En
Cesárea de Capadocia, algunos cristianos convertidos por el primer discurso de San
Pedro, después de la fiesta de Pentecostés, concitaron la ira de los judíos que
veían con enojo la propagación de las doctrinas del que por ellos fué
crucificado.
Uno de aquellos cristianos hallábase junto a
una pobre vivienda fuera de la ciudad, humildemente atareado en labrar la
tierra, cuando se le acercaron unos soldados que Pilatos enviaba para que se
apoderasen de Longino, nacido en Sardial, antiguo centurión de los soldados
romanos, y jefe de aquella infame turba armada que durante una noche entera
insultó al divino Maestro y entre crueles ultrajes le condujo desde Anas á
Caifas y desde éste á Pilatos.
—¿Puedes
decirnos—preguntó uno de los soldados recién llegados a Cesárea—dónde vive
Longino?
—¿Para
qué le queréis?—les contestó el anciano agricultor.—
Dijéronle ellos la misión que el gobernador
de Judea les había encomendado para poner término a los trabajos que el antiguo
centurión hacía propagando la enseñanza evangélica, y el desconocido les
prometió poner a Longino en poder de ellos así que hubiesen descansado, para lo
cual los introdujo en su casa, y les sirvió abundantísima comida.
Transcurridos tres días, durante los cuales
trató con toda generosidad a sus huéspedes, el anciano labrador mandó a estos que
saliesen tras él, y ya en el campo, les dijo:
«Ese
Longino, a quien enviados por Pilatos buscáis para matarle con el pretexto de
que es desertor del ejército del César, pero en realidad por ser discípulo y
anunciador del Mesías, a quien los judíos crucificaron, ese Longino soy yo».
Atónitos
se quedaron aquellos por comprender que habrían de ser verdugos de quien con
tan bondadosa hospitalidad les había ganado la voluntad; y aunque se negaron a
reconocer en él a quien buscaban, tanto insistió el Santo, que había procurado
aquella tregua de tres días para dar tiempo a que viniesen a participar de la
gloria del martirio dos compañeros suyos que recorrían la Capadocia predicando
el Evangelio, que los soldados cumplieron su terrible encargo, no sin que antes
se vistiese el Santo con blanca vestidura para entrar dignamente ataviado en el
celestial banquete, y después de abrazar a sus dos compañeros y hasta a sus
mismos verdugos.
Tan
perfectamente se había transformado en cordero el león, que había atravesado el
pecho de Jesús crucificado, y que recibió en sus ojos las primeras gotas de
agua y sangre al golpe de su lanza desprendida del costado del Rey de los judíos,
a quien en medio de las universales tinieblas, quebrantamiento de las piedras,
luto de tierra y cielo y conmoción del mundo, reconoció y proclamó como
verdadero Hijo de Dios.
“LA
LECTURA DOMINICAL”
Año
1899.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.