrédulos mostrarse más endurecidos después de los milagros? “¿El que abrió los ojos del ciego de nacimiento decían en Betania no podía impedir la muerte de su amigo?” Desgraciados, tomaban ocasión de un milagro estupendo para murmurar. Cuando Jesús resucitó a Lázaro creció su furor y decidieran apresurar su muerte. El mismo milagro que había confirmado y acrecentado la fe de sus discípulos hizo más culpable la incredulidad de los enemigos de Jesús y más completa su ofuscación.

   Vemos constantemente en el Evangelio esta diferencia de actitudes de los hombres con relación al Salvador. Los de Nazaret conocían a Jesús y sabían los milagros que había obrado: ellos se mostraron incrédulos. Los Samaritanos entre los cuales no parece haber obrado milagros, con todo eso creyeron muy pronto en El, los unos oyendo a la pecadora del pozo de Jacob: Me ha manifestado todo cuanto hice; pero la mayor parte por la predicación de Jesús. La fe del oficial de Cafarnaúm fué débil e imperfecta, la de la Cananea humilde y ardiente.

   Cuando Jesús dijo a su Padre: “Glorifica tu nombre” y el Padre Eterno respondió: “Lo he glorificado ya y lo glorificaré más”, algunos judíos que estaban presentes no oyeron más que un rumor vago y dijeron: “Es un trueno lo que hemos oído”; éstos eran sin duda los menos dispuestos. Otros en cambio reconocieron una voz sin distinguir las palabras y se dijeron: un ángel le ha hablado. Pero los Apóstoles indudablemente por estar mejor dispuestos, entendieron con claridad. Así la palabra de Dios, y su doctrina es más o menos comprendida según el estado de alma de los que la oyen, y la fe varía no tanto según las pruebas exteriores que se dan de las verdades sobrenaturales, como por las disposiciones interiores de aquellos a quienes se presentan estas pruebas. Si alguno quiere hacer la voluntad de Dios, decía Jesús, éste comprenderá que la doctrina que enseño viene de Dios (S. J., VII, 17).


“EL IDEAL DEL ALMA FERVIENTE”


Por Augusto Saudreau.

Canónigo Honorario de Angers.


CAUSAS DEL MAL ÉXITO DE LA ORACIÓN (INDISPOSICIONES NATURALES)




   Algunas veces, dice San Francisco de Sales (Vida devota, 4.a parte, cap. XV.)  “los tedios, esterilidades y sequedades provienen del malestar o de la indisposición corporal, como sucede cuando por los excesivos ayunos, vigilias y trabajos nos encontramos agobiados por el cansancio, el adormecimiento, la pesadez y otros achaques, que, aunque dependen del cuerpo, no dejan de incomodar al espíritu, a causa de la estrecha unión que ambos tienen… El remedio en estos casos es fortalecer el cuerpo”.

   Los Santos, sin embargo, han buscado en las austeridades el fervor y las alegrías de la oración. Lejos de atender al demonio “que se convierte en médico…alega la flaqueza del temperamento y agranda las enfermedades producidas por las observancias” (Hugo de San Víctor, De Claustr., lib. I, cap. II.,) debemos amar nuestras austeridades como voluntad de Dios que son, y guardar nuestras reglas con nimio cuidado, considerándolas como nuestro mejor patrimonio. Pero puesto que la indiscreción en la penitencia perjudica a la contemplación, si sentimos el cuerpo falto de fuerzas y el espíritu sin vida, descubramos nuestro estado a los superiores, y hagamos lo que nos dijeren.  En cuanto a las mortificaciones espontáneas, sometámoslas también a su parecer y procuremos que no lleguen a desmoronar la salud, abatir el vigor del espíritu y colmarnos de fatiga y sueño, sin pensamiento ni vida para la oración.

   Las austeridades voluntarias tienen su mérito, pero la oración es tesoro más deseable. Conservemos fuerzas suficientes para entregarnos a las duras labores de una vida de oración. La contemplación es nuestro objeto principal.


LOS CAMINOS DE LA ORACIÓN MENTAL


Dom VITAL LEHODEY


Abad Cisterciense de la Trapa de Briequebec

jueves, 8 de diciembre de 2016

La Concepción inmaculada de María. — 8 de diciembre.




   Después que Adán y Eva pecaron y fueron convencidos de su pecado, el Señor, antes de pronunciar la sentencia contra ellos, maldijo a la serpiente que había engañado a Eva, diciendo: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre su generación y la tuya; y ella te quebrantará la cabeza.” Esta mujer fué la gloriosísima virgen María nuestra Señora, a la cual ya desde entonces puso Dios por capitana y señora del campo, para que pelease con la serpiente infernal, y le quebrantase la cabeza, y destruyese su benditísimo Hijo. Y el escogerla para tan grande empresa antes de pronunciar aquella sentencia, fué para darnos a entender que no quiso comprenderla en ella, sino que la eximía de contraer el pecado original, que los hombres han heredado de su primer padre, y que su concepción sería todo pura, y su alma en el primer instante de su ser sería llena de gracia. Por eso el Señor dice de ella, que es entre todas las hijas suyas, como la azucena entre las espinas; que es amiga suya, toda hermosa, sin mancha alguna de pecado; que es su paloma querida y perfecta, y como un huerto cerrado y lleno de aromas. Y el ángel la llamó “llena de gracia y bendita entre todas las mujeres”. Porque fué infundida a la Virgen en su purísima Concepción, no solo la gracia para preservarla del pecado original; mas también le fueron infundidas todas las virtudes morales; y le fué acelerado el uso de la razón y verdadero conocimiento de Dios: tuvo ya desde su ,Concepción la ciencia de las cosas naturales y morales, que son necesarias para la inteligencia de las divinas Escrituras y para la prudente gobernación exterior; y una gracia tan abundante, que causaba en ella una compostura admirable y divina: porque jamás tuvo movimiento desordenado, ni dijo palabra ociosa, ni cayó en la menor imperfección del mundo, ni en cosa que oliese a pecado: antes desde el punto de su inmaculada Concepción comenzó a merecer la gloria, y tomó la corrida para alcanzar la joya de la bienaventuranza con tan largos pasos, que a todos los otros santos dejó atrás. Este privilegio tan singular de María celebra hoy la santa Iglesia: esta prerrogativa de nuestra Madre definió ser dogma de fe el pontífice Pío IX en 8 de diciembre de 1854; y bajo este gloriosísimo título de la Inmaculada Concepción ha sido aclamada María patrona de España y de sus Indias, por haber sido España la nación que más se distinguió en, honrar a María inmaculada.

   Reflexión: Roguemos hoy con gran fervor a nuestra purísima Reina y Madre que no permita seamos víctimas de la serpiente infernal: que nos libre de todo contagio de error y herejía, y nos guarde puros e inmaculados en medio de esa corrupción de costumbres que es la natural consecuencia de la impiedad: y finalmente, que resistiendo con gran constancia debajo de su amparo a las asechanzas de los demonios y a los malos principios de los enemigos de Dios, alcancemos victoria del dragón infernal que ella puso debajo de sus pies, y merezcamos participar de su triunfo glorioso en la eterna felicidad de los cielos.

   Oración: Oh Dios, que por la Concepción inmaculada de la Virgen preparaste digna morada a tu Hijo: te rogamos, que pues con la previsión de la muerte del mismo Hijo la preservaste de toda mancha, también a nosotros nos concedas por su intercesión que nos lleguemos a ti puros y limpios. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.


FLOS SANCTORVM


martes, 6 de diciembre de 2016

La lengua sus pecados y excesos. “La mentira”



   Corresponde que advierta a mis lectores que la malicia de la mentira reside “en la intención de engañar”, y no en la falsedad que se afirma. No miente, pues, el que afirma una cosa que cree ser verdad y que en realidad no lo es. Al contrario, dice verdadera mentira aquel que, aun siendo cierto lo que afirma, trata de engañar al prójimo, convencido de que no dice la verdad. En semejante principio se funda, precisamente, la definición del catecismo: “Mentir es afirmar una cosa contra lo que uno siente, con intención de engañar.”

   Hay una gran variedad de mentirosos, que trataré de incluir en dos tipos principales. El primero es el mentiroso por vanidad. Hay quien dice que esta clase de mentirosos abunda en las márgenes del Garona; mas yo creo que la especie florece en todas las latitudes. El hombre del Norte muestra en la conversación un poco más de tacto y delicadeza; pero ¿es menos vanidoso por ser más hábil, y menos mentiroso por ser más calculador? Dondequiera que se encuentre una vanidad regularmente desarrollada podemos tener la seguridad de encontrar a su lado la mentira. La mujer vanidosa que quiere llamar la atención por cualquier medio no lo hace sino empezando por contar anécdotas maliciosas y picarescas, a fin de sostener la atención de los que la rodean. Ahora bien, como la verdad no siempre ofrece para ello recursos suficientes, ha de ser muy fuerte la tentación de prescindir de ella, de inventar en lugar de referir, de imaginar un cuadro, en vez de pintar la realidad. Tratad, cristianas lectoras, de no caer jamás en semejante ridículo; y cuando, por sorpresa, incurráis en esa falta, apresuraos a reprobarla, juzgaos con rigor y castigaos vosotras mismas con toda severidad.

   El segundo tipo de mentiroso es aquel que miente por excusarse. Al lado de una falta colocan inmediatamente una excusa es una de las propensiones naturales de la infancia. Cuando los padres sorprenden a alguno de sus pequeños en flagrante delito de desobediencia, por ejemplo, sienten ganas de reír, por la facilidad con que inventan excusas, lindantes con la mentira. ¿Y no son mucha un las personas mayores, que también incurren en la misma travesura? No obstante, sería muy sencillo contestar: “Sí, me he equivocado; he cometido esa falta...” Hablando así, confesaríamos claramente la propia fragilidad, lo cual nada tiene de deshonroso. Inventando a cada paso miserables excusas, tal vez pretendamos aparecer como incapaces de equivocarnos o de dar un mal paso; pero la actitud burlona con que los demás nos escuchan demuestra bien a las claras el crédito que merecen nuestras excusas.

   Mentir en determinadas ocasiones ¿puede ser lícito? Orígenes, antiguo escritor eclesiástico, había tratado de legitimar aquella clase de mentira que se profiriese con un fin útil o laudable. Esta doctrina, contraria a la enseñanza tradicional de la Iglesia, suscitó enérgicas protestas. San Jerónimo la combatió con su fogosidad habitual, y poco después el portaestandarte de la Iglesia de Africa, San Agustín, escribió sobre la mentira un libro en que, mostrándose aún más severo que San Jerónimo, declara que nunca es lícita la mentira, ni siquiera para conjurar una desgracia muy grave.

   No hay que sorprenderse porque los diplomáticos de la escuela de Maquiavelo continúen repitiendo que la palabra se ha dado al hombre para disfrazar su pensamiento. Erigir la mentira en sistema, es una manera bastante ingeniosa de librarse del calificativo de bribón. Pero la honradez natural protesta contra un axioma que tiene pretensiones de ingenioso y es verdaderamente cínico: ella proclama que la palabra se ha dado al hombre para expresar su pensamiento.

CAUSAS DEL MAL ÉXITO DE LA ORACIÓN (LA FALTA DE DEVOCIÓN DEL CORAZÓN Y DE RESOLUCIONES VIGOROSAS) Por Dom VITAL LEHODEY




La falta de devoción del corazón y de resoluciones vigorosas

   No hablamos ahora de las sequedades, sino de la tibieza de la voluntad, de la pereza espiritual en la oración.

   Cuesta mucho ambientar al alma en la cuádruple pureza de que hemos hablado y que tan bien dice con la vida de oración. Y guardar las reglas del silencio, del recogimiento y de las lecturas serias. Y afincar el espíritu en Dios a pesar de las distracciones que nos acosan. Y perseverar en afectos santos, en medio de las sequedades, y exprimir actos y demandas vigorosos de un corazón desolado. Y, en fin, someterse a la voluntad de Dios, y tomar una resolución que lleve el remedio a la raíz del mal. He ahí por qué se querría y no se quiere. La negligencia de la vida se ha trocado en disipación del espíritu, enervamiento de la voluntad y tibieza del corazón. Formados unos cuantos afectos sin convicción y sin alma, con propósitos vagos que no se dirigen a curar mal alguno ni a practicar ninguna virtud, se tiene prisa en salir de la oración y engolfarse en las ocupaciones dando así al olvido los propósitos apenas formulados.

   Y ¿esto es orar? ¡Ay, cuántas oraciones como ésta se necesitarían para convertir un alma! Mejor dicho, cuantas más oraciones de ésas se hacen, más de prisa se cae en la tibieza. La pereza esteriliza la piedad y convierte en peligrosísimo veneno el remedio más excelente.

   Las personas que así vivan necesitan muy mucho sacudir su entorpecimiento y dar a su oración y a sus obras más vigor, más actividad, más alma y más vida. Ante todo y sobre todo, que oren, que oren sin cesar, que pidan a gritos la devoción, que de por sí nadie tiene; porque es Dios quien hace “religioso a quien le place, y, si tal hubiese sido su voluntad, nada le hubiera costado convertir a los samaritanos de indevotos en devotos” San Ambrosio, en Luc; IX. Él escuchará con agrado una petición tan de su gusto. Pero estas almas deben además cooperar a la acción divina, no descuidando, con la gracia del Señor, medio alguno de los que se requieren para prepararse a orar y para orar debidamente. Es también especialmente necesario comprender a fondo cuánto vale la devoción, medir bien la desgracia de su negligencia y despertar el fervor dormido con el temor, la esperanza y el amor.


“LOS CAMINOS DE LA ORACIÓN MENTAL”


Dom VITAL LEHODEY


Abad Cisterciense de la Trapa de Briequebec

CAUSAS DEL MAL ÉXITO DE LA ORACIÓN (LAS DISTRACCIONES) Por Dom VITAL LEHODEY.




   Señalaremos las distracciones, la tibieza de la voluntad, la vaguedad en los propósitos, las ilusiones y las indisposiciones naturales.

Las distracciones

   Las hay que vienen del demonio. La oración es el gran campo de batalla. “La guerra que nos hace el demonio, dice el santo abad Nilo, no tiene más objeto que haceros abandonar la oración, la cual para él es tan insoportable y odiosa como para nosotros saludable.” Permitirá que nos demos al ayuno, a la mortificación, a todo aquello que puede halagar nuestro orgullo, pero no puede sufrir la oración, en que el alma glorifica a Dios, humillándose y transformándose.

   De ahí que procure extraviar nuestros pensamientos y afectos, fatigándonos con mil recuerdos frívolos e imágenes peligrosas, o quizá malas, agobiándonos con penosas tentaciones, en una palabra, turbándonos y agitándonos; y, tras esto, procura persuadirnos que no tenemos aptitud para la oración, que perdemos el tiempo, que ofendemos a Dios y que valdría más omitirla que hacerla tan mal. Pero ¡ay de nosotros, si nos dejamos engañar! ; cortado el riquísimo venero de las gracias, nuestra alma podría agostarse y morir.

Muchas distracciones vienen de nosotros mismos.

   Distracciones de ligereza. — Si yo doy toda la libertad posible a mis ojos para ver, a mi lengua para hablar y a mis oídos para escuchar, ¿cuántas distracciones no entrarán, como por otras tantas puertas francas, por sentidos tan mal guardados? ¿Cómo será posible domar la imaginación cuando oramos, si en cualquier otra ocasión se cede a sus fantasías? Si tenemos la desgraciada costumbre de dejar la memoria flotante a merced de sus recuerdos y al espíritu volar como loca mariposa adonde lo lleven sus caprichos, ¿cómo será posible estar así constantemente disipados y recogernos después súbitamente en la oración? En ella recogeremos las distracciones sembradas durante todo el día.

   Distracciones de pasión. –– El corazón arrastra al espíritu, y nuestros pensamientos van de por sí adonde están nuestras aficiones, antipatías y pasiones. Entre los ímpetus de cólera, de envidia, de animosidad o de cualquier afecto desordenado, el alma no es dueña de sí misma, azotada como está, cual débil barquilla, en mar procelosa.

   Distracciones de empleos. –– Los estudios, los cargos, el trabajo, sobre todo si nos entregamos a ellos sin medida y con pasión, suelen venir a asediarnos en la calma y reposo de la oración, a veces con una vivacidad y lucidez que no sentimos en el ruido de las ocupaciones.

   Distracciones de debilidad. –– Es costoso cautivar por largo tiempo el espíritu; las verdades de la fe son sobrenaturales, exigen mil sacrificios, y ofrecen a las veces muy poca suavidad; se necesitaría entonces para doblegar el pensamiento una; voluntad muy firme de agradar a Dios y de adelantar en la perfección, y ¡ay, la pobre alma es tan débil…!

   Cualquiera que sea el origen de la distracción, será culpable si la acepto libremente o si la he consentido en su causa; no culpable, si no he puesto la ocasión, y si, al propio tiempo, cuando me doy cuenta de que mi espíritu se desvía, me esfuerzo en recogerlo.

   Debo, pues, por encima de todo, trabajar con verdadero empeño por suprimir la causa de las distracciones, refrenar la imaginación y la memoria, regular según Dios las afecciones, dejar a la entrada del claustro los pensamientos de empleos y negocios, etc.

   Obrando así, por voluntarias que en principio hayan sido las distracciones, dejan de imputárseme desde el momento en que las retracto.

   En cuanto a las distracciones actualmente advertidas, el único remedio es combatirlas. Tres cosas será bueno hacer: 1° Humillarnos delante de Dios; la humildad es remedio para todos los males. Traer suavemente el espíritu a Dios y a la oración mil veces si es preciso, despreciando en general la tentación o invocando a Dios con fervor, pero sin turbación ni inquietud; si nos turbamos, removido el fondo del alma, no hacemos más que levantar fango; fuera de que, aun cuando hayamos pasado toda la oración rechazando distracciones, habremos agradado a Dios, como Abraham cuando espantaba las aves de su sacrificio Gen., XV, 11. No exponemos a nuevas divagaciones examinando minuciosamente de dónde nos han venido las distracciones y si hemos consentido en ellas. Por lo general, será mejor dejar este examen para otra ocasión.

   Toda distracción bien combatida, lejos de perjudicarnos, aumenta nuestros méritos y apresura nuestro adelantamiento; ¡de cuántos actos de humildad, de paciencia y de resignación son causa! Con cada esfuerzo que hacemos para tornar a Dios, le damos la preferencia sobre los objetos que solicitan nuestro pensamiento, triunfamos del demonio y merecemos para el cielo.

“LOS CAMINOS DE LA ORACIÓN MENTAL”


Dom VITAL LEHODEY

Abad Cisterciense de la Trapa de Briequebe

lunes, 5 de diciembre de 2016

Efectos admirables de la confesión




Discípulo. —Padre, La confesión, además del perdón de los pecados, ¿proporciona también otras ventajas?

Maestro. —Muchísimas y sorprendentes. Todos nosotros tenemos tres enemigos implacables, funestísimos y obstinados, los cuales día y noche, continuamente ponen acechanzas a nuestras almas. Son ellos: la concupiscencia, el demonio y el mundo. Desde la niñez hasta la tumba, siempre nos persiguen, en todas partes, y en toda edad y condición apresan víctimas. ¡Ay del que no se previene con esta divina medicina de la confesión!

D. — ¿Y la confesión es suficiente para vencer a estos enemigos?

M. —Una confesión aislada no, es menester que se repita con frecuencia. Estos enemigos mortificados una vez con la confesión no mueren, sino que de nuevo, con multiplicada saña, acometen después, transforman y multiplican los lazos para ocasionarnos peores daños. ¡Oh, cuántos sinceramente convertidos, recaen bien pronto en los mismos pecados de antes!
San Felipe Neri refiere de un jovencito que se le presentó resuelto a dejar a toda costa ciertos pecados impuros, a los que estaba habitado. Le oyó amablemente su confesión, y viendo la firme voluntad que tenía de enmendarse, le absolvió en nombre de Jesucristo, y le dijo que se fuese tranquilo; más en cualquier momento en que recayera, que volviese inmediatamente a confesarse. Al día siguiente he ahí de nuevo aquel jovencito a los pies de San Felipe.

— Padre, el demonio ha sido más fuerte que yo. He caído en el mismo pecado.

— ¿Estás arrepentido?

— Sí Padre.

— Pues bien, yo te absuelvo, ve en paz: más después de la primera recaída vuelve de nuevo a caer. Al tercero, al cuarto, al quinto día hételo, de hinojos a los pies del santo a confesar sus acostumbradas recaídas, y en esta forma se repitió el caso por doce o trece veces con intervalos más o menos largos, hasta que, finalmente triunfó de su defecto y llegó a ser tan puro y casto, que San Felipe le recibió entre sus hijos, convertido en celoso apóstol.

Así que la confesión, repetida constantemente, acaba por ser más fuerte que el demonio, vence al demonio impuro de sus más obstinados asaltos.

La lengua sus pecados y excesos “Las discusiones inútiles”




   COMENTARIO DEL BLOG: Antes que leas estas líneas estimado lector debes tener claro a lo que el autor se refiere con “Discusiones inútiles” Son aquellas cuya materia es superflua, sin importancia. Y aun cuando se trate de materias de una importancia superlativa, como lo es la Religión y la Moral, la discusión es el camino incorrecto (pues como el mismo autor lo indica esta se vuelve estéril si se realiza con violencia y exaltación de espítitu, como sucede en la mayoría de los casos), y esto no significa que uno deba condescender con el error, o con el mal. Pues la verdad es una sola y lo que está mal, está mal, eso no se discute. Pero la discusión, muchas veces aunque se haga por la fe tiene un efecto adverso. Por eso los santos muchas veces procedieron con dulzura hasta con los mismos herejes. Pero no por ello se apartaron de la verdad, un ejemplo muy claro lo tenemos en San Francisco de Sales.

   Yo he comprobado esto: Con el correr de los años he descubierto que muchas veces se discute no por defender la Religión, sino por orgullo, no es la honra, ni la exaltación de Dios lo que queremos dejar indemnes sino, todo lo contraria, es nuestra propia vanidad herida. Medítalo querido lector que es lo que te mueve, y verás en conciencia que tendrás de seguro la respuesta. Hasta acá nuestro humilde comentario.

   Cuando vemos a lo lejos agitarse y gesticular bruscamente a dos personas, dicha actitud nos hace pensar que estarán tal vez discutiendo algún asunto o materia de excepcional importancia, y más cuando vienen hacia nosotros y solicitan nuestro arbitraje; pero cuál no será nuestro asombro cuando, al examinar las cuestiones que discuten, vemos que son las más vulgares y baladíes, como las relativas al tiempo que hace, cuándo y a qué hora serán aquella reunión o banquete (a que no se ha de asistir), y así por el estilo; cuestiones, como se ve, de ninguna importancia ni trascendencia, sea cualquiera la solución o partido que sobre ellas se adopte.

   Discusiones tan inútiles y aún más que las indicadas, son harto frecuentes, roban tiempo y pueden ser ocasión de verdaderas faltas, por lo cual considero oportuno dedicar breves páginas a esta materia.

   No intentamos censurar aquí toda discusión, sin tener en cuenta las razones que puedan justificarla. Esto sería anticiparnos demasiado.

   Casos hay en que se permite y hasta puede ser, en cierto modo, obligatoria la oposición o contradicción. En las conversaciones puede uno mostrarse partidario de tal o cual opinión en materia de ciencia, de arte o de política, en oposición a lo que piensen otros sobre las mismas cuestiones; pero todas ellas deben ir informadas por la moderación y la delicadeza de lenguaje, evitándose el tono irónico y burlón que pueda herir susceptibilidades. La ironía es, en efecto, un arma peligrosa de manejar: produce fácilmente heridas difíciles de restañar. Hay que saber manejar a tiempo el arte del prudente disimulo.

   Si, a pesar de los esfuerzos por conservar una actitud cortés y delicada, tiende a agriarse la discusión y a degenerar en verdadera disputa, conviene guardar silencio o cortar la discusión por medio de alguna broma de buen gusto. Parecerá, a primera vista, humillante y como indicio de batirse en retirada, por falta de argumentos, pero importa poco el juicio que el vulgo se forme; lo que interesa conocer es el juicio y la opinión que Dios tenga de nuestros actos, y podemos estar seguros de que, abandonando el campo de batalla por amor a la paz, se obtiene ante el juicio de Dios una brillante victoria.

   Del mismo modo, es lícita la discusión por algún interés personal legítimo, para evitar el propio daño; pero también aquí la discusión ha de ser moderada, sin acritud ni apasionamiento. Si nos dirigen palabras mortificantes será inútil prolongar la conversación. Alejarnos lo más pronto posible y, si valiere la pena, tomar después las medidas oportunas para dejar a salvo los propios intereses.

   Se presentan oportunidades en que la discusión o contradicción no sólo es lícita, sino también obligatoria. ¿Puede uno, verbigracia, permitir que en su presencia se ataque abiertamente a la reputación del prójimo? De ninguna manera. En tales casos está obligado el cristiano a protestar o denunciar la calumnia y restablecer lo que él juzgue ser la verdad. Pero debe, en todo caso, hacer resaltar la modestia y mansedumbre con palabras mesuradas, aun cuando se trate de vindicar la honra de una persona querida.

   Además, hay personas, como es sabido, a quienes difícilmente se puede contradecir mientras se ocupan de hablar mal del prójimo; toda tentativa para hacerlas entrar en razón las exaspera y se vuelven más injustas aún y más agresivas. No conviene entretenerse a discutir con gentes tenidas por la opinión pública como intratables. Hay que darles a entender en breves palabras que no se da crédito a semejantes chismes y que seguiremos guardando toda nuestra estima por aquellas personas víctimas de la mala fe y de la calumnia.

   Si se ataca en presencia nuestra a la Religión, sobre todo con el agravante de escándalo para nuestros hijos e inferiores, hay obligación de romper el silencio, protestando y refutando (si es posible) la calumnia o el error; pero debe procurarse también, y con mayor motivo, evitar toda exaltación y violencia. Recomendamos al cristiano lector la práctica del siguiente consejo: Cuide mucho de no manifestar con empeño que está sobrado de razón, y no subrayar con malicia la parte débil de la argumentación de su contrincante, sobre todo si tiene alguna fundada esperanza de ganar su alma para Dios.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Castigos Terribles (a los que cometen sacrilegio en la comunión)




   Es espeluznante el caso de un desgraciado que, públicamente, se jactaba de ser ateo y de aborrecer a los curas, a la Iglesia, sus fiestas y Sacramentos. Cuantas veces afeaban su parecer y pretendían convencerle de sus desatinos y necias palabras, exponiéndose al peligro de una mala muerte, contestaba él: ––A la hora de la muerte ya me entenderé yo solo con Dios, y, por lo que hace al honor de mi familia, no me faltará tiempo para simular que comulgo convencido y bien preparado. ¡Qué desgraciado! Sobrevínole una enfermedad mortal, y al decirle que sería conveniente llamar al sacerdote, contestó: ––Yo siempre estoy bien con Dios; al confesor no tengo nada que decirle: que me traigan la Comunión. Con mucho pesar se le trajo la Comunión para complacer a los parientes, y esperando que volvería en sí. La recibió como la puede recibir un incrédulo, sin fervor, sin devoción, sin respeto y como si se burlara, con la mayor indiferencia. Pero ¿qué sucedió? Que apenas hubo pasado la Sagrada Forma, se estremece, se retuerce en modo horrible y grita: Que me quemo, que me abraso. —Y así, gritando, muere desesperado, dejando en todos segura impresión de un merecido castigo.

   Peor suerte tuvo otro individuo del mismo lugar. Este no se las daba de irreligioso, pues le convenía proceder así; más bien era amigo de los sacerdotes y frecuentaba la Iglesia y recibía los Sacramentos. Pero al mismo tiempo vivía con malos compañeros y era asiduo también a las casas de perdición, sin preocuparse de su conciencia, ni del buen ejemplo, ni de la vida cristiana. Nadaba a dos aguas, como decimos nosotros; lo mismo trataba con los sacerdotes que con el demonio. Estando para morir, pues la muerte no respeta a nadie, llamó a tiempo al sacerdote, se confesó y se le quiso administrar el Santo Viático; pero al momento se hinchó en forma horrible, los ojos se le cerraron de tal manera que apenas se le notaban; la boca se le estiró; y en tal forma se le cerró que fué imposible de todo punto hacerle pasar ni siquiera una pequeña partícula de la Sagrada Forma. Jesucristo, infinitamente bueno, no quiso entrar más en aquel cuerpo, reo de tantos sacrilegios, ni consintió fuera recibido sacrílegamente por última vez. Los fieles que habían acompañado al Santísimo Sacramento comentaban el hecho, que les sirvió de provechosa lección.

   Estos dos casos, por demás horribles, pero que pueden servir de gran escarmiento, son la fiel expresión de aquellas palabras de la Sagrada Escritura: “De Dios nadie se ríe”. Y mayores serían aún los castigos si estos sacrilegios los cometieran (lo que Dios no permita) personas religiosas o ministros de Dios.

   Narra la Historia que cierto rey del antiguo país de Etiopía había confiado a un general de su ejército a su hijo, que era único, y por tanto debería sucederle en el trono con la dignidad correspondiente a tan elevada misión. Aquel general aprovechó con la mayor indignidad la confianza que en él había depositado su rey, con intención de hacerle traición, envenenando, lenta, pero eficazmente al hijo, para conseguir que muriera y así apoderarse del gobierno de la nación. Habiéndose enterado el rey de tan siniestras como crueles intenciones, montando en justa ira, mandó ataran a un palo al general en medio de la Plaza Mayor, y, presente; todo el ejército, arco en ristre, afeó su conducta con estas palabras: ¿Así, miserable, querías corresponder a mis esperanzas y a la confianza depositada en ti? Recibe, pues, el castigo que mereces. Y, dada la orden, cientos y miles de flechas envenenadas atravesaron el pecho y el corazón de aquel general cruel y traidor para con su rey. Pues bien, esta terrible escena se repetirá eternamente en el infierno contra los sacrílegos que hayan correspondido mal a los favores de Dios y a las gracias de la Santa Comunión; para éstos será mucho peor su suerte. ¿Has oído lo que dicen del avispero?

   Discípulo —No, Padre; cuéntemelo.

   Maestro —Un fulano, mientras paseaba cierto día por el campo, topó con un montón de tierra de la forma de un grande sombrero lleno de agujeros, oyéndose dentro del mismo un leve, pero animado susurro. Se detiene acusado por la curiosidad, se asoma, y con la punta del bastón, hurga los pequeños agujeros. ¡Pobrecillo, ojalá no se le hubiese ocurrido hacer esto! Era un enorme avispero; al momento de meter el bastón, salen precipitadamente millares de avispas irritadas, y todas a la vez se agolpan en él y le acribillan a picaduras de la manera más furiosa y terrible. El pobre desventurado se defendía furiosamente para librarse; pero con esto irritaba a las avispas que, enfurecidas, hunden sus aguijones en el pobre infeliz, hasta el punto de que este, hinchada la cara y la cabeza, cae extenuado y muere entre horribles convulsiones. Todos los sacrilegios, con tantísima frecuencia cometidos por cientos y por miles de veces tendrán también sus avispas que en el infierno atormentarán eternamente a los religiosos y sacerdotes que hayan abusado de su vocación y ministerio y héchose reos de sacrilegios en este misterio de amor. Con la particularidad de que estas avispas no desaparecerán, como ellos, nunca jamás, renovándose constantemente estas torturas.

   D. — ¡Dios mío, qué castigos tan horrorosos! Pero, Padre, yo creo que habrá muy pocos de estos sacerdotes y religiosos.

   M. — Confiemos que serán pocos, porque Dios los protege y guarda, y Jesucristo los defiende como la pupila de sus ojos; pero difícil será que no haya alguna sorpresa desagradable.

(Recemos pues, por nuestros sacerdotes todo los días) Agregado por el blog.

Pbro. Luis José Chiavarino


COMULGAD BIEN

sábado, 3 de diciembre de 2016

De cómo San Francisco Javier convirtió a toda una isla de salvajes




   …Sucumbieron al extraño encanto del padre blanco, incluso el sultán con su legión de cíen concubinas había sentido el cosquilleo del evangelio en su alma. Para Francisco Javier no existían las barreras ni los obstáculos. Él los vencía todos con su temperamento y con la llama divina que encendía su corazón.

   Durante los meses de agosto y septiembre, Ternate, que de hecho era el centro comercial del clavo, se convertía en un hervidero de actividad, pues era la época de recolección de la preciada especia. Todos los habitantes se entregaban al trabajo que les había de dar la riqueza para el resto del año. Francisco Javier tuvo entonces una pausa en su ajetreado apostolado. La aprovechó para escribir un pequeño libro, una especie de devocionario sencillo y algo árido. Lo dejó inconcluso. El agobiante calor producido por los vientos le sorprendió en el artículo noveno. No pudo proseguir. Tenía que ir a otra isla si no quería quedar incomunicado al variar aquéllos.

   Francisco Javier se alejó de los tamarindos y las oropéndolas que le acompañaron en aquel breve descanso, se alejó de los cristianos que su apostolado había conseguido, y embarcó en una «coracora» para dirigirse a las llamadas islas del Moro, o Moratai, verdadero infierno de salvajes escondido tras hermosas barreras de coral. Pero antes de emprender el nuevo viaje el valiente misionero tuvo que convencer a quienes se lo querían impedir.

   —No lo intentéis siquiera —le dijeron sus fieles en cuanto conocieron su propósito—. En las islas del Moro sólo conseguiréis morir. No hay nadie que se atreva a acercarse a sus costas desde hace muchos años, porque los salvajes asesinan sin piedad. Son caníbales, padre, matan a sus propios hijos y esposas y Juego se los comen.

   —No lograréis asustarme, sino todo lo contrario, hijos míos —les dijo Francisco—. Por todo lo que me contáis veo que esos infieles me necesitan más que nadie.

   —Es una locura —dijo uno.

   —Son traidores —dijo otro—. Saben emplear los más rápidos venenos como nadie. Os matarán.

   —Si es voluntad de Dios, que sea en bien de las almas de mis cristianos —replicó Francisco.

   —Moratai es de nuestro sultán y ni siquiera él se atreve a visitar jamás la isla —explicó un indígena de Ternate.

   —Por muy bárbaros que sean y por muy negro que me pintéis el panorama, estoy decidido a ir a la isla del Moro y rescatar a esos pobres paganos, abandonados por todos, para Dios. No intentéis, pues, retrasar más mi viaje porque no habéis de convencerme.

   —Como capitán de la colonia, representante del rey de Portugal y responsable de las vidas de cuantos habitan en Ternate, me niego a proporcionaros la embarcación que me pedís, padre Francisco —dijo a San Francisco Javier al fin el capitán portugués—. Facilitaros el viaje sería mandaros a la muerte, y yo no quiero responder ante mi rey Juan III y ante el Rey del cielo de la muerte del padre Francisco Javier.

   La cuestión parecía zanjada, pero no lo estaba.

   —Os aseguro que no temo a los peligros ni a la muerte —replicó el misionero con la voz dominada por santa ira—. Mis únicos enemigos son los que se empeñan en dificultarla realización de mis deseos, y sepan estos testarudos que se oponen a la voluntad divina. Puesto que es firme la decisión de negarme los medios para llegar a Moratai, me arrojaré al mar y a nado espero arribar a sus costas.

   No hay nada que no pueda un temple navarro como el de Francisco Javier. EI capitán, sabiendo que era muy capaz de hacer lo que decía, acabó por claudicar, le entregó la «coracora» y le facilitó los malayos que la conducirían hasta la isla del Moro.

    El viaje fue difícil y el desembarco aún más, La hostilidad de los isleños comenzó en las mismas costas. Las tierras, estremecidas por el volcán, eran salvajes y los heterogéneos indígenas todavía más. La muerte le acechaba en cada rincón. Los peligros eran infinitos y variados. Quienes habían querido disuadirle no le habían mentido ni habían exagerado. Moratai era la antesala del infierno y sus isleños eran los propios demonios. Sin embargo, Francisco Javier no explicó ni una sola de las calamidades y sufrimientos que debió padecer en sus tres meses de apostolado. No dio importancia a la heroicidad que su gesto representaba. No quiso alarmar a nadie con las barbaridades que tuvo que ver y combatir. Se limitó a escribir a sus compañeros la parte anecdótica de la expedición y el resultado de su misión. En tres meses cristianizó a todos los bárbaros isleños, y según afirmó: «recibió gran consolación de ellos y yo les di gran consuelo». Según Francisco todo había sido miel sobre hojuelas, cuando en realidad todo debió ser más amargo que la hiel.

   Lo cierto es que el misionero recorrió todo el archipiélago que componía las Moratai y lo cristianizó por entero. Pese a los muchos sufrimientos, Francisco fue muy feliz en aquel mundo y siempre lo recordó con nostalgia.


De la vida de San Francisco Javier.


jueves, 1 de diciembre de 2016

La lengua sus pecados y excesos “Las palabras ociosas”




   Por lo visto ya en la época del gran moralista francés La Bruyére era común mezclar, por pasatiempo, en la conversación palabras ociosas. Por eso escribía el mismo: “Si nos fijásemos seriamente en lo que se dice de frívolo, pueril y vano en las conversaciones ordinarias, nos sentiríamos avergonzados de hablar o de escuchar” (Caráteres: De la sociedad)

   El lector creerá, sin duda, que si La Bruyére volviese a este mundo, nada tendría que modificar en aquella apreciación y juicio, a menos que encontrase en nuestros días muy inferiores el derroche de ingenio al que brillaba en las conversaciones de su tiempo.

   Si se me preguntase por qué dedico un capítulo preferente a las palabras ociosas, responderé que éstas dan lugar u ocasión a la mayoría de los pecados de la lengua. Es, por tanto, lógico y oportuno empezar por señalar la causa que engendra estos pecados.

   Comencemos por dar una idea exacta de la palabra ociosa. ¿Se llama así porque implica algún pecado, sea de murmuración, de indecencia o de mentira? De ninguna manera. No está ahí la malicia de la palabra ociosa. Se le reprocha solamente el ser superflua, innecesaria o inoportuna. Según la define San Gregorio, “es una palabra que no está justificada ni por la necesidad ni por la utilidad”.

   Conviene, con todo, evitar el exceso de severidad, puesto que ciertas palabras pueden parecer ociosas y que, sin embargo, a los ojos de Dios son muy meritorias. La intención es aquí un factor de capital importancia. Vemos, por ejemplo, que una persona sostiene animada conversación con expresiones y palabras, al parecer, superfluas; pues bien, si esa conversación la tiene con la sana intención de hacer algún bien a su interlocutor o a un tercero, lo que parece ociosidad reprensible resulta una acción meritoria y virtuosa. O también observamos que tal persona habla detenidamente con un enfermo empleando palabras, al parecer, inútiles, que podría omitir sin ningún inconveniente; ¿hay derecho a condenar en el acto, diciendo que dicha persona pierde el tiempo en discursos estériles? Esto sería adelantarse demasiado. ¿Quién me asegura que su intención no es de entretener y distraer al enfermo en su soledad, haciéndole olvidar un tanto sus penas? ¡Conversación bendita, digna de alabanza, esa que, bajo las apariencias de charla inútil y vana, es de una utilidad indiscutible con un fin generoso y noble!

   Quede, pues, bien sentado que la intención cuando es recta puede comunicar a una conversación o palabra, al parecer ociosa, un mérito sobrenatural. No se debe, por tanto, censurar a esa madre de familia que, en la mesa, por ejemplo, cuenta historietas con gracia y agudeza para amenizar la comida de familia y hacer la vida hogareña agradable al marido y a los hijos. ¿Qué otra cosa se quiere? No es posible ni conveniente la actitud seria. Hablando constantemente de literatura, ciencia o historia, esa mujer pasaría entre los suyos por una sabihonda insoportable; hablando de moral y religión les haría el efecto de una monja malograda.

   Es por cierto, digna de encomio la que emplea su ingenio en amenizar honestamente con su charla las reuniones de familia. El arte de narrar historietas se me antoja un arte moralizador y cristiano en semejantes circunstancias. No deben, pues, calificarse de ociosas las palabras de ese género purificadas por una intención laudable.

   Reservemos el calificativo para la charlatanería que no tiene justificación alguna, para la conversación fútil movida únicamente por el prurito de hablar.


   Definida de tal manera la palabra ociosa constituye, indudablemente, verdadero pecado. De la boca del Supremo Juez procede esta sentencia: “Yo os lo aseguro: los hombres tendrán que rendir cuenta, el día del Juicio, de toda palabra ociosa que hubiere salido de sus labios.” “Tenemos, pues  dice Álvarez de Paz—, un acto que está prohibido por una ley del mismo Dios; ¿y qué nombre merece un acto semejante sino el de pecado? Por poco respeto que tengamos al Espíritu Santo, que habita en nuestra alma, no hemos de querer contristar a ese divino Huésped bajo el pretexto de que solamente le ofendemos en cosa ligera”. (La mortificación exterior, cap. XII.)

   Quizás preguntará el lector, ¿por qué razón se muestra Dios tan severo por una palabra que en sí misma no parece contener malicia alguna? A lo que San Basilio responde: “Al hablar sin utilidad propia ni del prójimo se desvía la palabra del objeto que Dios, en el plan de su Providencia, le tiene asignado. En vez de hacer de ella un instrumento para el bien, se la hace servir para cosas fútiles. Se habla para no decir nada, y por esto mismo es el acto reprensible”. (Moral, cap. I, reg. 25, y Reg. Brev. Interrog., XXIII.)