Un pobre negro, llamado Tom, comprado en las
costas del África, fué transportado a las Indias Occidentales. Abrazó el
Cristianismo, y por su ordenada conducta mereció la confianza de su dueño.
Un día quiso éste comprar una veintena de
esclavos; y dirigiéndose en compañía del fiel Tom al mercado, ordenó eligiese
los que, a su juicio, hablan de ser mejores obreros.
Con sorpresa vio que Tom le presentó, entre
los esclavos, a un viejo caduco, que decía era conveniente comprar; el amo
rehusaba hacerlo, mas, vencido por las instancias del esclavo, acabó por
comprarlo.
Al regresar a los dominios de su principal, Tom
no cesaba de prodigar al viejo los más solícitos cuidados, ya, llevándole a su
cabaña, le hacía comer con él, ya cuando tenía frio le conducía al sol, asi
como cuando le sofocaba el calor hacíale sentar a la sombra de los cocoteros;
en una palabra, hacía todo lo que un hijo agradecido puede hacer por el mejor
de los padres.
Admirado el amo de cariño tan
extraordinario, preguntó A. Tom:
— ¿Es
ese anciano tu padre?
— No, señor; no es mi padre.
— ¿Es tu hermano?
— Tampoco es mi hermano.
— ¿Es, acaso, alguno de tus parientes? Pues que
no me parece posible tomes tan extraordinario cariño a un extraño.
— No,
mi amo, ni es pariente, ni aun amigo.
— Explícame,
pues, por qué te muestras tan solícito y cariñoso con él.
— ¡Es mi enemigo! — respondió el esclavo; me
vendió a los blancos en las costas de África; pero yo no puedo aborrecerle por que
el Padre Misionero me ha dicho:
«Si tu enemigo tiene hambre, dale de
comer: y si tiene sed, dale de beber.»
Estos ejemplos de sublimidad moral, sólo la
Iglesia católica puede presentarlos.
“LA
LECTURA DOMINICAL”
Año
1895
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