Gravedad, malicia y efectos del pecado mortal. Su único remedio está en la confesion. El cristiano que no lo confiesa, no puede esperar sino el infierno.
El pecado mortal llamado así porque es la muerte del alma, es el mayor de todos los males; el único mal verdaderamente tal que hay en el mundo. Todos los demás males no merecen este nombre comparados con el pecado mortal. Aunque se imaginen reunidos todos cuantos infortunios y desgracias le pueden venir a los hombres, cuantos suplicios puedan padecer, cuantos tormentos sufrir, cuantas calamidades tolerar, cuantas angustias y tribulaciones devorar, la muerte misma y hasta cuantos tormentos padecen los condenados en el infierno, son un mal muy pequeño si se compara con el pecado mortal. ¡Qué horrible es! ¡Oh! es un atentado gravísimo, es la injuria más atroz, el insulto más sacrílego, el desafío más repugnante, que el que lo comete hace a Dios.
Es el verdadero verdugo del hombre y cuyo salario es la muerte como lo dice el Apóstol en Romanos Cap. 6. V. 23. Y no solamente la muerte del cuerpo introducida en el mundo por el pecado de nuestros padres, sino otra todavía más terrible, cual es la muerte del alma, inevitable para el que se atreve a cometer pecado mortal como asegura un Profeta cuando dice: “Morirá sin remedio el alma que se entregue al pecado” ¡Muerte fatal! ¡Muerte desastrosa!
Desde el momento en que le hombre comete el pecado mortal, queda marcado con el sello de la reprobación, peor que Caín, la imagen del Criador se desfigura en él; cae bajo el dominio de Satanás, aborrecido de Dios que le amaba como a hijo; despojado del ropaje de la gracia, desheredado de las virtudes y convertido en una caverna de inmundos escorpiones.
Al cometer el pecado, arrojó a Dios de su corazón para dar entrada al demonio; su nombre fué tachado del libro de la vida y solo está escrito en el de la muerte; renuncia a la herencia del cielo y elige la del infierno; deja la compañía de los Ángeles para pasar a la de los demonios, huye de la de los santos, para incorporarse a la de los condenados. El mismo Dios no puede ya tolerar su vista, aparta de él los ojos, le desecha, le arroja de sí, le maldice, y por efecto de esta maldición, queda sin el menor derecho al reino de los cielos. ¡Cuánta razón ha tenido San Ignacio mártir para decir, que el pecado mortal es una semilla maldita de Satanás, que transforma a los que le cometen en otros tantos demonios!
Si el justo por la gracia y la caridad se hace participante de la naturaleza divina, como dice el Apóstol S. Pedro (2° Epístola San Pedro. Cap. 1° V,4); el pecador por la culpa se hace también participante de la naturaleza del demonio y se transforma y reviste de su malicia y deformidad. ¡Y que fea, que horrible no debe estar su alma!
A Santa Catalina de Sena le permitió Dios que viera en una ocasión por un momento la figura de un demonio, y tanto le aterró esta visión que solía decir después, que prefería andar hasta el día del juicio por un camino de brasas encendidas, antes que ver otra vez al espíritu infernal. ¿Y qué otra cosa es una alma en pecado mortal, que una viva imagen de la misma fealdad del demonio?
San Bernardo ponderando esta fealdad del alma por el pecado dice: que es más tolerable a los hombres la proximidad de un perro muerto en su mayor estado de putrefacción, que la fealdad de un alma en pecado mortal a los ojos de Dios.
Pero ¿qué extraño es, que todas estas desgracias vengan sobre el alma del desprevenido pecador que se atrevió a cometer el pecado mortal, y que su fealdad sea solo comparable con la del diablo, de quien es imagen y esclava?
Tertuliano dice que el hombre en el mero hecho de consentir en el pecado mortal, hace una execrable preferencia del demonio al mismo Dios; y nada hay más cierto efectivamente que esta horrible preferencia, porque como dice San Alfonso de Ligorio "cuando el pecador delibera si consentirá o no en el pecado, toma como en sus manos una balanza y examina que es lo que pesa más en ella; si la gracia de Dios o el humo del placer, y cuando presta su consentimiento al pecado, declara, en cuanto a él, que todo esto vale más que la amistad de Dios" ¡Que desprecio tan abominable hace por consiguiente de Dios, el pecador al consentir en la culpa! Desprecio solamente comparable con el que hicieron los pérfidos judíos al preferir ante Pilatos al insigne y malhechor Barrabás al mismo Jesucristo.
















