El
diablo compite con Dios por los afectos del alma humana y, a su manera, juega
el juego de imitar a Dios. Pero frente a la plenitud del Ser de Dios y su
Realidad infinita, ¿qué puede ofrecer? Solo una cosa, que adopta múltiples
aspectos: la simulación, la apariencia del Ser de Dios. Es el hombre
empobrecido que se adorna con ropas de rico. Cualquier máscara que le permita
hacer creer al alma que encontrará en él la plenitud completa que anhela le es
aceptable. Y puesto que no puede lo que Dios lo puede, es decir, actuar como
amo y soberano del alma humana, utilizará la sugestión como su arma predilecta;
y al servicio de esta arma, todos los medios, incluso aquellos más alejados de
la naturaleza espiritual, de todo se vale.
El
mayor daño que el diablo puede causar no es asustar a un alma apareciéndole en
una forma horrible, sino más bien impedirle apegarse a Dios. Privar a un alma
de Dios, incluso temporalmente; detenerla en el camino a la unión con Dios, con
cualquier pretexto; mantenerla en lo relativo cuando está llamada al absoluto;
engañarla incluso con una apariencia piadosa, para distraerla de la realidad de
Dios: esto es lo que busca el diablo, y esto es lo que el alma debe temer de
él.
Todas
las tentaciones del diablo apuntan a destruir dos puntos esenciales en la
fortaleza del alma: la fe, por un lado, que es el fundamento de toda la vida
teológica; y la humildad, que por otro lado, desempeña el mismo papel fundamental en el
ámbito moral.
“SATÁN
de los Estudios Carmelitas”
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