jueves, 16 de marzo de 2017

ASPECTOS DE LA PEDAGOGÍA MARIANA EN FÁTIMA (I° parte)




EL ROL DEL ROSARIO EN LA OBRA DE SALVACIÓN DE LOS PECADORES

   Antes de las apariciones, Lucía, Francisco y Jacinta solían “rezar” el rosario repitiendo las palabras “AVE MARÍA” en cada granito, o sea, cincuenta veces. Después de las apariciones los tres niños rezaban hasta nueve rosarios por día.

   ¿Qué ha pasado en estos 153 días que separan la primera de la última aparición?

   El Ángel no menciona el rezo del rosario, este pedido lo hace “la Señora”, que no reveló su identidad antes de la última aparición. “OS DIRÉ QUIÉN SOY”, así lo había anunciado varias veces.

   ¿Quién era? “SOY NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO” ¡Sí! Nuestra Señora de Fátima es Nuestra Señora del Rosario.

   En consecuencia, cuando “LA SEÑORA” dice “DIOS QUIERE ESTABLECER EN EL MUNDO LA DEVOCIÓN A MI CORAZÓN INMACULADO”, se trata del Corazón de Nuestra Señora del Rosario. Es Ella que ha sido enviada por Dios para hacer conocer al mundo su voluntad de difundir la devoción al Corazón Inmaculado.


Revista de la Cruzada Cordimariana –– Octubre-2014.

Dios ha establecido la confesion, para que los pecadores puedan salvarse, el demonio hace que abusen de ella callando pecados para que se condenen.




   COMENTARIO: Esta es una lectura que estoy seguro muy pocos católicos lo han leído. ¿Por qué digo esto? Muy simple, porque el demonio jamás querría que lo hicieras, pues ella te abrirá los ojos a un pecado que lleva miles y miles de almas al infierno en visión de Santa Teresa. La vergüenza te lleva a callar pecados en la confesión y a cometer sacrilegio. El sacrilegio es un pecado mortal. Si te toma la muerte antes de haberlo confesado tu condenación es segura. Todavía estas a tiempo o talvez no…Si quieres puedes pasar por alto esta publicación, pero quien sabe no sea la última oportunidad, el último llamado que Dios te hace para no caer en el infierno donde sufrirás las penas más inimaginables por toda la eternidad. Tómalo a la ligera y exponte a convivir con los demonios por siempre, o tómalo con seriedad, léelo, toma conciencia del grave estado y el peligro que corre tu alma y corrige tu destino, en tus manos esta.

   Es un dogma de fe, que para que el pecador sé justifique y alcance de Dios, el perdón de sus culpas, es necesario que confiese todos los pecados mortales que después de un diligente examen, conoce que ha cometido contra el Señor; y la Iglesia condena como hereje al que se atreve a negar que la confesion sacramental es necesaria por derecho divino para, la salvación eterna (Trento Sesión 14, Canon 6.) Desde el momento que hubo pecadores en el mundo, el mismo Dios ha instituido la confesion remedio contra el pecado, y para que por ella pudieran preservarse los pecadores de caer en las eternas llamas del infierno. Luego que pecaron nuestros primeros padres, quebrantando el único precepto positivo que Dios les había impuesto, el Señor se dejó ver entre las amenas florestas del paraíso, y llamando a Adán por su nombre, le dice: ¿Adán, Adán dónde estás? Adán, padre de todos los hombres y figura de los pecadores, apenas quebrantó el precepto de Dios, huyó y fue a esconderse; porque el pecador huye siempre de Dios para pasarse al bando del enemigo. Pero ¿por qué le pregunta el Señor dónde está? ¿Ignoraba acaso Dios el sitio en donde se había escondido? No. Lo que le pregunta es por el estado triste, abierto, lamentable y de perdición en que había caído por la culpa, para que mejor lo reconozca, se arrepienta y la confiese, como con otros PP. y expositores afirma S. Ambrosio (Apud Cornelio Alapide in Gen. Cap. 3.). Adán lleno de vergüenza y confusión, hace aquella humilde confesion de su pecado, diciendo. Comedi: Señor he comido del fruto del árbol prohibido. Eva sigue el ejemplo de Adán, y confiesa también su delito, Comedi: he comido Señor de la fruta que nos habíais prohibido. Oída esta humilde confesion de Adán y de Eva, el Señor les perdona, y no los arroja a los infiernos como a los ángeles rebeldes, impone a cada uno su respectiva penitencia; a Adán, que comería el pan con el sudor de su rostro, á Eva que pariría los hijos con dolor (Génesis. cap. 4)  y les deja la esperanza de salvación por medio del Redentor, que había de nacer de la bendita y singular mujer, que entonces mismo les promete. Adán y Eva enseñaron a sus hijos con el mayor cuidado la confesion de los pecados, como el único remedio, que con el arrepentimiento les había quedado después de su desgracia. Los Patriarcas, los Profetas y los justos todos de la antigua ley la han practicado constantemente, y la confesion de los pecados ha venido a ser un dogma tradicional, que pasando de generación en generación, se infiltró de tal manera en la naturaleza humana, que se conservó al través de los siglos y del naufragio de las primitivas creencias aun en los mismos pueblos paganos, si bien mezclada con vicios y prácticas supersticiosas. El mismo Dios renovó después la obligación de confesar los pecados, imponiendo a los hebreos un precepto especial de la confesion, cuando dijo a Moisés: Di a los hijos de Israel; hombre o mujer, cuando cometieren alguno de los pecados que suelen acaecer a los hombres... confesarán su pecado (Números. Cap. 5. V.7.)

   En la ley de gracia; la confesion de los pecados tiene un nuevo carácter. Al ver Jesucristo que eran muchísimas las almas que se perdían eternamente por no tener aquella contrición que indispensablemente se requería para recobrar la gracia y borrar los pecados, instituyó el augusto sacramento de la penitencia, del cual forma parte esencial la confesion de los pecados que se hace al Sacerdote. Pocos días antes de su ascensión a los cielos, se presentó en medio de sus discípulos, y en actitud de Maestro, de legislador y de Dios, les dijo con acento de majestad: Asi como el Padre me ha enviado a mí, yo os envió a vosotros; y luego sobre ellos añadió: Recibid el Espíritu Santo, aquellos a quienes les perdonareis los pecados les serán perdonados; y aquellos a quienes los retuviereis les serán retenidos (Juan. Cap. 20.) Con este, soplo divino, símbolo del Espíritu Santo que les daba en el envolvió a los Apóstoles en una atmósfera divina, y con las magníficas palabras que añadió a este acto misterioso, instituyó el sacramento de la Penitencia, he hizo a los Apóstoles, y a sus legítimos sucesores en el sacerdocio, sus representantes y delegados en la grande obra de la reconciliación de los hombres, invistiéndoles de la omnipotente facultad de perdonarles los pecados. Esta facultad y poder sobre las almas, es tan extenso como podía serlo siendo derivado de Aquel a quien fue dado todo poder en el cielo y en la tierra; no tiene restricción, excepción ni límites, puesto que no hay pecado, crimen ni atentado alguno, por enorme y horroroso que sea, qué no pueda ser borrado enteramente y para siempre por la gracia de este sacramento, cuando se recibe con las disposiciones necesarias de manos de un sacerdote legítimamente ordenado, y revestido de la jurisdicción necesaria. Esta autoridad que el Salvador otorgó entonces a los sacerdotes es tan grande, que penetra hasta en los cielos, puesto que Dios ratifica allí la sentencia que sus Ministros pronuncian en la tierra. Más para que estos puedan ejercerla, es indispensable que sepan los pecados que han de perdonar y los que han de retener; es preciso que el Sacerdote al desempeñar este sublime ministerio, conozca el número, malicia y circunstancias agravantes o que mudan la especie de los pecados; es necesario que se penetre bien del estado en que se halla el alma del penitente; si tiene dolor, si se arrepiente de sus culpas, si repara sus injusticias, si perdona a sus enemigos, en una palabra, que vea si merece o no el perdón, según las disposiciones que encuentra en él. Tal es la regla establecida por el mismo Jesucristo en la institución de este augusto sacramento, según la cual, el penitente tiene precisamente que manifestar todos, sus pecados en ese tribunal secreto al Sacerdote, sin omitir ninguno, porque uno solo grave que omita, basta para profanar horriblemente el sacramento, y cometer un abominable sacrilegio. Esta obligación de confesar todos sus pecados, ha sido impuesta por él mismo Dios al pecador, si falta a ella en todo o en parte, ¿Cómo es posible que pueda alcanzar el perdón? El mismo Dios ha constituido al Sacerdote Juez de las conciencias ¿y cómo ha de resolver con acierto sobre una causa, cuyas piezas ignora, y cuyas alegaciones no ha escuchado? ¿Cómo ha de pronunciar un fallo absolutorio sobre un delito que no conoce, porque el culpable no se lo declara?

miércoles, 15 de marzo de 2017

El católico que no confiesa sus pecados mortales, no puede esperar sino el infierno.





   Gravedad, malicia y efectos del pecado mortal. Su único remedio está en la confesion. El cristiano que no lo confiesa, no puede esperar sino el infierno.

   El pecado mortal llamado así porque es la muerte del alma, es el mayor de todos los males; el único mal verdaderamente tal que hay en el mundo. Todos los demás males no merecen este nombre comparados con el pecado mortal. Aunque se imaginen reunidos todos cuantos infortunios y desgracias le pueden venir a los hombres, cuantos suplicios puedan padecer, cuantos tormentos sufrir, cuantas calamidades tolerar, cuantas angustias y tribulaciones devorar, la muerte misma y hasta cuantos tormentos padecen los condenados en el infierno, son un mal muy pequeño si se compara con el pecado mortal. ¡Qué horrible es! ¡Oh! es un atentado gravísimo, es la injuria más atroz, el insulto más sacrílego, el desafío más repugnante, que el que lo comete hace a Dios. 

   Es el verdadero verdugo del hombre y cuyo salario es la muerte como lo dice el Apóstol  en Romanos Cap. 6. V. 23. Y no solamente la muerte del cuerpo introducida en el mundo por el pecado de nuestros padres, sino otra todavía más terrible, cual es la muerte del alma, inevitable para el que se atreve a cometer pecado mortal como asegura un Profeta cuando dice: “Morirá sin remedio el alma que se entregue al pecado” ¡Muerte fatal! ¡Muerte desastrosa! 

   Desde el momento en que le hombre comete el pecado mortal, queda marcado con el sello de la reprobación, peor que Caín, la imagen del Criador se desfigura en él; cae bajo el dominio de Satanás, aborrecido de Dios que le amaba como a hijo; despojado del ropaje de la gracia, desheredado de las virtudes y convertido en una caverna de inmundos escorpiones. 

   Al cometer el pecado, arrojó a Dios de su corazón para dar entrada al demonio; su nombre fué tachado del libro de la vida y solo está escrito en el de la muerte; renuncia a la herencia del cielo y elige la del infierno; deja la compañía de los Ángeles para pasar a la de los demonios, huye de la de los santos, para incorporarse a la de los condenados. El mismo Dios no puede ya tolerar su vista, aparta de él los ojos, le desecha, le arroja de sí, le maldice, y por efecto de esta maldición, queda sin el menor derecho al reino de los cielos. ¡Cuánta razón ha tenido San Ignacio mártir para decir, que el pecado mortal es una semilla maldita de Satanás, que transforma a los que le cometen en otros tantos demonios!

   Si el justo por la gracia y la caridad se hace participante de la naturaleza divina, como dice el Apóstol S. Pedro (2° Epístola San Pedro. Cap. 1° V,4); el pecador por la culpa se hace también participante de la naturaleza del demonio y se transforma y reviste de su malicia y deformidad. ¡Y que fea, que horrible no debe estar su alma! 

   A Santa Catalina de Sena le permitió Dios que viera en una ocasión por un momento la figura de un demonio, y tanto le aterró esta visión que solía decir después, que prefería andar hasta el día del juicio por un camino de brasas encendidas, antes que ver otra vez al espíritu infernal. ¿Y qué otra cosa es una alma en pecado mortal, que una viva imagen de la misma fealdad del demonio? 

   San Bernardo ponderando esta fealdad del alma por el pecado dice: que es más tolerable a los hombres la proximidad de un perro muerto en su mayor estado de putrefacción, que la fealdad de un alma en pecado mortal a los ojos de Dios.

   Pero ¿qué extraño es, que todas estas desgracias vengan sobre el alma del desprevenido pecador que se atrevió a cometer el pecado mortal, y que su fealdad sea solo comparable con la del diablo, de quien es imagen y esclava? 

   Tertuliano dice que el hombre en el mero hecho de consentir en el pecado mortal, hace una execrable preferencia del demonio al mismo Dios; y nada hay más cierto efectivamente que esta horrible preferencia, porque como dice San Alfonso de Ligorio "cuando el pecador delibera si consentirá o no en el pecado, toma como en sus manos una balanza y examina que es lo que pesa más en ella; si la gracia de Dios o el humo del placer, y cuando presta su consentimiento al pecado, declara, en cuanto a él, que todo esto vale más que la amistad de Dios" ¡Que desprecio tan abominable hace por consiguiente de Dios, el pecador al consentir en la culpa! Desprecio solamente comparable con el que hicieron los pérfidos judíos al preferir ante Pilatos al insigne y malhechor Barrabás al mismo Jesucristo. 

martes, 14 de marzo de 2017

“LA LEYENDA DEL GRAN INQUISIDOR” (¿libertad (católica) espiritual con sufrimiento, o esclavitud (socialista) en la saciedad del pan (felicidad inmanente)?)




   ADVERTENCIA: No juzguen esta publicación por su título, es una lectura realmente fascinante, pero para entenderla debe ser leída en su totalidad, no puede tomarse en forma aislada, ni ser tomada en fragmentos salidas de contexto, pues se caería en graves errores en su interpretación. Desde ya que la lectura e interpretación será mucho más fácil para las personas que estén familiarizados con estos autores, que pertenecen a la literatura Rusa. Pero no se lo pierdan,  lectura de alto vuelo, y les digo debe ser profundamente meditada.


   El texto de Dostoievski se encuentra en la segunda parte de Los hermanos Karamázovi. El gran novelista hace que Iván le lea a su hermano Alioscha un poema, donde intervienen sólo dos personajes: el Gran Inquisidor de Sevilla y Jesucristo, a quien aquél ordena detener y llevar a la cárcel, manteniendo allí un largo diálogo con él, o mejor, un prolongado monólogo, ya que Cristo permanece durante todo el tiempo en irreductible silencio. Dostoievski volverá allí a uno de sus temas predilectos, y es el valor del don de la libertad que Dios otorgó al hombre. Dios quiso que fuésemos dioses por la gracia, hijos del Altísimo, pero ello fue un llamado, una invitación. La fe es el acto que busca, encuentra y elige libremente el amor de Dios. El libre amor recíproco hace converger las dos voluntades, la del Dios que llama y la del hombre que responde, en un acuerdo “sintético”, como dice Dostoievski, en un acuerdo divino-humano. Éste es el mensaje capital de Dostoievski en todas sus obras.

   Pues bien, el Gran Inquisidor le recrimina a Cristo porque no consintió a las sugestiones de Satanás en el desierto. Si hubieras convertido las piedras en panes, habrías resuelto el problema social de la humanidad, habrías acabado con el flagelo del hambre, el frío y la miseria. Y todos te hubieran seguido, aclamándote por rey. Pero inexplicablemente respondiste: “No sólo de pan vive el hombre” (Mt 4, 4). Te pedían que multiplicases los panes y respondiste hablando del pan del cielo. “Me buscáis por los panes con que os he saciado. Buscad otro alimento” (Jn 6, 26-27). Lo reprende, asimismo, por su falta de consentimiento a la segunda tentación, la de tirarse del pináculo del templo. ¿Por qué no lo hiciste? Todos te hubieran aclamado por un milagro tan despampanante, que no hubiera dejado ya lugar a ninguna duda, coaccionando el acto de adhesión. En continuidad con ello, hiciste mal cuando no quisiste descender de la cruz, como te pidieron los allí presentes. Y en cuanto a la tercera tentación: “Te daré todo el mundo si postrándote me adorares”, ¿por qué no la aceptaste? Hoy todo el mundo sería tuyo, todo el mundo te aclamaría. “¿Por qué desairaste ese último don? Si hubieras seguido ese tercer consejo del poderoso espíritu, habrías realizado cuanto el hombre busca en la tierra, a saber: a quién adorar, a quién confiar su conciencia, y el modo de unirse todos, finalmente, en un común y concorde hormiguero, porque el ansia de la unión universal es el tercer y último tormento del hombre.” En cambio, le dice el Gran Inquisidor, nosotros hemos consentido a dichas tentaciones, hemos convertido las piedras en panes, hemos dado de comer a la gente, hemos unificado el mundo, y por eso nos siguen, aunque para hacerlo hayan tenido que abdicar de su libertad.

   La idea de Dostoievski es que Cristo rechazó las tres tentaciones del desierto, justamente porque representaban las tres formas de anulación de la libertad: por el milagro, por el misterio, y finalmente, por el poder de la autoridad. A su vez, Satanás las propone como las tres soluciones insustituibles para resolver los problemas de la existencia humana, apaciguando así todas las inquietudes de los hombres: convertir las piedras en pan, es solucionar el problema económico; triunfar de las leyes de la naturaleza por el milagro, es resolver el problema del conocimiento; reunir todas las naciones bajo el signo de la paz universal mediante el ejercicio de la autoridad despótica, es solucionar el problema político. El Gran inquisidor acepta las tres tentaciones sobreentendiendo que la trascendencia no es para el hombre, que ella le queda demasiado grande, que éste debe abocarse con todas sus energías al mundo que le corresponde, el de la inmanencia. La sugestión satánica se manifiesta menos como una negación principista del absoluto, cuanto como una absolutización de este mundo, al margen de Dios.

   Muchos estudiosos se han preguntado a quién representa el Gran Inquisidor. Tres son las interpretaciones que se han dado.

lunes, 13 de marzo de 2017

ODA XXIII - A LA SALIDA DE LA CÁRCEL - FRAY LUIS DE LEÓN.




Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado,

y con pobre mesa y casa
en el campo deleitoso
con sólo Dios se compasa
y a solas su vida pasa
ni envidiado ni envidioso.

OBSEQUIO SEXTO (6 DE 10) A NUESTRA SEÑORA – Por San Alfonso María de Ligorio.




  EL ESCAPULARIO

   Así como los grandes del mundo tienen a honor que otros hombres lleven su librea, así María Santísima agradece que sus devotos lleven su escapulario para dar testimonio de que están consagrados a su servicio y que pertenecen a la familia de la Madre de Dios. Los herejes modernos se burlan, como es costumbre en ellos, de esta devoción, pero la santa Iglesia la ha bendecido con bulas e indulgencias. Refieren los PP. Crasset y Lezzana hablando del escapulario, que hacia el año 1251 se apareció la Santísima Virgen a San Simón Stock, inglés, y dándole su escapulario le dijo que quienes lo llevaran se librarían de la eterna condenación. “Recibe, hijo amadísimo, este escapulario de tu Orden, signo de mi confraternidad, privilegio para ti y todos los carmelitas. El que muera con él no padecerá el infierno”. Cuenta demás el P. Crasset que María, apareciéndose al Papa Juan XXII, le ordenó hacer saber a los que llevaran el escapulario que serían librados del purgatorio el sábado siguiente al día de su muerte. Así lo declaró el mismo pontífice en la bula confirmada expresamente por los papas Alejandro V, Clemente VII y otros varios, como refiere el P. Crasset.


"LAS GLORIAS DE MARÍA"

“Las Glorias de María” (Un ejemplo) – Por San Alfonso María de Ligorio.




   Cuentan el Belovacense y Cesáreo que un joven noble, al verse reducido sus vicios de rico —porque su padre lo había dejado en tan pobre situación que le era preciso mendigar para vivir— se alejó de su patria para irse a vivir con menor vergüenza en un país lejano, donde no lo conocieran. Durante el viaje se encontró con un antiguo servidor de su padre, quien, al verlo tan afligido por la pobreza a la que había rodado, le dijo que se alegrara, porque él iba a llevarlo a un príncipe tan generoso, que lo proveería de todo. Aquel servidor se había convertido en un impío hechicero. Un día se llevó consigo al pobre joven, lo condujo a través de un bosque hasta una laguna, donde empezó a hablar con una persona invisible. Por lo cual el joven le preguntó con quién hablaba.

— Con el demonio —le respondió—, y al ver su reacción de temor, lo animó a no asustarse. Hablando todavía con el demonio, le dijo:

— Señor, este joven se halla reducido a extrema necesidad y querría regresar a su situación anterior.

— Si quiere obedecerme —contestó el enemigo— lo haré más rico que antes. Pero ante todo, tiene que renegar de Dios.

Horrorizóse el joven. Pero el maldito mago lo incitó a hacerlo y él renegó de Dios.

— No es suficiente, replicó el demonio; tiene también que renegar de María, porque ésa es la que, tenemos que reconocerlo, nos ha causado las mayores pérdidas. ¡A cuántos nos arrebata de las manos para convertirlos a Dios y salvarlos!

— No. Esto no, replicó el joven; no voy a renegar de mi Madre; ella es toda mi esperanza. Prefiero seguir mendigando toda la vida. Y diciendo esto, el joven se alejó de aquel lugar.

   De regreso, pasó ante una Iglesia de María. Entró el afligido joven y arrodillándose ante su imagen comenzó a llorar e implorar a la Santísima Virgen que le alcanzara el perdón de sus pecados. Y María comenzó al momento a orar a su Hijo por aquel miserable. Jesús dijo al principio:

— Madre, pero este ingrato, ha renegado de mí. Más, al ver que su Madre no dejaba de pedirle, dijo finalmente:

— Madre mía, nunca te he negado nada; que sea perdonado, ya que tú me lo pides.

   El ciudadano que había comprado la hacienda del joven derrochador, observó en secreto todo esto. Al ver él, la compasión de María con aquel pecador, le dio a su única hija por esposa, constituyéndolo heredero  de su fortuna. De esta manera, aquel joven recuperó por medio de María la gracia de Dios e incluso los bienes temporales.



domingo, 12 de marzo de 2017

Ni excesiva tolerancia ni demasiada exigencia (a la hora de comulgar)




Discípulo. —Muy agradecido, Padre, porque he entendido muy bien cuanto se refiere a las tres condiciones para hacer una buena Comunión; pero aún me queda alguna duda.

Maestro. —Dilas, pues; exponlas.

D. —Al ver, por ejemplo, a algunos que se acercan a comulgar distraídos o de prisa, disipados, con poca modestia, hasta poco decentemente vestidos, y a veces hombres de una conducta que deja algo que desear, digo para mis adentros: ¿No sería mejor que no comulgaran, o al menos no lo hicieran diariamente? ¿Cometo falta pensando de esta manera?

M. —Sí, la mayor parte de las veces haces mal pensando de esta manera, porque todos ellos es muy posible que tengan defectos, pero no cometen faltas graves; y no cometiendo pecados graves, siempre pueden y son dignos de comulgar, no sólo de cuando en cuando, sino con frecuencia, porque el que está preparado para comulgar de tanto en tanto puede comulgar también cada día.

D.¿Luego no hay que ser demasiado exigentes?

M. —No, por cierto; ni más exigentes que la Iglesia ni más papistas que el Papa, según canta el refrán. La excesiva exigencia llega a alejar a muchas almas, y este alejamiento hace que la gracia de Dios disminuya, y de aquí se facilite la caída en el pecado mortal. Dijo Jesucristo: “No necesitan los sanos de médico, sino los enfermos”, y por lo tanto, éstos que tú dices son enfermos con derecho a recibir la Sagrada Comunión, o sea, a acercarse a Jesucristo, que vino para ellos, para curarlos y sanarlos.

D.¿Y si no sanan nunca?

M. — Paciencia, si no llegan a sanar. Serán siempre los enfermos predilectos de Jesús, de sus bondadosos cuidados y de su compasión, de la que ninguno debe alejarlos.

D. —Son enfermos crónicos, ¿verdad, Padre?

M. —Es verdad; pero ¿acaso los médicos desahucian a los enfermos crónicos? ¿Acaso pueden deshacerse de ellos y dejarlos sin curar?

D. —No, Padre; antes al contrario, esta clase de enfermos requieren más cuidados y más miramientos.

M. —Así se contesta; por lo tanto, no hay que ser demasiado exigentes.

D. —A veces, sin embargo hay quienes abusan y se acercan al comulgatorio con modales tan estudiados y con formas tan extrañas, con vestidos tan raros...

M. —En casos semejantes será bueno y hasta obligatorio —pasando disimuladamente de largo y con cierta prudencia y desenvoltura, de manera que será fácil que nadie se dé cuenta— no darles la Comunión...

D. ¿Qué dice, Padre? ¿Y no se quejarán?

sábado, 11 de marzo de 2017

Miserias de la vida y necesidad de la penitencia. (¿Tienes miedo a la muerte? No dejes pasar esta lectura) Viene con un ejemplo.



   Entre  los bienes naturales ninguno conocemos que pueda compararse con la vida; este es seguramente el mayor bien que hay en el mundo: por eso los hombres apetecen tanto el vivir largo tiempo, para lo cual casi siempre se hallan dispuestos a hacer cualquier género de sacrificios. ¡Cuántos por conservar la vida han renunciado a toda su hacienda! ¡Y qué pruebas tan crueles no sufren muchos por recuperar la salud perdida! Abstinencias, dietas, amputación de miembros, sajaduras de carne viva, sangrías, bebidas hediondas y abominables, y otros mil nauseabundos y molestísimos remedios. Si tanto se padece por esta vida tan breve, ¿cuánto no deberíamos padecer por la que nunca se ha de acabar?

   Si tan luego como pierde uno la salud procura con diligencia su remedio, ¿por qué luego que pierde la gracia no la procura también? Si al punto que caes enfermo buscas al médico y la medicina, ¿por qué al punto que caes en pecado y se enferma tu alma no buscas a Dios? ¿Qué viene a ser de sí mismo este cuerpo, sino un conjunto de huesos vestidos de carne, como si dijéramos vestidos de heno; sucio, débil, pobre y miserable, que bien pronto se verá convertido en un hervidero de gusanos; al paso que el alma, noble, graciosa y bella, criada a imagen y semejanza de Dios, ha de durar eternamente?

   San Agustín, conocedor profundo de las miserias del hombre, escribe con su áurea pluma estas palabras: “Dios mío, ¿quién soy yo que hablo con Vos? ¡Ay de mí! Perdonadme: yo soy un cuerpo muerto y hediondo, manjar de gusanos, vaso de corrupción, leño seco para el fuego. ¿Quién soy yo que hablo con Vos? Soy un hombrecillo nacido de mujer, que en breve se acaba, y justamente es comparado a los brutos é insipientes. ¿Qué más soy? Un abismo de tinieblas, una tierra yerma y estéril, hijo de ira, vaso de contumelia, que fué engendrado en la inmundicia, vive en la miseria, y ha de morir en la aflicción. Soy un muladar cubierto de nieve, una balsa de podre lleno de mal olor y de hedor, ciego, pobre, desnudo, que ni entiendo mi entrada en el mundo, ni sé la salida de él. Mi vida es frágil y caduca; es vida que cuanto más crece más se disminuye, cuanto más avanza más se acerca a la muerte: vida falaz y llena de lazos. Ahora me alegro, y al instante me contristo; ya estoy bueno, y presto me siento enfermo; vivo, y al punto muero. Todas mis cosas están sujetas a mudanza, de tal modo, que una hora no permanezco en un mismo estado. De aquí el temor, el estremecimiento, el hambre, la sed, el calor, el frío, la enfermedad, el dolor, a que se sigue la importuna muerte (Soliloquiorum animae ad Deum)”

   Y en otro libro dice el mismo San Agustín: “Mucho me enfada, Señor, esta vida y trabajosa peregrinación. Mas ¿por qué la llamo vida y no muerte, pues es vida muy falsa y muerte verdadera? Esta vida es vida miserable, vida incierta, pesada, inmunda, llena de errores, engaños y pecados; y así más se puede llamar muerte que vida, pues en cada instante morimos, y las varias vicisitudes nos acaban con diversos linajes de muerte. ¿Cómo podemos llamar vida a esta que vivimos, pues los humores la alteran, los dolores la enflaquecen, los ardores la secan, el aire la inficiona, el manjar la corrompe, el ayuno la fatiga, los placeres la trastornan, los pesares la consumen, el cuidado la ahoga, la seguridad la destruye, las riquezas la ensoberbecen, la pobreza la derriba, la juventud la desvanece, la vejez la aflige, la enfermedad la quebranta, y la tristeza la acaba? Y a todos estos males les sucede la muerte furibunda. Et his malis ómnibus, mors furibunda succedit.”

   De todo lo dicho por aquel gran Doctor se deduce, que esta que llamamos vida es más bien muerte, bien que lenta y angustiosa. Es vida de apariencia, vida de perspectiva, vida fantástica y mentirosa, y sólo positiva, real y verdadera por lo que tiene de muerte. Por eso dijo el Salvador: “El que cree en Aquel que me ha enviado... pasó de muerte a vida (Juan V, 24).” No dijo Jesucristo, pasó de esta vida a la otra, de esta temporal a la eterna; sino pasó de muerte a vida, porque el vivir de este mundo es un continuo morir, y así impropiamente le llamamos vida.

   Si, pues, la vida presente es tan menguada y triste, ¿cómo tan desordenadamente la amamos? ¿Cómo la hacemos caso, cómo no la despreciamos aspirando únicamente a la vida eterna? Oigamos de nuevo al Redentor: “El que quisiere salvar su vida, la perderá: más el que perdiere su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará (Marcos VIII, 35)”

jueves, 9 de marzo de 2017

LA MASONERIA DENTRO DE LA IGLESIA (Misterium iniquitatis) Prologo del P. Julio Meinvielle.




Venid, Jesús Nuestro Señor

   La Humanidad no tiene fuerzas para apartar el obstáculo que ella misma ha creado tratando de impedir vuestro regreso. Enviad a vuestro ángel, ¡oh, Señor!, y haced que nuestra noche se vuelva luminosa como el día.

   ¡Cuántos corazones os esperan, oh, Señor! ¡Cuántas almas se consumen en el anhelo del día en que sólo Vos viviréis y reinaréis en los corazones!

Venid, Jesús Nuestro Señor

   Hay muchas señales de que la hora de vuestro regreso no está lejana.

   ¡Oh, María! Vos, que le habéis visto resucitado, que con la primera aparición de Jesús visteis suprimida la inenarrable angustia producida por la noche de la Pasión, María, a Vos ofrecemos las primicias de este día. A Vos, esposa del Espíritu divino, nuestro corazón y nuestra esperanza.

Pío XII, Mensaje Pascual de 1957

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PROLOGO del P. Julio Meinvielle

   Hace apenas unos años, Cruz y Fierro publicó de Pierre Virion El Gobierno Mundial y la Contra-Iglesia. Allí aprendimos a conocer los planes novísimos que la Alta Masonería estaba ejecutando en el mundo occidental para llegar al gobierno mundial, tanto en el plano económico-político como en el religioso. Un punto oscuro quedaba en la obra de Virion: ¿Cómo romper la osatura de la Iglesia Católica romana para hacerla entrar en esta Iglesia Universal de la Masonería junto con los otros cultos de los que creen y no creen en Jesucristo, y de los que creen y no creen en Dios? Este nuevo libro de Pierre Virion viene precisamente a ilustrar este punto y a revelarnos en qué consiste el misterium iniquitatis de que habla el Apóstol (II Tes. 2, 7). El misterio de iniquidad consiste precisamente en que el “Aparato publicitado de la Iglesia” que debía servir para llevar las almas a Jesucristo, sirva en cambio para perderlas y esclavizarlas al demonio. Aquí está el “misterio de perversidad”: Que la sal se corrompa y deje de salar (Mt. 5, 13). Fíjese bien el lector que no decimos que la Iglesia deje de llevar las almas a Jesucristo. La Iglesia es indefectible y durará como tal hasta el fin. Pero la Iglesia de Jesucristo puede no identificarse con el “Aparato publicitado de la Iglesia”. La Iglesia de Jesucristo puede mantenerse en las almas fieles a la doctrina que se conservaría en algunos sacerdotes y obispos adheridos a la Cátedra del Pontífice de Roma, mientras que el Aparato mismo de lo que el mundo conoce como Iglesia puede seguir otra doctrina y otra pastoral elaborada por la soberbia de los grandes y publicitados teólogos de la nueva teología.

   El nuevo libro de Virion, que en esta edición lleva el título de La Masonería dentro de la Iglesia, explica el mecanismo mediante el cual se ha operado este cambio de la Iglesia de Cristo en la Iglesia del Anticristo, has Altas Logias de la Masonería han elaborado el plan al fin del siglo pasado: La ORDEN CABALISTICA DE LA ROSACRUZ, fundada en 1888 por Stanislas de Guaíta; la ORDEN MARTINISTA, fundada en 1890 por Papus, de la que formaba parte la Sinarquía de Saint-Yves d’Alveydre; y el SIMBOLISMO de Oswald Wirth, que debía tener tan destacada actuación en las relaciones actuales de la Masonería con la Iglesia a través del conocido jesuita P. Riquet.

   El plan “tan insensato y tan criminal” (León XIII) de esta transformación de la Iglesia había de ser expuesto, casi al detalle, por un célebre apóstata, el Canónigo Roca (1830-1893), quien estaba interiorizado con los planes de las Altas Logias. Pierre Virion expone cumplidamente los detalles de este plan trayendo citas oportunas de las obras de Roca.

   Pasa luego Virion a mostrar la ejecución del plan elaborado a fines del siglo pasado. La historia de la ejecución del plan coincide punto por punto con las relaciones de algunos altos eclesiásticos con altos dignatarios de la Masonería, y destaca particularmente las conversaciones de Aix-la-Chapelle entre el P. Gruber y Mukermann, de la Compañía de Jesús, y altas dignidades masónicas, en 1926; entre el P. Berteloot y el masón Albert Lantoine en 1938; entre el P. Riquet y los masones Lepage y Alee Mellor en 1960. Estas relaciones  habituales de masones y jesuitas en el nivel superior de la alta publicidad ha de determinar otro tipo de relaciones en todos los planos (intelectuales, publicitarios, pastorales y de toda clase de acción) entre masones, comunistas e izquierdistas y dirigentes católicos, en una colaboración estrecha y habitual para forjar y construir el mundo de los hombres. Es claro que esta colaboración del cristianismo con el anticristianismo de la masonería debe traer como consecuencia una transformación necesaria de la doctrina y de la vida cristiana. Esta transformación es propiamente el Progresismo.

miércoles, 8 de marzo de 2017

"SI ERES UNA MUJER CATÓLICA" DILE ¡¡¡NO!!! AL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER.


Confesión General (Sumamente importante leerlo)




Discípulo. –– Padre, la última cosa. ¿Qué es la confesión general?

Maestro. –– Se llama confesión general a la acusación de todas las culpas cometidas en toda la vida o en parte notable de ella.

D.¿Es necesaria la confesión general?

M. — Para muchos puede ser necesaria para otros solamente útil y para algunas nocivas.

D.¿Cuándo es necesaria?

M. — Es necesaria cuando las confesiones precedentes fueron sacrílegas o nulas.

D. ¿Y cuándo son sacrílegas y cuándo nulas?

M. — Las confesiones son sacrílegas cuando, a sabiendas, se callan pecados graves, sabiendo que hay obligación de confesarlos, o bien, cuando falta el dolor o, propósito necesarios; son nulas cuando la falta de dolor o de propósito de no pecar, no la advertía el penitente en el acto de la confesión.

D.¿Quién, pues, se encuentra en la necesidad de hacer confesión general?

M. — Encuéntrase en la absoluta necesidad de hacer una confesión general, aquellos que, sea por malicia, sea por vergüenza, callaron o negaron algún pecado mortal en las confesiones pasadas, o bien, alguna circunstancia que cambiase la especie del pecado o no se acusaron con precisión del número de los pecados mortales, de que tenían conciencia, o también declararon los pecados al confesor en forma tal, que no entendiese, o bien, si le engañaron con mentiras graves al responder a sus preguntas.

D. — Tenga la bondad de explicarme con ejemplos todas estas cosas.

M. — Supongamos que un pobrecito pecador desde la primera vez que se confesó, calló ciertos pecados por vergüenza de confesarlos; aun cuando hubiera declarado bien todos los demás, sin embargo, por no haber corregido la primera confesión mal hecha, ninguna de las confesiones fue buena, y por lo mismo se encuentra en la absoluta necesidad de subsanarlas todas, con una confesión general en la que, además debe acusarse de los sacrilegios cometidos.

Supongamos otro que desgraciadamente, habiendo cometido en otros tiempos ciertos pecados de obra, al acusarse de ellos siempre hubiera dicho que tuvo malos pensamientos; también éste se confesó mal y tiene necesidad de confesarse generalmente.

Supongamos todavía otro que tuvo la desgracia de cometer pecados, pero con otra persona; si al confesarlos calló esta circunstancia y lo hizo a caso hecho, cómo la condición particular de haber pecado con aquella persona debía haberla manifestado y culpablemente la calló, se confesó mal y debe confesarse también generalmente.

Supongamos, por último, que otro tuviese la costumbre de cometer cuatro o cinco pecados graves cada semana o cada mes y que al confesarse, en vez de cuatro o cinco pecados declaro sólo dos o tres, o bien tres o cuatro, sabiendo con seguridad que mentía, éste si confesaba, Confesaba mal, y se halla en el caso de los anteriores, es decir, que debe hacer confesión general.

martes, 7 de marzo de 2017

Breves palabras, grandes sentencias. Santo Tomás de Aquino




   Entre las excelencias que tuvo el ingenio del santo, fué una encerrar en breves palabras grandes sentencias.

   Preguntóle una vez su hermana cómo se podría salvar, y él respondió: Queriendo.

   Otra vez le preguntó cuál era la cosa que más se había de desear en esta vida, y respondió: Morir bien.

   Decía que la ociosidad era el anzuelo con que el demonio pescaba, y que con él cualquier cebo era bueno.

   Aseguraba que no entendía cómo un hombre que sabe que está en pecado mortal, podía reírse ni alegrarse en ningún tiempo.

   Preguntado cómo se conocería si un hombre era perfecto, respondió: Quien en su conversación habla de niñerías y burlas; quien huye de ser tenido en poco y le pesa si lo es, aunque haga maravillas, no le tengáis por perfecto, porque todo es virtud sin cimientos., y quien no quiere sufrir, cerca está de caer.

   Recoge, pues, hijo mío, alguna de estas sentencias, en las cuales está encerrada la verdadera sabiduría.



Tomado del Flos Sanctorvm.

MENDIGO DE AMOR (CUENTO)




ACLARACIÓN: Este es un cuento que lo escribí hace mucho tiempo, les autorizo a que se rían si quieren pues soy un desastre escribiendo.  Pero bueno en aquella época era más caradura, y el padrecito de mi parroquia me pidió unas línea para la revista que el editaba. Bueno acá mi humilde cuento espero les guste.

   Era un Domingo después de Misa. Salía, de la mano de mi esposa y mis hijos, con el corazón inflamado de haber recibido a Cristo en la Eucaristía. En la puerta del templo una voz me decía: “¡Señor, señor! Volteé para ver quién era, y vi a una mujer con un bebé en brazos y la mano extendida hacia mí. Ella repetía estas palabras: "¡Señor, señor! ...una moneda por el amor de Dios”.

   En ese instante estos pensamientos me asaltaron: “¿No tiene vergüenza esta mujer pidiendo limosna? ¿Por qué no va a trabajar?”. Después de emitir mi juicio, pasé a hacer efectiva mi sentencia. La miré con profunda indignación y la dejé con las manos vacías y en el aire. La pobre mujer agachó la cabeza, se acurrucó aún más contra los pilares de la escalera y abrazó más fuerte a su hijo, como si fuera el único bien que poseía en todo este mundo.

   A medida que caminábamos con mi familia algo empezó a oprimir mi corazón. Una sensación de haber hecho algo muy malo se apoderó de mí. La euforia de hace un momento se iba apagando y la imagen de aquella mujer me dejaron sin paz. Nunca vi ojos tan tristes, nunca oí una voz tan implorante, ni ruego tan humilde. Mis pasos se detenían poco a poco y ensimismado, como atrapado por mi conciencia, ya no lo pude soportar. Con las lágrimas contenidas y un desprecio total por mi obrar tan egoísta, unas débiles palabras salieron de mi boca ahogada por el remordimiento: “¡Señor, perdóname porque no sé lo que hago!”.

   Dejé a mi familia, corrí hacia la Iglesia con el deseo de encontrar a la mendiga. Al verme sonrió dulcemente, no me condenaba por mi acción de hace un momento. Su rostro denotaba tristeza y sus ropas una gran pobreza. Podía experimentar su soledad y noté que sufría...sufría en el más profundo silencio. Como Jesús en Getsemaní, sin consuelo, con todo el peso del dolor sobre sus espaldas.

   Saqué un billete y se lo puse en sus manos, las cuales besé devotamente. Nunca unas manos me parecieron tan tibias y agradecidas, luego besé la frente del niño que aún dormía. Al ver el dinero y mi gesto cristiano y amoroso, el rostro de la mujer se iluminó de alegría. Era el más hermoso, el más tierno, el más misericordioso; ese rostro yo bien lo conocía, era el de Jesús.

   Así puede comprender que no era tan sólo una pobre mujer en la escalera de la una Iglesia, sino el Hijo de Dios, que desde el suelo me decía: “¡Señor, señor!”. Y pensé: ¡Cuánto te humillas, mi buen Jesús, para llamar mi atención hacia Tí! Y recibes a cambio sólo el hielo de mi indiferencia. No eran unas pocas monedas lo que mendigabas sino mi amor, que tan ingratamente te lo niego, dejándote más sediento por mi amor que cuando colgabas de la Cruz. No eran unas manos extendidas que imploraban caridad sino tu corazón que ardía de deseo por unirse al mío en llamas de inextinguible amor.

   En ese momento las más dulces palabras salieron de la boca de aquella mujer: “¡Gracias! Gracias, señor; que Dios lo bendiga”. ¿No era acaso tu voz de Evangelio, querido Jesús, que curaba mis heridas con bálsamo de amor? Y mientras caminaba, tú, Señor, me hablabas al corazón  y me hacías comprender lo pobre de nuestro amor, lo frío de nuestras almas, lo duro de nuestros sentimientos.

   Estamos ciegos, Señor; y como en tu primera venida no te sabemos reconocer: en los que sufren la pobreza, la tristeza, la soledad y la desesperanzaba, no te vemos en los niños hambrientos y sin abrigo, en los ancianos solos y tristes, en los presos y en los enfermos, en un trabajador desocupado y sin esperanza, incluso en los pecadores y débiles, en un desconocido, en un pariente o en un amigo…

   Pero también comprendí que somos llamados a ser luz para nuestros hermanos, sal de la tierra, servidores del amor, remedio para todo dolor. Porque tú me llamas, Señor, en cada hermano a entregarte todo mi amor.

   Cuando llegué donde mi familia esperaba, abracé a cada uno entre lágrimas de ternura. Las personas, despreocupadas, iban y venían por la vereda. Al volver la vista atrás, pude ver una vez más a aquella mujer. O mejor dicho, a Jesús implorando por las calles, mendigando un Amor... nuestro amor. Cerré mis ojos y en mi alma pronuncié ésta oración:

   ¡¡¡Por nuestras faltas de amor, perdónanos, Señor!!!


Revista parroquial “VEN Y VERAS” año 2002


Por NICKY PÍO.


jueves, 2 de marzo de 2017

DOCTRINA DE LA VERDAD – Por el Beato Tomás de Kempis.




   Dichoso aquel a quien la verdad enseña por sí misma, no por medio de figuras y voces mortales, sino descubriéndose como ella es!

   Nuestras opiniones y modos de sentir son a menudo falsos, y poco es lo que vemos.

   ¿Qué fruto se saca del mucho cavilar sobre cosas oscuras y misteriosas cuya ignorancia ni siquiera se nos reprochará en el juicio?

   ¿No es grande insensatez que, descuidando lo necesario y lo útil, queramos ocuparnos en cosas puramente curiosas y aun dañosas? Tenemos ojos, y no vemos.

   Y a nosotros, ¿qué nos importan los géneros y las especies? A quien habla el Verbo eterno, de muchas opiniones se desembaraza. De ese Verbo único proceden todas las cosas, y todas dicen una sola cosa, y esa cosa es el Principio el cual nos habla.

   Sin Él, nadie entiende bien, ni juzga con acierto.

   Aquel para quien todas las cosas sean una sola, que las reduzca todas a una sola, que las vea todas en una sola, tendrá firme el corazón, y en Dios descansará tranquilo.